La melancolía de Mauricio Garcés

Por: 
Alejandro Rozado

Después de muerto está más solo que nunca. Siempre lo fue. Pero ahora que es mero recuerdo, deambula solitario y ensimismado por la envidiable estancia de su departamento de soltero. Jamás duerme. Si acaso conspira aún con la sombra de Sócrates –el mayordomo ideal, el sabio, el filósofo. Suspendido en el tiempo por la memoria colectiva, el actor se habla y ríe de sus ocurrencias: referentes obligados de un culto cotidiano practicado hasta la fecha. Sí, conspira: el sexo es el estímulo perfecto para la cacería de mujeres, la argucia colmilluda, la seducción nomás porque sí: por puro arte. El gozo no es la realización del deseo sino el artificio imaginativo. Nada más sublime que alardear desde lejos, detrás de unos voyeuristas  prismáticos que enfocan el bikini de la muchacha en turno y diciendo: “¡Te voy a hacer pedazos!”… El espectro del galán más emblemático del cine mexicano desde los sesentas todavía camina por la permanente terraza intacta, art noveau, en bata de raso guinda –elegancia todo él-, gazné afeminado al cuello, cognac en mano, mientras urde la siguiente estrategia para atrapar a la hembra del reparto.

 

Mauricio Garcés logró hacer de la vida una película de enredos sexuales no consumados. Siempre se le escapaba la liebre… Taquillero pero incomprendido, nunca quiso la vulgaridad sino un refinado culto a Narciso. Hasta ahora se empieza a entender su empeño. Como el Coyote tras el Correcaminos, sus comedias cultivaron la estética del “ya merito”. Notas para una fisiología de la impotencia convertida en risa nacional: sudar por dentro y por fuera mientras la vedette argentina, Zulma Fayad, de olímpicos pechos menea las caderas blancas y voluminosas delante del galán con ojos de plato; tartamudear cuando Lorena Velázquez deja caer el abrigo de mink al suelo para mostrarle al mujeriego su nuevo traje de baño que resalta aún más ese cuerpo sin mesura; arrastrarse como tlaconete, aullar como lobo, agitar orejas incendiarias. Los recursos últimos de un tímido social. Un soñador. Perdedor en el sexo y el amor, pero de indomable fantasía onanista. El cuarentón esbelto y libre gozó de un estado que tantos jóvenes sesenteros y despolitizados añoraron tener: casa en Acapulco, sin preocupaciones económicas ni familiares, con mayordomo confidente, sirvientas nalgonas de uniforme y minifalda, torsos femeninos y bronceados en albercas inverosímiles, jaiboles y daikirís al alcance de un suspiro… ¡Ah, la intimidad! Ese resguardo contra el falso happening de intelectuales tipo Carlos Fuentes en la Zona Rosa; esa vacuna del “buen gusto” contra el reventón de la raza de bronce y el cine de ficheras de los setentas… Vivir como dandy  pudo ser significativo: hacerse el exclusivo, el único capaz de traer a todas las hembras untadas (“¡Las traigo muerrrtas!”...); crear situaciones en las que la consumación carecía de importancia, pero soñarse en ese status lo era todo. Con tal divisa, Mauricio Garcés –ese gentleman rodeado por damas con peluca, alborotadas al calor de la transpiración de su sex appeal- ofertó un cine anti-acción y violencia en los tiempos del cine hollywoodense de espionaje.

 

Pero más significativo -por divertido- fue ser un protagonista libidinoso que se las diera de hombre irresistible. El arte de la simulación. Si para Shakespeare “ser o no ser” era la pregunta, para el mexicano nunca hubo disyuntiva semejante sino, en todo caso, fáciles respuestas: “ser y no ser” a la vez, ahí está el detalle. El chiste: la clave del síndrome de la impotencia, nuestra imposible modernidad. Vivir como un romántico enamoradizo, un don Juan, pero ser sólo un glamoroso solterón. El cine mexicano –como el país entero- pasó de la pre a la pos-modernidad sin un solo héroe verdaderamente moderno. Simplemente no se nos dio existir entre dilemas morales definitorios. A cambio de ello, el programa de Cantinflas se convirtió, en manos de Mauricio Garcés, en una nueva obsesión nacional: ¿cómo llevarse a la cama a la chica del elevador, a la bañista anónima en pose de estrella, a la piernuda secretaria con lentes de gato…? ¡Ah, el juego lúbrico del ligue y el chupetón! Qué importa si uno es eyaculador precoz o amanerado. En Modisto de señoras hacerle al homosexual le permitía al actor manosear volúmenes mientras tomaba medidas con su cinta métrica. Todavía rememora él filmes maestros como Departamento de soltero y El cuerpazo del delito, al tiempo que se dice a sí mismo con afectada complacencia: “Soy un imposible…” En efecto, lo fue. En vida y obra.

 

Honor a quien con sus películas vergonzantes nos ayudó sin embargo a liberar ansiedades centenarias, a identificar nuestra eterna adolescencia en churros cinematográficos de indiscutible autoría, aún revividos en la conciencia popular con el mismo júbilo contagioso por el faje en ciernes.

 

Don Mauricio continúa murmurando, una y otra vez, aquel parlamento magistral con el insustituible Luis Manuel Pelayo:  “-¿Adónde va señor?”. “- A hacer las labores propias de mi sexo…” ¡Ah, nuestro auteur! ¡Nuestro Freud!... Nos hizo más bien que mal.

 

 

Alejandro Rozado (D.F., 1954) es sociólogo, crítico de cine y psicoterapeuta. Desde 1988 radica en Guadalajara. Autor del libro Cine y realidad social en México: una lectura de la obra de Emilio Fernández (1991).

 

 

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