Barbara Taylor
Traducción de Moisés Silva
Reprinted with permission from The London Review of Books.
Barbara Taylor recorre la historia cultural de esta práctica tan extendida como vituperada por moralistas de todo signo que hasta el libre pensador Rosseau recomendaba a los padres que no dejaran a los jóvenes sólos con sus pensamientos. Taylor se pregunta: ¿cómo fue que un acto sexual universal se convirtió en el sitio de tan debilitante miedo y vergüenza? ¿Por qué, durante el transcurso del siglo dieciocho —como Thomas Laqueur cuestiona en esta rica y vívida historia— una práctica tolerada por los antiguos y generalmente ignorada por los moralistas judeocristianos llegó a ser vista como la mayor de las depravaciones eróticas?
Libro reseñado:
Solitary Sex: A Cultural History of Masturbation, por Thomas Laqueur, Zone, 501 pp.
- extractos -
Descansando en un bote anclado cerca de su casa, fantaseando acerca de una “bella moza” que había visto horas antes en Westminster, Samuel Pepys se excitó tanto que eyaculó espontáneamente, haciéndolo “por completo avec la fille… sin mi mano”, como registró alegremente en su diario, “la primera vez que hice una prueba de mi capacidad en ese tipo de fantasías”. Su orgullo era el de un puñetero de clase mundial, un fantaseador inveterado que se deleitaba en la “recreación” imaginaria con una pléyade de complacientes amadas, que incluían a Mrs. Steward, la amante de Charles II, y a la reina (incluso en sus fantasías, Pepys era un ardiente defensor de la monarquía). “Lo mejor que ha sido soñado jamás”, dijo riendo durante un jugueteo nocturno con la deliciosa Lady Castlemaine, otra de las amantes de Charles II. Sólo masturbarse en la iglesia le producía algunos remordimientos. “Dios no lo quiera”, escribió en su diario después de un sermón que se pasó fornicando mentalmente con la hija adolescente de un amigo suyo.
En mayo de 1667, dieciocho meses después del episodio sin manos, Pepys registró otra hora de delicias que pasó a solas en un bote. Esta vez, sin embargo, no lo entretuvo el pensamiento en bellas muchachas, sino el “hermoso” libro de su amigo John Evelyn “contra la Soledad”. Publick employment and an active life prefer’d to solitude [Actividad pública y una vida activa preferida a una en soledad], publicado en 1667 por John Evelyn, fue escrito para refutar la obra publicada por Sir George Mackenzie en 1665, A Moral Essay, Preferring Solitude to Public Employment [Un ensayo moral, la preferencia de la soledad a la actividad pública]. El debate fue un ejercicio en la paradoja, en el que ambos contendientes adoptaron posiciones contrarias a sus convicciones. El texto de Evelyn se apoyaba en el repertorio usual de argumentos contra la soledad, incluyendo solemnes advertencias contra los bajos apetitos que ésta desencadenaba: “Debe ser un hombre realmente sabio y bueno el que se atreva a confiar en sí mismo a solas, pues la ambición y la malicia, la lujuria y la superstición están en la soledad como en su reino”. Los solitarios, afirmaba Evelyn, “no tienen pasiones, excepto las sensuales”.
Al leer estas reprimendas, o las muchas otras diatribas del siglo diecisiete contra la soledad, Pepys no habría pensado que se aplicaban a sus solitarios placeres sexuales. Fue necesario otro texto fustigador para hacer la conexión: Onania; or, The Heinous Sin of Self Pollution, and all its Frightful Consequences, in both SEXES Considered, with Spiritual and Physical Advice to those who have already injured themselves by this abominable practice… etc [Onania, o el odioso pecado de la auto-contaminación y todas sus temibles consecuencias, consideradas en ambos SEXOS, con consejos espirituales y físicos para aquellos que ya se han dañado a sí mismos con esta abominable práctica, etc.] fue publicado anónimamente entre 1708 y 1716. En la soledad, “los vicios de los hombres los encuentran y los atacan”, como Evelyn había citado a Séneca. En Onania el autoerotismo, el “asqueroso comercio con uno mismo” se convirtió en el crimen solitario sin par, “el vicio de vicios, el pecado de pecados”.
Con la publicación de Onania, la masturbación, hasta entonces una ofensa sexual de segundo orden, saltó al primer lugar de la lista de los vicios. Los clérigos la condenaron, y los doctores, encabezados por el eminente Samuel Tissot, catalogaron sus devastaciones. Los intelectuales también se unieron a la ofensiva, incluyendo a Rousseau, el promeneur solitaire, que la llamaba “el más fatal” de los hábitos, y a Kant, que la denunció como una locura moral más destructiva que el suicidio. Para principios del siglo diecinueve, la masturbación se había convertido en el “Moloch de la especie”, como J. H. Kellog, el reformador de la salud y rey del cereal norteamericano la describió en la retórica típicamente apocalíptica de los anti-onanistas. Las mujeres que se masturbaban, antes ignoradas, adquirieron una nueva prominencia, y la prevención de la masturbación infantil se convirtió en una obsesión en toda Europa. Los médicos franceses hacían cirugías a los niños, y los pedagogos alemanes difundían propaganda contra la masturbación. Para los inicios del siglo veinte, los padres podían adquirir un sinnúmero de artilugios: alarmas y jaulas para el pene, mitones para dormir, equipos para dar choques eléctricos. La fobia anti-masturbatoria continuó sin frenos hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando empezó a disminuir. Hoy en día, miles de alegres páginas web ofrecen sesiones de masturbación comunitaria en línea. En los Estados Unidos, la masturbación es descrita como “citas con uno mismo”, y en el Reino Unido la televisión nos obsequia comerciales con mujeres estremeciéndose sobre lavadoras en funcionamiento. Un estudio reciente en Australia encontró que los hombres que se masturban con frecuencia tienen una menor incidencia de cáncer en la próstata que los más abstemios. “Mantener la tubería limpia… es una buena noticia para los hombres”, concluye un periodista.
Los pánicos morales transitorios de este tipo son difíciles de interpretar. La despreocupación de Pepys acerca de la masturbación ha tenido un eco en las primeras prácticas modernas de cuidado infantil. Las enfermeras acariciaban frecuentemente los penes de los bebés para calmarlos, y los padres de familia y médicos contemplaban indulgentemente el autoerotismo infantil. ¿Cómo fue que un acto sexual universal se convirtió en el sitio de tan debilitante miedo y vergüenza? ¿Por qué, durante el transcurso del siglo dieciocho, como Thomas Laqueur pregunta en esta rica y vívida historia, una práctica tolerada por los antiguos y generalmente ignorada por los moralistas judeocristianos llegó a ser vista como la mayor de las depravaciones eróticas?
Laqueur, profesor en la Universidad de Berkeley, es autor de Making Sex: Body and Gender from the Greeks to Freud (1990) [Haciendo sexo: cuerpo y género de los griegos a Freud], uno de los libros más citados y discutidos de los últimos años. Con la publicación de este nuevo libro se ha convertido en casi una celebridad, dando conferencias en diversos países y apareciendo en programas de televisión y numerosas páginas web. Una página web estadounidense lo llama el “Profesor Puñetas”, lo que en un país que recientemente se desmayó ante la vista del pezón de una estrella pop es un apodo bastante fuerte. Pero Laqueur es un estudioso experimentado, y es de suponerse que puede enfrentar cualquier tipo de reacción. Es también astutamente humorístico, seduciendo al lector al darle indicios, exponer en parte y finalmente revelar triunfalmente el secreto del pánico ante la masturbación.
Los antiguos griegos y romanos consideraban a la masturbación una práctica despreciable y humillante, perdonable en los esclavos y los sátiros pero no en los ciudadanos libres. Los moralistas judíos y cristianos pueden haber sido más duros en sus preceptos, pero en la práctica también tendieron a verla con más desprecio que alarma. ¿Cómo fue que esta falta de preocupación dio paso a una franca hostilidad a principios del siglo dieciocho? En busca de una respuesta, Laqueur mira hacia lo que alguna vez fue llamado el ascenso de la burguesía, pero que ahora es conocido en círculos académicos como el advenimiento de la modernidad, y nos muestra cómo la anti-masturbación no fue una resaca de una era oscura de la sexualidad sino un fenómeno esencialmente moderno, una reacción a una cultura capitalista fundamentada en un egoísmo de los apetitos.
La cultura moderna estimula el individualismo y la autodeterminación, y se ve amenazada por el solipsismo y la anomia. Pide que los individuos deseen siempre más de lo que tienen e imaginen mucho más de lo que es real, y al mismo tiempo que aprendan a moderar sus deseos y limitar su imaginación por sí mismos. La masturbación es la sexualidad del ser [moderno] por excelencia, el primer gran campo de batalla para estas luchas.
(…)
Barbara Taylor es profesora de Historia Moderna en la Escuenta de Ciencias Sociales, Estudios Culturales y de Medios, de la Universidad de East London. Editó recientemente con Sarah Knott Women, Gender and Enlightenment, 1650-1850.


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