Yann y yo

Por: 
Mario Lanzarotti

-Ya deberías olvidarla, dijo Yann.

No estábamos hablando de ella. Ni siquiera estábamos hablando. Hacía tiempo que casi no hablábamos. Pero no me sorprendió que lo dijera. En ese momento yo también pensaba en ella.

Cruzábamos casualmente la parte baja de la rue Pradier, allí donde yo había vivido. Voltée sin querer la cabeza. Ví ese décrepito edificio donde ni siquiera tuve teléfono. Igual de encogido, igual de torcido. Sentí nostalgia aunque, eso lo sabía muy bien, no había por qué. Fue entonces que Yann habló. Pensé que tenía razón.

- A ver si te explicas un poco, le respondí.

- A ver si dejas de hacerte el idiota, dijo él.

Las piernas largas y rubias de Yann apenas cabían en el Fiat 127 que yo andaba manejando en esos días. La rue Pradier ya estaba detrás. Seguí avanzando por la sinuosa Simon Bólivar sin romper el silencio. Con Yann sabíamos callar. Nos habíamos conocido en la cola del restorante universitario, casi llegando a París, tanto él como yo, años atrás. El, París ya se lo había caminado de punta a cabo. Quería conocer, según me dijo, el París de Cortázar. Esa mera ficción. Ingenuidad nórdica quizás, pero debo confersarle que por entonces yo no conocía ni París, ni Cortázar.

Yann era un Sueco bohemio. Se había inscrito vagamente en alguna universidad pero su ambición era más bien artística. Cuando digo más bien debiera decir exclusivamente. Yann era un sueco bohemio, no pobre. Yo, pobre y no sueco. El recibía un estipendio del benefactor estado nórdico. Pero igual se ganaba sus pesitos tocando saxo en Saint Germain des Près. Se ponía frente a la iglesia, a un costado del Deux Magots. Pronto descubrió que las Baladas de John Coltrane tenían público asegurado ¡Cuántas veces no se las oí! Lo mismo su versión de “She was too good for me”: a mí algo me pasaba con esa música. Ocurría que se quedara tocando hasta medianoche, cuando llegaba a echarlo la policía. Y el pequeño grupo de casuales auditores no dejaba de manifestar su descontento. Después Yann se iba a algún café, junto a otros colegas y se las arreglaban para seguir tocando, a menudo, demasiado a menudo, un jazz descaradamente free. Ocurría también que los clientes mostraran su descontento.

Lo cierto es que a Yann comenzó a irle bastante bien. En la calle. Yo lo acompañaba pasando el sombrero y vendiendo unos cassettes que no sé dónde había logrado grabar. Decía que así le facilitaba las cosas. Yo sabía que no, pero aceptaba gustoso el diez por ciento que me cedía. Con el tiempo llegó a ser una suma nada despreciable. En esa época Yann fue mi propio estado benefactor. Claro, la biología marina no es algo que uno pueda vender por las calles, ni menos el sistema digestivo de la vacuola, un animalillo que sólo se encuentra en el Mar del Norte, sobre el cual yo estaba especializándome. No seas idiota me decía Yann –la expresión la había adquirido de frecuentarme a mí y a otros latinos, en sus labios sonaba tierna– no seas idiota, especialízate en los mares tropicales, al Norte no hay futuro, sé de lo que te hablo.

La primera vez que la vi... bueno. Usted no puede entenderlo, nunca la vió. Fue en el puerto de Malmö. Yo andaba en campaña a bordo de un barco laboratorio. Yann vino a buscarme un día en el yate de su padre. Con su padre. Un lindo yate, lleno de madera barnizada, un lindo viejo lleno de barba blanca tallada con humo. Un viejo bastante excéntrico que llevaba varios matrimonios y que, barrunté, tenía varios más por delante. De alguno de ellos era Yann. Hijo único pero con cuatro medio hermanos y, créamelo, ocho hermanastros.

Ulla era algo mayor que él. Fue aporte de una mujer de quien el viejo enviudó apenas casado. Con Yann habían crecido juntos. Ahora creo que las frecuentes visitas de Yann a Malmö se debían sobre todo a ella. Entonces me parecían más difusamente familiares. En París me la había mencionado varias veces, siempre al pasar.

Claro que se parecían, como se parecen muchos nórdicos. Yann es bello, sin duda. Lo que a uno le ocurre con Ulla, sin embargo, no tiene mucho que ver con la belleza. Verla es querer poseerla ipso facto. Aún hoy me es difícil evitar las erecciones cuando conversamos, cualquiera que sea por lo demás el tema. Mucho he pensado en este fenómeno sin jamás lograr entenderlo. Creo que no hay explicación precisa. Tiene relación con lo más innaccesible que hay en uno. Bien digo en uno, porque Ulla es ajena a todo esto. El asunto está en cómo la vemos. Con el tiempo me hizo pensar en Marcela, ese personaje de Cervantes que se retira de la sociedad humana para evitar el implacable acoso masculino. La juzgarán cruel, egoísta, culpable por indiferencia de algún suicidio. Ulla no tenía esa indiferencia. Ella siempre supo elegir.

Ese día lo pasamos en la residencia del familión, junto al mar. Yann y Ulla se quedaron largos instantes junto a la barbacoa, donde se estaban torturando unos medallones de salmón. El viejo bucanero me había servido un wiski y trataba de conversar conmigo.

- Por qué no me escucha, preguntó en un momento.

La razón ya la habrá adivinado. Sólo me interesaba Ulla. Balbucée que estaba cansado del trabajo nocturno, en altamar. Es cierto que las vacuolas salen a medianoche y es cuando hay que ir a bucearlas. Son lo contrario de Cenicienta, dije. El viejo y la esposa de turno me escuchaban con interés. Pude pasar con honor del balbuceo al buceo. Ese número lo tenía yo bien rodado. El aparato digestivo de las vacuolas tiene la propiedad de reciclar sin fin los deshechos que produce, hasta asimilarlos completamente. Entender ese proceso y aplicarlo tendría consecuencias inimaginables. Bajarían los requerimientos alimenticios, desaparecerían la desnutrición y las enfermedades, los excusados, las alcantarillas, la contaminación de aguas, la sobre-explotación de la tierra; disminuiría el consumo de energías fósiles, se detendría el calentamiento climático. En suma, el futuro de la humanidad dependía de mis investigaciones. El príncipe encantado, ése era yo. Ulla alcanzó a oír buena parte del cuento. Me invitó al día siguiente a bucear con ella. No fuí, mi barco estaba por zarpar.

Ya de vuelta a París y ya de vuelta el invierno, estuve bastante ocupado redactando los últimos capítulos de mi tesis doctoral. A Yann lo veía mucho menos. Tuvo que prescindir de mis servicios callejeros y yo de mi diez por ciento. El perjuicio fue sin duda mayor para mí. Sostuve mi tesis cuando empezaban a florecer las glicinas del Cementerio de Montparnasse. Yann llegó al cóctel con su grupo. Dieron un pequeño concierto que deleitó a los eminentes científicos presentes, entre ellos, de ahí en adelante, yo.

Por esos días pensé en irme de la rue Pradier. El departamento que ocupaba era incómodo, ajeno. Las pocas veces en que me tocó llegar acompañado, creí entrar a un hotel parejero. De la ausencia de teléfono me había consolado diciéndome que me procuraba tranquilidad. Me inquietaba además no haber recibido allí factura alguna : ni de agua, ni de luz, ni de gas. Los montos adeudados eran considerables. Más valía desaparecer. Si Yann me había becado con su diez por ciento, también podían hacerlo, a su manera, los servicios públicos parisinos. Aclaro para no incriminarme que no sirvió de nada. Igual me cogieron, ya instalado en Vincennes.

Seguí trabajando en el mismo laboratorio. Fui de nuevo en campaña hacia el Norte. Volvimos a recalar en Malmö. No volví a encontrar el encanto de aquel verano. Yann estaba haciendo una linda carrera con su grupo, en París. A veces pensaba en Ulla y sentía como un eco lejano del estremecimiento que me había provocado. Una vez soñé que la salvaba de las aguas en tenida de buzo. Ella no me lo agradecía : me decía, por fin te encontré, y yo, locuela, era mucho más fácil que esto. Toda una mañana ese sentimiento me dejó pleno pecho. Pero la verdad es que el eco de Ulla se fué acallando poco a poco.

Con Yann nunca hablábamos de ella. De él, no es tan fácil comprenderlo. A menos que fuera por delicadeza. No estoy tan seguro. Llegué a pensar que Ulla ya se habría casado, quizás con un enorme sueco, un atleta sueco, que un día tendría de él hijos igualmente atletas y suecos. Había pasado tiempo. Yann cosechaba éxitos. Más de una vez me tocó ser poste de alumbrado mientras él firmaba autógrafos en la calle. Pero, la verdad, era él quien me iluminaba, a veces, con su música.

Yo dudaba. Dudaba mucho. Me pasaba buena parte del día dudando. Por lo menos es seguro que existo, me decía a veces. Uno se consuela como puede. No entendía el interés de Yann en mí ¿Se habría tragado el cuento del príncipe encantado con las vacuolas, tal como se había tragado los cuentos de Cortázar en París?

-Te acuerdas de Ulla, me preguntó, por fin, un día.

- ¿No tenías una hermanastra que se llamaba así?

- Deja de hacerte el idiota.

Allí tendría que haberle dicho, tu también. El viejo bucanero había arrendado una casa quinta en Albufeira, gracias a su empleada portuguesa, pero una grave crisis matrimonial, otra más, lo obligaba a renunciar al viaje. Ulla había propuesto a Yann que aprovecharan para pasar las vacaciones juntos.

- Y me pidió que te invitara, concluyó Yann. Como ves, ella sí se acuerda de ti.

Llegué a una casa de estilo javanés. De esas de madera crujiente. Hecha de vigas y ventanas, casi sin muros. Llena de vegetación. Las pieles rubias de Ulla y Yann ya estaban de color damasco. Sus cuerpos vigorosos y desvestidos parecían dioses de los estadios. La primera vez que me presenté a ellos en bañador tuve verguenza de mis piernas flacas y arqueadas, de mi color aceitunado. Biólogo marino, latino, buzo, buen partido y quizás más (quiéralo alguien), igual me sentí irremisiblemente inferior. En sus azules miradas creí ver, no burla, conmiseración.

Aunque Ulla y Yann fueron muy gentiles conmigo, desde el primer día me pregunté qué diantres estaba yo haciendo allí. El punto es que...cómo le dijera. El punto es que me observaban. Un día me encontraba distraído clasificando conchitas al borde del mar y sorprendí sus miradas. Nada especial, cierto. Apenas un instante de interrupción de flujo, como un corto circuito. Todos incómodos. Lo mismo una tarde en que resolvía yo un enigma que ellos habían encontrado en una revista portuguesa. O cuando quise explicarle a unos pescadores la mejor manera de echar las redes : si me escucharon, fue con indiferencia. Los pescadores. Ulla y Yann, tuve la impresión que bebían mis palabras.

Yo también los observaba. Una vez, Yann iba conduciendo. Ulla a su lado, yo detrás. Habíamos remontado hacia el Norte a la búsqueda de antigüedades. Allí fue que compré mi estatuilla de la mujer con enormes senos. Rodábamos hacía horas por una ruta polvorienta y calurosa. Ibamos en silencio, amodorrados. De pronto la mano de Ulla fue a posarse sobre el muslo de Yann. No hubo reacción por parte de Yann. Ví que sus pieles eran iguales. Bien pudo haber sido la mano de Yann sobre su propio muslo. O sobre el muslo de ella.

Una mañana se separaron bruscamente al entrar yo a la cocina. Me miraron riendo de buena gana, como chiquilines. Estaban a contraluz. Al desayuno en todo caso no sabíamos de qué hablar. Me puse a contar historias de vacuolas, que para eso sí soy bueno. Ese es mi terreno, allí me siento en agua firme. Me escucharon muy gentilmente. Más, creo que Ulla se divirtió.

Yo a Ulla no me atrevía a mirarla mucho. Tenía la impresión que Yann atisbaba esas miradas. Además toda mirada sostenida, abandonada, conllevaba riesgo de erección. Eso no era fácil de acomodar, sobre todo en la playa. A veces me tendía al sol y cerraba los ojos. Era peor. Me asaltaban imágenes insoportables del cuerpo de Ulla, de su cuerpo mezclado al mío. Los ojos, no podía ni abrirlos ni cerrarlos. Tendido de espaldas me imaginaba que ella venía a acostarse sobre mí, como en una película Nani Moretti sobre una bella bañista dormida. A Nani le llegó bofetada. Yo no haría escándalo. La dejaría expandirse sobre mí, como una mancha de aceite, como una gelatina que me envolvería entero, apretándome y calentándome, quedándose así para siempre, pegada a mí, para que yo la portara, la llevara conmigo bajo la ropa, todos los días, por todos lados, siempre frotándose a mi, siempre rozándome.

Yann debía partir en gira por el Algarve y Andalucía. Nos quedamos sólos. Esos fueron mis días con Ulla. Por momentos creí enloquecer. La miraba a veces caminar por el borde de la piscina, con el slip adentrándosele, dejando un glúteo improbable al alcance de mi mano, dolorosamente cercano y lejano a la vez. Llegué a pensar que se me ponía así de adrede. Ulla estaba allí para mí, Ulla se mostraba a mí, Ulla sabía que sólo yo estaba allí, Ulla me tocaba, Ulla sonreía sólo para mí. Ulla me pertenecía. Y no me pertenecía. Una vez vino a mostrarme una conchita, quería precisiones ¿era lo que quería? Yo hice una docta exposición con ella a mi lado, tan cerca de sus senos como de la felicidad. Mi brazo estaba paralizado. Prolongar ese instante, nada más que ese instante. Hablar y hablar, por unos segundos más contar la historia de la humanidad, la evolución entera. Hablé y hablé, ya no sé de qué, pero el tiempo se detuvo en su seno rozándome, en su punto de leche, granito de cacao endurecido.

Dormía en la playa sumido otra vez en fantasías que ya no sé si eran sueños o pesadillas. Me desperté azorado, aceitoso. Ven me dijo. De la mano me llevó a las dunas. Lo cogió entre sus dedos y se quedó mirándolo, lo palpó, lo examinó, atentamente, suavemente, una enfermera. Yo que reventaba. Después, después se volteó y se me ofreció a lo perrita. Fue tan violento que no recuerdo sino eso, la violencia. Diques cediendo, torrentes de aguas liberadas. Me quedé agotado, aferrado a su espalda sin saber qué decir, ni hacer. Ulla reía. Se deshizo suavemente de mi abrazo y me llevó al mar, como a un mozuelo.

Cuando Yann volvió, todo volvió. Me preguntó si Ulla se había portado bien conmigo. ¿Qué responderle? Ulla había cambiado tanto. Quizás para proteger nuestro secreto. En todo caso, ya no volvió a enternecerse con mi priapismo. Ya no más el tronco nudoso y enchido de ramificaciones entre sus dedos, ya no más “ah, mon pauvre, viens par ici que j’arrange ça”. Y ya nunca más Ulla.

Partí antes que ellos aunque hicieron todo por impedirlo. Con sinceridad, con gentileza. De eso no dudo ni dudé. El punto es que ya no podía soportar ese jueguillo de miradas, secretos y escondidas. De vuelta a París Yann estuvo ocupadísimo. Le preguntaba por Ulla y él, evasivo. Supe que estaba en Malmö. No respondió a ninguna de mis llamadas, a ninguna de mis cartas. La llamé mil veces, le escribí otras tantas. Pasé por Malmö y toqué a su puerta, permaneció cerrada. Yo insistía ante Yann. Quería saber, que me rindieran cuentas, que me explicaran.

-No tengo la intención de olvidarla, dije por fin.

Ya habíamos entrado en la rue des Pyrennés, dejado atrás la Place Gambetta y el cementerio del Père Lachaise. Desembocábamos en el Cours de Vincennes. Se lo conté todo. Mi obsesión por Ulla, por su sexo rosado, húmedo, caramelizado (innerfitterött había dicho ella). También mi deseo inextinguible por poseerla, por poseerla permanentemente y para siempre. Ulla pegada a mí. No había otra compañía posible. Había en mi vida un antes de Ulla, mis días con Ulla y mis días sin Ulla.

Yann seguía doblado en cuatro. Iba incómodo. No por eso. La palabra era quizás tristeza. Como si estuviera triste por mí, como si por fin hubiera comprendido.

-Vuelve a verla a Malmö.

La empleada portuguesa abre por fin la puerta. En el salón me reciben dos percherones suecos ¡Hej, god dag! Hermanos, medio hermanos, hermanastros, poco importa. Ulla no quiere verme a solas. Debo reconocer que igual fue gentil conmigo, cariñosa incluso. Más quizás de lo que hubiera querido. Porque temía que yo malinterpretara. Ya me conocía. No sé bien lo que le dije. Nada de lo que había pensado en todo caso. Estaba tan lejana. Llegué a dudar que alguna vez hubiera habido algo entre nosotros. Comprendí, por fin, que para Ulla nada había habido entre nosotros. Sólo un poco de curiosidad, sol, mar y gentileza. Mucha gentileza. De su parte. Nada más. Aún la veo en el salón rodeada por sus hermanos. Un pequeño Olimpo sueco. Yo, en tierra. Recordé esa canción mexicana que decía, la distancia entre los dos es cada día más grande, de tu amor y de mi amor no va quedando nada... No venía al caso. Pensé que tendría que inventarme mi propio bolero. Pensé que el cuento ni siquiera daba para un buen bolero.

He vuelto a la rue Pradier. Por eso de la nostalgia que no tenía razón de ser. Ya sé que tener teléfono es inútil. No cambia nada. Viajo mucho, lo más que puedo. Hago campaña tras campaña. Tengo miles de muestras, estanterías llenas de vacuolas disecadas, clasificadas y reclasificadas. He contratado a un estudiante promisorio, un extranjero, que me asiste con entusiasmo. Ve en mí un ejemplo. Para qué desmentirlo. Cómo explicarle. El patrón del laboratorio alaba mi trabajo encarnizado. Vivo en altamar. A la rue Pradier no voy más que a dormir. Ya nunca llego acompañado.

A Yann lo veo a menudo. No en persona. En televisión. También ocurre que escuche sus discos. Yann explotó. Yo no puedo quejarme tampoco. Quizás dentro de poco empiecen a suprimirse algunos excusados y alcantarillas. A Yann también lo veo en persona, pero menos. De vez en cuando nos juntamos en algún café de Montparnasse, él, ella y yo. Ella es Ulla. Ya vive en París, con Yann. Son muy gentiles conmigo. Como siempre. He aceptado que mis día con Ulla hayan sido sólo un engaño. Entiéndame bien, un engañito. El diez por ciento con que Yann siempre me ha gratificado ¡Tack, Yann!

Mario Lanzarotti, escritor chileno, residente en París.

 

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