La biblioteca impetuosa

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Hans Castorp, el protagonista de la novela La Montaña Mágica, de Thomas Mann, que iba por treinta días y se quedó diez años en un sanatorio de los Alpes suizos, resulta en nuestra época un ejemplar extravagante. No sólo contraviene nuestras pautas de velocidad y de aprovechamiento del tiempo, sino que parece abolirlas e ignorarlas, una manera más herética de transgredirlas. El tiempo urbano, quién lo duda, procede de manera ferviente y ansiosa, como poseído por el demonio de la insatisfacción interior. El otro tiempo, el de Hans Castorp, transcurre con un peculiar ritmo introspectivo, denso y apacible.

 

Hay quien puede decir que esta impresión se debe menos al temperamento de Hans Castorp que a la literatura de Thomas Mann, y que quizás sea la peculiar atmósfera atemporal que logra el relato la que permite al lector vislumbrar el otro tiempo. Lo cierto es que son pocas ya las ocasiones en las que el hombre moderno tiene ocasión de vivir con fruición el discurrir del tiempo. Uno de esos contados pretextos sigue siendo la lectura. Extrañamente, la lectura ha sido vista por sus evasores como una argucia escapista, como una forma inútil de la diversión. Este juicio ignora que frente a las urgencias inmediatas del frenético cuerpo y sus visiones, la lectura suele ser un remanso para la convivencia íntima, una arena para el encuentro consigo mismo, una aventura por la orografía personal. En suma, inmersión más que evasión.

 

A últimos tiempos, sin embargo, el virus de la exaltación, que ha sido culpable del ansioso tiempo moderno, ha tratado de contagiar también el rito de la lectura. Se trata de los cursos de lectura veloz que prometen la comprensión del “100 por ciento de 2000 palabras por minuto”. Es cierto que frente a este virus los verdaderos lectores no están en peligro. Después de todo no son los verdaderos lectores quienes buscan este tipo de ayuda cuantitativa, sino los que no están dentro de esa cofradía. Esas personas, que afirman no tener tiempo para leer pero que aspiran con languidez a adquirir ese hábito, son los clientes potenciales de estos vendedores de la inteligencia apremiada, que abruman a los transeúntes en alguna plaza comercial, pronuncian exaltados discursos persuasivos y hacen uso indiscriminado de la retórica estadística a la desprevenida víctima.

 

Se trata, pues, de hacer de la lectura una inverosímil carrera contra el tiempo, una competencia contra los números, un ejercicio de espiritualidad mensurable. “Uf, sólo leí 475 palabras el último minuto”, dirá un lector con cronómetro en mano, luego de hojear nervioso una novela de Thomas Bernhard. “¡La insoportable levedad del ser, en hora y media!”, presumirá otro lector aficionado todavía con la respiración agitada. Habría que sugerir que de ser válido el método de la lectura veloz, habría que complementarlo con otros cursos de emoción y lógica veloces, para que el lector sea capaz no sólo de comprender las dos mil palabras por minuto, sino de llorar, sorprenderse, deducir, relacionar, iluminarse, descubrir, reír, indignarse, excitarse a, digamos, cinco lágrimas, tres carcajadas, cuatro deducciones, una iluminación y tres erecciones por minuto, a fin de hacer de la lectura una experiencia total. [Si esta colaboración cayera en las manos de uno de los agentes de esa secta, por ejemplo, en tan sólo veinte segundos habría sido capaz de: 1) comprender al cien por cien el texto, 2) indignarse, 3) refutarme, 4) olvidarme].

 

Lo más probable es que, luego del curso de lectura veloz, el alumno quede enemistado para siempre con la lectura. Le quedará el resabio de un ejercicio falaz y veleidoso en el que el gozo queda reducido a cuatro guarismos y dos manos sudorosas. Nada del “otro tiempo”, nada de Hans Castorp, nada de tardes inteligibles, ni de silencios lúcidos, ni de las “discretas aventuras del orden”, que conlleva el ejercicio de la lectura. Sólo quedará un sujeto con prisa inmerso en el tiempo agitado del presente, del aquí y del ahora, atrapado por los desquiciantes y contradictorios ritmos de la modernidad, jugando carreras contra sí mismo.

 

Decía Jean Duché en su mítica Historia de la Humanidad, que el hombre se acomoda bien a la confusión mental. Nunca más apropiada esa observación que respecto a los caóticos promotores de la lectura impetuosa, sólo útil, quizás, para acometer los Cuentos para Leerse en el Elevador, del escritor español Jardiel Poncela.

 

 

 

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