Gays y genes

Por: 
Andrew Hacker
Traducción: 
Madú Díaz Muñoz.

Reprinted with permission from The New York Review of Books.
Copyright ©2003 NYREV, Inc.
Traducción Madú Díaz Muñoz.

Ésta es una reseña que provocará más de un escozor. Controversial, atrevido, liberal. Todos los temas del espectro sexual humano: identidad y preferencia sexual, bisexualidad, polimorfismo, vestidos, ambisexualidad, transgéneros, gen sexual… son abordados aquí con claridad y desenfado por Andrew Hacker al reseñar los libros de Alan Brookey, John D'Emilio, Amy Bloom y Martin Duberman. Parafraseando a Borges: leerlo no da sueño.

Libros reseñados:
Por Robert Alan Brookey
Indiana University Press, 167 pp., $27.95
Por John D'Emilio
Duke University Press, 264 pp., $18.95 (paper)
Por Amy Bloom
Random House, 140 pp., $23.95
Por Martin Duberman
South End Press, 504 pp., $22.00 (paper)

1.
Parece que a veces se le da igual atención a las causas de la homosexualidad como a cualquiera de las causas de cualquier otro aspecto de la variación humana. Los heterosexuales están fascinados por esta minoría en su medio y los homosexuales parecen estar igualmente curiosos acerca de ellos mismos. De hecho casi todos se toman la libertad de dar opiniones sobre la homosexualidad, muchas de las cuales figuran en el libro de Robert Alan Brookey, un certero estudio llamado Reinventando al homosexual masculino. Así, una teoría dice que la homosexualidad es un “comportamiento altruista en el cual un hermano consanguíneo renuncia a la reproducción para mejorar las probabilidades de supervivencia de los retoños de los otros hermanos consanguíneos”. Otra teoría expone que los hombres que se identifican a sí mismos como homosexuales han “fallado en la competición masculina de conseguir parejas femeninas”, y deben soportar la frustración de no haber tenido relaciones sexuales heterosexuales”. Estas especulaciones, como muchas otras, están basadas en la premisa de que la heterosexualidad es la norma de la naturaleza, con el corolario implícito de que la homosexualidad es una desviación.

Pero no todas las investigaciones se hacen sobre las rodillas. En 1991 y en 1993, los resultados de dos estudios de laboratorio fueron publicados en Science, una revista rigurosa y reputada. [1] La primera estaba basada en las autopsias hechas a diecinueve hombres homosexuales, dieciséis hombres heterosexuales, y seis mujeres heterosexuales en siete hospitales de Nueva York y California. En las disecciones de su hipotálamo anterior se encontró que las glándulas tanto de mujeres como de hombres homosexuales eran de la mitad del tamaño que las de los hombres heterosexuales. “Este hallazgo”, concluyó el autor, “sugiere que la orientación sexual tiene un sustrato biológico”. El segundo estudio examinó a cuarenta familias con dos hijos homosexuales. Se encontró que en treinta y tres de esos pares, sus otros parientes gays –tíos y primos– venían principalmente del lado materno, señalando una “correlación entre la orientación homosexual y la herencia de marcadores polimórficos en el cromosoma X”, el cual reciben los hombres homosexuales de sus madres.

Desde entonces se ha estado debatiendo sobre si hay o no un “gen gay”. Parte de ese debate se ha centrado en las miras y la confiabilidad de los estudios empíricos, debido a que algunos científicos han expresado dudas acerca de sus métodos y presuposiciones. La revista Science publicó desde entonces el resultado de un intento de réplica de estos estudios, el cual reportó no haber encontrado “un gen determinante que influyera en la orientación sexual”. [2] Brookey aún parece creer que con el tiempo se hará ese descubrimiento, y esa perspectiva lo preocupa. Él está particularmente preocupado por los hallazgos que dicen que el hipotálamo de un hombre homosexual está cercano al tamaño de uno de mujer, y que el supuesto marcador gay es transmitido a través de las madres. Estos hallazgos, cree él, promoverán no sólo “la creencia de que los hombres homosexuales son afeminados”, sino que también “son físicamente afeminados”.

Como participantes de una democracia, sus miembros se creen en la libertad de formar opinión, aunque no tengan conocimientos científicos. No sólo eso, sino que se les piden sus puntos de vista en encuestas y éstos son publicados por los medios de comunicación. En este tema, como en otros, la ideología interfiere en forma determinante. Las respuestas de la encuesta Gallup en la Tabla A muestran que mientras que dos tercios de los demócratas toman el punto de vista innato, casi todos los republicanos toman el del medio ambiente. La última tendencia parece surgir del deseo conservador de que la homosexualidad no existe, acompañada por la creencia de que es posible su eliminación. De ahí el punto de vista de los conservadores de que identificarse uno mismo como homosexual es una decisión tomada libremente o el resultado de los eventos e influencias durante la propia formación, que pudieron o debieron haberse evitado.

El “gen gay” también figura en la política. Brookey cita la controversia en la enmienda que se hizo a la constitución de Colorado en 1992, que fue aprobada por una amplia mayoría en todo el Estado. Se refería a las “orientaciones, conductas, prácticas o relaciones homosexuales, lesbianas o bisexuales”. Decía que ninguna de éstas daba el derecho a persona alguna a tener o exigir estatus de minoría, cuota preferencial, estatus protegido o reclamar discriminación.

Quienes propusieron la enmienda decían que los Estados tienen el derecho de desfavorecer o hasta prohibir ciertas tendencias o prácticas. Un caso citado frecuentemente es la poligamia, la cual es prohibida por las constituciones de numerosos Estados.

Dean Hamer, el biólogo que condujo el estudio del hipotálamo, compareció como perito cuando se impugnó la enmienda ante la Corte. No es de sorprender que haya citado su investigación para argumentar que ser homosexual no es una preferencia como la poligamia, sino un elemento inherente a la constitución personal. Como luego pasó, la Suprema Corte le dio la vuelta el asunto genético al revocar la enmienda. El ministro Anthony Kennedy, que redactó la resolución aprobada por una mayoría 7-2, afirmó, “que [la enmienda] identifica a las personas por una sola característica… lo que las hace desiguales a las demás.” [3] O como Brooks añadió, “Le niega a los homosexuales el mismo recurso legal y acceso a la participación política que está disponible a todos los demás ciudadanos.” Un corolario es que si los Estados buscan prohibir ciertas prácticas sexuales, como en las leyes contra la sodomía, la prohibición debe aplicarse a todas las parejas destinatarias.

Como se puede ver hay otra asimetría en la Tabla A. A pesar de que la brecha entre hombres y mujeres generalmente no es tan amplia como la que separa a republicanos de demócratas, aún así llama la atención. (El porcentaje de hombres que favorecen la explicación basada en la crianza o el medio ambiente probablemente hubiera sido más alto si los hombres homosexuales hubieran sido excluidos del cálculo.) ¿Por qué los hombres, especialmente aquellos que se ven a sí mismos como heterosexuales, prefieren ver la homosexualidad como el resultado de la decisión personal o de los elementos del medio ambiente? Tal vez deberíamos de plantearnos la pregunta al revés, y preguntarnos por qué la mayoría de los hombres rechazan la explicación genética. Quizás porque piensan que si el ser gay es innato, probablemente ellos mismos sean portadores del gen homosexual. Aunque el gen se encuentre actualmente inactivo, puede salir a la superficie en cualquier momento, como ha sucedido ocasionalmente entre hombres casados. Ante la vista de tales posibilidades, los hombres heterosexuales pueden considerar reconfortante inclinarse por las teorías de la elección o de las circunstancias personales. Esto les permite afirmar que ésa sería una elección que ellos nunca harían, y que han podido sortear las influencias que hacen a otras personas gay.

2.

En su ensayo “¿Nacido Homosexual?,” John D´Emilio dice que a él no le importa realmente saber si fue así en su caso. Luego cita numerosas razones por las cuales cree es mejor no proseguir con esa cuestión. Comienza describiendo los cambios en la terminología, “desde preferencia sexual,” con su deducción de decisión, hasta llegar a algo más fijo como “orientación sexual”. Pero hasta eso denota una dirección en la cual alguien ha cambiado su actitud, dejando abierto lo que indujo el viraje. He aquí el cambio reciente de “identidad sexual”, de quien abandonó la ambigüedad, y “ha ido al verdadero núcleo de lo que era”. Pero D´Emilio y los otros que se dicen homosexuales no están completamente seguros de quién o qué son. En esta línea, alude a “la fluidez, a la suerte, de –sí– la elección personal que llegó al grado de crear nuestro yo sexual”. Sin utilizar la palabra “bisexual”, él señala a los esposos que tienen sexo satisfactorio en casa, pero que ocasionalmente tienen relaciones con otro hombre.

Sin descontar el poder de los conservadores, D´Emilio está intranquilo por “la facilidad con que muchos americanos liberales han aceptado la teoría del nacido-gay”. El decir que ser gay es genético, él cree, les permite “echar de lado los remilgos acerca de lo que hacemos”. Tampoco se está librando de los puntos de vista dentro de la misma comunidad gay. A su juicio, la premisa de que la gente puede nacer gay “nos permite evadir nuestra homofobia interna”. Argumenta con razón que la explicación genética hace demasiado fácil rodear “el incómodo –e inexpresado– sentimiento de que, si nosotros tuviéramos la posibilidad de decisión, escogeríamos diferente.” Pero no está claro por qué clasifica este tema como uno de auto aborrecimiento. Meditar acerca de llevar una vida diferente no lleva implícito la antipatía con la que uno ya tiene.

A pesar de que los homosexuales y lesbianas conforman sólo una relativamente pequeña porción de la población de los Estados Unidos –mi propia estimación sería del 6 por ciento de todos los hombres y entre 2 y 3 por ciento de las mujeres–, mantienen muchos lazos inextricables con otras partes de la población. Aparte de sus padres deben tener hermanos heterosexuales. Un número considerable estuvo casado alguna vez y tiene niños, mientras que otros están concibiendo o adoptando hijos. En otro ensayo, “Reclamando familia”, D´Emilio contempla “la aceptación de las familias lesbianas y gays como parte integral de la familia norteamericana”. Él llama a ésto la “búsqueda del reconocimiento de familia”, la cual incluye a los matrimonios del mismo sexo, derechos totales para la adopción y custodia de niños, así como otorgar la legitimidad a varios acuerdos domésticos. Algunos pasos hacia tal legitimidad ya se están llevando a cabo. En Vermont se permite a las parejas del mismo sexo registrarse como “uniones civiles”, y Hawaii tiene una poderosa ley “de sociedades domésticas”. Algunas compañías y localidades ofrecen cobertura a los compañeros de sus empleados, y cada vez más hospitales están viendo a estos compañeros como “los más cercanos” en situaciones de visitas restringidas.

D´Emilio dice que una cuarta parte de los gays, lesbianas y adultos bisexuales tienen a niños viviendo con ellos. Estas cifras probablemente sean ciertas para las mujeres, pues muchas de ellas se encuentran criando niños de matrimonios anteriores. Pero no he encontrado evidencia convincente de que uno de cada cuatro gays tenga a un niño en casa. [4] Cuales fueren las cifras, los hijos de padres homosexuales merecen ser tratados como cualquier otro en sus escuelas y en cualquier otro lugar, como lo son aquéllos de padres en unión libre o madres solteras. Pero aún un sentimiento tan benigno puede causar controversia.

Piense en una clase de niños de seis años donde uno de los alumnos está siendo criado por padres del mismo sexo. Si el niño es molestado, el maestro tendrá propensión a tomar el evento como una ocasión para educar. Y como sucede, existen libros que están dirigidos para niños de este nivel escolar. Entre los más conocidos están Heather tiene dos mamás y El compañero de cuarto de papá. En el primero, la niña vive con dos mujeres. En el segundo, el niño vive con su mamá pero pasa un considerable tiempo con dos hombres. El propósito de estos libros no es sólo hacer sentir mejor a los niños con papás homosexuales sino también convencer a sus compañeros de que sus hogares tienen un estilo de vida aceptable. Está por demás decir que ninguna escuela utiliza actualmente estos textos. Su miedo es que algunos alumnos lleguen a concluir que el ser homosexual o lesbiana tiene el mismo estatus que la heterosexualidad. De hecho, ellos ven esto como otro ejemplo de “medio ambiente” que puede atraer a los jóvenes a la homosexualidad.

3.

Una preocupación relacionada con esto –entre aquellos que levantan la voz– ha sido el crecimiento de lo que se puede llamar la presencia gay en los Estados Unidos y en otros lugares. Un compañero gay resulta básico en la trama de la serie de máxima audiencia Will y Grace (Sony Entertainment), al igual que personajes homosexuales son recurrentes en los programas de las cadenas televisivas y en los complejos de cine. Aquí la pregunta que surge es si el número de homosexuales y lesbianas está realmente creciendo, en relación al total de la población. A juzgar por los indicadores aparentes, más americanos que nunca están deseosos de decir que ellos son homosexuales o lesbianas, o de permitir que otros lo interpreten así. El gran cambio se ha dado entre la gente joven que llega a la edad sexual, muchos más de ellos son capaces de reconocerse homosexuales y de admitir ese hecho frente al mundo.

Si la población gay parece estar en aumento, la explicación más sencilla es que más personas están saliendo del clóset. Veamos, por ejemplo las cifras del censo del 2000 de los hombres de cuarenta a cuarenta y cuatro años de edad, que llegaban a la edad adulta en una época en que admitir ser homosexual estaba ganando aceptación. Como se ve en la  Tabla B, la proporción de hombres que aún no se habían casado para el 2000 era de más del doble desde 1970, con un aumento del 7.5 al 15.8 por ciento. La última cifra es digna de destacarse, aún reconociendo que la gente se está casando a una edad más avanzada actualmente. Por supuesto muchos de estos solteros se identifican como heterosexuales. De hecho casi todos los hombres heterosexuales se han casado por lo menos una vez antes de alcanzar los cuarenta, y los datos más recientes nos muestran que menos del 2 por ciento de los hombres que se casan por primera vez tienen más de cuarenta.

Pero los hombres que permanecen solteros sólo conforman una parte del panorama. La Tabla B muestra también que de entre los hombres de cuarenta a cuarenta y cuatro, la proporción de los que eran divorciados y no se habían vuelto a casar saltaba del 3.8 por ciento en 1970 al 13.2 en el 2000, casi triplicándose. Como sucede, los heterosexuales divorciados casi siempre se vuelven a casar, normalmente muy pronto, con frecuencia porque se sienten aislados sin un hogar. Esto parece especialmente cierto entre aquellos que se divorcian en sus cuarentas, para los cuales quizás sea un poco tarde para dominar las tareas domésticas. Pero el crecimiento del grupo de divorciados-no-vueltos-a-casar sugiere que contiene un número de homosexuales que se casaron alguna vez y no lo volverán a hacer. (O no pueden hasta que muchas leyes cambien). En 1970 muchos de los hombres homosexuales que estaban casados, permanecían casados, pues revelarlo era mucho más aventurado de lo que es hoy.

Pero ¿por qué tantos como el 15.8 por ciento de los hombres en los inicios de sus cuarentas decidieron no casarse, adicionalmente al 13.2 por ciento que se divorció y no se volvió a casar? En conjunto, totalizan casi uno de cada tres hombres a esa edad. La proporción más alta en la historia de Estados Unidos. En contraste con 1970, cuando los solteros y hombres divorciados que no se habían vuelto a casar sólo constituían el 11.3 de esta categoría.

La explicación más razonable es que este pronunciado aumento se debe a que más hombres están descubriendo que son homosexuales, ya sea pronto o después de años de haber pretendido ser heterosexuales. ¿Puedo esto significar que la homosexualidad masculina es más dominante que en el pasado, en vez de que más hombres están saliendo del clóset? Esta pregunta no puede ser respondida con facilidad, pues es imposible tomar datos del pasado. Lo que está claro es que más hombres están reconociendo sus inclinaciones homosexuales, si bien no tantos como para afectar el crecimiento de la población en el corto plazo. La próxima generación saldrá de padres heterosexuales como siempre ha sido. Probablemente algún día, la población homosexual se reproducirá donando esperma a mujeres amigas.

La Tabla B muestra también información distributiva de las mujeres. Entre 1970 y 2000, aquellas en los inicios de sus cuarentas que eran solteras o que estuvieron casadas pero se habían separado, divorciado o enviudado se elevó del 19.6 al 33.8 por ciento. Números como éstos sugieren que habrá menos matrimonios entre las mujeres heterosexuales, en parte por la creciente proporción de hombres interesados en otros hombres. La suposición de que hay un hombre en algún lugar del mundo para cada mujer simplemente ya no se sostiene.

4.

En Normal, Amy Bloom, una psicóloga que ha dado clases en la escuela de Medicina de Yale, lleva la pregunta de la identidad sexual mucho más lejos. Los tres grupos que ella toma en consideración son tan pequeños, que podrían ser descartados como anomalías. Ellos son los transexuales que se han sometido a cirugía para cambiar de género; los hombres heterosexuales a quienes gusta vestir ropa femenina; y los adultos que nacieron con genitales ambiguos pero que ahora se identifican con un género. Bloom aborda a varias docenas de hombres y mujeres y lo más impresionante de todo es lo “normales” que todos ellos parecen, lo que es la razón del título de su libro. (Un hombre nos muestra su colección de pelucas de mujer. ¿Pero es acaso este hombre más raro que un vecino que nos presume su colección de pistolas?).

En la población adulta, Bloom estima que aproximadamente una persona de cada 50,000 es un transexual que se ha sometido a cirugía; y de éstos, el 80 por ciento son hombres que se quieren hacer mujeres. Christine Jorgensen, Renee Richards y Jan Morris han sido ejemplos destacados. Sin embargo, Normal se enfoca en el pequeño grupo de mujeres que se han hecho hombres, y su transición ha sido más complicada anatómicamente. (Este capítulo puede contener más de lo que uno quiere saber acerca de la “faloplastía” y de la “metoidioplastía.”) La mayoría de los nuevos hombres de los cuales ella habla, están actualmente viviendo con mujeres, quienes obviamente saben de sus pasados. Muchas de las mujeres-ahora-hombres han sido lesbianas y han visto cómo sus antiguos círculos de amistades los evitan en sus nuevas encarnaciones. Por otro lado, una mujer se hizo el cambio para poder ser un hombre homosexual. Se le ha preguntado la razón por la que no permaneció siendo mujer, luego de que como tal podía haber tenido hombres. Y ha respondido que ese no es el punto: su identidad esencial es ser hombre homosexual y no mujer heterosexual. Todos los transexuales sienten que sus cuerpos físicos no estaban de acuerdo con sus caracteres. Después de todo, no todas las constituciones vienen a este mundo de forma congruente o completa. Muchos niños sobreviven ahora o prosperan bajo un régimen de medicamentos. Bloom siente que los adultos que buscan su salvación a través de la cirugía no están desafiando a la naturaleza sino aliviando sus desperfectos.

El siguiente grupo consiste en hombres heterosexuales que se sienten atraídos a ponerse ropas femeninas. Aquí se debe diferenciarlos de los gays drag queens o trasvestis. Casi todos los hombres heterosexuales se han probado furtivamente la ropa interior o los vestidos de su mujer cuando han estado solos en casa. A menudo las esposas no lo saben o siquiera lo sospechan. (Bloom estima que más del 5 por ciento de todos los hombres se prueban la ropa de su mujer, aunque da por sentado que no hay manera de comprobar esta cifra). Aunque los hombres en Normal lo hacen de forma muy abierta. O por lo menos lo hacen cuando se van de crucero o de convención a donde llevan sus vestidos con rellenos y maquillaje y pueden sacar su yo modisto. Los participantes típicos son los “Contadores Presbiterianos de Cedar Rapids y los Ingenieros Luteranos de Omaha,” conjuntamente con por lo menos un ministro bautista y un agente de bienes raíces. Nosotros creemos que ellos logran alguna satisfacción emocional al realizar esta fantasía pero Bloom casi no dice nada al respecto.

Mientras que algunas esposas muestran su empatía y apoyo, Bloom dice que casi todas a las que ella conoció se hacían las fuertes, pero que deseaban patentemente que las inclinaciones de sus maridos fueran otras. Lo que sí es evidente es que muchos de los hombres que se “visten” difícilmente tratan de ser “femeninas”. De hecho muchos tienen cuerpos que no les ayudan a parecerse a una mujer y ellos no suavizan su porte cuando llevan estas ropas. Para concluir, son muy hombres en todo, menos en sus preferencias en cuanto a la ropa.

En aproximadamente uno de cada 2,000 nacimientos, los padres oyen al doctor decirles algo como “de alguna manera los genitales de su bebé no acabaron de desarrollarse, así que por el momento no sabemos exactamente qué sexo tiene”. (Actualmente muchos padres pueden enterarse de esta situación mucho antes del parto.) Aquí, también, los cirujanos están listos para entrar a escena. Pero primero se llevan a cabo exámenes hormonales para ver hacia qué género se inclina el infante, aunque sea sólo marginalmente. Aunque en la práctica, la mayoría de los doctores declaran niñas a los bebés hermafroditas, pues en las palabras de un especialista, “es más fácil hacer un agujero que una columna.” Ellos también sostienen que si el bebé es tratado como niña, en eso se convertirá.

A diferencia de los transexuales y los que se visten con ropas femeninas, que mayoritariamente toman estas decisiones como adultos, Bloom no pudo encontrar personas a quienes entrevistar que hubieran nacido como niños “intersex” como se les llama ahora. Un caso que refiere John Colapinto, fue el del niño convertido en Joana apenas hubo nacido, y decidió en su adolescencia que él era realmente un niño. Bloom localizó a un hombre que ha tenido siempre un pene muy pequeño, pero cuyos padres se resistieron cuando los doctores sugirieron su remoción. Por esto, él dice, “estaré agradecido por el resto de mi vida,” y no sólo por el hecho de que él y su esposa tienen relaciones sexuales muy placenteras.

5.

En Reinventando al homosexual masculino apenas se dice algo acerca de las mujeres, lo cual no debe tomarse como crítica, ya que el tema que Brookey eligió fueron los hombres. Aún así vale la pena mencionar que ha habido pocas referencias a un “gen lésbico”. Sabemos que relativamente menos mujeres –de un tercio a la mitad a lo más– se hacen llamar lesbianas, comparadas con los hombres que se identifican como homosexuales. La razón principal es que las mujeres que han tenido experiencias íntimas con una compañera del mismo sexo son menos aptas para redefinirse. Pueden andar con hombres y después regresar con sus compañeras, sin que vean que esto les afecte a su identidad sexual elemental. Esto no quiere decir que las mujeres sean más “bisexuales” sino que son más flexibles y variables en lo referente al amor, atracción y sus expresiones físicas. Lo que se puede añadir, es que los hombres ya sean homosexuales o heterosexuales tienden a ser más “monosexuales”. No sólo se sienten incómodos con la ambigüedad sexual, sino que además hombres de ambos grupos se mantienen firmes en que no hay probabilidad de cambiar lo que ellos son ahora.

En su ensayo Left Out [Excluido] Martin Duberman cubre muchos temas, desde las discusiones de Cuba y Vietnam, la política académica y racial, junto con los artículos sobre Paul Robeson, William Styron y Anita Bryant. Sin embargo, su principal énfasis es la vida homosexual, y hace alusiones recurrentes a lo que él llama “la conocida afirmación de Freud de que todos los seres humanos son potencialmente receptivos a la estimulación bisexual.” Freud afirmaba que todos somos inherente o sexualmente polimorfos. Y seguramente sabía lo que hacía al utilizar el prefijo “poli” en lugar de “bi”. Las permutaciones del comportamiento sexual humano rayan en lo infinito, incluyendo “tríos”, “cuartetos”, orientados a la brutalidad o al sometimiento, en público o mediante pago, sin mencionar la fascinación por los menores, que atrapa a tantos adultos y mantiene a sociedades enteras en vilo.

Duberman cita a Donald Webster Cory, que llamaba a la homosexualidad y heterosexualidad “más bien insignificantes sobresimplificaciones”, así como a Albert Ellis , que escribió que la “heterosexualidad exclusiva puede ser tan fetichista como la homosexualidad exclusiva”. Y añade que Masters y Johnson utilizaron el término “ambisexualidad” para personas que muestran “una neutralidad completa cuando eligen compañero”.

Si la gran mayoría de hombres y mujeres se ven a sí mismos ya sea como heterosexuales u homosexuales, esto aún deja un gran número de personas que se resisten a cualquier designación y que frecuentemente se identifican como bisexuales. De hecho, en muchos campus universitarios, organizaciones homosexuales y lésbicas incluyen a tales estudiantes entre sus representados. Aún así, la gente que se refiere a sí misma como bisexual es un grupo muy pequeño. En las Encuestas de Kinsey –que no usa el término– sólo 1.9 por ciento de los hombres y 0.7 de las mujeres dijeron que eran “igualmente heterosexuales y homosexuales”. [6] A pesar de que la segunda mitad del siglo ciertamente ha visto inmensos cambios en la esfera sexual, no hay muchas razones para creer que las cifras serían muy diferentes a las de hoy.

Más relevante al hecho de cómo se definen las personas a sí mismas, es lo que hacen o han hecho. El estudio más confiable realizado recientemente, realizado por la Universidad de Chicago y financiado por siete fundaciones, encontró que casi todas las lesbianas y muchos hombres homosexuales han tenido sexo heterosexual en el pasado. [7] Pero si esto significa ser bisexual, ellos no son los únicos con esa experiencia.

Sabemos que el experimentar con el mismo sexo es muy común en los años de la adolescencia. Sin embargo, estos episodios son muy juveniles y tentativos para ser archivados como homosexuales o bisexuales. De este modo, el estudio de Chicago probó más allá, y encontró que entre los adultos que actualmente se veían a sí mismos como heterosexuales, otra vez casi la mitad de mujeres respecto a los hombres reconocieron haber tenido una o más relaciones con el mismo sexo después de los dieciocho años de edad. Si bien los números reales pueden ser mayores, los que tenemos son una buena referencia de la incidencia del comportamiento bisexual.

En general, la bisexualidad tiende a expresarse de dos formas. La primera encontrada principalmente en las mujeres que han tenido tanto compañeros masculinos como femeninos. Anne Heche y Sinead O´Connor son ejemplos recientes; anteriormente, Marlene Dietrich, Greta Garbo, Virginia Woolf vienen a la mente, cada una en su propio estilo. (Éste fue un tema de la novela de Alison Lurie The Last Resort.) Empezando más jóvenes algunas alumnas hablan ya de “ser gays hasta la graduación”, dando entender que por el momento están profundamente enamoradas de su novia pero que están abiertas a otra opción más tarde.

Con los hombres, un patrón más usual es el del marido que se da cuenta de que es gay, o que lo sospechaba antes, pero está casado de cualquier modo. En el pasado la mayoría de estos hombres se quedaba con sus esposas, y muchos lo hacen todavía. Sin embargo, de cuando en cuando, buscan tener encuentros con hombres, algunas veces en bares gays. Pero la verdad es que casi todos estos maridos saben que son homosexuales, y muchos sienten que el sexo con sus mujeres no expresa su identidad esencial. Así que puede ser un término equivocado llamar a estos hombres bisexuales. (Una pregunta muy diferente es ¿cómo muchas de sus esposas lo saben pero deciden permanecer calladas?).

Bien pudiera ser que nadie es de manera innata homosexual o heterosexual; ni probablemente bisexual o ambisexual innato. Más bien podemos ser atraídos por un espectro de nuestros compañeros humanos; el que tengan cromosomas XX o XY puede no determinar su preferencia sexual. Tal vez sea un triunfo de nuestra especie el que no haya un límite claro a la creatividad de nuestra inventiva o de las permutaciones para el placer sexual. Mucho de lo que estoy sugiriendo fue captado por un invitado de una boda –género no especificado– al que se le oyó por casualidad decir sobre el novio y la novia: “Son una pareja encantadora. Me he acostado con los dos.”

Andrew Hacker, es profesor de ciencias políticas en el Queens College, de Nueva York. Autor de, entre otros, los libros Dos naciones: blancos y negros, separados, hostiles, desiguales, y La brecha creciente entre hombres y mujeres.

Notas:
[1] Simon Levay, "A Difference in Hypothalamic Structure Between Heterosexual and Homosexual Men," Science, Vol. 253, No. 5023 (Agosto 30, 1991), pp. 1034–1037; Dean Hamer et al., Science, Vol. 261 (1993), pp. 321–327. También ver Dean Hamer y Peter Copeland, The Science of Desire: The Search for the Gay Gene and the Biology of Behavior (Simon and Schuster, 1994).
[2] George Rice et al., "Male Homosexuality: Absence of Linkage to Microsatellite Markers at Xq28," Science, Vol. 284, No. 5414 (April 23, 1999), pp. 665–667.
[3] Romer vs. Evans, 517 US 620 (1996).
[4] D'Emilio cita una encuesta de salida conducida por el Voter Research Service durante las elecciones de 1992. Sin embargo, Lee Badgett de la Universidad de Massachusetts en Amherst me dice que su muestra de 13,729 tenía sólo 263 hombres que admitieron ser gays, y 186 mujeres que se identificaron como lesbianas. Este subgrupo formado por 61 hombres y 70 mujeres que dijeron que ellos tenían niños en sus hogares, una cifra no suficientemente significativa para poder generalizar. Kenneth Sherrill del Hunter College tambien me condujo a la encuesta de Harris que se hizo por internet en el 2000, donde 13 por ciento de los hombres gay y 46 por ciento de las mujeres lesbianas dijeron que estaban criando niños. Ver www.harrisinteractive.com, Noviembre–Diciembre 2000.
[5] Lesléa Newman, Heather Has Two Mommies (Alyson, 1989); Michael Willhoite, Daddy's Roommate (Alyson, 1990).
[6] Alfred Kinsey et al., Sexual Behavior in the Human Male (W.B. Saunders, 1948), p. 652; Sexual Behavior in the Human Female (W.B. Saunders, 1953), p. 499.
[7] Edward O. Laumann, et al., The Social Organization of Sexuality: Sexual Practices in the United States (University of Chicago Press, 1994), p. 305.

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