Historia de mi silencio

Por: 
Stephen Dunn
Traducción: 
Alberto García Ruvalcaba.

 

En este ensayo autobiográfico, el poeta norteamericano Stephen Dunn (Nueva York, 1939), revisa su tímido pasado y descubre en los pliegues de su reserva insospechados matices de silencio. El que recela y aleja, el que protege, el que nutre y libera… Tan inmaterial como puede serlo un retraído congénito, es la prosa de este ensayo, llena de agudas e inesperadas observaciones poéticas. Si se nos permite la estupefacción: las aventuras de un vegetariano en la carnicería.

 

Había un muchacho en mi clase que sobrellevaba la doble carga de ser tartamudo y de tener imaginación. No sólo hablaba con dificultad, sino que su poesía demostraba que tenía un don para intuir lo que los otros podían estar sintiendo y pensando de él. Matthew, a pesar de todo, se las arreglaba para hablar. En eso estaba su fuerza. Pero había otra cosa más todavía: Matthew cantaba en el coro de la escuela. Cuando lo hacía todo era viento en popa; su tartamudeo desaparecía. Ahí estaban su magia y su gozo.

Aprendí a esperar, sin importar cuánto tiempo llevara, a que Matthew acabara sus frases. Era un guiño para mí mismo –para el muchacho mudo que hay en mí– tan importante y egoísta como una terapia. Cada frase que Matthew acababa era una victoria para ambos. Nunca se lo dije. Cuan satisfactorio debió haber sido para él que al escribir, una palabra siguiera a la otra sin dificultad.

Ni como niño ni más tarde como joven tuve la determinación de Matthew frente a mi menor problema: timidez. Si un profesor me hacía una pregunta, yo contestaba “no sé” en vez de dar la respuesta que con frecuencia sabía. Cuando me tocaba hablar frente a la clase, me quedaba ahí de pie en silencio, sonrojado. Con el tiempo los profesores se daban por vencidos y renunciaban a seguir llamándome. Yo se los agradecía. Mis calificaciones estaban llenas de Ces, excepto en primero de secundaria en que el señor Zenner me dio una A en todas las materias. En la junta de padres de familia explicó a mi atónito padre, “Stephen es uno de los mejores tercera base que he visto a su edad.” El señor Zenner creía que había elocuencia en los deportes. Debió haber pensado que mi coordinación ojo-mano era una especie de buen desempeño general, quizás una forma diferente de discurso.

Las cosas empeoraron, o, quizás alguien pudiera pensar, mejoraron. En casa, mi madre me felicitaba por lo listo que era. “Mira qué bien le va en la escuela,” le decía a mi abuela luego de ver en mis calificaciones cinco o seis Ces. Y lo decía en serio. La escuela no había sido el fuerte de mi familia. Yo sabía, sin embargo, qué significaba ser bueno en la escuela. Sabía lo que mis amigos Alan y Judy podían hacer, sin mencionar a Martin Propper, el mejor estudiante en la preparatoria, con ese paradigmático nombre. Mi reserva tenía que ver con lo que reconocía era Martin Propper. “Sólo sé tú mismo,” mi padre me aconsejaba. Mal consejo cuando tu “tú mismo” es una criatura indefinida entre una salamandra y un tigre. Yo reservaría para mí, mi “mí mismo”.

En 1953, a los catorce años, entré a la preparatoria y empecé a leer libros más serios que Chip Hilton: Sports Hero [género literario de ficción deportiva para niños de entre ocho y trece años que necesitan de un héroe modelo. N.T.]. Mi vida interior empezó a reunir sus propios camaradas. No había libros en nuestra casa, mucho menos una biblioteca. Pero mi abuelo materno (que de hecho era el dueño de la casa y vivía con nosotros) sacaba regularmente una novela de la pequeña biblioteca de la farmacia. Tenía artritis y cada noche, con una botella de ginebra al lado de su sillón, leía y tomaba hasta quedar dormido. Él era el abuelo que me contaba historias luego de la cena cuando era niño. Como navegante de la marina mercante, un marinero judío (uno de mis oxímoron favoritos), había conocido gran parte del mundo. Había trabajado en Nueva York, también, como agente teatral. Mi madre se refería a él como un autodidacta. Fue este abuelo el que me habló de los libros.

Qué placer era leer: el mundo recibido en silencio, a mi propio paso. Amaba ese diálogo unilateral, el escritor dirigiéndose a alguien como yo que no podía hacer otra cosa que recibirlo. Soñé y me afligí y gocé. Leí todos los libros de Maugham y amé especialmente Of Human Bondage [Servidumbre humana: novela autobiográfica. N.T.]. ¡Ah!, ese pie equino, esa discapacidad. Y en Crimen y castigo, Dostoyevsky –que se convertiría en mi escritor favorito– delineando un hombre marginal que vivía dentro de su cabeza con sus ideas, resolviéndose a convertirse en un hombre de acción superior a las convenciones de la sociedad. Este era un mundo ilusorio que encontraba atractivo. ¡Los libros trataban sobre nuestra vida secreta! Cuanto más leía más se bifurcaba mi mundo. Estaba el mundo de Ozzie & Harriet [serie de televisión que representaba a la familia feliz. N.T.], en el cual pensé debía estar viviendo, en donde todo lo que uno pensaba debía decirse en voz alta. Y estaba el otro mundo de sombras, obscuro y a veces absurdo de los inmencionables, del cual hablaban los libros, y al cual el monologuista Jean Shepherd se refería cinco noches a la semana en 10 pm on wor, un programa de radio que nunca me perdía. Shepherd hablaba de insignificancias familiares, incursiones en otro vecindario, las cosas que los chicos hacen es sus escondites, los misterios comunes de su infancia en Indiana. Le daba a la infancia una voz, un drama; al escucharlo era posible creer que yo no era extraño, o, si lo era, tenía buena compañía. Pero ninguno de mis amigos oía a Shepherd. Mi padre llamaba “basura” a su programa.

La bifurcación se exacerbó por el hecho de que vivíamos en la sección judía de Forest Hills, Nueva York, y yo estaba siendo educado como católico en un hogar conformado por un judío (abuelo), una protestante (abuela), un católico (padre), y una híbrida (madre). Yo tenía un amigo gentil, Alan Arcuri. Así era como se referían a nosotros: los gentiles, cuyo solo sonido ya sugiere una especie inferior. Todos los demás que conocía eran judíos. Iba a bailes a la sinagoga, pero nunca saqué a nadie a bailar. Jugaba béisbol en el Centro Judío. No salí con ninguna no-judía hasta que tuve veintidós años. Yo era un católico de domingo, casi todos los domingos.

No había ambivalencias o dudas en nuestra familia. Simplemente nos faltaba convicción. Mi madre se convirtió al catolicismo once años después de que lo había prometido en su matrimonio. A pesar de que se esforzaba por parecerlo, siempre parecía tener los dedos cruzados cuando me amonestaba sobre mis deberes católicos. Y yo necesitaba ser amonestado. Faltaba a misa los domingos. He sido conocido por tomar el nombre de Dios en vano. Fui confirmado, al tiempo que anhelaba la suntuosidad de un Bar Mitzvah, los regalos y la diversión. Mi padre iba a misa todos los domingos, pero había algo dado-por-hecho en la forma en que recitaba las oraciones cuando me sentaba junto a él en la banca. Estaba pensando en otra cosa.

Supongo que no era extraño que nunca creyera enteramente lo que me enseñaron en el catecismo, o que no me diera miedo el infierno. Las cosas católicas… bueno, no eran suficientemente judías. La confesión me dio una temprana oportunidad de entrenarme en la ficción. Si me había portado demasiado bien, inventaba algunas malas acciones para beneplácito del padre. Si había cometido algunos pecados veniales o mortales, omitía algunos para evitar penas severas. Parecía un juego. Envidiaba a mis amigos judíos su claro sentido de victimización histórica, su diferente sentido del pecado. Pero no hablé de esto con ninguno de ellos. Esos sentimientos heréticos parecían no tener ningún fin apropiado; pasaron a ser una capa más de mi silencio. A los diecisiete años, cuando le dije a mi padre que iba a dejar de ir a la iglesia, soltó una reprimenda que duró, con intermitencia, dos semanas. Después de eso, no volvió a ir a la iglesia otra vez. Yo había liberado a los dos.

Mi padre era un vendedor de aspiradoras, un irlandés afable e iletrado. Mi madre una ama de casa, mitad judía, mitad escocesa, bella y cálida y sencilla, cuya vida y apariencia menguaron debido a un problema del corazón que le fue detectado cuando tenía treinta y ocho años. Durante mis años de preparatoria mis padres vivieron apartados. Era común que conforme se aproximaba la hora de la cena y mi padre no aparecía, mi madre llamara a The Fleet Street Inn para preguntar si Charlie estaba ahí. El cantinero decía que no y diez minutos después mi padre llegaba a casa, o, si no lo hacía, me enviaban en la bicicleta por él. Como siempre le daba gusto verme, me compraba una coca y me presentaba a sus amigos (aún si ya lo hubiera hecho antes). Así pude ver que su vida afectiva y significativa estaba ahí. Era difícil hacerlo salir. Para cuando llegábamos a casa mi madre estaba doblemente molesta, pero servía la cena para él de cualquier manera, como si la comida –no importa en qué tono– fuera un vínculo con la civilidad que ella necesitaba preservar. Como yo conocía el secreto de mi padre, que era en realidad el secreto de mi abuelo, y sabía de qué modo estaba profundamente relacionado con su nobleza, nunca pude enojarme con él. Había entregado todos los ahorros familiares a mi abuelo para ayudarlo a pagar la cuenta del hospital de su amante, y, cuando lo confrontaron, dijo que había perdido el dinero en el camino. Estaba siendo compasivo con ella y consigo mismo. Nunca dijo la verdad, excepto a mí. Yo sabía demasiado. Cuando él y mi madre discutían, yo simplemente me iba a mi cuarto.

Lo que pasaba en casa parecía corroborar lo que yo vivía en los libros: la gente tiene secretos y vidas furtivas. Algunas circunstancias de nuestras vidas van más allá de nuestro control. Conclusión: aprende a estar tranquilo. Muchos años después, en una elegía para mi padre, escribí:

Algunas noches llegaba a casa bebido
mi madre le preparaba la comida
y todo ocurría en silencio.
Así, por años, yo creí
que las discusiones eran silenciosas
y por eso es que el silencio es
aquello con lo que voy armado
y el silencio es lo que odio…
Llevo al silencio conmigo
del modo en que otros llevan fotos
de sus seres queridos. Lo ofrezco
y espero una respuesta…

Lo que es destacable durante aquellos años es que yo me sentí amado por mis padres. El suyo había sido un buen matrimonio hasta el principio de sus cuarenta, y quizás habían desarrollado para entonces el hábito de quererme, lo que ayudó a que lo siguieran haciendo. No obstante, cuan difícil debe haberles sido –irritados uno con el otro cuando mi padre bebía, lo cual ocurría cada vez más a menudo– expresar tal cariño por mí. Ellos estaban orgullosos de que yo fuera un atleta. Y me decían que sería bueno en cualquier cosa que yo quisiera, a pesar de que existían muchas pruebas que indicaban lo contrario. Todo mundo debería ser beneficiario de esas mentiras benignas que hacen posible lo posible. Las dudas que albergaba sobre mí mismo, mis dientes de conejo y los braquets, mi propia reserva, todo era recibido con esa benévola calidez. El amor parecía más fácil de conseguir que el habla.

Hasta hoy, uso mi cara de póquer. Tengo ya historia en eso de dejarte saber sólo aquello que me conviene que sepas. Pena, aflicción –sería odioso decir que la persona tímida y autoconsciente que hay en mí se congratula por estas cosas, pero otra parte agradece siempre ser sacado de mí mismo hacia más amplios sentimientos, o ser transportado a la genuina e inmoderada desenvoltura. O, en la más inusual experiencia del éxtasis, ser transportado al auténtico silencio.

El señor Zenner estaba en lo correcto. Yo era un buen atleta. Pero era mejor basquetbolista que tercera base, si bien ningún otro profesor creyó que merecía una A por esa elocuencia. Esto se volvió muy claro en la preparatoria, en donde apenas pasé mis asignaturas. Me integré al equipo principal de básquetbol en mi primer año y aprendí que en algunos círculos la acción puede reemplazar satisfactoriamente al habla. (Habría de aprender más tarde –luego del básquetbol– que era corto en la forma en que los buenos atletas lo son con frecuencia; tenía pocas habilidades sociales, no sabía cómo iniciar amistades). Si bien me sorprendió, realmente, cuan incompetente era en la guasa en que mis compañeros parecían tan naturalmente dotados. En respuesta a sus bienintencionadas bromas y burlas, yo meramente sonreía. De sus conversaciones de vestidor yo me daba la vuelta cohibido. El adjetivo que públicamente usaban para mí era “callado”. Realmente significaba “raro”.

Recuerdo haberme sentido especialmente impotente. Otras personas –maestros, padres, ciertamente mis colegas más fuertes– controlaban los términos y condiciones de mi vida. No había filosofía detrás de mi silencio, ni rigor gandhiano. ¿Qué recursos tienen los que no tienen voz? ¿La rabieta? ¿El resentimiento? ¿La consabida sonrisa? ¿La afectación? No era siquiera bueno en eso. Principalmente, mi silencio era vergüenza e impotencia. Con el tiempo he visto la furia (esa forma superior del berrinche) en otros, y parece ser el destino de aquellos que se han dado cuenta de que su silencio era sistémico, consecuencia de una gran opresión, de una sofocación social, y no simplemente una forma de estar callado. Yo no calificaba para la furia.

Estoy escribiendo esto, en un sentido relativo, desde la ventaja del poderoso. Tengo ahora un módico control sobre las superficialidades diarias, y sé que esto no es poca cosa. Ahora, cuando estoy callado, parece con frecuencia que el prestigio de lo elegido se encuentra detrás. En otro sentido, esa mudez tiene a Norteamérica detrás, la entera historia del silencio masculino americano, que sólo hasta hace poco ha sido objeto de análisis. El tipo de portentoso silencio, el aventurero, el hombre de frontera, esos Gary Coopers de nuestro pasado mítico, ofrecen a los hombres blancos americanos el permiso de estar callados. En la medida en que el hombre sea convencionalmente fuerte, la cultura valida su silencio.

Reconozco esto y me considero entre los cuestionables privilegiados. Ahora sabemos que la noción del hombre americano mítico lastima a sus aspirantes tanto como los puede ayudar. Los protege de la turbulencia de los apegos emocionales, lanzándolos a la acción y a la conquista de metas. Su dios es el progreso, el dios que encandila y empuja. Pero entonces yo era un atleta. También un tímido. El hombre Marlboro –severo, intrépido– me estaba llamando. De manera que fui algo o alguien más bien indefinido. Experimenté la ambivalencia de caer en cuenta de que mi héroe tenía un problema de sociabilidad. ¿De qué modo se convierte uno en alguien como mi estudiante Matthew y prospera a pesar de su hipersensibilidad? Yo vi las imágenes en los espectaculares y en las películas. Mientras tanto, durante los últimos dos años de la preparatoria, leí libros que me llevaron a un complicado otro lugar. Todo Hesse. El ángel que nos mira y No puedes volver a casa [de Thomas Wolfe, N.T.]. Jude el obscuro [de Thomas Hardy, N.T.]. Y pronto llegó el Jake de Hemingway, un héroe masculino que yo entendía, atractivo y fracturado.

En la universidad –todavía no hablaba en clase– tomé un curso de Escritura de Ficción en el que, por cierto, Francis Ford Coppola era el mejor estudiante. Él no era nada callado. Yo tenía alguna facilidad, y recibí pequeños encomios, pero no era muy bueno inventando historias. No obstante, sentí el amor por las palabras, luego de haber guardado tantas por tanto tiempo, y gozaba usándolas. A veces las amaba demasiado, como cuando usé “alacridad” –una palabra que acababa de aprender– tres veces en un cuento muy breve. Al margen de la tercera “alacridad” el profesor anotó: “ya sé que conoces esta palabra.” Me habían pillado, y sentí ese aguijón de bochorno que ahora juzgo un signo auspicioso. Hay esperanza para alguien que puede abochornarse por elegir pobremente una palabra.

A pesar de que estaba interesado en mis cursos, yo había ido a la universidad a jugar básquetbol. Dos incidentes, ambos ocurridos en sendas giras de básquetbol, fueron pivotes cruciales en la historia de mi silencio.

La primera tuvo lugar en un hotel en Scranton, Pensilvania con otros jugadores Hostra, Sam Toperoff y Dick Pulaski. Ambos eran mayores que el típico estudiante, por cuatro o cinco años. Habían pertenecido a la Armada, eran agudos y crudamente inteligentes, y los mejores conversadores del equipo. Sam era graduado en Inglés, Dick se estaba graduando en filosofía. Era 1959. Yo estaba en mi primer año, un mero encestador, y no recuerdo por qué estaba en ese cuarto. ¿Me invitaron? ¿Sólo pasé por ahí? Estaban hablando de Moby Dick, del gusto por él, del bien y en mayor medida del mal, de la blancura de la ballena. No era como cualquier otra conversación que hubiera escuchado antes en clase. Era acerca de ellos mismos, acerca de la obsesión, la dificultad de ser un buen hombre, y era ocasionalmente divertida. ¡Era posible divertirse con cosas serias! Yo estaba sentado en el piso, escuchando. Ellos no esperaban que participara. La conversación duró casi dos horas, y supe que era la mejor charla que jamás hubiera oído, supe que ni en sueños llegaría a saber tanto y a hablar de ese modo.

Era posible que parte de la razón por la que sostuvieran durante tanto tiempo la conversación fuera yo. Después de todo los dos terminaron siendo profesores, y esa pudo haber sido una primera práctica. Sam Toperoff se convirtió en escritor además de maestro, y en uno de mis más fieles amigos. Por años traté de igualar su lógica articulada, su excéntrica fortaleza mental, su habilidad para hacer suya una habitación llena de gente.

El otro incidente tuvo lugar dos años más tarde. Yo estaba en mi cuarto año en la universidad. Sam y Dick se habían graduado. El equipo estaba en Gettysburg para jugar contra el equipo local. Los doce habíamos ido al cine a ver Vidas rebeldes de Arthur Miller. Yo era un sólido miembro del equipo, y compartía con mis compañeros un vocabulario común de dribles cruzados, amagues de tiro, pases botados. Había cierto refinamiento en ese lenguaje, por más limitado que fuera. Yo me quedaba corto todavía en la charla o guasa de vestidor, todavía turbado cuando gente desnuda se daba toallazos. Estaba tomando un curso de historiografía y estaba asombrado de que la historia fuera postural, filosófica, y que la verdad histórica fuera debatible. Estaba pasmado por no haber sabido eso antes. Mi vida intelectual había empezado y yo estaba sentado en un cine con otros once jugadores viendo una película fascinante. Después salimos a la luz del día. Ted, nuestro centro, el hombre al que acudíamos en los momentos cruciales del juego, me pidió que le explicara la película. Los otros diez jugadores secundaron su petición. Hasta entonces no tenía idea de que me creyeran algo más que Radar, el chico callado, el buen tirador de salto. Les expliqué la película. Abrí la boca y las palabras salieron.

En 1965, a cuatro años de egresado de la universidad, trabajando como creativo publicitario en Nueva York y viviendo en Greenwich Village, Sam Toperoff me invitó a participar en los juegos de básquetbol dominicales de Artistas & Escritores. Yo trataba entonces de escribir ficción en las tardes, más por respeto a mí mismo que por verdadera inspiración, pero fui invitado porque sabía jugar. Aquélla era como ninguna otra cancha de básquetbol en la que hubiera estado antes: competitiva, hasta amable, excesivamente honrada. Los jugadores confesaban cuando pisaban fuera de las líneas como si hubieran pasado la noche anterior leyendo filosofía moral, se disculpaban cuando te cometían una falta, te sostenían si estabas en peligro de caer. Nada parecido a la fiereza de las canchas de Nueva York a las que estaba acostumbrado.

Calvin Trillin era uno de lo jugadores, Gerald Jonas otro. Ambos eran jóvenes escritores del The New Yorker. Chistopher Lehmann-Haupt recién había comenzado a hacer reseñas de libros para el Times; él estaba ahí también. Toperoff había ganado recientemente el primer premio de cuento en The Atlantic Monthly, y su primera novela había sido ya aceptada. Todos, incluso aquellos cuyos nombres no son ahora conocidos, eran en su complejidad atrayentes e interesantes.

Luego de los juegos, comprábamos refrescos Seven-Up y Mission Orange e íbamos al departamento de Trillin en el vecindario a relajarnos, pero más bien a hablar. Trillin, como lo ha ya demostrado ampliamente, era un gran narrador. También Toperoff. Era demasiado ingenio para hombres en tenis, el Algonquin revisitado, sólo que un poco más sudoroso y más al oeste. La conversación era variada –libros y gente y básquetbol– y, de lo que no sabía se podía hablar, de la conversación misma.

Al final del primer año de los juegos dominicales, rentamos un cuarto arriba de un restaurante griego en el West Forties, y organizamos una parodia de ceremonia de premiación, esposas y novias incluidas. “El jugador judío más adelantado” era uno de los premios. Otro ganó “El hombre blanco más saltarín.” Yo recibí el premio “El cachirul” para el jugador inscrito con credenciales falsas. Cuando tomé el micrófono para aceptarlo, no pude pensar en una sola cosa ingeniosa qué decir. Sólo salió un “Gracias.” Era inexcusable. Todos los demás habían rendido homenaje a sus abnegadas madres, dado crédito a la bandera o a la bebida que los había mantenido saludables.

Los juegos dominicales de Artistas & Escritores continuaron por los siguientes dos años, igual que las conversaciones en el departamento de Trillin. Yo no pronuncié más que unas pocas palabras en todo ese tiempo. Era consciente de estar escuchando, almacenando información, y estaba agradecido de pertenecer a ese grupo. Fue mi Black Mountain College [escuela liberal que transformó a mediados del siglo XX las artes y las ciencias en los Estados Unidos. N.T.]. Por las noches le platicaba a mi esposa todo lo que podía recordar –las mejores frases, las anécdotas más vívidas. Descubrí que tenía habilidad para recordar, para aislar los detalles representativos. Debe haberme venido de todos aquellos años escuchando a Jean Sheperd.

La historia de mi silencio sería incompleta si no admitiera que fui capaz de hablar a las mujeres antes de poder dirigirme a un grupo. La conversación cara a cara, que suele surgir luego del sexo, sotto voce, es allanada por la comodidad del cuerpo, esa tácita declaración de estimación transmitida piel con piel, que conduce a cada vez más grandes permisos verbales. Es el permiso que el amor (más que sólo el sexo) otorga, el dulce lenguaje acerca de nada en especial, el juego; y supongo que nunca está uno tan alejado de la autoconsciencia como cuando está jugando. Es ése el lenguaje, el del regocijo, en el que más confortable me he sentido siempre. La cama como campo de juego. Los senos como una especie de sofá post-coito en donde nada es demasiado tonto o demasiado íntimo para ser dicho. Si un hombre puede hablar íntimamente, puede bajarse de su caballo blanco por unos momentos (quizás incluso le llegue a gustar estar abajo) la mayoría de las mujeres le ofrecerán todas las latitudes del habla que podría necesitar. Si además puede él escuchar, es probable –si todo lo demás se mantiene sin cambio– que entre en el reino de lo que las mujeres inteligentes consideran realmente sexy.

Pero aquí es donde el problema para los hombres comienza. Cuando la intimidad inicia también lo hace el ocultamiento. Una parte del corazón se cierra al tiempo que otra se abre. ¿Es esto cierto sólo para los hombres? Lo dudo. Uno piensa en algo en lo que no debería estar pensando y se lo reserva. Puede ser tan simple como un no me gusta la forma en que se ríe al final de las frases. ¡Aunque sus frases sean exquisitas! O, la amo, pero me siento atraído por X. En el corazón de esos ocultamientos está el silencio. Si uno tiene una larga historia de silencio, la reserva puede pasar inadvertida, por lo menos durante algún tiempo. Si uno es un novato, es probable que se deje vencer por la culpa y confiese aquello en lo que debió ser reticente, y lo eche todo a perder, como ocurre normalmente a los sinceros congénitos. En cualquier grado, las mujeres han sido para mí las causantes de mi mayor verbosidad y mi mayor silencio. Yo les digo todo. Cuando llego a conocerlas íntimamente les digo menos.

Si la musa es femenina y el hombre visitado por su musa ha aprendido a aprovechar los recursos de su silencio, buscará y querrá decir más. Todo está bajo su control (si bien éste puede ser el último autoengaño). Es claro, otra vez, que estoy hablando sobre las posibilidades del silencio poderoso. He conocido esas posibilidades en pocas ocasiones: impetuosas, seductoras; violáceo vino verbal. Pero mi silencio poderoso, controlado, cuando mucho, me ha dado recompensas efímeras. Finalmente nadie lo quiere. Es un retenedor, un escudo protector. El verdadero amor lo quiere dar todo. Por esto es que nadie debería esperar de un escritor verdadero amor. El escritor, apenas después del gran amor, lo utiliza. Creo que esto sería también aplicable al escritor atrapado en su circunspección, si bien entonces su uso sería quizás más perdonable.

Alguien podría decir que, puesto que mi madre fue siempre tan alentadora, he buscado alimentar a mujeres como ella. Esto es particularmente cierto de la mujer que elegí para casarme. Generosidad emocional: me gusta más de lo que la merezco. Las cosas crecen desde ahí, incluido el pene. Esto no es una broma. Cuando uno pasa de cierta edad, llega a entender cuan importante es esa generosidad. La preocupación por el desempeño sexual es una de las cosas respecto a las cuales los hombres son más reservados. El silencio de los corderos, nosotros que fuimos educados para ser lobos.

La mayoría de las mujeres están preparadas para comprender las variedades del silencio masculino, siempre y cuando ese silencio no sea agresivo o remoto. Quizás las mujeres realmente adaptadas al hombre, están siempre tratando de saber si hay alguna vulnerabilidad en nuestro silencio. Las mejores mujeres quieren saber si hay alguna cualidad en él.

Mi esposa no cree en mi timidez, o en los años de desagradable silencio de los que he hablado. Desde el principio, su cariño por mí y su creencia de que era listo, me dieron el permiso para hablar. Y hablé. Fui incluso osado. Ella me dio el permiso para que pareciera que yo sabía lo que estaba haciendo y diciendo.

Pero la historia de cualquier matrimonio encierra silencios acumulados. Reticencias. Cuando algunas reservas se hacen intolerables provocan discusiones, peleas. O, si uno es de algún modo poeta, poemas. O todo lo anterior. Contrario a lo que afirma la psicología trivial actual, un matrimonio funcional permite ciertos silencios. El silencio es un aspecto de la libertad. ¿O no son con frecuencia los habitantes de países despóticos forzados a hablar? Quizás el mejor regalo de mi esposa, dado que no cree en mi historia de silencio, ha sido que reconoce y acepta tácitamente que me reserve algunas cosas. Trato de corresponderle. Es siempre, no obstante, cuestión de equilibrio. Los momentos dulces rara vez necesitan ser articulados en palabras. Cuando las cosas no están bien entre nosotros, los dos queremos que sea el otro el que ponga en palabras el problema. No puedo pensar en una situación más delicada: decir lo suficiente para no mentir, pero lo mínimo para no herir. Es en esas ocasiones en que he tomado conciencia de los límites del lenguaje y de mi valentía. Hay cosas que nos deben ser dichas, y una vez develadas las comprendemos. Con suerte y experiencia, esas cosas encuentran sus pares, escudos contra el sufrimiento. Y hay otras cosas que no se nos deberían decir nunca. Rogamos por oírlas también.

Porque uno es siempre una persona privada y pública, la política del silencio es efectiva. Sabemos que el silencio en ciertas situaciones puede ser inmoral. Czeslaw Milosz y Carolyn Forché, para citar dos ejemplos contemporáneos, hablan acerca de la poesía de testigo o de testimonio. Sabemos a qué se refieren. Pero toda buena poesía es poesía de testimonio, si bien no siempre de los “grandes” eventos de nuestro tiempo. Sin duda hay momentos en los que es esencial hacerse oír, y sabemos también cuántas veces muchos de nosotros hemos fallado a otros, sin mencionar a nosotros mismos, en este sentido. Los libros de historia están llenos de santos, mártires, y otros tipos de radicales. En comparación a ellos, ¿no es cualquier otra historia una historia de complacencia y vergüenza? (No estoy tratando de glorificar la inacción, meramente sugiero que para muchos de nosotros la poesía proviene tanto de la atención a lo inadvertido, a lo inefable, como a lo conspicuo).

Desde el punto de vista filosófico, el silencio puede ser objeto de reflexiones más profundas que estas. “Amarrarse la lengua” puede ser moral, inmoral o irrelevante, dependiendo del contexto. En cuanto al silencio se refiere, yo he cometido todos sus errores.

En 1967 mi esposa y yo dejamos nuestros bien remunerados trabajos y nos mudamos a España. Yo había estado reuniendo material; quería ver si podía escribir una novela. Tenía 28 años. Teníamos $2,200 dólares y logramos estirarlos once meses, durante los cuales escribí parte de una pobre novela, y empecé a escribir poesía. Me pareció que era lo que tenía que haber estado  escribiendo. Toperoff nos visitó con su nueva esposa. Les gustó lo que estaba haciendo y me recomendaron algunos programas de escritura para graduados. Yo no había oído nunca de ellos. Además, mis notas de la universidad no eran suficientemente buenas, protesté. ¿De veras –pensaba–no hace falta hablar en la escuela de graduados, quizás hasta enseñar? Me dijeron que mi poesía me haría un lugar ahí, y hasta pidieron las formas de ingreso para mí.

Di clases en la escuela de graduados de Syracuse, llevando camisas negras para que los estudiantes no vieran las manchas de sudor de mis sobacos, y redescubrí que los recién ingresados eran aún más inseguros que yo. Fue una agradable sorpresa advertir que tenía cosas qué decirles. Me llevó considerablemente más tiempo hablar en mis clases, pero un día en el taller de poesía de Philip Booth me asombró estar diciendo cosas con más sentido que el ostentoso compañero brillante pero rebuscado, escucharme decir cosas razonablemente coherentes. Desde entonces ofrezco mi granito de arena. Tenía treinta años.

Es interesante que en la parte central de Pensilvania en donde mi esposa creció, la gente de campo use la palabra “retardado” [“backward”, también “en reversa” N.T.] como sinónimo de tímido. No es un insulto. Si yo hubiera crecido ahí me habrían llamado retardado. Y habrían estado en lo correcto en ambos sentidos. Yo era tímido y no sabía mucho que digamos. Aún hoy, cuando me siento retardado, guardo silencio.

Por otro lado, como lo sugieren los secretos familiares de que he hablado, mis otros silencios tienen que ver con el conocimiento, de saber más de lo que me atrevo a decir.

De las dos clases de silencio, la que se origina de la ignorancia es la más corregible. La otra es transformable, y probablemente vaya al corazón oculto, si no del arte, de la poesía. Si algo, la poesía me ha dado el valor de hablar. Primero en la página, y después –como si el control de las palabras en un territorio conllevara la útil ilusión de control en otro– en voz alta, en el salón de clases en donde puedo arreglármelas para ocultar las vetas subterráneas de mi ignorancia. A pesar de lo cual, prefiero un lugar apartado en la esquina de un obscuro bar, y una persona escogida enfrente.

“El silencio tiene un clima rudo, loco,” escribió un niño cuando visité la Escuela Katzenbach para Sordos. Sólo puedo imaginar cómo sería el clima del silencio perpetuo. Pero rudo y loco entendí, y no dejé de percibir la ironía de mi posición: enseñar a los silentes que tienen muchas cosas qué decir.

La educación de mi silencio continúa, y espero esté aún abierta a revisión. He usado el silencio cruelmente como una forma de desaprobación o castigo, a menudo he balbuceado para evitarlo en situaciones embarazosas, y me gustaría pensar que ha habido ocasiones en que lo he usado noblemente. Ser capaz de echar mano de la palabra “usar” en relación a mi silencio es tanto un logro como una incriminación. Alguna vez mi silencio me poseyó. Ahora que lo poseo, me gustaría aprender a dejarlo ser, dejarlo encontrar las palabras que necesita.

En el camino me he dado cuenta de que el silencio puede ser una especie de depósito, un lugar para guardar las cosas del mundo hasta el momento en que somos capaces de manejarlas, de hacerlas nuestras. Si no nos derrota nuestra timidez, nuestra debilitante mudez, podríamos descubrir que podemos cultivarla y una y otra vez hacer que nos sea útil. “El silencio oportuno es más elocuente que el discurso,” dijo alguna vez Martin Tupper. Aunque La Rochefoucauld escribió, “el silencio es la mejor táctica para aquel que desconfía de sí mismo.” Yo he desconfiado de mí más tiempo del que he confiado. El silencio era mi táctica, mi maldición. Todavía lo es a veces. Cualquiera que sea la cualidad presente en mi silencio, ha surgido en parte del miedo, en parte de la necesidad de llenar ese depósito de cosas que no he podido todavía manejar ni hacer mías. Con frecuencia está cerrado. Yo sigo buscando la llave extraviada.

Stephen Dunn, poeta norteamericano nacido en Queens en 1939. Obtuvo el premio Pulitzer de Poesía en el 2001. Actualmente es profesor de Escritura Creativa en el Richard Stockton College de New Jersey, Estados Unidos. Entre sus publicaciones se encuentran: Walking Lights, Riffs & Reciprocities, Different Hours y Local Visitations.

Del libro Walking Light, Memoirs and Essays on Poetry.

 

Reprinted with permission from Boa Editions Ltd.

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