De Guadalajara al primer mundo

Por: 
Javier Ruiz de la Presa

Sugerencias para ineptos y otros hombres de empresa.

(De Guadalajara al Primer Mundo).

Esta serena loa a la Perla de Occidente y a la rectitud y laboriosidad de sus habitantes, forma parte del cuaderno promocional Guadalajara Capital Cultural y de Negocios 2005 –finamente impreso en papel cuché premium A3, coeditado por las Secretarías de Promoción Económica del Ayuntamiento de Guadalajara y del estado de Jalisco, y que pasa actualmente por las manos más ilustres de las capitales americanas y europeas. Es motivo de orgullo para Tedium Vitae poder reproducirla aquí con la venia de su autor, el ínclito filósofo tapatío Javier Ruiz de la Presa, a quien enviamos desde aquí todos nuestros parabienes y dos frascos de mélox.

Guadalajara no es una ciudad ordinaria. Es un gran mercado donde todo está en venta. Es tierra para inversionistas. Es, por ejemplo, luenga tradición, criar a las hijas para sacarlas al mercado público a los 15 o 16 años. Conviene que los posibles compradores les conozcan cuando la fruta no está aún madura, para que tomen nota de la calidad de la semilla o de la conveniencia de su consumo. Es común ver a una adolescente que pone todo su corazón en provocar una mirada furtiva. La imagen primera es de lo más importante como lo sabe cualquier principiante de mercadotecnia. A fin de encarecer el producto se recurre a distintas técnicas cuya eficacia ha sido probado por el tiempo: la mujer debe simular que el mundo está muy por debajo de su refinamiento (y su derecho no escrito a un trono –aunque al final pudiera ser sólo un sillón viejo de una casa hipotecada-). Ayuda a tal fin que se ejercite con constancia en el leve gesto de hartura para que luego sea como un rictus espontáneo, casi natural y permanente. También conviene que se dé a desear (todo negocio implica un regateo) del modo más conveniente. Se sugiere en esto casos ciertas descortesías brutales que avivan el interés del cliente, siempre deseoso de poseer un bien de difícil acceso o de alto precio.

 

Pero, como ciudad próspera de la rancia provincia, Guadalajara es famosa también por sus negocios públicos: las alcaldías, las secretarías, la exención de impuestos, la excepcionalidad de las reglas, y los privilegios injustificados se pueden igualmente negociar. Todo es cuestión de ser un hombre de empresa con un alto grado de visión.

 

Para ese fin es preciso aprender el código de los hombres de negocios. Es bastante simple pero requiere de práctica para ejercerse con la discreción que la delicadeza de cada situación exige: los sobornos deben hacerse de forma amigable, como si se tratase de un trámite con un viejo conocido. La risa o la broma deben preceder a la solicitud de un privilegio, misma que debe ir acompañada de un jugoso regalo: acaso un cheque en blanco cuyo valor exacto puede ser estipulado con dos copas de brandy.

 

Siempre se debe adular al jefe, al hombre de negocios, al político potencial, según aquél dicho del Lazarillo: “el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo”. Hay que adular o elogiar a todo lo que dé señales de vida, porque uno no sabe cómo ha de operar el azar en el futuro.

 

A los amigos como a los enemigos se les debe de tratar con delicadeza, y a mayor inquina mayor delicadeza: eso crea una atmósfera de confianza adecuada a los negocios del hombre de empresa.

 

Toda pregunta concreta, sobre la profesión o la vida privada debe ser respondida con la elegancia del gran hombre que juega a ser un simple pobre. Hay que consumar el arte de que lo oscuro parezca claro y lo claro oscuro. Sin él el empresario nunca podrá aspirar a un puesto político.

 

Asimismo, nunca se deben desdeñar las invitaciones a eventos públicos, pero conviene tener especial cuidado en que uno sea visto en compañía de hombre que gozan del beneficio de la opinión pública. A los que no pintan nada se los puede tratar en secreto pro mero afán de entretenimiento.

 

Todo lo que uno haga o diga contribuye a su imagen pública, por lo que se recomienda ser un actor de tiempo completo. Tal y como es lícito y necesario ser un actor en casa para evitar el inconveniente de la infidelidad descubierta.

 

Conviene también prodigar promesas y elogios vanos. Hacer que la gente sienta que se la tiene en alto aprecio: esa es la mejor forma de ganar su apoyo: el lenguaje bien aderezado tiene una fuerza inmensa.

 

Si eres rico procura que los demás sientan, de modo sutil, que estás en la cúspide del mundo; de preferencia que eres su dueño: así crecerá la envidia, pero también la admiración y la servilidad.

 

Si eres pobre no hay motivo razonable de preocupación: muéstrate fiel hasta la esclavitud con el poderoso. Como éste está y se siente solo sabrá premiar tu amistad (o lo que juzga equivocadamente ser tal). Así es, por ejemplo, como ha funcionado la honorable institución presidencial durante 70 años (antes de las elecciones). Ahora es casi lo mismo, pero después de las elecciones.

 

Es conveniente usar de las personas en la medida que éstas se muestran dispuestas a ser usadas. Sólo es cuestión de que éstas confíen en que algún día les será devuelto el favor o los favores. Para eso basta con que mantengas viva la aureola de tu fama. Es la fama una mujer ambigua que somete hasta a las voluntades más independientes.

 

 Forma círculos de poder: no tomes elecciones solitarias. De lo contrario, si algo sale mal, no tendrás una cabeza menor a quien echar mano para “deslindar responsabilidades”.

 

Mientras te sea posible, si eres político, aprovéchate de tus privilegios, de modo que tus dispendios aparezcan como gastos inevitables del cargo. Concédete con frecuencia gratificaciones, concesiones o estímulos financieros. La excusa no importa gran cosa. Siempre es criticada pero siempre es aceptada.

 

A quienes consideres contrarios a tu filosofía de la vida hazles sentir que son importantes, de modo que mientras ellos te respeten, tú podrás despreciarlos sin consecuencias.

 

Duplica o triplica el presupuesto de cálculo para una obra pública o el presupuesto de una inversión financiera. Eso aumenta considerablemente tu margen de ganancia.

 

Recuerda la regla de oro: en esta ciudad no se triunfa sin la doble contabilidad, la economía subterránea, y los arreglos (¡De a cómo no, compadrito. Si usted quiere, se puede! Ud. es el conse.) Estos últimos consisten en acuerdos privados entre una élite de inversionistas, que nunca deben ser conocidos extra-muros, ya que suelen perjudicar a las mayorías.

 

Por estas y otras razones Guadalajara es una ciudad extraordinariamente apta para el comercio organizado, la inversión y el ingreso en la política local. Una vez aprendido el funcionamiento complejo de cada uno de estos rubros, estarás listo para ir a la capital…

 

Por otra parte, puede que tú no seas tapatío sino oaxaqueño, chihuahueño o villavicioso. Tu procedencia no es importante. Pero se recomienda ya no como característica exclusiva de la Perla sino de todo ciudadano de la aldea global, cierta dosis de ineptitud: sus ventajas adaptativas han sido probadas por la moderna ciencia cognitiva y la sociología del trabajo. La ineptitud reduce el stress, el esfuerzo y las demandas ingobernables de una vida interesante. Pero para practicarla con eficacia hay que conocerla a detalle:

 

  1. Los ineptos nunca se preguntan si podrían hacer las cosas de otro modo o mejor.

  2. Admiran su propio modo de ser y no reconocen límites ni se avergüenzan por sus errores.

  3. Su trabajo (aún en altos puestos) es intrascendente. No obstante, los sistemas se sostienen sobre una multitud de acciones ínfimas, torpes o inútiles. Es un prodigio el hecho simple de que sobrevivan los estados.

  4. El inepto suele llegar muy lejos. No depende de sus habilidades sino de su estupidez para sobrevivir. Homero Simpson no me podrá desmentir.

  5. La gente los prefiere estúpidos. Los inteligentes pueden ser peligrosos.

  6. El inepto no tiene una filosofía, ni unos principios ni un método. No tiene nada salvo lo que en ese momento preciso se trae entre manos.

  7. Suele ser un hombre de ambiciones y tiene la ventaja de poder exigir cualquier cosa: un hombre no consciente de su pequeñez se siente digno de grandes obras y honores.

  8. Goza de su molicie pero pone todo su arte en odiar el trabajo.

  9. Como consecuencia también odia un tanto a la gente, si le impide perder el tiempo. Esto tiene la ventaja de incentivar la ideología del descanso: “ya llegaron estos a molestar: ¿pues quién se creen?”

  10. Concibe el paraíso como un punto medio entre la inacción y la exaltación.

  11. Es servil y adulador.

  12. Carece de escrúpulos. Pero al no exigirse ningún esfuerzo arduo a sí mismo busca sus víctimas (las más ideales son los aptos: tienen lo que él no tiene).

  13. Crean sociedades, estados, transnacionales muy prósperas. La prosperidad suele ser la consecuencia del trabajo de la gente apta que, generalmente, posee medios limitados y se pone al servicio de los ineptos.

     

Te rogamos encarecidamente que no descuides ninguno de estos puntos si de veras quieres ser un inepto funcional, orgulloso de ser lo que tienes que ser.

 

Por último, si Ud, es decir tú –después de tres largos párrafos ya te puedo volver a tutear-. Si tú, decía, eres ciudadano del Tercer Mundo es conveniente que tengas esto en cuenta:

 

Uno puede adoptar la actitud de Diderot y reconocer que no sabe nada de nada, pero que esa pizca de nada que sabe, a la gente le gusta y le consuela. Con la ventaja de que se convierte en modus vivendi. Y entonces, con el aire de un Alonso Quijano, este o aquél se convierte en un “intelectual a la violeta”: sabe muy poco pero de muchas cosas. Y tiene el acierto de orquestarlas con razonable amenidad. La vida impone sus condiciones en el tercer mundo: o eres un todólogo o no eres nada. La especialización es un lujo de valor incierto: tiene su grandeza y su inutilidad casi total.

 

Pero las cosas pueden suceder con muy otro tenor: uno puede hacerse especialista al vapor en cualquier cosa: en dos meses me convierto en filósofo de la religión o en especialista de geopolítica…. Y otros, con un poco menos de vergüenza (¿o es desfachatez?) hacen un diplomado de filosofía, sociología, política o bioética y ya está: son sociólogos, políticos, filósofos y bioeticistas. Las majaderías del Tercer mundo, no tienen límites.

 

Hay una característica reconocible en estos sabios improvisados que hace patente su condición de impostores: el uso continuo de adjetivos calificativos (genéricos indeterminados) para responder a preguntas concretas: “Sí, pero no tanto”, “Sí pero un poco menos”; “Bastante”; “muy semejante” y brutalidades parecidas. O bien: un dogmatismo recalcitrante, de esos que parecen una enorme piedra que cae sobre nuestros tímpanos, de esos que producen una repulsión instantánea en los espíritus libres.

 

Lo curioso es que estas dos formas de impostores podían tener un éxito avasallador, acaso porque en tierra de ciegos el tuerto es rey. O bien porque la gente hace una ecuación misteriosa e instantánea entre lo caro y lo bueno. ¿Retorno al tiempo de los sofistas? La sofística no ha cambiado de aspecto en los últimos 2500 años. Uno puede imaginar a Protágoras hablando de las propiedades terapéuticas del ácido idílico o presentándose en programas televisivos para promover la terapia magnética o la lectura astral: su aire doctoral se encargaría del resto, producir el efecto buscado: la persuasión de un público ingenuo, es decir, de patética indefensión intelectual.

 

Pero lo notable es que si uno enciende su televisor puede comprobar que ya no es necesaria, siquiera, el arte retórica para persuadir a los incautos. Los más lamentables iletrados, a poca lengua que tengan, pueden hacer carrera de prestidigitadores, respondiendo, por ejemplo a preguntas como ésta: “¿Por qué las ánimas prefieren la noche para materializarse?” Respuesta: “Es que la noche es más propicia para las energías”…

 

Así que, teniendo en cuenta la parodia involuntaria de la estupidez, se pueden crear las instrucciones para triunfar en el Tercer Mundo:

 

  1. Todo lo que digas debe tener el “aire” de una certeza absoluta.

  2. Para tener certezas absolutas es recomendable leer un solo libro: así se evita conocer diversos puntos de vista: de ellos nacen las contradicciones y las dudas.

  3. La voz debe estar acompañada de una pedantería discreta. También ayudan ciertos ademanes que crean la impresión de que estás celebrando una liturgia.

  4. Es conveniente repartir maldiciones. Es el modo más imbécil de rebatir otras opiniones, pero no importa. La gente sólo se fija en la fuerza expresiva, en tu contundencia.

  5. No aceptes responder preguntas cuya respuesta desconoces. Mucho menos te atrevas a decir que no lo sabes. Más bien regresa la pregunta como si fuera un objeto inservible. Di que no tiene sentido: esto surte más efecto si ridiculizas al pobre hombre que se atrevió a dudar de tus palabras.

  6. Rodea de misterio tus simplezas para que parezcan profundas.

  7. Declárate enemigo de todas las sectas, como si tú no fueras sectario y embustero.

  8. Expón con fervor cualquier cosa, creas o no creas en ella.

  9. Menciona títulos y autores: cuantos más, mejor: no importa que no los hayas leído.

  10. Muestra reverencia hacia la ortodoxia. Y da la impresión de que tú eres su más cercano divulgador: date cierto aire de iluminado.

  11. Cuando hables con la gente no te pongas a su “altura”. No te quites la máscara del iniciado. El otro debe sentirse, junto a ti, un simple mortal. Debe nacerle el deseo de quitarse las sandalias: está pisando un espacio santo.

  12. Humilla a tus opositores. Siempre hay algún alma que no es dócil.

  13. Cuando alguien te contradiga abiertamente desgarra tus vestiduras (simbólicamente): muestra tu escándalo y tu incredulidad. Eso puede sembrar en él la cochina duda. Lo demás es cuestión de tiempo. Admitirá el error que nunca cometió.

  14. Infórmate de quiénes son las vacas sagradas del lugar y no dejes de lanzar elogios haciendo notar que la vaca sagrada coincide contigo.

  15. Prohíbe, como sospechosa toda lectura libre, todo libro que no hayas recomendado, no sea que te pesquen en un lapsus brutus.

  16. Con tus colegas procura cierta distancia: no pueden llevarse al tú por tú con un iluminado.

  17. Recurre a los autoelogios de la forma: “cuando yo di unas lecciones de… en la ciudad de…” “Cuando fui director de…”

  18. Debes ser un inquisidor hora tras hora y día tras día. Para eso necesitas autores a los que puedas ridiculizar. Es una tarea sencilla cuando nadie los conoce. Basta con que repitas dos o tres opiniones en contra que hallas tomado de un manual; exponlas como si fueran la flor más pura de tu meditación.

  19. Júntate con otros dogmáticos: la complicidad fortalece –sobre todo si se reconocen iguales-.

  20. Presume tus pequeñas virtudes: eso crea la sensación de que eres un hombre extraordinario.

  21. Antes de descalificar una opinión procura apoyarte en alguna autoridad (a la gente le gusta creer que hay ciertos nombres que por arte de magia son inerrantes o inapelables).

  22. Sé servil una y otra vez con tu superior. Sé déspota una y otra vez con tu inferior.

  23. No vaciles: no confíes en nadie. No te des a conocer como eres en realidad: ni siquiera te permitas a ti mismo saber o sospechar que eres un pobre hombre: ¡nunca!

  24. Actúa siempre como político: busca la ventaja en todo, pero no muestres tu avidez y finge sorpresa y gratitud.

  25. Cobra tan caro como te sea posible y finge siempre estar de prisa por tus múltiples ocupaciones.

  26. No atiendas a los que te necesitan sin un pago a cambio. Lo contrario te puede crear mala fama. ¿Qué valor puede tener un servicio que se paga a precio razonable? No te hundas inútilmente.

     

 Javier Ruiz de la Presa (Guadalajara, 1963), compositor y doctor en filosofía. Autor del libro Telicles o de la sensatez.

 

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