Cogito Ergo ¡Bum!

Por: 
Mariano Piglia
Traducción: 
Claudio Rayo Barragán

¿Por qué no tienes la fuerza de sustraerte a la obligación de respirar?, pregunta Cioran en Breviario de Podredumbre, acaso respondiendo a la frase de Baudelaire: “al respirar desciende la Muerte en los pulmones”. Para un pensador que pone en entredicho la “obligación” de respirar, que ignora “totalmente por qué hay que hacer algo en esta vida, por qué debemos tener amigos, aspiraciones, esperanzas y sueños”, que sostiene que “nada de cuanto se haga merece la pena”, la corona del Time: “el Rey de los pesimistas”, parece demasiado estrecha. Cioran no es tanto un pesimista como un escéptico: desprovisto de la capacidad psicológica de la credulidad y la certeza.

 

Susan Sontag, en su ensayo Reflexiones sobre Cioran de 1967, lo creyó un precoz arqueólogo de las ruinas del pensamiento, un encargado de diagnosticar la inminente derrota de la cultura. La neoyorquina pensaba entonces, quizás excesivamente, que Occidente estaba en el borde de las ruinas de la historia, que la búsqueda de lo eterno había quedado “desenmascarada con todo su patetismo y puerilidad”, que la abstracción no era más que un “recurso retórico” de la estereotipada filosofía. En este clima de desencantamiento y desesperanza, no es extraño que encontrara en el estilo “aforístico, lírico, antisistemático” de Cioran, un antídoto contra lo que llamaba la descomposición de las “formas tradicionales del discurso filosófico”. Un pensamiento fragmentado para un mundo en pedazos. Cioran, decía Susan Sontag, continuaba la tradición de otros pensadores laterales paradigmáticos: Kierkegaard, Nietzsche, Wittgenstein.

 

Sus semejanzas, sin embargo, terminan en su común estilo staccato. El danés, el prusiano y el austriaco fueron pensadores menos histriónicos que el rumano. Más aún: salvo Cioran todos encontraron, de uno u otro modo, un sentido a la vida. Otra diferencia sustancial: Cioran agotó las posibilidades estéticas de sí mismo, hizo alarde de sus dudas y escalofríos con una intención indecisa entre la literatura y la filosofía, que lo deja en inferioridad personal frente a sus compinches europeos. “Deslumbrar por todos los medios, incluso por la profundidad”, afirma juguetonamente Cioran en sus Cuadernos. El pensamiento de Cioran no puede prescindir de Cioran. La propia Susan Sontag lo reconoce así cuando lo imagina como un águila despiadada devorando sus propias entrañas. Es verdad, su lucidez fue introspectiva; aunque no fue despiadada. Ese estado dramático me parece incompatible con el temperamento lúcido, desengañado, irónico del rumano, para quien nada era trágico, sino irreal, según afirmó en El Inconveniente de Haber Nacido. En este sentido, y frente a la imagen de Cioran como un águila autófaga sugerida por Susan Sontag, parece levantarse espontáneamente ante nuestra vista una imagen más precisa: la serpiente impasible que traga con desgano su propia cola, el uroboro.

 

Por otro lado, el rostro irrestrictamente personal de su literatura hace que Cioran eluda todos los moldes y géneros. No le va, por ejemplo, el que inexplicablemente le atribuye la Sontag: “recluta del melancólico contingente de intelectuales europeos sublevados contra el intelecto”. Por uno de esos insólitos fenómenos que nos dispensa la literatura, los desencantados pensamientos de Cioran transmiten no desazón sino pasión y cierta alegría espiritual. Nada más distante de, por ejemplo, la gravedad de Cesare Pavese (El Oficio de Vivir) que la circunspección liberada y hasta humorística de Cioran. La del rumano trashuma, de algún modo, ánimo de travesura, acaso vulnerabilidad, pero nunca tristeza ni desesperanza. Hay quien, incluso, se lo suministra en dosis infinitesimales contra la depresión.

 

Cuatro años más tarde que Susan Sontag, Fernando Savater abordó también la obra de Cioran. A diferencia de la interpretación más bien histórica y cultural de la norteamericana, el español, subraya el aspecto filosófico e irónico de su pensamiento. Encuentra en los aforismos de Cioran un ejercicio de disipación del sentido de las palabras. Su reto, especula a la Paz, consiste en conquistar “la condición enemiga de las palabras”. Leer a Cioran, afirma el español acercándose al canon budista, es reasumir, una y otra vez, “la experiencia de la vaciedad”, es descubrir la naturaleza nauseabunda del abuso de la palabra y del discurso racional. Si vamos a consentir con Savater en que el punto de llegada de Cioran es el silencio, debemos puntualizar que lo es no al modo del mutismo vegetal, o del abatimiento mental, sino desde una condición más cercana a la cesación de las actividades mentales propias del estado espiritual, a la manera de lo que se conoce en la tradición oriental como nirvikalpa samadhi, la súbita experiencia física de la plenitud. Pero Cioran no es un iluminado a pesar de que sus éxtasis musicales linden con el arrobo místico. Acaso ejerce un misticismo involuntario y renegado (“Si el hastío por el mundo confiriera por sí solo la santidad, no veo cómo podría yo evitar la canonización.”), aunque se nos antoje incapaz de desasirse de los artificios del estilo (“No se crea una obra sin apegarse a ella, sin convertirse en su esclavo.”) Por eso la obra de Cioran nos da la impresión de estar siempre a punto de dar un salto que no da nunca (porque no lo puede dar sin prescindir de sí mismo a la sazón).

 

Esta tensión íntima que se intuye en los textos de Cioran, que bien pudiera ser la esencia misma de la literatura (que no de la filosofía), nos proporciona uno de los regalos más apreciados de su obra. Ese estado de antigravidez, de liviandad tan propicio para el autosarcasmo, la ironía y la sonrisa interior. Son los terrenos de los “discretos placeres de la inteligencia” y las “secretas aventuras del orden” de que hablaba Borges. El discurso racional como actividad lúdica y terapéutica. “La risa alzada sobre, al borde, en torno de aquello que desmiente”, dice Fernando Savater refiriéndose al escarnio en la obra de Cioran. La publicidad del íntimo menosprecio, del aburrimiento de sí mismo, del hastío cultural, produce en el rumano una literatura híbrida y ambigua: la tragedia personal se vuelve irrisoria, cómica, apenas se divulga, apenas el escritor y su lector se reconocen en la insignificancia de ese drama. Pero luego, inexplicablemente, la sonrisa se congela y el fuero interno enmudece: la lucidez quema en este nuevo territorio inexplorado del alma, tan cercano a la tragedia y a la iluminación.

 

Mientras tanto, el lector de Cioran se regodea con fruición en las delicias del lamento de utilería, las sutilezas de un estilo preciso como el cristal y un pensamiento esquivo y sin compromisos con la congruencia. Leer a Cioran es perseguir una luz en la casa de los espejos.

 Reproducido con la autorización de la revista Educazione Sentimentale.

 

 

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