La historia de las religiones de éxito

Por: 
Jared Diamond
Traducción: 
Madú Díaz Muñoz y Alberto García Ruvalcaba.

Reprinted with permission from The New York Review of Books.
Copyright ©2003 NYREV, Inc.

¿Cuáles son las características de las religiones exitosas? ¿Cuál su modus operandi? ¿Puede explicarse el desarrollo histórico de una religión echando mano de conceptos de biología evolutiva?  O más precisamente, las instituciones humanas y sistemas de creencias que conocemos como religiones ¿evolucionan a través del proceso que los biólogos llaman “selección de grupo”? En este lúcido ensayo el amplio pensamiento de Jared Diamond aborda el libro Darwin’s Cathedral de David Sloan Wilson, y elucida los elementos de toda religión, su naturaleza adaptativa a los tipos de sociedad humana –desde las hordas a las tribus a los pueblos a los Estados; su función suministradora de una ética no pocas veces etnocéntrica, y de una cosmogonía. Y, como ocurre siempre que se encuentra un patrón de cambio evolutivo a un ser biológico o social, se termina con la interrogante de si es posible también anticipar su desarrollo posterior: ¿Cuál es el futuro de las religiones? ¿Terminarán siendo engullidas por la maquinaria lógica de la ciencia y el Estado secular? No mientras –como un mantra– repitamos la pregunta que se formuló hace tres siglos Leibnitz ¿Por qué hay algo cuando podría no haber habido nada?, sostiene Jared Diamond.

Libro reseñado:
Darwin’s Cathedral
de David Sloan Wilson
University of Chicago Press.

“En el principio, toda la gente vivía alrededor de un gran ébano en la selva, y hablaban la misma lengua. Un hombre cuyos testículos estaban extremadamente hinchados debido a que estaban infectados por un gusano parásito, pasaba el tiempo sentado en una rama del árbol para poder descansar sus pesados testículos en el piso. Movidos por la curiosidad, los animales de la selva se acercaban a husmear sus testículos. Los cazadores entonces descubrieron lo fácil que era matar a los animales, y todos tuvieron comida en abundancia y fueron felices.

“Entonces, un día, un hombre malo mató al esposo de una mujer hermosa, con la intención de quedarse con la mujer. Los parientes del hombre muerto atacaron a su asesino, el cual a su vez fue defendido por sus propios parientes, hasta que el asesino y sus parientes subieron al ébajo para ponerse a salvo. Los atacantes jalaron con lianas el árbol desde un extremo, para derribarlo y alcanzar así a sus enemigos.

“Finalmente, las lianas se rompieron devolviendo el árbol con gran fuerza a su posición original. El asesino y sus parientes fueron lanzados fuera del árbol en muchas direcciones. Llegaron a lugares tan distantes y diferentes, que nunca más volvieron a encontrarse. Con el tiempo, sus respectivas lenguas se volvieron cada vez más diversas. Por eso la gente hoy habla tantas lenguas diferentes y no pueden entenderse unas a otras, y por eso es tan difícil para los cazadores atrapar animales para comer.”

Me contaron esta historia los Sikari, una tribu de seiscientos indígenas de la Nueva Guinea. La historia es un ejemplo de la extendida clase de mito conocida como mitos originales, que nos es familiar por los relatos del Jardín del Eden o la Torre de Babel del Génesis bíblico. A pesar de esos paralelos con las religiones Judeo-Cristianas, la sociedad tradicional Sikari no tiene iglesias, sacerdotes, ni libros sagrados. ¿Por qué el sistema de creencias Sikari rememora tanto a los mitos originales de las religiones Judeo-Cristianas, y sin embargo difiere tanto de éstas en otros aspectos?

Todas las sociedades humanas conocidas han tenido una “religión” o algo por el estilo. Pero ¿qué es lo que realmente define a una “religión”? Los estudiosos han debatido esta y otras preguntas parecidas durante siglos. Para que un sistema de creencias constituya una religión ¿debe incluir la creencia en un dios o dioses, y debe acaso necesariamente incluir algo más? ¿Cuándo aparece la religión en la historia evolutiva humana? Los ancestros humanos se distanciaron de los ancestros de los chipancés, hace aproximadamente seis millones de años. Cualquier cosa que sea la religión, ¿podemos estar de acuerdo en que los chimpancés no la tienen, pero que había ya religión entre nuestros ancestros Cro-Magnon 40,000 años atrás? ¿Acaso existen diferentes etapas históricas en el desarrollo de las religiones, con credos como el Cristianismo o el Budismo representando una etapa de desarrollo más reciente que el los sistemas de creencias tribales como el de los Sikaris? Estas cuestiones largamente debatidas han cobrado aguda actualidad para todos nosotros debido a los recientes ataques terroristas, y al esfuerzo por comprender el fanatismo que los motivó. Tendemos a asociar religión con la parte más noble de la humanidad, no con su parte perversa: ¿Por qué la religión predica a veces el asesinato y el suicidio?

Si vamos a responder a estas interrogantes, David Sloan Wilson nos dice en Darwin’s Cathedral, debemos reconocer que las religiones son instituciones humanas y sistemas de creencias evolucionando a través del proceso que los biólogos llaman “selección de grupo.” Las religiones ofrecen potencialmente beneficios prácticos, sociales y motivacionales a sus seguidores. Pero las religiones difieren entre ellas en el grado en el que motivan a sus seguidores a tener hijos, a cuidar de ellos hasta hacerlos miembros productivos de su sociedad, y a convertir y asesinar creyentes de religiones competidoras. Aquellos religiones que sean más exitosas en estos aspectos tenderán a extenderse, a ganar y retener seguidores, a expensas de otras religiones. Dos citas del libro de Wilson’s servirán para resumir su tesis:

Algo tan elaborado –como absorbente de tiempo, energía y pensamiento— como la religión, no existiría si no tuviera una utilidad secular. Las religiones existen fundamentalmente para que la gente pueda alcanzar junta lo que no puede lograr por sí sola. Los mecanismos que hacen funcionar a los grupos religiosos como unidades adaptativas incluyen a las propias creencias y prácticas que hacen a la religión aparecer enigmática a muchas de las personas que se mantienen al margen de ellas.

Los cambios demográficos en una población dependen de los nacimientos, fallecimientos, inmigración [esto es, conversión en el caso de la religión], y emigración [esto es, abandonando la propia religión]. El resultado de estos incrementos y decrementos debe ser positivo si la religión quiere subsistir, pero su importancia relativa puede variar ampliamente. Como lo muestra un caso extremo, los Shakers [“Tembladores”, miembros de la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Venida de Cristo] tuvieron éxito por un breve período basados puramente en la inmigración, y sin un solo nacimiento. Basados en la inmigración solamente, el Judaísmo se halla en gran desventaja comparado con el proselitismo de las religiones Cristiana e Islámica, que explica en parte su estatus minoritario. A pesar de su desventaja con respecto a la inmigración, sin embargo, el Judaísmo ha subsistido fortalecido por otros factores que contribuyen al crecimiento demográfico (alta tasa de natalidad, baja de mortalidad, y baja emigración).

Wilson presenta su argumento en dos capítulos en los que examina la religión desde la doble perspectiva de la biología de grupos evolutivos y las ciencias sociales. En los siguientes cuatro capítulos prueba su hipótesis en contra de algunas religiones: el Calvinismo temprano, el sistema del templo de agua de Bali, el Judaísmo, la Iglesia Cristiana Temprana, la Iglesia Coreana de Houston, y la doctrina cristiana del perdón. Estas disquisiciones están llenas de nuevas perspectivas sobre instituciones aparentemente tan conocidas que uno creería que nada nuevo se podía agregar.

Por ejempo ¿por qué, entre innumerables pequeñas sectas judías compitiendo entre ellas y con otros grupos no judíos dentro del Imperio Romano en el siglo primero de nuestra era, el Cristianismo emergió como la religión dominante tres siglos después? Entre las características distintivas del Cristianismo Temprano que contribuyeron a lograr este resultado, están su activo proselitismo (a diferencia de la corriente principal del Judaísmo), sus prácticas que incentivaban el tener más hijos y permitían a más de ellos sobrevivir (a diferencia de la sociedad romana contemporánea), las oportunidades para sus mujeres (contrario al Judaísmo y al paganismo romano y al posterior Cristianismo), sus instituciones sociales, que protegieron a los Cristianos de las plagas, logrando una menor tasa de mortalidad entre ellos que entre los romanos, y la doctrina cristiana del perdón. Esa doctrina, que es con frecuencia malinterpretada como la noción simplista de poner la otra mejilla, realmente prueba ser parte de un sistema de respuestas complejo y contextodependiente, que fluctúa del perdón a la represalia. Bajo ciertas circunstancias, pruebas experimentales llevadas a cabo mediante juegos simulados, muestran que perdonar a alguien que te ha hecho mal, puede ser realmente la respuesta que más probablemente te significará un provecho en el futuro.

Obviamente, el tema principal de Darwin’s Cathedral –religión— es provocador en extremo. Además, muchos de los temas a los cuales Wilson acude para interpretar la religión –temas como selección de grupo, adaptación, demostración de hipótesis, y cómo se “hace” ciencia—son controversiales incluso entre científicos. Discusiones de este tipo tienden a ser partidarias, simplistas, y llenas de distorsiones. Una gran virtud del libro de Wilson es la escrupulosa probidad con la que trata temas controversiales. Es cuidadoso al de definir conceptos, al valorar tanto su grado de aplicabilidad como sus limitaciones, evita ser parcial, distorsionar los hechos, exagerar sus afirmaciones, y otros recursos retóricos baratos. De esta manera, el libro de Wilson es más que solo un intento de entender la religión. Aún para lector sin interés en la religión ni la ciencia, su libro puede servir de modelo de cómo abordar temas controversiales con honestidad.

Me parece que aquello a que nos referimos como “religión” abarca cuatro diferentes elementos, originalmente no relacionados entre sí, reglas morales de buen comportamiento hacia los miembros del grupo, y (demasiado frecuente) reglas de mal comportamiento hacia los miembros ajenos al grupo. Esos elementos sirven a diferentes propósitos; aparecieron o empezaron a aparecer en diferentes momentos de la historia humana; y coexisten solo desde hace aproximadamente ocho mil años. La mayor parte de los esfuerzos por definir a la religión empiezan con un elemento: la creencia en dios o dioses. Pero esa definición nos mete en dificultades, como Wilson lo nota:

La religión es algunas veces definida como la creencia en agentes sobrenaturales. Sin embargo, otros juzgan esta definición como superficial e incompleta. Buda rehusó ser asociado con ningún dios. Él se limitó a proclamar estar despierto y haber encontrado un camino de iluminación.

Algunos judíos y unitarios también, y muchos japoneses, son agnósticos o ateos pero aún así se consideran a sí mismos como pertenecientes a una religión. Por el contrario, muchas sociedades tribales creen en agentes sobrenaturales que nosotros, occidentales, vemos más como espíritus que como dioses. ¿Qué tienen estos agentes en común?

Un elemento esencial compartido por el Dios judeocristiano, los antiguos dioses griegos, y los espíritus tribales, puede ser formulada del siguiente modo: “un pretendido agente sobrenatural de cuya existencia nuestros sentidos no nos dan prueba, pero que es invocado para explicar cosas de las cuales nuestros sentidos sí nos informan.” Muy pocos americanos hoy en día creen que Dios sea una “primera causa” que creó el universo y sus leyes y que explica su existencia, pero que dejó andar el universo apenas después sin intervención divina. Los creacionistas invocan a Dios para explicar mucho más, incluso la existencia de cada especie de planta y animal, pero la mayor parte de los creacionistas no invocarían a Dios para explicar cada ocaso, marea o viento. No obstante, los antiguos griegos sí invocaron a sus dioses o agentes sobrenaturales para explicar ocasos, mareas y vientos. Las sociedades de Nueva Guinea en las cuales he vivido van más allá y tienen explicaciones sobrenaturales para el canto de cada especie de ave (como las voces de antepasados transformados en aves).

Claramente, en las sociedades occidentales modernas, el poder explicativo de la religión ha sido gradualmente usurpado por la ciencia. Cuando los Sikaris y los creyentes en el Antiguo Testamento invocan mitos (como el del ébano y el de la torre de Babel) para explicar la diversidad lingüística, los lingüistas en cambio invocan los procesos históricos del cambio de la lengua. Explicaciones de ocasos, mareas y vientos son ahora asunto de meteorólogos y astrónomos. Para los científicos modernos, el último bastión de la explicación religiosa es Dios-Como-Primera-Causa: la ciencia todavía no tiene nada que decir sobre el por qué de la existencia del universo. De mi primer año en Harvard en 1955, recuerdo al gran teólogo Paul Tillich desafiando a sus hiper-racionales alumnos de primer ingreso para encontrar una respuesta científica para una cuestión muy simple: “¿Por qué hay algo, cuando pudo no haber nada?”

Además de la creencia en Dios, un segundo elemento que define a las religiones y que damos por hecho es la organización estandarizada. La mayoría de las religiones modernas tienen sacerdotes de tiempo completo (alias rabinos, ministros, o como sea que se les llame) quienes reciben un salario o les son satisfechas sus necesidades personales. Las religiones modernas también tienen lugares de culto (alias templos, sinagogas, mezquitas, etc.). Dentro de cualquier secta, todos esos lugares de culto usan libros sagrados estandarizados (Biblias, Tora, Corán, etc.), rituales, arte, música, arquitectura, y vestimenta. Ninguna de esas características aplica a las creencias tribales de Nueva Guinea.

Históricamente, esos elementos de organización de la religión surgieron para resolver el problema a que se enfrentaron las sociedades humanas antiguas cuando se hacieron más populosas y ricas. En tiempos recientes todos los europeos han vivido bajo sistemas políticos llamados Estados, que los estudiosos europeos empezaron asumiento como la forma natural de organización política. Pero luego de 1492, al tiempo que los europeos se esparcieron por el mundo, encontraron pueblos viviendo bajo más simples y menos populosos sistemas políticos definidos como pueblos, tribus y bandas. De objetos preservados en sitios arqueológicos (tales como reconocible parafernalia de jefes y reyes), los arqueólogos infieren que los primeros pueblos emergieron de las sociedades tribales en la Creciente Fértil del Asia Occidental alrededor de 5500 años antes de nuestra era, y que los primeros Estados con reyes emergieron de los pueblos alrededor del 3500 A.C.

Las bandas y sociedades tribales son demasiado pequeñas e improductivas para generar remanentes de comida que pudieran alimentar a sacerdotes de tiempo completo, jefes, cobradores de impuestos, artesanos, o especialistas de ningún tipo. En cambio, cada adulto en la banda o tribu tiene que hacerse de su propia comida mediante la caza, la recolección, o la agricultura. Solo sociedades mayores y más productivas generan remanentes que pueden ser usados en la alimentación de jefes y otros líderes o especialistas, ninguno de los cuales siembra o caza en búsqueda de comida.

¿Por qué prosperó este sistema de distribución de la comida? Nos encontramos en un dilema cuandos nos enfrentamos a la confluencia de tres hechos: sociedades populosas derrotan normalmente a las sociedades pequeñas; pero sociedades populosas requieren de líderes y burócratas de tiempo completo; y los líderes y burócratas de tiempo completo deben ser alimentados. En palabras de Wilson:

“desde el punto de vista funcional del nivel de grupo solamente, las sociedades deben devenir diferenciadas [entre líderes y súbditos] tan pronto como su tamaño se incrementa. Treinta personas pueden sentarse alrededor de una fogata y llegar a un consenso; treinta millones no.”

Pero ¿cómo se las arregla el jefe para que el campesino tolere lo que en el fondo no es más que el robo de su comida por parte de clases sociales parasitarias? Este problema es común para los ciudadanos de cualquier democracia, que se hacen la misma pregunta cada elección: ¿Qué han hecho los involucrados desde la últilma elección para justificar los altos salarios que se pagan a sí mismos del erario público?

La solución fraguada por todo pueblo o Estado temprano –del antiguo Egipto a la Polinesia Hawaiana al Imperio Inca— fue instituir una religión organizada con los siguientes principios: el jefe de reyes está emparentado con los dioses; él o ella puede interceder con los dioses en representación del campesino (enviando, por ejemplo, lluvia o asegurando una buena cosecha). A cambio, los campesinos deben alimentar al jefe, a sus sacerdotes y a los cobradores de tributo. Rituales estandarizados, llevados a cabo en templos estandarizados, sirven para enseñar estos principios religiosos a los campesinos de manera que ellos obedezcan al jefe y a sus lacayos. Tan pronto como los Estados teocráticos evolucionaron en los imperios de la antigua Babilonia o Roma y exigieron más y más comida y trabajo, los ornamentos arquitectónicos de las religiones de Estado se hiciere aún más elaborados.

Por supuesto, en los siglos recientes del mundo judeocristiano, esta tendencia ha sido revertida, y la religión es mucho menos que antes la sirvienta del Estado; los políticos se apoyan en cambio en otros medios para persuadir u obligarnos a todos nosotros campesinos. Pero la fusión de religión y Estado persiste en los países musulmanes, Israel, y (hasta recientemente) Japón e Italia. Incluso el gobierno de Estados Unidos invoca a Dios en su moneda y aloja a un capellán en el Congreso y en las fuerzas armadas.

Hay todavía un tercer atributo de la religión que damos por sentado: es el de que justifica o refuerza preceptos morales. Todas las principales religiones mundiales enseñan lo que está bien, lo que está mal y como debería uno de comportarse. De manera que sorprenderá a la mayoría de Judíos, Cristianos y Musulmanes saber que este vínculo entre religión y moral está totalmente ausente en las sociedades de la Nueva Guinea con las que he tenido alguna experiencia. No es que las sociedades de Nueva Guinea sean amorales: la mayoría de ellas tiene códigos sociales aún más estrictos que los que tienen las sociedades europeas y americanas. No obstante, en los años que he pasado en las sociedades tradicionales de la Nueva Guinea, jamás he escuchado invocación alguna a dios o al espíritu para justificar el comportamiento de la gente con sus semejantes. En estas comunidades las obligaciones sociales dependen de las relaciones interpersonales. Debido a que una banda o tribu tiene unas pocas docenas o cientos de individuos respectivamente, sus miembros se conocen entre sí y saben el lugar que ocupa cada uno de ellos en el todo. Uno tiene diferentes obligaciones para con sus semejantes, dependiendo de si se trata de parientes consanguíneos, de parientes políticos, de miembros de su clan y de personas de clanes diferentes.

Estas relaciones determinan, por ejemplo, tanto si puedes llamar a la gente por su nombre de pila, casarte con ella, o exigirle compartir su casa o la comida contigo. Si te lías a golpes con algún miembro de la tribu, tus parientes o los que los conocen a ambos, los separarán. El deber de comportarse pacíficamente con los extraños no surge, pues las únicas personas extrañas son los miembros de las tribus enemigas. Si llegaras a encontrarte con una persona extraña en el bosque, lo lógico sería que trataras de matarla o bien de huir; nuestra moderna costumbre de decir ¡Hola! y conversar amistosamente sería suicida.

De esta manera un nuevo problema surgió hacer alrededor de 7,500 años cuando algunas sociedades tribales evolucionaron en pueblos formadas por miles de individuos —un número de personas mayor del que cualquiera sería capaz recordar con sus respectivos nombres y la posición que ocupan en la comunidad. Estos pueblos y Estados emergentes afrontaron grandes problemas de inestabilidad potencial, porque las antiguas reglas tribales de comportamiento no les eran ya suficientes. Si te encontrabas con un miembro ajeno a tu pueblo e iniciabas una pelea con él de acuerdo con las reglas de comportamiento tribal, las cosas acabarían en una pelea campal entre los parientes de uno y de otro contendiente. Una muerte en tales condiciones encendería la chispa para que los parientes de la víctima trataran de matar a alguno de los parientes del asesino en venganza. ¿Cómo se salva de desmoronarse una sociedad de una incesante orgía de reyertas y ajuste de cuentas?

La solución a este dilema de sociedades populosas es la que nosotros mismos encontramos, y que se encuentra documentada en todos los pueblos y primeros Estados de que tenemos noticia. Las reglas de comportamiento pacífico son obligatorias para todos los miembros de la sociedad y son además impuestas coercitivamente por los líderes políticos (jefes o reyes) y sus agentes, quienes justifican las reglas apelando a una nueva función de la religión. Se dice que los dioses o agentes sobrenaturales son los autores de estas reglas. A la gente se le enseña desde la niñez a obedecer las reglas, y a esperar un castigo severo si se incumplen (porque ahora el ataque a otra persona es un ataque a los dioses). Ejemplos familiares a los Judíos y Cristianos son los Diez Mandamientos.

No obstante, causa extrañeza a los escépticos el hecho de que el relato del origen sobrenatural del código moral de toda religión no merece credibilidad a los no adeptos a ella. Por ejemplo, los no mormones dudan de que a Joseph Smith se le haya aparecido el ángel Moroni el 21 de Septiembre de 1823, para revelarle las tablillas doradas enterradas en la cima de una colina cercana a Manchester Village, en el estado occidental de Nueva York, y que esperan ser traducidas. Los no mormones también dudan de las declaraciones juradas por ocho testigos (Christian Whitmer, Hiram Page y otros seis) que afirmaron haber visto y manipulado las tablas. Pero cuál es realmente la diferencia entre las declaraciones de Joseph Smith y sus testigos y los relatos bíblicos de las revelaciones divinas a Moisés y Jesús, a excepción de los cientos de años transcurridos y el diverso grado de escepticismo que a cada uno le haya sido transmitido durante su formación? Como señala Wilson, el éxito del código moral de una religión depende de su capacidad de motivar a sus adeptos a conformar una sociedad funcional, y no de la eventual falsedad de sus proclamas religiosas: “Hasta las creencias más palmariamente ficticias pueden ser funcionales, con tal de que motiven comportamientos apropiados en el mundo real”; “...el conocimiento objetivo no es suficiente por sí mismo para motivar un comportamiento ajustado a la norma. A veces un sistema simbólico de creencias que se aparta de la realidad objetiva logra mejor su cometido.”

En las sociedades secularizadas en épocas recientes, tales reglas de comportamiento moral han trascendido sus orígenes religiosos. Las razones por las que tanto ateos como creyentes se abstienen de matar a sus enemigos se fundan más en valores arraigados en la sociedad, y en el temor al poderoso brazo de la ley, que en el miedo a la ira de Dios. Pero desde el surgimiento de los pueblos hasta el reciente surgimiento de los Estados seculares, la religión justifica códigos de comportamiento y así facilita la convivencia armoniosa de las personas en grandes sociedades donde uno encuentra a gente extraña frecuentemente.

Otro problema novedoso que enfrentaron los pueblos y Estados emergentes, pero no las bandas ni tribus del pasado, concierne a las guerras. Puesto que las tribus usan el parentesco consanguíneo o político, no la religión, para justificar las reglas morales, sus miembros no tienen escrupulos morales en lo que se refiere a matar a miembros de otras tribus con los cuales no están emparentados. Pero una vez que un Estado invoca a la religión para exigir comportamientos pacíficos para con ciudadanos no emparentados, ¿cómo puede convencer a sus ciudadanos de no aplicar los mismos preceptos en tiempos de guerra? Los Estados permiten, de hecho ordenan, que sus ciudadanos roben y maten a ciudadanos de otros Estados a los cuales se les ha declarado la guerra. Luego de que el Estado ha pasado 18 años enseñando a un niño “No matarás,” ¿cómo puede darse la vuelta y decir: “Debes matar bajo las siguientes circunstancias,” sin dejar estupefactos y confundidos a sus soldados y propensos a matar a la gente equivocada (por ejemplo a sus conciudadanos)?

De nuevo, tanto en la historia antigua como en la moderna, la religión viene en nuestro auxilio con sus últimas cuatro características. Los diez mandamientos se limitan a regular nuestro comportamiento hacia los miembros de nuestro pueblo o Estado. La mayoría de las religiones afirman tener el monopolio de la verdad y que las demás religiones están equivocadas. Usualmente en el pasado, y con demasiada frecuencia también hoy, los ciudadanos son instruidos u obligados a matar y robar a los creyentes de esas religiones equivocadas. Ese es el lado oscuro de todos esos nobles llamamientos patrióticos: por Dios y por el país, por Dios y España, etc. Esto de ninguna manera absuelve a las actuales generaciones de fanáticos asesinos religiosos de reconocer su culpa como herederos de una antigua, extendida y vil tradición.

Esta hipocresía elemental de las religiones parece en principio resistir cualquier explicación. La respuesta de Wilson es que el éxito de una religión (o su “competitividad”, para usar el lenguaje de la biología evolutiva) puede ser definido sólo comparándolo con el éxito de otras religiones. Le parezca a uno o no, las religiones pueden y frecuentemente han aumentado su éxito (el número de sus seguidores) matando o convirtiendo a la fuerza a creyentes de otras religiones:

Siempre que abordo un tema de religión en una conversación, comúnmente recibo una letanía de maldiciones hechas en nombre de Dios. En casi todos los casos, estos insultos son proferidos por grupos religiosos en contra de otros. ¿Como puedo yo llamar a la religión adaptativa ante tal evidencia? La respuesta es “fácilmente,” siempre y cuando entendamos la competitividad en términos relativos. Es importante recalcar que es posible explicar un comportamiento desde una perspectiva evolutiva sin que sea uno condenado moralmente por ello.

La Biblia, en especial, el Antiguo Testamento, está lleno de exhortaciones a ser cruel con el pagano. Deuteronomio 20:10-18, por ejemplo, explica la obligación de los Israelitas a practicar el genocidio: cuando tu ejército se acerque a una ciudad distante, deberás esclavizar a todos sus habitantes si capitula, matar a sus hombres y esclavizar a sus mujeres y niños, y robar su ganado o cualquier otra cosa si no se rinde. Pero si es una ciudad de los Canaitas o Hititas o de cualquier otra de esos abominables creyentes en dioses falsos, entonces el Dios verdadero te ordena matar todo aquello que respire en la ciudad. El libro de Josué describe con aprobación cómo Josué se convirtió en héroe por cumplir esas órdenes, masacrando a todos los habitantes de más de cuatrocientas ciudades. El libro de los comentarios rabínicos conocido como el Talmud analiza las potenciales ambigüedades que surgen del conflicto de esos dos principios “No matarás [creyentes en tu propio Dios]” y “Matarás [creyentes en otro dios]”. Por ejemplo, de acuerdo a algunos comentaristas del Talmud un israelita es culpable de asesinato si mata intencionalmente a otro israelita; es inocente si mata intencionalmente a un no israelita; y también es inocente si mata a un israelita mientras le arroja una piedra a un grupo formado por nueve israelitas más uno pagano (pues podría haber estado intentando matar al pagano).

En justicia, toda esta visión es más característica del Antiguo Testamento que del nuevo, cuyos principios morales se hallan más cercanos a la visión del tratamiento igual e indistinto entre las personas –al menos en teoría. En la práctica, por supuesto, algunos de los genocidios mas grandes de la historia fueron llevados a cabo por los colonizadores europeos en perjuicio de no europeos, habiendo encontrado justificación moral en el Nuevo Testamento. El Nuevo Testamento por sí solo da razones explícitas para apoyar esta política. Revelaciones 9:4-5, por ejemplo, dice que está bien torturar a los paganos por cinco meses, aunque no el matarlos.

Es interesante observar que entre los nativos de la Nueva Guinea, la religión nunca es invocada para justificar el asesinato de miembros de grupos externos. Muchos de mis amigos de las tribus de la Nueva Guinea me han descrito sus participaciones en ataques genocidas a tribus vecinas. En todos estos recuentos, nunca me han dado la más remota idea de que fuera por algún motivo religioso, de morir por Dios o por la religión verdadera, o de sacrificarse por alguna causa o razón idealista. Las ideologías basadas en la religión que acompañan el surgimiento de Estados inculcaron a sus ciudadanos la obligación de obedecer al gobernante impuesto por Dios, de obedecer preceptos como los diez mandamientos sólo con respecto a sus conciudadanos, y de estar preparado a sacrificar sus vidas luchando contra otros Estados (por ejemplo, paganos). Eso es lo que hace a las sociedades de fanáticos religiosos tan peligrosas: una pequeña minoría de sus seguidores (diecinueve por ejemplo) mueren por la causa y toda la sociedad de fanáticos logra matar a más de los que perciben como sus enemigos (3,025 por ejemplo en el ataque terrorista a las Torres Gemelas).

Wilson explica que las sectas fanático religiosas tales como el Islam expansionista y el Cristianismo, se expandieron como resultado de la selección grupal que operaba al nivel de las sociedades humanas: esas primeras sociedades estatales cuyas religiones fueron especialmente eficaces motivando a sus ciudadanos a sacrificarse, lograron derrotar a sociedades con religiones menos motivadoras. Creencias ficticias –tales como la creencia en un cielo habitado por hermosas vírgenes esperando a aquello que mueren por la causa—pueden contribuir poderosamente a una efectiva motivación.

Las reglas que exigen comportarse mal con los grupos externos alcanzaron su punto más álgido en los últimos 1,500 años, con los fanáticos cristianos y musulmanes que azotaron con muerte, esclavitud o conversiones forzosas a los paganos. En el siglo veinte, los Estados europeos encontraron bases seculares para justificar la matanza de millones de ciudadanos europeos de otros Estados, pero el fanatismo religioso es todavía fuerte en otras sociedades.

¿Dónde nos deja esto en relación con el futuro de la religión en las sociedades modernas cada vez más permeadas por la visión científica? De acuerdo con Wilson: “No hay evidencia de que el entendimiento científico reemplace a las creencias religiosas en las culturas modernas. América se ha hecho más religiosa en el transcurso de su historia, no menos, a pesar de la influencia de la ciencia y la ingeniería... Una muy alta proporción de científicos profesan ellos mismos una creencia en Dios y participan en religiones organizadas... Es claro que debemos ver al pensamiento religioso como algo que coexiste con el pensamiento científico, no como una versión inferior de éste.”

El pensamiento provocador del libro de Wilson estimulará al lector a examinar su propio punto de vista sobre el futuro de la religión, y yo no puedo evitar hacer lo propio. Personalmente acepto solo razones seculares para pagar impuestos, para refrenarme de asesinar y robar, para que así las sociedades puedan promover la felicidad entre sus ciudadanos. Niego la existencia de una necesidad religiosa de matar a miembros de grupos externos y acepto la necesidad secular de hacerlo en circunstancias extremas, donde la alternativa sería peor. No me quedo conforme en cuanto a depender de la religión para justificar la moral: hoy, como en el pasado, hay un pequeño paso entre eso y justificar la muerte de seguidores de otras religiones. Acepto la posibilidad de explicaciones científicas para casi todos los misterios del mundo natural— pero no para el más grande de todos los misterios. No tengo todavía respuesta científica, y espero que no haya nunca una, al reto que Paul Tillich nos planteó a mí y a mis escépticos compañeros de clase: “¿Por qué hay algo cuando podría no haber habido nada?” La religión prosperará mientras haya humanos vivos para reflexionar sobre el misterio de la Primera Causa.

Jared Diamond es profesor de fisiología y geografía en la Universidad de California en Los Ángeles. Obtuvo en 1998 el premio Pulitzer en la categoría de No-Ficción, por el libro Guns, Germs, and Steel: the Fates of Human Societies [hay traducción al español: Armas, Gérmenes y Acero, editorial Debate]. Autor también de The Third Chimpanzee y Why is Sex Fun?.

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