Autobiografía de una biblioteca

Por: 
Alejandro Rozado

Íntima historia que establece identidades entre vida y lectura, pasión biográfica y disciplina bibliófila. Aproximaciones a un test psicológico de personalidad a través de la contemplación de tu biblioteca personal.

Pensar tu biblioteca
 
No creo exagerar cuando afirmo que uno es su propia biblioteca, y que si se carece de ella uno es nadie o casi nadie… Tu biblioteca particular es tu biografía y tu rostro actual; la manera en que está organizada te refleja con asombrosa precisión: constituye un autorretrato profundo. Ahí están las huellas de los pasos que has dado, los errores que has cometido y que probablemente cometerás –también tus grandes aciertos.
 
Si tus libros están aventados sin el menor orden y cuidado; o bien están como nuevos, sin haberse siquiera hojeado una sola vez y nada más decoran tu casa; o bien se amontonan en cajas a merced de la humedad; o bien poseen una estructura temática o de género literario en la disposición que guardan sobre los entrepaños de tus libreros, así eres tú con toda exactitud. Si tus libros leídos en la infancia ya los regalaste o nunca te enteraste qué fue de ellos, eso significa que prefieres olvidar o despreciar tus primeros años de vida; si aún conservas los libros de tus padres o abuelos, éstos ejercen todavía gran influencia espiritual y afectiva sobre ti; si no tienes obras de teatro en tu librero, difícilmente habrás ido a presenciar puestas en escena; si tu autor preferido es un best seller norteamericano, lo único que te interesa de un libro es consumirlo con voracidad; si a tus libros los tienes en un privado para tu exclusivo gozo, seguramente eres un solitario incomprendido (todo solitario es un incomprendido); si, en cambio, te gusta lucirlos en la sala de tu casa, eres un presumido al cual le importa poco la lectura; si no te has conseguido un buen mueble para acomodarlos, entonces debes revisar tu autoestima pues ha de andar muy baja… Micro universo en continuo intercambio con la vida, tu biblioteca personal sufre las metamorfosis que le impone el paso del tiempo –tu paso por el tiempo… Pues bien, mi biblioteca y yo hemos atravesado por todos esos estadíos. He aquí una breve crónica de ello:
 
 
Biblioteca trashumante
 
En un principio, solía llevar mis pocos libros bajo el brazo o dentro de un morral tipo sesentas, el cual se convirtió en improvisado librero portátil de algunos títulos que decidí heredar anticipadamente, tomándolos de los impecables muebles de cedro de la casa familiar, y pasearlos por las calles de la ciudad de México. De modo que al salirme, muy joven, de la casa paterna, mi primera contribución bibliotecaria fue de carácter marginal, en un departamento de mala muerte que compartí con mi amigo y camarada español Juan Bozano; con ladrillos apilados y tres largas tablas por estructura, dimos forma a nuestra iniciática colección de “marxismo-leninismo”, que enmarcó las sesiones del primero de tantos círculos de estudio en que participaría parte de una generación de jóvenes revolucionarios.
 
Desde entonces, ese capital literario y científico caracterizado por su insuficiencia ha recorrido un largo via crucis: algunos ejemplares fueron prestados y jamás recuperados; otros se fueron deshojando y desencuadernando por el uso y los años; otros más se vieron mojados y manchados por el derrame de tazas de café, y algunos adicionales fueron adquiridos mediante “expropiaciones” –denominación que se empleaba en aquel tiempo para justificar ideológicamente el vil robo a librerías. De esa época todavía me sobreviven títulos como La risa de Bergson, Esperando a Godot de Samuel Beckett, ¿Por qué no soy cristiano? de Bertrand Russell, Cien años de soledad de García Márquez así como gran parte de su obra, Las flores (imprescindibles) del mal de Baudelaire, poemarios de León Felipe y ensayos como La estructura de las revoluciones científicas de Thomas S. Kühn. También algunas reliquias como El engranaje y La suerte está echada, de Sartre, y un exhaustivo y apasionante estudio histórico de Fernando Claudín: La crisis del movimiento comunista internacional, de la editorial Ruedo Ibérico -ejemplares estos últimos que me atrevo a pensar que son únicos en el país.
 
Al irse nutriendo mi esbozo de biblioteca, al mismo tiempo no dejaba de ser ésta una experiencia trashumante, a grado tal que su contenido llegó a pasar largas temporadas en mi bocho, ocupando el espacio para las maletas a espaldas del asiento trasero abatible. Esta orfandad librera terminó cuando me casé y posteriormente me retiré de la militancia profesional en el Partido Comunista. Ya con empleo y departamento más estables, pude comprar un mueble rústico de color madera clara, manufacturado por artesanos campesinos que se apostaban a vender sus obras en las afueras de la Villa Olímpica. Por vez primera, mis libros también tenían hogar: lucían espléndidos, así de maltratados, en la modesta sala-comedor, y convivían con los discos LP que también tenían su compartimiento protegido por puertas corredizas. Con todo y los años de proverbial pobreza, y gracias a mi paso por varias universidades donde estudié o trabajé, había reunido más de tres centenares de títulos, entre los que destacaban, conservados hasta la fecha, las ediciones de los Cuadernos de la cárcel de Gramsci, una extraordinaria autobiografía de Ernst Fischer, clásicos de la teoría política (Maquiavelo, Hobbes, Bobbio…), la sociología de Max Weber y muchísima narrativa (especialmente de la serie El Volador de la editorial Joaquín Mortiz). Recuerdo que antes de que naciera mi primer hijo tenía una novela de cabecera: Autobiografía de Federico Sánchez, del disidente comunista español Jorge Semprún.
 
La “crítica roedora de los ratones”
 
Pero mi divorcio afectó también a mi joven librero: lo cedí a mi ex, junto con toda la “literatura”, mientras que yo acepté quedarme -en la dolorosa repartición de los pocos bienes que teníamos- con las “ciencias sociales”… y el automóvil. De modo que mis libros (la mitad de ellos) y yo volvimos al bochito y a la calle… Para entonces, el carro andaba ya repleto de ejemplares sobre los asientos y el piso; fue cuando vino el siguiente golpe trágico: una noche dieron un cristalazo al volkswagen y se robaron toda mi biblioteca –es decir, lo que quedaba de ella. Y aunque días después capturé a los ladrones –un par de estudiantes de Chapingo que cayeron directo en mi oficina a venderme mis propios libros, con todo y mis subrayados y anotaciones de puño y letra-, sólo pude recuperar la mitad de lo desaparecido. Por lo que, haciendo cuentas, ya sólo tenía una cuarta parte del tesoro acumulado antes de mi divorcio. Fue la debacle total, como si me hubiese quedado desnudo en mitad de la vida. El consuelo que tuve a posteriori fue que la mayoría de los textos perdidos para siempre fueron de una cultura marxista que también se iba perdiendo irremisiblemente en la historia: corría el año de 1984, un año antes de la Perestroika de Gorbachov.
 
Con mi segundo matrimonio ya no hubo más pérdidas. Comenzó, sin embargo, una larga búsqueda de un espacio apropiado para reunir los libros y darle nueva fisonomía al conjunto. Con frecuencia incomodé a Velia, mi esposa, con repisas improvisadas en la mismísima recámara matrimonial; el número de títulos volvió a crecer molecularmente, así como las revistas coleccionables y los suplementos culturales de algunos periódicos y folders con recortes de artículos varios. Tenía que cargar con mis propias obsesiones, así que al mudarnos a Guadalajara instalé mi estudio aparte, en el cuarto de azotea de la casa que rentábamos, pero sin resultados satisfactorios. A principios de los noventas, felizmente adquirimos nuestra casa propia, aunque sin habitación que sobrase. Y de nuevo tuve que amontonar los libros aquí y allá –muchos de ellos en cajas de cartón.
 
No fue sino hasta que mandé construir mi consultorio de psicoterapia en la planta alta de la casa, cuando pude destinar un importante espacio para mi estudio. Por fin… Sin embargo, me quedé sin dinero para comprar los libreros necesarios para dar cabida a todo el material de lectura. Con el transcurso de más años, la humedad y el polvo se encargaron de corroer y echar a perder otros títulos guardados (¡ah, los textos sometidos a la famosa “crítica roedora de los ratones”: cómo agregan valor estimativo al devoto de los papeles!). Por mi parte, yo también hice algunas depuraciones y actualizaciones menores.
 
Hasta el año 2002, con la adquisición de un librero de tamaño exacto para el espacio disponible y un escritorio (ambos de noble pino claro),  pude volver a ver todos mis libros juntos, espero que en forma más o menos definitiva –aunque uno nunca sabe. Después de tanto tiempo, no me había percatado cuán disociado vivía, hasta que contemplé aliviado lo que podría llamar mi “biblioteca total”. Era una sensación de reencuentro bastante inédita. Al desempacar libro por libro de sus cajas de cartón y de los otros libreros secundarios, los sacudía y limpiaba como acariciando la cabeza de un niño –quizá el niño que fui-; hojeé algunos de ellos con inevitables recuerdos de circunstancias que los hicieron llegar a mis manos; de otros percibí su todavía fuerte olor a madera de algún bosque ahora probablemente desaparecido. Luego los clasifiqué y discutí varias horas con ellos su nueva y más apropiada distribución. Al ver que todavía me faltaba más espacio para guardar, tuve que decidir cuáles libros irían apilados y en cajones: elegí toda la sección de libros fotocopiados y engargolados –residuos bastante deshonrosos, aunque útiles, de la ochentera “cultura de la fotocopia”.
 
 
La biblioteca total
 
Haciendo un conteo aproximado, mi hija y yo calculamos que tenía poco más de mil títulos, cifra que –aun modesta- me asustó. Aparte de que soy de lenta lectura, siempre creí, con Séneca, que no nos alcanzaba la vida para leer más de cien libros. Tomando en consideración que el promedio de vida ha aumentado, digamos a más del doble desde los tiempos del imperio romano, el criterio de Séneca se ampliaría a doscientos cincuenta. ¡Pero mil…!
 
Como se sabe, cualquier biblioteca es un organismo vivo que describe una curva propia de desarrollo, siempre sometida a continuos cambios. A pesar de que mis libros ya han alcanzado una relación estructural más o menos estable y duradera (cierta madurez en su utilidad y presencia), últimamente se han visto afectados por la llegada de nuevas unidades, pues heredé los libros de mi padre: los ejemplares más bellos y mejor editados que jamás haya tenido en mis manos, y que consisten en una colección de lujo de la editorial Aguilar que incluyen las obras completas de Dickens, Pérez Galdós, Guy de Maupassant, Cervantes, Quevedo y Shakespeare; asimismo, una variedad exquisita de obras rusas de la editorial Progreso traducidas al español, de autores como Pushkin, Lermontov, Gogol, Chejov, Chernisevsky, Tolstoi, Dostoievsky y Gorki; y finalmente dos bellas ediciones de los Cuentos completos de Christian Andersen y de los hermanos Grimm respectivamente. Esta nueva circunstancia y los libros de temas decadentistas que me obsequia generosa y periódicamente una entrañable amiga, generan nuevos e interesantes problemas a la configuración de mi espacio.
 
Puedo decir que estoy al fin en mi elemento. Consciente de que la paz, por provisional que sea, de mi biblioteca es todo un privilegio entre la gente que ha luchado y persiste aún en dar con un remanso significativo a su agitada vida, comienzo a sentir distintos planos de integración en el estar-aquí. Aparte de numerosas obras de narrativa y poesía de autores imprescindibles, diccionarios, enciclopedias de historia general, de filosofía y de arte, así como un buen repertorio de discos compactos y un moderno equipo modular que me da, digamos, atmósferas distintas, tengo particular aprecio por mi colección de la revista Vuelta y por la ordenación cuidadosa de buena parte de los libros en función de temas de estudio personal. Porque aquí es donde toda esta relatoría adquiere sentido: al instalar mi biblioteca de particular modo y por este singular camino biográfico, he preparado poco a poco –como si fuera adrede- mi circunstancia para una etapa importante y espero que duradera de mi vida: la de poner la atención intelectual y experiencia acumulada al servicio de comprender la historia por la que vamos cayendo todos. Así, los temas que desglosan mi sentimiento por la decadencia de nuestra civilización y que organizan la parte vertebral de la biblioteca son: el cine -preferentemente en su vena muda alemana, del cine negro norteamericano y del horror contemporáneo-, la obra poética y ensayística de Octavio Paz, el romanticismo-simbolismo-surrealismo europeo, la sociología de la religión, los filósofos de la escuela de Frankfurt, los poetas españoles de la generación del 27, la sociología clásica alemana (de Max Weber a Norbert Elias), la poesía mexicana desde el Ateneo de la Juventud a la generación posterior a la revista Contemporáneos, y los “grandes relatos” socio-históricos recientes que apuntan de nuevo a subrayar el ocaso civilizatorio de nuestro tiempo. Todos ellos son vasos comunicantes de una sola pasión que fui descubriendo en el transcurso de los años y que puedo contemplar en sus perfiles a través de la disposición de mis libros.
 
Ingreso, entonces, al estado febril de toda investigación íntima, cuando se va tras cierta pista de conocimiento y se detiene uno a buscar, con la parsimoniosa curiosidad que te da la bibliofilia, la información específica, las descripciones necesarias, los retratos oportunos, los textos de apoyo, etc., hasta encontrar lo inquirido sin necesidad de moverse más allá de un círculo de cinco metros de diámetro. Porque casi todo está ahí… En ese breve universo autónomo del cual formo parte, ninguna navegación cibernética puede sustituir este hecho mayor.
 
 
Alejandro Rozado (Distrito Federal, 1954) es sociólogo, crítico de cine y psicoterapeuta. Desde 1988 radica en Guadalajara.
 

Publicado en la Revista: