Los misterios del crecimiento económico

Por: 
Robert M. Solow

Reprinted with permission from The New York Review of Books.
Copyright ©2003 NYREV, Inc.

¿Por qué crece la economía? La máxima autoridad de la materia reconoce que no lo sabemos y que mal hace Madrick en el libro que lleva esa duda por título, en intentar dar con un único primer movimiento explicador. En economía, nos dice Robert Solow, dos fenómenos suelen causarse mútuamente. Postular un proceso lineal de causas y efectos para narrar  el fenómeno del crecimiento económico es postular el candor y el error. Reminiscencias teológicas, afirma. Pero la trinchera de Madrick se encuentra del lado correcto, reconoce Solow. La Escuela de Chicago no las lleva todas consigo: las supuestas facultades auto-regulativas del mercado no siempre funcionan óptimamente sin la intervención política, esgrime el premio Nobel de economía en respaldo de su reseñado. He aquí entonces, un ensayo indispensable para liberales, globalifóbicos y demás bestias nobles.

Libro reseñado:
Why economies grow?
by Jeff Madrick
Century Foundation/Basic Books.

1.
La medida estándar del desempeño general de una economía nacional es su producto interno bruto (PIB) real. Esta es la suma de todos los bienes y servicios producidos durante el año (excepto aquellos utilizados para producción adicional), valorados a precios corrientes de mercado, y actualizados de acuerdo con la inflación. La gráfica en este ensayo muestra el PIB real anual per cápita en los Estados Unidos de 1948 al 2000.

Dos características sobresalen claramente de la gráfica. La primera es una tendencia ascendente, la imagen estadística del crecimiento económico. Si quisiéramos delinearla mediante una curva suave se elevaría de los 11,000 dólares en 1948 hasta alrededor de 34,000 dólares en el 2000, o a una tasa promedio del 2.19 por ciento. Pero la tasa de crecimiento no es constante; existen intervalos de crecimiento acelerado y lento (por ejemplo de 1990 al 2000 y de 1973 a 1983). La segunda característica es que el PIB real per cápita fluctúa dentro de esta tendencia ascendente en lo que se ha dado por llamar “ciclos económicos”, si bien las fluctuaciones no son del todo uniformes. La existencia de los ciclos económicos sugiere que sería más preciso representar la tendencia a través de los picos cíclicos que a través de los puntos medios. Esto reflejaría la noción comúnmente aceptada de que el PIB real se sitúa de manera más frecuente por debajo que por encima de la capacidad normal de producción de la economía. Esta segunda clase de tendencia, de pico a pico, es conocida comúnmente como la producción “potencial” de la economía: no es un límite absoluto, sino un nivel de producción que no puede ser rebasado por mucho tiempo sin padecer presiones y probablemente inflación.

La distinción entre tendencia y fluctuaciones no es meramente descriptiva. Cada una representa mecanismos diferentes. La creencia convencional –que a mi parecer es correcta— considera que la tendencia general alcista es ocasionada principalmente por factores relativos a la oferta: mejorías en la educación, capacitación, y habilidades de los trabajadores; por innovación tecnológica; y por el incremento en los inventarios de maquinaria y equipo por trabajador, así como la sustitución de equipo obsoleto por nuevas versiones de tecnología de punta más productiva. [1] Desde luego que la educación, la inversión de capital y la innovación no son fuerzas elementales. Son resultado de las opciones y responden a incentivos pecuniarios o de otro tipo.

Las fluctuaciones de corto plazo, por otro lado, son ocasionadas principalmente por fuerzas relativas a la demanda: cambios en la disposición y capacidad de las familias y compañías (y extranjeros) para comprar bienes y servicios. Cuando el PIB real cae por debajo de su capacidad potencial, no es porque determinado factor haya disminuido la capacidad de la economía para producir, sino porque productores y vendedores no pueden encontrar suficientes compradores dispuestos a pagar el precio que ellos han fijado (no salte a la conclusión de que un período de reducción de precios solucionaría este problema. Precios más bajos suponen menores ingresos generalmente, y quizás la expectativa de mayores reducciones de precios. Ambos efectos podrían producir un debilitamiento aún mayor de la demanda. El resultado podría ser una pequeña o nula mejoría en las condiciones de la economía).

Esta manera de analizar la tendencia del crecimiento económico y las fluctuaciones dentro de ésta tiene implicaciones para las políticas públicas. Si el objetivo es acelerar la tendencia de crecimiento, entonces las políticas deberían estar encaminadas a mejorar las habilidades (con frecuencia descritas como inversión en capital humano), incentivar la investigación y el desarrollo, y la promoción de la inversión de capital. Si el objetivo es terminar una recesión o un período corto de desaceleración económica, y reorientar la economía hacia un punto más cercano a su capacidad de producción potencial, entonces las políticas deben dirigirse a incrementar el gasto público y privado en bienes y servicios para el consumo privado, fines públicos y, una vez más , inversión productiva, vivienda, y otros bienes duraderos.

La inversión productiva puede estimular tanto el crecimiento a corto como a largo plazo, y nos recuerda que las fuerzas relativas a la demanda y la oferta no son totalmente independientes entre sí. Algunos tipos de demanda incrementan la producción potencial; otros no. Por ejemplo, el gasto para construir una nueva fábrica incrementa la producción potencial, pero el gasto para construir un espacio de esparcimiento no, como tampoco lo hace cenar en un restaurante. Algunos cambios del lado de la oferta estimularán la demanda, como cuando nuevas tecnologías inducen a las compañías a gastar en la actualización de computadoras y a las familias a incrementar el gasto total, especialmente en bienes nuevos. La economía está llena de esas cadenas de causalidad mutua.

2.
El título del nuevo libro de Jeff Madrick es Por qué crecen las economías, lo que sugiere que trata medularmente de las causas de la tendencia de crecimiento: ¿por qué puede ser alta o baja, crecer acelerada o casi imperceptiblemente? Pero el subtítulo es Las fuerzas que crean prosperidad y cómo hacer que funcionen otra vez, y eso suena más como un tratado sobre la prevención o delimitación de las recesiones. Como lo he señalado ya, existen conexiones entre las dos. La más importante es que una economía deprimida de manera crónica puede desalentar tanto la búsqueda de nueva tecnología de producción como las inversiones en equipo nuevo que normalmente lleva consigo.

En efecto, en ocasiones Madrick no logra precisar la distinción entre tendencia y fluctuaciones. Esto no debe sorprender: cuando uno lee en un periódico que la economía “creció” el último trimestre a una tasa anual del 4 por ciento, nadie se molesta en explicar que parte de ese crecimiento representa un alza permanente en la tendencia, mientras que el resto representa un movimiento temporal al alza en el ciclo económico. Cuando Madrick, o cualquier otro, pasa de un concepto a otro sin advertirlo, el resultado es una confusión ocasional, especialmente en relación con las políticas públicas apropiadas. Sin embargo, algunas veces Madrick da en el blanco. No obstante, la mezcla de estos dos temas origina problemas; pero permite al autor anotarse algunos puntos.
Los buenos momentos ocurren, como es de esperarse, cuando Madrick insiste de manera válida en que hay interacciones entre los ciclos económicos y la tendencia de crecimiento, entre la demanda y la oferta: por ejemplo, que las empresas responden a la demanda buscando nuevos productos, y que la gente trata de prepararse  para aquellos trabajos que están disponibles realmente. Algunos economistas modernos –de las escuelas de Chicago y Minnesota, aunque están ampliamente representados y son muy respetados— tienden a (sobre) enfatizar las propiedades auto-regulativas de la economía de mercado, y gustan de minimizar la persistente aparición de desajustes entre la producción potencial y real. Esto les permite sostener que, en general, la economía sigue el mejor camino que puede a la luz de: (a) las preferencias de los individuos (con respecto al trabajo y al ocio, y con respecto a sus satisfactores presentes y futuros) y (b) las posibilidades tecnológicas conocidas.

Para esta escuela de pensamiento, las aberraciones temporales en el crecimiento económico son el resultado ya sea de las variaciones impredecibles en los gustos y la tecnología o de las intervenciones erráticas por parte de los gobiernos en el funcionamiento del sistema, con la intención de suavizar las fluctuaciones que no pueden ni deberían ser suavizadas. Madrick pisa terreno firme cuando sostiene que el desarrollo de las fuerzas relativas a la oferta como el capital humano, el capital físico, y el desarrollo tecnológico dependen, al menos parcialmente, de decisiones políticas sobre la inversión pública en infraestructura, educación, y salud, y por la presión de la demanda en los mercados en expansión. Volveré a esto más adelante.

Los malos momentos ocurren, por un lado, cuando se intenta encontrar principios generales del crecimiento económico, y por otro mediante análisis inadecuados o no comprobados de aspectos más concretos de la interacción entre oferta y demanda. Muchas preguntas generales se sugieren con el título del libro: si supiéramos con algún detalle “por qué crecen las economías” estaríamos cerca de tener la llave del universo económico.

Madrick parece pensar, como una cuestión de principio, que debe haber una respuesta única a esta pregunta. Escribe como si existiera necesariamente una cadena de causas y efectos que podrían escribirse de izquierda a derecha; la tarea es encontrar el eslabón más a la izquierda en la cadena, al que a veces llama el Primer Causante. Todo esto es una reminiscencia de disquisiciones teológicas. Las cadenas causales en economía tienen la costumbre de regresar sobre sí mismas. Si hay un mecanismo causal que lleva de A a B, es muy probable que haya otro de B a A (Malthus, por ejemplo, pensó que los salarios altos generaban un incremento en la población, y también que poblaciones numerosas deprimían los salarios). Cualquier intento de trabajar hacia atrás de derecha a izquierda puede llevarnos a tal red de causalidad mutua.

Es justo decir que Madrick reconoce esto en principio. Hay frases como: “De hecho, muchos factores causan e impulsan el crecimiento económico, y a su vez se afectan recíprocamente.” O también: “La mayor parte de estos [una larga lista] son condiciones necesarias del crecimiento... Todas son a la vez causa y consecuencia.”
 
Pero luego uno lee afirmaciones más específicas: “Este libro sostiene que el crecimiento de los mercados... fue el factor predominante en el desarrollo económico de Occidente.” Después: “...el tamaño del mercado y la diseminación de información son los eslabones más a la izquierda y los más cercanos a ser los Primeros Causantes o verdaderos líderes. Adicionalmente, el primero de ellos es el tamaño y la expansión de los mercados de bienes y servicios.”

Me encuentro en la extraña posición de pensar que el mensaje débil es demasiado débil y el enérgico demasiado enérgico. Una escuela importante de la economía moderna –la misma que ya he mencionado— subestima seriamente el rol de la demanda en el crecimiento económico. Considero el mensaje opuesto de Madrick como el enérgico, pero pienso que no logra el equilibrio adecuado. Su atención al tamaño del mercado es excesiva.

Con este mensaje de inicio, Madrick interpreta la teoría estándar del crecimiento económico como un caso de determinismo tecnológico. Se ha descubierto, empíricamente, que el progreso tecnológico es la variable que más contribuye a la tendencia al alza del PIB real por persona en las economías industriales modernas. Toda vez que muchos economistas se detienen ahí, Madrick sostiene que deberían considerar a la tecnología como el Primer Causante. Yo creo que esto es ir demasiado lejos.
Aquí resulta particularmente útil el concepto ecónomico de una variable “exógena”, un factor cuyos efectos se toman provisionalmente en consideración con el fin de limitar el alcance de un análisis. Esta estrategia puede funcionar, siempre y cuando cualquier cadena causal que vaya de los fenómenos analizados –las variables “endógenas”--hacia las variables exógenas sea relativamente débil. Así, si estoy estudiando la demanda de los platillos de los restaurantes, advertiré que seguramente depende –entre otras cosas— del nivel de prosperidad de la economía nacional. La gente come fuera cuando se encuentra en una situación de bonanza. Sé, por supuesto, que la industria restaurantera, por sí sola, contribuye  de manera pequeña a ese nivel de prosperidad; pero su contribución es lo suficientemente pequeña como para que el error de ignorarla sea también pequeño. Por esta razón no hay problema en tomar el nivel de prosperidad como exógeno, y por tanto crucial para entender las alzas y las bajas de la industria restaurantera, siempre y cuando me circunscriba al mercado de los platillos de los restaurantes. Pero eso no convierte al nivel de prosperidad en un Primer Causante. Por otro lado, un análisis del mercado laboral, o aún del mercado automotriz, tendría que estar estructurado de manera muy diferente, ya que lo que ocurre con los empleos y los salarios, o lo que ocurre con la venta de vehículos, tiene efectos en toda la economía, tan grandes que no pueden ser ignorados. En esos casos no podemos considerar a la prosperidad general como algo exógeno.

Además, existe una extensa literatura acerca de la teoría del crecimiento económico que intenta entender las cadenas causales que conducen al desarrollo tecnológico. [2] Así como tengo mis dudas sobre el éxito de esta empresa intelectual, también las tengo sobre el intento de Madrick de escarbar por debajo del adelanto tecnológico, lo cual no conduce a ninguna parte. La acusación de Madrick de que los teóricos de la economía son culpables del determinismo tecnológico está fuera de lugar.

Madrick tiene su propia propuesta para ir un paso hacia la “izquierda” de la tecnología. Su candidato para convertirse en el Primer Causante del crecimiento económico es la “expansión de los mercados.” Hay algo de verdad en eso, pero no es ni remotamente suficiente. Él piensa que un fuerte, quizás espontáneo, surgimiento de la demanda por X, especialmente uno que presione a la capacidad de la economía para producir X, podría motivar a la industria de X a buscar nuevas y mejores formas de producir X. La necesidad es la madre de la invención. Nadie negaría esto.

Pero hay al menos dos problemas serios con el argumento. El primero es que la invención también necesita un padre: habrá ocasiones en que la búsqueda de nuevas tecnologías no logre su objetivo. Entonces el precio de X se elevará lo suficiente hasta sofocar el aumento de la demanda. Un mercado en expansión por sí solo no remediará esta situación. Un crecimiento exitoso requiere de una red de causas, una de las cuales pudiera ser la “madurez” de la ciencia y la tecnología requeridas. Un ejemplo obvio es la búsqueda por una fuente de energía de bajo costo para reemplazar la gasolina en los automóviles. Podría lograrse alguna vez, pero no hasta el momento.

El segundo problema es más un asunto de lógica. A nivel de la economía nacional, no solo de una industria en particular, lo único que pudiéramos entender por “un mercado en expansión” es la elevación del PIB real. Medimos el crecimiento económico de una nación por el incremento de su PIB real. De manera que la hipótesis del Primer Causante de Madrick sobre la expansión de los mercados está demasiado cerca de la tautología de que la primera causa del crecimiento del PIB real es el crecimiento del PIB real. La salida de esta jaula está en renunciar a la noción extrema e innecesaria de una Primera Causa. Las economías crecen por una compleja interacción de variables exógenas e incentivos económicos que conducen a la innovación tecnológica y a la inversión en capital humano y físico. La expansión de muchos mercados, y la contracción de algunos, es sólo una parte de la causa, y sólo parte del efecto.
Hay un tercer problema sobre el cual Madrick no pudo tener conocimiento, y que me toma por sorpresa a mí también. En un artículo por aparecer, [3] el historiador de economía Alexander Field, de la Universidad de Santa Clara, sostiene de manera convincente que el progreso tecnológico más acelerado de los Estados Unidos en el siglo veinte tuvo lugar en la “década” entre 1929 y 1941 (entre las tecnologías que mejoraron dramáticamente durante este período, por ejemplo, estuvieron la ingeniería química: lámina de acrílico, teflón, nylon; y grandes obras de ingeniería civil: presas, autopistas). Estos fueron en su mayoría los años de la depresión, y el período terminó antes de la movilización completa para la guerra. Los mercados no se estaban expandiendo; todo lo contrario. Se puede incluso afirmar que las mejoras tecnológicas acumuladas durante ese lapso encendieron el período de rápido crecimiento inmediatamente después de la guerra.
3.
Los intentos de Madrick de meter con calzador episodios históricos particulares en patrones simples en donde la demanda de mercado produce un mayor crecimiento –un “jalón de la demanda” como se le conoce entre los economistas— son poco convincentes. No me extenderé en su argumentación de la revolución industrial de finales del siglo dieciocho y principios del diecinueve. Este es un tema para los historiadores de economía y hay una gran cantidad de literatura en ambos lados de cada pregunta; y en cualquier caso las respuestas tienen poco que decirnos sobre las recetas prácticas para el crecimiento sostenido de los Estados Unidos en el siglo veintiuno.

Es cierto, por ejemplo, que el motor de vapor de Watt dio lugar a que los ferrocarriles existieran, pero no fue la expectativa de la era del ferrocarril y la demanda –el “crecimiento de los mercados” como dice Madrick— de mejor transporte lo que creó el motor de vapor. La necesidad de bombear agua fuera de las minas pudo haber sido más apremiante pero menos productiva. Tampoco una demanda previa y urgente de calzones de algodón inspiró las invenciones textiles del siglo dieciocho. Es más claro darse cuenta que fue la caída de precios de la ropa de algodón, inducida por la tecnología, la que hizo económicamente posible el consumo de todos esos calzones de algodón.

De esto no se sigue que los aspectos de la innovación que tienen que ver con los “jalones” de demanda (demand-pull) no sean importantes; pero no es ni remotamente toda la historia. Comparto la creencia de Madrick de que la teoría económica moderna tiende a subestimar la importancia de los mercados fuertes y rentables, aunque no necesariamente los mercados en expansión, en favorecer la innovación y la inversión que eventualmente conduzca a una tendencia potencial (y no se olvide la causalidad inversa, de innovación en marcha hacia mercados fuertes). Explicaciones unitalla, como una basada en mercados en expansión, son difícilmente lo suficientemente satisfactorias.

Aquí está un ejemplo más reciente y relevante de la tendencia de Madrick a sobreinterpretar los eventos a su manera. Entre 1950 y principios de los setenta, la productividad (i.e. la producción por hora trabajada en el sector productivo) creció de forma muy rápida en los Estados Unidos, más rápido aún que en la última mitad de los noventa. Después, en los siguientes veinticinco años, el crecimiento de la productividad disminuyó su ritmo hasta marchar lentamente. ¿Por qué ocurrió esta “desaceleración de la productividad”? Esta es una pregunta especialmente pertinente para el autor de un libro llamado Por qué crecen las economías, que concluye con dos capítulos sobre “Cómo lograr que Norteamérica crezca”. Si los mercados en expansión son la causa profunda del mejoramiento de la tecnología y el crecimiento de la productividad, una desaceleración de la productividad debe tener su origen en fuerzas que funcionan en contra de la expansión de los mercados.

La hipótesis de Madrick es que en algún momento alrededor de 1970 los consumidores se volvieron lo suficientemente ricos y educados como para demandar bienes que estuvieran más ajustados a la medida de sus preferencias individuales. En este sentido, las décadas de los setenta y los ochenta fueron, sostiene el autor, la época del “nicho de mercado”. Así se tratase de consumibles electrónicos, comida empaquetada, o modelos de autos, se fabricó un rango más amplio de productos para consumidores cada vez más selectivos. Las cantidades producidas tuvieron que disminuirse y los ciclos de vida de los productos se volvieron más breves. Los mercados se fragmentaron; no pudieron continuar su expansión como lo habían venido haciendo. Las importaciones redujeron las ventas de los productores domésticos. Las economías de gran escala se volvieron menos comunes que en el pasado. La capacidad de innovar de la economía se diseminó de manera muy débil, y por lo tanto el crecimiento de la productividad disminuyó.

Hay obviamente alguna verdad anecdótica en este cuadro, pero Madrick proporciona muy poca evidencia seria que respalde su interpretación de un caso de prueba tan importante. [4] Hay grandes lagunas en su relato. La más relevante es el hecho de que la desaceleración de la productividad después de 1970 fue un fenómeno mundial. Por lo menos afectó del mismo modo a Japón y Alemania como a los Estados Unidos, y se sintió en la mayoría de los países industrializados. Con relación a esto, el relato de los consumidores cada vez más caprichosos no tiene mucho sentido. Además, Alemania y Japón estaban de hecho expandiendo sus mercados a través de exportaciones.

Hay también problemas conceptuales. Si los consumidores estaban tan ávidos de productos de  nicho, podemos asumir que también estaban dispuestos a pagar por ellos. Toda vez que la productividad se mide por el valor agregado por hora (corregido según la inflación), los éxitos obtenidos al satisfacer las necesidades del consumidor deberían estar, en principio, reflejados completamente en las estadísticas de productividad. Si no lo estuvieron, entonces parte de esa desaceleración se trató simplemente de un error en la medición. Además, se presenta otra dificultad en el hecho de que fue en parte la innovación tecnológica (en la forma de líneas de producción controladas por computadora) la que hizo posible el salto a productos a la medida; esto debió, como mínimo, haber atemperado cualquier pérdida de productividad.

Mi propio punto de vista es que una buena parte de la desaceleración de la productividad no ha sido aún explicada. Ni siquiera sabemos cuánto de ella necesita ser explicada: ¿Por qué debemos asumir que la productividad aumentará a una tasa más o menos constante a menos que algo especial ocurra? Por cierto, Madrick no ofrece una explicación convincente de la más bien súbita e inesperada aceleración de la productividad en los Estados Unidos después de 1995, la cual no se dio en otros países industrializados. Es muy probable que parte de ella haya sido por los beneficios atrasados de la tecnología de información; pero Madrick se mantiene escéptico, con razón,  acerca de las afirmaciones exageradas con respecto a los efectos de dicha tecnología en la creación de una nueva economía. El crecimiento de la productividad se ha mantenido sorprendentemente bien aún durante los últimos dos años de recesión y recuperación vacilante, una fase del ciclo económico en la que es usualmente débil. Evidentemente el relato de la productividad se está aún desarrollando.

4.
El último tercio del libro de Madrick se concentra más directamente en la economía actual de los Estados Unidos y sus expectativas. La conexión lógica con el texto que lo precede es superficial, pero la inmediatez de los temas que aborda lo justifica un poco. Madrick hace una lista de doce “grandes retos económicos en el futuro”. Los números nones son: altos niveles de endeudamiento privado, estancamiento de los precios de las acciones, competencia global intensa, el incremento en los costos de la educación y de los servicios de salud, una población que envejece, y empleos que exigen un mayor grado de educación. Esta es una agenda demasiado larga y diversa como para ser discutida brevemente, además de que--de manera confusa-- está relacionada tanto con el corto como con el largo plazo.

En este contexto, sin embargo, el énfasis que pone Madrick en la expansión de los mercados tiene una función útil, si se interpreta de manera adecuada. Hace notar que hay dos formas separadas y sobre-simplificadas de responder a cualquier lista de necesidades futuras. La primera es una concentración más o menos exclusiva en incrementar el ahorro nacional mediante medidas tales como expandir las cuentas de retiro y favorecer el tratamiento impositivo de los dividendos, que a cambio propiciará –asumido con demasiada simpleza—una mayor inversión. La segunda es una más o menos concentración exclusiva en el mejoramiento de la investigación tecnológica y de la educación. Madrick puede estar exagerando ligeramente la exclusividad, pero no importa. Aún así es útil insistir en que las políticas orientadas a la oferta necesitan estar acompañadas por otras orientadas a la demanda, ya sea en la forma de incrementos en el gasto del consumidor o la inversión gubernamental, o en un tipo de presión de la demanda sobre la capacidad productiva existente que genere mayor inversión de las empresas.

Las economías de mercado pueden pasar por baches de una demanda débil: sólo veamos a Japón o Alemania hoy. El ahorro no se traducirá automáticamente en mayor inversión, y la capacidad tecnológica no se traducirá automáticamente en innovación activa, a menos que la demanda por servicios y mercancías nuevas o viejas sea vigorosa y duradera. El énfasis que Madrick pone en la estimulación de los mercados en expansión tiene validez aquí, y su plausibilidad no depende de afirmaciones sobre un Primer Causante.

Madrick organiza sus ideas sobre políticas públicas en cuatro propuestas básicas. La primera, por supuesto, es la necesidad de crecimiento de los mercados internos (confío en que la inserción casual de la palabra “internos” no sea una concesión a los proteccionistas). La segunda es que la desigualdad ha ido demasiado lejos en los Estados Unidos actualmente, y se ha convertido en un freno a la productividad y al crecimiento. La tercera es que una sociedad que desdeña la inversión pública pierde beneficios clave y puede debilitar sus perspectivas de crecimiento. La cuarta es que la nostalgia es peligrosa. El crecimiento requiere cambios, y los cambios suelen ser incómodos. Los cambios necesarios pueden tener que ver con el papel del gobierno y las empresas o con las expectativas sobre la naturaleza de la vida laboral, o sobre otras cosas.

Estas propuestas me parecen muy razonables. Con respecto a los detalles, sin embargo, mi postura es ambivalente. Tratar de abarcar tantos temas genera inevitablemente cierta superficialidad; intentar reseñarlos sería caer en más de lo mismo. Me concentraré en cambio en el tema de la desigualdad:

“La desigualdad del ingreso socava el crecimiento porque debilita la demanda de bienes y servicios, así como la capacidad de ahorro de la mayoría de los norteamericanos... Ádemás socava la capacidad de la gente para invertir en ellos mismos a través de la educación y los servicios de salud.”

A este breve pasaje uno podría agregar que la desigualdad que pasa de una generación a la siguiente probablemente arruinará las capacidades empresariales y científicas que necesita una sociedad. Esto suena bien, y ciertamente comparto los temores de Madrick. Pero ¿qué evidencia existe de que la desigualdad socave el crecimiento?

Como suele ocurrir, se ha investigado ya sobre esta materia y, por algún tiempo, las cosas fueron como Madrick dice. El procedimiento fue más o menos como sigue. Obtenga estadísticas de un número importante de países, tanto de sus grados de desigualdad en el ingreso como de sus tasas de crecimiento, para un mismo período de tiempo, por ejemplo, entre 1960 y 1990. Agregue información de cada país sobre otras variables relevantes: nivel de ingreso al inicio del período, tasas de alfabetización, tasas de inversión, índices de estabilidad política, mediciones de la distorsión monopólica de los mercados, mediciones del tamaño del gobierno, y así por el estilo. Ahora emplée técnicas estadísticas estándar para responder la pregunta: ¿Los países más desiguales crecieron más rápido o menos rápido que los países menos desiguales, luego de tomar en cuenta la influencia de todas esas variables?

Los resultados de esos estudios no fueron uniformes. Sin embargo, luego de permitir la variación de otros factores, la respuesta que surgía habitualmente era que los países con menor desigualdad crecían más rápidamente. Aún así, surgieron problemas. Los resultados eran demasiado sensibles a cambios menores en el análisis, como por ejemplo, variaciones mínimas en la selección del período de tiempo, o variaciones mínimas en la selección de “otras variables”, y así por el estilo. Además, no hay nada en este tipo de correlación que permita saber qué es lo qué causa qué cosa: ¿Los países con rápido crecimiento reducen la desigualdad en el ingreso o es la baja desigualdad en el ingreso lo que favorece el crecimiento?

En fecha reciente esa correlación ha sido fuertemente atacada. En un artículo publicado hace dos años y medio, Kristin Forbes abordó nuevamente la cuestión, usando mejores datos sobre desigualdad. [5] Además, la evidencia que utilizó proviene de cuarenta y cinco países, cada uno observado en intervalos de cinco años de 1966 a 1995. La importancia de este análisis es que se pueden derivar implicaciones a partir de los cambios a través del tiempo en cada país, así como de las diferencias entre países en un tiempo fijo determinado. La conclusión de Forbes es que, luego de tomar en cuenta todas las variables que fue capaz de medir e incluir en su estudio, encontró que una mayor desigualdad en el ingreso estaba asociada con un crecimiento más acelerado.

¿Se debería retractar Madrick? No necesariamente: este es un tema complicado, que posiblemente no esté todavía dirimido. Yo no cerraría los libros hasta en tanto los mecanismos causales del crecimiento estén dilucidados, y eso no será fácil. Además, mucho de lo que se argumenta en este libro es valioso, e ignorado o negado en esta época conservadora. Que una vigorosa demanda genera progreso, que la desigualdad desperdicia recursos humanos, que la inversión pública tiene usos importantes –todas estas son afirmaciones que vale la pena hacer, aún si la conexión con el crecimiento económico sea más intrincada y menos cierta de lo que Madrick piensa.

Mi propia agenda doméstica no difiere mucho de la de Madrick, pero la organizaría de un modo diferente. El caso por los mercados fuertes y en expansión es fundamental ahora mismo. La lentitud crónica de la economía desperdicia recursos de capital y de trabajo que se disipan si no son utilizados en el presente. En el largo plazo, si lo que deseamos es crecer, la meta de las políticas públicas debería consistir en crear las instituciones e incentivos que desvíen la producción del consumo a la inversión, en el sentido más amplio: inversión pública y privada, inversión humana y material, investigación básica y aplicada. Y con respecto a la desigualdad, sospecho que su conexión causal con la tendencia del crecimiento es débil. Pero en una época en la que las fuerzas económicas impersonales parecen ellas mismas estar ya orientándose en dirección a una profundización de la desigualdad, que las políticas públicas estén haciendo lo mismo no puede juzgarse como un error técnico sino como un desastre moral.

Robert M. Solow obtuvo el premio Nobel de economía en 1987 por su contribución a la teoría del crecimiento económico. Actualmente es profesor del Departamento de Economía del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT).

Notas
[1] Me apresuro a agregar que este uso de la frase no tiene nada que ver con la noción pop de “economía-de-la-oferta.”
[2] El trabajo de Paul Romer y Robert Lucas encabeza la actual tendencia en este campo. Tienen como predecesores a William Fellner, William Nordhaus y Karl Shell
[3] Ver Alexander J. Field, "The Most Technologically Progressive Decade of the Century," por aparecer en la American Economic Review.

[4] La noción acerca del rol de los productos-nicho en la desaceleración de la productividad puede ser verificado, primero, clasificando bajo un criterio razonable a las industrias en un grupo fuertemente afectado por la “era” de los consumidores caprichosos y en otro grupo no tan afectado, y luego comparando la evolución de la productividad en los dos grupos: si Madrick está en lo cierto, la desaceleración debe estar concentrada en el primer grupo. Otras formas de comprobación pueden ser diseñadas.

[5] Ver Kristin J. Forbes, "A Reassessment of the Relationship Between Inequality and Growth,” American Economic Review, Vol. 90, No. 4 (septiembre de 2000), pp. 869–887. Este artículo proporciona referencias a investigacies anteriores.

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