El Surgimiento de la Info-Novela

Por: 
Peter LuriePeter Lurie
Traducción: 
Cecilia Gómez Bobadilla

¿Qué espera usted de esa nueva gran novela? Si busca instruirse acerca de los burdeles en la época victoriana, o respecto a los estudios sobre Dante en el siglo XIX, o acerca de la iconografía e iconología en la historia del arte, o de la estructura y función de las vías ferroviarias; o bien, de cómo los Aliados se retiraron a Durkin, o de las expediciones científicas que los británicos realizaron en el Himalaya; o sobre las hazañas deportivas de Bobby Thomson en Brooklyn, o sobre cualquier otro asunto de la historia, la filosofía, la administración o el derecho, entonces muy probablemente se sentirá satisfecho. Pero si lo que ansía es un producto de la invención, la creación de un mundo que después es puesto en movimiento, con personajes que se debaten entre los dilemas morales y éticos que transforman su existencia diametralmente—esos, los elementos que conforman una verdadera gran novela—entonces se sentirá defraudado.

 

No intento decir que la novela haya muerto, en parte porque no lo está—las ventas tanto de narrativa contemporánea como clásica, aunque escuálidamente, han venido en aumento en los últimos años—y en parte porque es un tema bastante discutido. (Y también porque es inevitable que alguien más lo mencione). La madeja de este asunto se ha enmarañado, pues la novela contemporánea, como recientemente la describió Jonathan Safron Foer, viene pletórica de basura. ¿Qué fue lo que pasó?

 

Los novelistas han sustituido su misión por la que les dictan los críticos literarios, aunque no han sido precisamente los críticos literarios quienes han desviado el trayecto de la novela contemporánea. Han  sido más bien los teóricos que asumiendo el papel de profesores de literatura, pero siempre comprometidos con otros campos interdisciplinarios, han buscado entender la literatura en relación a ese otro campo, el de su verdadero interés.

 

Esta lista de teóricos y de sus disciplinas es larga y espléndidamente variada. La antropología y la sociología animan a Claude Levi Strauss e informan el trabajo de los Estructuralistas; la lingüística preocupó a de Saussure, a Chomsky y a Barthes; el comunismo y las relaciones entre trabajo y capital impulsaron a Terry Eagleton y a los materialistas dialécticos  años después del fin de la historia; el psicoanálisis fue la verdadera profesión tanto de Lacan como de Kristeva; la teoría homosexual y las ideas sobre sexualidad basadas en la estructura social fueron predominantes para Foucault, tal y como la hegemonía cultural y el colonialismo fueron siempre el foco de atención en Edward Said (debemos entender Orgullo y Prejuicio bajo la explotación producida en las remotas colonias, que hicieron de los territorios ingleses lugares magníficos para soltar canas al aire); los estudios de género son la pasión de Judith Butler; el racismo fue la principal preocupación de cierto número de críticos como Appiah y Gates, y por supuesto la semiótica y todos sus derivados, el juego de Derrida y su desconcertante pandilla de locuaces. Todos estos críticos van en pos de objetivos múltiples y muy variados, no obstante comparten un prejuicio: todos y cada uno ha relegado a los novelistas, dejándolos a la deriva, como simples escribanos, y a la novela, a no ser capaz de ejercer mayor autoridad que la publicidad que ofrece el dorso de una caja de cereal. No se ha vuelto a considerar con seriedad el tipo de lectura cercana propugnada por los Nuevos Críticos, que presupone una visión de la literatura merecedora de análisis por sí misma, no ha sido tomada con seriedad por ya medio siglo.

 

No es de sorprender que los críticos elogien la novela que refleja sus propios prejuicios y presupuestos. Está de moda la ficción que se construye sobre una narrativa no lineal, que se basa en la incertidumbre, el escepticismo y por supuesto el relativismo moral;  ficción a la que se le atiborra de datos sobre finanzas, filosofía, tecnología e historia,  que incluye por lo general un muestrario de elementos intercalados en el texto (cartas, documentos legales, patentes, canciones populares, esquemas y diagramas); ficción que se acopla bien a los medios de comunicación. Hay también un elemento político fácil de apreciar en dicha tendencia. A los teóricos les gusta situarse en la Izquierda y por ende consideran que la estética conservadora es inseparable de la política y de los ensayos y artículos de fondo de tendencia derechista. El tipo de novela bien hecha que John Irving es capaz de producir  queda implícitamente denigrada por ser excesivamente conservadora, sin importar que sus personajes sean capaces de cometer infidelidad, de hacer uso de drogas o de cualquier otro tipo de libertinaje.

 

Los teóricos críticos han sido las verdaderas estrellas académicas de las tres últimas décadas. Su supremacía sólo se vio ligeramente amenazada a finales de los noventa, cuando los expertos de la propiedad intelectual, los ingenieros eléctricos y un surtido de tecnólogos los eclipsó por un momento. La popularidad de los tecnólogos demostró ser solo ligeramente más perdurable que la burbuja bursátil que inspiraron, mientras que la influencia de los teóricos prevalece. No se detiene a las puertas de la universidad; e insufla la popular prensa de revistas de libros. También los novelistas están familiarizados a la crítica literaria, en especial ahora que muchos de ellos pasan menos tiempo en los cafés que en las aulas, pues las regalías de sus obras no alcanzan ni para el capuchino.

 

La info-novela es por lo tanto el resultado inexorable. Los novelistas evidencian que han hecho estudios rápidos e impresionantes, pues recalibran sus objetivos estéticos para expresar así los de los teóricos críticos a los cuales imitan. En su esfuerzo por dar peso a la narrativa y para justificar la ficción cuando la crítica literaria ha desplazado a la religión como fuente de significado (hasta donde se sabe), los novelistas han soltado los amarres de tremendos bloques de información sociológica, industrial, cultural, lingüística y política para soltarlos de lleno, acaso a medio digerir, en su obra. Igual que los teóricos trasladaron diversos estudios interdisciplinarios para dar apoyo a la narrativa, los novelistas han tomado áreas temáticas enteras y las han descargado en sus novelas. Es como si, al verse confrontados por la infinita cantidad de información que circula en Internet, decidieran ametrallar con cuanto puedan. Quizá los escritores consideren que la información es la condición representativa de nuestros tiempos y que por tanto la novela debe reflejarla.

 

De ser así, podemos esperar personajes atrapados en abrumadoras masas de información y complejidad, en donde o son derrotados o quedan alienados—un L’Etrangere de la era de la información—. Pero la info-novela es algo totalmente diferente. Llegó para transmitir información más que para comentarla; le interesa más mostrar aspectos estructurales y técnicos que servirse de ellos para lograr un mundo imaginario, todo lo cual indica que ha quedado disminuida radicalmente, que el ánimo ha fracasado, que hay una crisis de fe dentro del proyecto de la narrativa.

 

En una ocasión Mailer, desesperanzado ante los talentos tímidos, exhortó a los escritores jóvenes a escribir como si fuesen a lanzarse de candidatos a la presidencia. (Era el Mailer político de finales de los sesenta, que argumentaba que esto constituiría un buen aditivo). El viejo pugilista no se ha derretido por completo: en una reciente plática con Charlie Rose, Mailer le exigió a  Franzen esto mismo, con lo cual demostró ser más perceptivo que los críticos, quienes han confundido a la info-novela con la ambición literaria. En The New York Times Book Review, Judith Shulevitz expresa, ‘los novelistas, en breve, se han convertido en nuestros intelectuales públicos—en nuestros eruditos, nuestros geógrafos, nuestros académicos del mundo material’. Shulevitz únicamente se reserva el hecho de que los personajes en las obras de Delillo, Franzen y Eugenides no son ellos mismos intelectuales, no son siquiera particularmente perceptivos. Para encontrar un personaje ficticio que sea verdaderamente inteligente y auto-consciente, escribe, hay que zanjear una novela de Richard Powers.

 

Los personajes de Powers son educados, íntegros e hiper-coherentes, pero no son, como Harold Bloom ha expresado, personajes shakespeareanos, capaces de interpretar sus pensamientos y acciones y por lo tanto, de transformarse y crecer. Tal vez Shakespeare sea una meta muy alta, pero aun con expectativas mucho más modestas, la novela enciclopédica fracasa.

 

Es axioma de la narrativa creativa el que en la literatura seria el personaje sea quien conduzca la trama, y no al revés. En las novelas de espionaje, de misterio o incluso en los prefabricados thrillers de abogados, los personajes sirven al argumento, el cual tiende a engullirlos para después escupirlos. En la narrativa, los personajes llenan y organizan la historia  que los circunda. Los personajes bien logrados exigen ser comprendidos por sí mismos. Los nuevos volúmenes violan esta máxima, y no es más que por cansancio. En The Corrections, de Franzen, se habla mucho del ámbito político visto desde la segunda hilera de la academia, del resultado de la burbuja tecnológica de la década de 1990, de la corrupción en la práctica empresarial de los países  antes Soviéticos, incluso de cómo opera un restaurante, pero sus personajes difícilmente encuentran su camino en este laberinto y más bien apenas descollan entre las tremendas torres de información que los rebasan; se ahogan en ella. No se trata de comparar a Franzen, quien ganó el premio Pulitzer del año pasado, o a Andrea Barret, cuya colección Servants of the Map recibió nominación en este año, con John Grisham. Un thriller de Grisham ambiciona otras cosas y generalmente alcanza el éxito a su manera. No puede decirse lo mismo de Barret, cuyos personajes decimonónicos son botanistas, biólogos, médicos y exploradores que viven más para referir la historia de la ciencia en la época victoriana que para la narrativa. Pero entonces, ¿por qué nos hace perder el tiempo?

 

Los críticos norteamericanos les han hecho fanfarrias a Franzen, Delillo y Powers, pero la info-novela difícilmente es un fenómeno único en los Estados Unidos. La muy celebrada Atomised, de Michel Houellebecq, contiene trazos de filosofía política y moral, de química y ciencias nucleares y hasta de historia moderna de Francia, la cual sería más digna de una monografía. Julian Barnes, de quien se esperaría saber más, dijo de Atomised que ‘es una novela que va en pos de la gran presa mientras otras se rezagan en la captura de algún conejo’. El tipo de cacería que emociona a Barnes normalmente va detrás de algo como:

 

La individualidad y el sentido de libertad que fluye a partir de ella, es la base natural de la democracia. Bajo un régimen democrático, las relaciones entre individuos normalmente se ven reguladas por un contrato social. Aquel pacto que sobrepase los derechos naturales de los contratantes, o que no obedezca claramente  un cláusula de retracción, debe considerarse inválido o nulo de facto.

 

Y esa gran cacería incluye tramos que podrían pasar por periodismo mediocre:

 

Numerosos eventos de importancia acaecidos en 1974 dieron gran impulso a la causa del relativismo moral. El 20 de  marzo se abrió en París el primer Club Vitatop, mismo que jugaría un papel preponderante en el culto a la belleza física. El 5 de julio descendió a 18 el rango de mayoría de edad, y el divorcio por consentimiento mutuo fue oficialmente reconocido a partir del 11, dejando por lo tanto al adulterio fuera del Código Penal. Por último, el 28 de noviembre, después de un fuerte debate descrito como “histórico” por muchos comentaristas, se aprobó la Ley Veil que legaliza el aborto, gracias al gran cabildeo realizado por la izquierda.

 

El agnosticismo en ell corazón de la república francesa facilitó el triunfo progresivo, hipócrita y ligeramente siniestro, de la visión determinista. En climas templados, el cuerpo de un ave o de un mamífero atrae primero a cierta especie de mosca (Musca, Curtoneura), pero al entrar en descomposición otras especies se suman, especialmente la Calliphora o la Lucilia. Bajo la acción combinada de las bacterias y de los jugos gástricos que las larvas vomitan, el cadáver comienza a hacerse líquido y a convertirse en el fermento de reacciones butíricas y amoníacas. 

 

Barnes no estuvo solo. Varias publicaciones y periódicos describieron a Atomised como una novela de ideas. No lo es. Una novela de ideas es otra cosa; es aquella en la que los personajes luchan cuerpo a cuerpo con desafíos éticos y morales. La Montaña Mágica, por ejemplo, es entre otras cosas una versión ricamente animada de la tragedia Nietzcheana. Todo lector de la obra maestra de Mann posee un buen entendimiento de las fuerzas que se oponen en Nietzche: la fuerza apolínea que representa el orden, la razón, la claridad y la armonía; y la fuerza dionisíaca que denota la creatividad salvaje, el espíritu liberado y el juego embriagador. Muchos filósofos interpretan erróneamente la concepción que Nietzche tiene de la tragedia, y sin embargo Nietzche fue un pensador sutil; pero Mann fue más sutil todavía. Igual que Nietzche, quien exigía una ética más allá del bien y del mal, Mann creó personajes que equilibran, por lo menos por algún tiempo, las fuerzas apolíneas y dionisiacas contenidas en sus personalidades y en el mundo que habitan.

 

Otros grandes escritores se han aproximado a la novela de ideas de manera similar. Tolstoi entendió muy bien la diferencia entre narrativa e historiografía y probablemente por alguna razón, sus argumentos sobre historia militar contenidos en La Guerra y la Paz se incluyen en capítulos separados. Fue como si hubiese querido que éstos no interfirieran en la novela en sí. Incluso sin estas divagaciones, La Guerra y la Paz es una novela de ideas porque trata de cómo opera la gente en tiempos de guerra, de cómo se enamoran y desenamoran sus personajes en una sociedad de grandes y rápidos cambios. Tal vez sea algo inherente a los rusos. Los Hermanos Karamazov bien puede ser la apoteosis de la novela de ideas. La narrativa de Dostoievsky examina el bien y el mal, la fe y la desesperación, el realismo y el misticismo, todo sin decirle al lector nada, sin requerir para ello de proporcionar una lección.

 

La novela de ideas no tiene que ser de 800 páginas, ni tampoco describir una provincia de hombres de raza blanca que murieron hace mucho tiempo. Allice Munro ha estado escribiendo cuentos muy buenos en las últimas dos décadas. Sebald evocó tan bien como Proust los recuerdos y el tiempo, y con muchísima más economía. Y mientras Updike y Mailer han reducido la velocidad y han producido lo más débil de su obra en las últimas décadas, y justo cuando Bellow está apagando su laptop, las últimas tres o cuatro novelas de Philip Roth  resultaron ser atrevidas y brillantes.

 

Los escritores jóvenes más celebrados han pasado por alto estos ejemplos, todo por ir tras la receta de Tom Wolfe con la cual intentan reflejar a la sociedad moderna en su conjunto, tan planificada que resulta acartonada, agregando todos los componentes de la cultura pop. Por lo general en sus novelas se escucha esa voz jugosa en esteroides que el crítico y novelista James Woods ha denominado ‘realismo histérico’: compilaciones inteligentes de referencias consumistas salpicadas dentro de ensayos sobre política, negocios y cultura popular. Esto ya había sucedido anteriormente. A la novela naturalista, en especial durante su ejemplificación del siglo XIX en Francia (Dickens jamás perdió el rastro de su historia), le preocupaba la mecánica de la recién industrializada sociedad, y sus grandes tramas imprimieron personajes insertos en grandes muchedumbres. El naturalismo tuvo su gran resaca, incluso en idioma inglés, como lo sabrá cualquiera que haya tratado de internarse en la obra de Dreiser. No obstante, el naturalismo dio el gran salto hacia el brillante modernismo. Hay esperanza.

 

No hay forma platónica para la novela y bien es cierto que no se requiere que los escritores se adhieran a fórmula alguna ni a cierto conjunto de reglas. La novela no es haiku ni es un soneto, ni siquiera un film con sus bien delimitados tiempo y perspectiva. La narrativa debe tener espacio para crecer, reinventarse y reafirmarse a sí misma. Nosotros, como lectores, debemos alejarnos un poco y proporcionarle cierta distancia. Como bien dijo el Dr. Jonson, la esencia de la poesía es la inventiva. El arte lucha por responder a la pregunta de qué es la vida. La info-novela, privada de toda poética y estéril de inventiva, sobresale sólo en su construcción inteligente, en la amalgama de información, proponiendo una y otra vez la misma estúpida pregunta.

 

Peter Lurie es autor del libro Are Sexual Rights Privacy Rights, Natural Rights, Neither, or Both? A Review of Sexual Rights in America.

Publicado con la autorización de

www.butterfliesandwheels.com y Peter Lurie.

 

 

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