Apogeo y decadencia de la arrogancia mexicana

Por: 
Luis González y González

Se ha comprobado que toda autoestima está basada en un error. Los mexicanos lo sabemos. Somos, alternativamente y de acuerdo a la ocasión, ya leales enemigos de nosotros mismos, ya chauvinistas recalcitrantes. Ambos juicios hijos de la exageración y el autoengaño. El ojo agudo y la pluma sarcástica del muy amado y extrañado Luis González y González, recién fallecido, nos recuerdan que ya éramos hace doscientos años lo que somos ahora: un pueblo en la adolescencia.

 

La historiografía oficial de México viene empeñándose, desde la época de la Reforma, en el olvido en algunas ocasiones y en la difamación en otras, del último episodio de la guerra que nos hizo independientes de España. Después de las grandes proezas y el asesinato de Morelos, se acostumbra referir a las volandas las guerras de guerrillas, la terquedad de los encerrados en fuertes y reductos y la deslumbrante y efímera campaña de Francisco Xavier Mina. La historia de bronce parecer pedir disculpas por tener que ocuparse de los guerrilleros Villagrán y Osorno quienes robaban cosas y vidas en los alrededores de Pachuca y los llanos de Apam, y los no menos temibles Gómez de Lara (el Huacal), Gómez a secas (el Capador), los Ortiz, Bocardo, y Pedro el Negro.

 

Los historiadores oficiales vuelven a presumir su lenguaje florido a propósito de los resistentes. Narran con términos de discurso patriótico cómo el cura Marcos Castellanos se hace fuerte en un islote de la laguna de Chapala; Ramón Rayón repele varios asaltos a su fortaleza de Cóporo; Ignacio López Rayón resulta invulnerable en el encierro de Zacatlán; Manuel Mier se remonta a Cerro Colorado, Pedro Moreno al Sombrerete y Pedro Ascencio al Barrabás. Viene enseguida el panegírico del español Francisco Xavier Mina quien en 1817 desembarca en la Nueva España para luchar junto a los insurgentes. Por último se trae a juicio a un personaje del que se afirma que “siendo niño cortaba los dedos de los pies de las gallinas”; siendo adolescente, dio un golpe con el puño a un criado del plantel educativo donde fue mal estudiante; siendo joven, fue indolente, injusto y golpeador en su papel de empresario agrícola; siendo militar, “la espada de la represión se tiñó en sus manos de sangre insurgente hasta la empuñadura”. Según el proyanqui Lorenzo de Zavala, los mismos jefes españoles apenas llegaban a emparejarse en crueldad con este hombre que respondía al apelativo de Agustín de Iturbide.

 

El pueblo mexicano de 1821 vio al personaje y su conducta de muy diferente manera. A comienzos de ese año, Iturbide propuso el Plan de Iguala o de las Tres Garantías. Se garantizaba en él la católica como religión de estado, las buenas relaciones entre todos los grupos sociales y la independencia absoluta de España. Además, proponía un gobierno monárquico constitucional y un rey prefabricado en alguna de las casas reinantes de Europa. El Plan de Iturbide fue bien recibido por todos, menos por la mayoría de los gachupines residentes en la Nueva España. El virrey Juan O´Donoju vio las cosas tan perdidas para su rey, que el 24 de agosto de 1821, mediante el Tratado de Córdoba, ratifica en lo esencial el Plan de Iguala. El 27 de septiembre, Agustín de Iturbide, en actitud de ídolo popular, hizo su entrada a la metrópoli de la nueva nación por fin independiente.

 

Javier Ocampo ha reunido en Las ideas de un día las opiniones acerca de Agustín de Iturbide que circularon a raíz de la consumación de la independencia; es decir, en el otoño de 1821 y el invierno de 1822. Según Ocampo, “con verdadera emoción, la figura de Iturbide aparece en toda la excelsitud, grandeza y eminencia”. Un poeta de Tepotzotlán lo proclama “regalo divino”, “héroe sin segundo” e “Iturbide inmortal”. Un poeta de Tepic escribe:

 

Ese que ves con tanta fama y nombre

hoy en públicas voces aplaudido

es el grande Iturbide, es aquel hombre

cuyas proezas a la fama han excedido.

 

Un tercer poeta se refirió a Iturbide como “al que todos seguimos con la ciega adhesión”. Otro, entre centenares de versificadores mediocres y malos, salió con los siguientes versos:

 

Héroe sin par, la América te llama

entre todos sus hijos el querido,

porque entre el natural y el adoptivo

ninguno ha merecido tanta fama...

No se olvida de Hidalgo, Allende, Aldana,

pero éstos con la muerte y la violencia

faltaron a su plan y su obediencia.

Tú eres el Benjamín idolatrado

que sin perderle un hijo, haz afianzado

su religión, su unión, su independencia.

 

Mientras un vate de Guadalajara le grita: “A ti se te ha debido destrozar la melena del León Hispano”; otro de Puebla prorrumpe: “Cual aurora disipas las nieblas”. Iturbide fue el tema mayor y más socorrido de la poesía cívica del lustro 1820-1824.

 

Un contador extrae de su ronco pecho un rosario de loas para Agustín de Iturbide: “Confusión de España, admiración de Europa, honor de América, héroe original sin ejemplo en la historia”. Otro de tantos panegiristas en prosa dice: “cuantos elogios se han hecho y hacen de sus virtudes morales muy políticas, no se acercarán jamás a sus merecimientos”. No se pueden atribuir a mera lisonja la enorme cantidad de epítetos iturbidistas procedentes de todos los rumbos de la patria y todas las capas del hojaldre social: “Varón de Dios, héroe invictísimo, Iturbide generoso, antorcha luminosa de Anáhuac, inmortal libertador, columna de la Iglesia, ínclito héroe, Iturbide el magnánimo, ángel tutelar del nuevo imperio, héroe inimitable, padre amoroso, salvador de la patria, Iturbide amado, héroe sin ejemplo en la historia, hombre excelente, padre de la patria, Iturbide sin par”.

 

La consumación de la independencia inspira, en la parte nacionalista de la sociedad mexicana, además de aclamaciones para Iturbide, un verdadero torrente de panegíricos a la patria, sin duda producto de una fe en México muy honda y sentida. En mi ensayo sobre el optimismo nacionalista, cuya publicación data de 1948, exhibí algunos textos de optimismo arrogante, dados a la publicidad, en periódicos y folletines, a continuación de la victoria del águila mexicana sobre el melenudo león hispano. Entre otros, cité párrafos de los redactores de la Gaceta Imperial de México donde se dice: “Después de trescientos años de llorar el continente rico de la América Septentrional la destrucción del Imperio de Moctezuma, un genio [¿adivine quién?] en el corto período de siete meses consigue que el Águila Mexicana vuele libre desde el Anáhuac hasta las provincias más remotas del Septentrión anunciando a los pueblos que está restablecido el Imperio más rico del globo”. En otro número de la Gaceta se dijo: Nuestro país, “por su ubicación, riqueza y feracidad denota haber sido creado para dar la ley al mundo todo, por uno de aquellos extraordinarios acontecimientos de las virtudes humanas, comienza ya a figurar entre las naciones grandes”.

 

Veinte años después del artículo de marras, Xavier Ocampo recluta muchos otros testimonios de nacionalismo arrogante. Los escritores, en periódicos, folletos, hojas volantes y pintas murales proclaman la grandeza de México recién independiente. Casi todos la sitúan en el futuro próximo. Por ejemplo, Tornel y Mendívil, en una hoja volante, escribe: “Hoy asoman los crepúsculos y todo anuncia que brillará el solo al cabo de la prolongada noche de tres siglos. Hoy México... se eleva a la clase de un pueble grande”. Otro mexicano entusiasta asegura: “ni Apeles con su pincel, ni Homero con su pluma, ni el mismo Apolo con su armoniosa lira bastan a describir dignamente los bienes imponderables que le aguarda a México”. Uno de tantos plumíferos prorrumpe: “en las armas seremos terribles y respetables... Se establecerá la Constitución... se pondrá el comercio libre, se fomentarán las artes, se dará salvoconducto a todas las naciones para que puedan... venir a nuestras floridas y ricas tierras... Si ahora apenas contamos seis millones de almas ¿no serán después veintiséis millones de almas?, ¿y quién nos vencerá?” En San Miguel el Grande el señor cura les predica a sus feligreses: En el amanecer patrio “florecerá por todas partes la armonía, el orden, la justicia y la felicidad”. Otro autor del momento le lanza a su México el piropo siguiente: “nación rica, opulenta, señora de las riquezas del mundo”.

 

Agustín de Iturbide jamás puso en duda que acababa de libertar el país más rico de la tierra. Según él, apenas recién liberado, ya figuraba al lado al lado de las grandes potencias del viejo y del nuevo continente. Los hombres que colaboraban con Iturbide en la hechura de un primer gobierno mexicano creían que iban a gobernar un paisote que en breve sería la “admiración del universo”. Se encuentran miles de voces que insisten en las inmensas posibilidades del territorio mexicano, en las virtudes de los nacidos en este suelo sin par y en los subidos quilates de los valores de la cultura mexicana. Lo común fueron los aires de grandeza al unísono con Iturbide que en su perorata del 28 de septiembre de 1821 prometió poner columnas para convertir al mexicano en “el imperio más grande y respetable”.

 

Mientras todos hablaban con fe ciega en el próximo futuro de México, algunos, desde una postura engreída maldecían de España y sobre todo de los españoles “que siendo nada en [su tierra], se han venido a nuestro suelo en busca de fortuna”, donde “se vuelven soberbios” hasta considerarse “de una especie poco menos que divina”. También se llega al desprecio de los otros pueblos de Europa, según lo exhibe el siguiente botón: “Dejemos a los pueblos de Europa averiados con sus habitudes y carcomidos con la misma broma de su vejez”. Fray Servando Teresa de Mier solía decir: “Cuando uno deja nuestros climas abundantes, templados y deliciosos para ir a la Europa, siente la misma desventaja que sentiría Adán saliendo del Paraíso a la tierra de abrojos y espinas”.

 

Con todo, la seguridad en las riquezas y méritos de la nación recién liberada y el desprecio hacia otras naciones fue flor de un día. Con inusitada rapidez se pasó del gozo al pozo. Pocos meses después de haber sostenido que la Providencia destinaba a los mexicanos para ser “de aquí en adelante los maestros y reformadores del mundo” empezó a sonar la cantinela del no se nos hace el anhelado Paraíso. ¿Por qué el alborozo tan grande que acompaña a la victoria de Iturbide se esfuma tan rápidamente? Al parecer la élite responsable del destino de México después de la elevación y caída de Agustín de Iturbide abre de pronto los ojos a una realidad fea y con verrugas, a una noche que les espanta con su oscuridad.

 

A ver a México con pesimismo contribuyen muchos factores. Quizá los más antiguos fueron de índole económica. Un señor que sólo se atreve a poner las iniciales de su nombre, en su segunda Proclama, y todavía en medio del nacionalismo optimista, osa decir: “La minería, el ramo del trabajo, el comercio... y en fin las columnas todas en que se apoya el Imperio para atender a sus urgencias, son unos ramos paralizados”. De un momento a otro los eufóricos y arrogantes súbditos de Iturbide se percatan del atraso de la agricultura, “la situación lamentable de los labradores”, el caos en la hacienda pública, los pocos barcos que llegaban el puerto de Veracruz, la desaparición de un intercambio mercantil entre Cavite y Acapulco, la decadencia de la industria y especialmente la dificultades de la minería. Entonces se calcula que la producción minera baja de 30 millones de pesos en 1810 a sólo 6 en 1821. El valor de la cosecha agrícola se contrajo a la mitad y el del producto de la industria a un tercio. En 1822 los ingresos del erario público apenas llegaron a nueve millones y pico de pesos, y los gastos fueron de más de trece millones. Por otra parte, el naciente país recibió en herencia un adeudo público de 76 millones. No se necesitaba mayor profundidad de pensamiento para ver que la hacienda pública estaba condenada a un estado de bancarrota y a caer en manos de usureros.

 

A ojos vistas la crisis económica se acompañaba de la conducta de los militantes libertadores. A unos les dio por ejercer el despotismo; a otros, por declararse mal pagados; a casi todos, por la corrupción y el desorden. Apenas comenzaban a gobernar el emperador Iturbide con el nombre Agustín I, cuando un ilustre borlotero, el brigadier Antonio López de Santa Anna, se sublevó en Veracruz. En enero de 1823, el general Antonio Echávarri, enviado por el emperador para combatir al brigadier rebelde, pacta con el enemigo. En marzo, Agustín I se quita la corona y sale del país. Los sucesivos mandamases de México se llamarían presidentes, y por veinticinco años accederían al poder, por la fuerza de las armas, cincuenta gobiernos militares, once de ellos presididos por el general Santa Anna. Por un cuarto de siglo la vida de la nación estará a mercede de logias masónicas divididas, nefastos embajadores de Estados Unidos, militares ambiciosos, intrépidos bandoleros e indios nómadas. Naturalmente ningún optimismo podía prosperar en esa situación de discordia.

 

En los años treinta de aquel siglo, a sólo dos lustros de distancia del término de las guerras de independencia, la élite pensante de México descree en la posibilidad de redimir a la patria con sus propios recursos económicos y humanos. Es bien conocida la frase del capitán de la fracción europeizante: “perdidos somos sin remedio si la Europa no viene pronto a nuestro auxilio”. Algo semejante llega a creer don Lorenzo de Zavala, uno de los líderes del grupo proyanqui, si bien para él y sus corifeos el salvador posible de México se llamaba Estados Unidos. Uno y otro eran pesimistas; ambos creyeron en el colonialismo. Como quiera, ni Alamán ni Zavala llegaron a la desesperación total. Hubo algunos más abatidos que ellos, los de la frase: “En México no queda nada que esperar”. Para quienes todas las esperanzas se habían desvanecido no había posibilidad de resistencia frente a las invasiones de un extraño enemigo. México se abate a tal punto que un puñado de aventureros, encabezados por Esteban Austin, le roba a la nación el enorme territorio de Texas. Un decenio después los pochos de entonces, los incrédulos en la política de expansión de Estados Unidos, los creyentes en que el tiempo de las conquistas militares era costumbre de otras épocas, ven cómo su ídolo se engulle a Texas, traspone el río de las Nueces, se apodera de Nuevo México y de California, y por último, con el ejército introducido por Veracruz, toma la capital de la República, desde donde impone el Tratado de Guadalupe.

 

El robo de Texas, seguido de la derrota del 48 y la pérdida de más de la mitad e territorio patrio, acabó de volver más oscuro y denso del pesimismo de nuestra gente. Apenas a veinticinco años de distancia del más arrogante de los optimismos se llega a concebir una patria física y culturalmente miserable e incapaz de autogobierno. El más lúcido de los mexicanos de entonces, don Lucas Alemán, exhibe el pesimismo de 1850 en los siguientes términos: “Se podrá aplicar a la nación mexicana de nuestros días lo que un célebre poeta dijo de uno de los más famosos personajes de la historia romana: ‘No ha quedado más que la sombra de un nombre en otro tiempo ilustre’”. Todas las esperanzas de un porvenir mejor se desvanecen por unos años.

 

 

Luis González y González, historiador oriundo de San José de Gracia, Michoacán, 1925-2003, miembro de El Colegio Nacional, y desmitificador antisolemne de la historia mexicana. Entre sus publicaciones destacan Pueblo en Vilo, y El Oficio de Historiar.

 

Reproducido con la autorización de El Colegio de Michoacán.

 

 

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