Axis Mundi

Por: 
Burruchaga

Hace algunos meses, el hospitalario y casi metafísico Avelino Sordo Vilchis publicó un pequeño libro. Los breves textos que lo conformaban tenían como leit motiv el extraño fenómeno de tener un libro favorito. El exabrupto de Burruchaga que reproducimos a continuación formó parte de esa colección.

Hace un par de años visité la biblioteca Miguel Cané en Buenos Aires para conocer el lugar en el que trabajó desdichadamente el autor de varios de mis libros favoritos. El octagenario a cargo me preguntó con malicia si en mi país era más popular ese escritor o un jugador de futbol cuyo nombre pronunció con fruición. Fingí desconocer al futbolista, en inofensiva venganza. Luego terminé de recorrer la biblioteca como quien recorre descalzo Tierra Santa pensando en Maradona.

Al día siguiente di, sin proponérmelo, con una librería de viejo. Su propietario me mostró la última fotografía tomada a mi autor favorito en su país, días antes de que partiera a morir a Europa. Aprovechó mi embeleso para venderme una primera edición de uno de mis libros favoritos (Historia Universal de la Infamia), que guardo desde entonces en un librero de mi casa y de vez en cuando hojeo con incredulidad.

 Aunque no soy un coleccionista de Borges, cada vez que me preguntan mi religión pienso con timidez si puede él ser reverenciado como profeta. El Lúcido, El Manso, y luego toda la dialéctica de lo sagrado: lo que se oculta al hacerse manifiesto... El borgianismo acogería, además, lo que el resto de las religiones repudian: el humor, el escepticismo, la duda, y por encima de todo, la sospecha del yo. Y creo que no hay mejor religión que la que nos libra, siquiera temporalmente, del peso de ser alguien. Me temo, sin embargo, que pocas personas son dignas de Borges y que yo no me cuento entre ellas. A algunos autores hay que merecerlos.

Todas las cosas se organizan en torno a un centro, decía Mircea Eliade, y nuestra existencia no es la excepción. Un libro favorito nos conduce secretamente a él. Mi primero fue Shibumi, del autor anónimo Trevanian, y todavía recuerdo uno de sus párrafos:

Shibumi tiene que ver con un gran refinamiento bajo una apariencia común y corriente. Es una afirmación tan mesurada que no requiere ser valerosa, tan intensa que no necesita ser bella, tan verdadera que no tiene que ser real. Shibumi es entendimiento más que conocimiento. Silencio elocuente...”

Entonces tenía 16 años y –como todavía ahora— me encontraba en plena crisis de adolescencia: sufría la batalla que libran en nuestro interior los demonios de la acción y los de la contemplación. No pude nunca, ni fugazmente, alcanzar el estado de shibumi, aunque más de una vez me rindió frutos recitar ese párrafo al oído de alguna incauta. Durante algunos años creí que la “retórica de la sabiduría” era un recurso feliz en el arte de la seducción. Demasiado tarde comprendí que está más cerca de ser un anestésico. A veces los libros son malos consejeros.

Memorizar párrafos de un libro es un signo patente de que merece ya un lugar en nuestro estante principal. Pero no es el único. Hace ya también muchos años me ocurrió lo más extraño y quizás bochornoso que le puede ocurrir a un lector: fui conmovido hasta las lágrimas por un libro de filosofía. A partir de entonces empecé a guardar en un estante especial los libros no-narrativos que me aflojaban la nariz, hasta que un amigo psicoanalista interpretó esta propensión sentimental como un caso típico del síndrome de la envidia del aparato crítico. Desde entonces me encierro en el baño a leer a Karl Popper.

Pocas cosas, sin embargo, recuerdo de Karl Popper y de todos los que en su momento fueron mis libros o autores de cabecera. ¿Qué nos queda luego de que olvidamos lo que aprendimos? Quizás sólo el recuerdo de lo que fuimos y la falaz sensación de que ahora somos diferentes. Aunque posiblemente, como quería Borges, aún el olvido del latín sea una posesión. Después de todo, a pesar de que algunas personas seamos inmunes al conocimiento, nadie lo es a su gozo. Por caminos diferentes a los de un yogui, pero con el mismo secreto anhelo, nuestros libros favoritos parecen conducirnos al vórtice del mundo, al axis mundi.

A pesar de lo cual, no creo que un libro pueda hacernos mejores. El poeta norteamericano Stephen Dunn cree que un poema, cuando mucho, puede hacernos menos indulgentes con nuestras faltas. Aunque no estoy seguro de que eso sea una virtud. Sospecho que los libros tampoco pueden hacernos más sabios. La siguiente frase, por ejemplo, es lo más cercano a la sabiduría que he encontrado en las últimas semanas: “We are born mad; then, we acquire morality and become stupid and unhappy: then we die”. Yo me encuentro en la etapa intermedia, pero sospecho que el rito de volver una y otra vez a ciertos libros es un intento de regresar a la primera etapa. Rito de iniciación: recreación periódica del mundo y de nosotros mismos... en otras palabras: sólo magia, mito. Y –lo dijo Anthony Powell— “si uno logra preservar adecuadamente su mito personal, no hay mucho más que importe en la vida. Lo significativo no es lo que a la gente le sucede, sino lo que la gente cree que le sucede.”

 

 

 

Publicado en la Revista: