Carta por María Felix

Por: 
Fernando Macotela

Vengo de regreso del Palacio de Bellas Artes, allí está el ataúd con los restos de María Félix, resulta difícil creerlo y les digo con sinceridad que por irracional que parezca la imaginaba inmortal, tal era su fuerza. Hace muchísimos años la soñé, en el sueño era muy cariñosa conmigo y así me enamoré de ella. Un día me la presentaron en una fiesta en el Hotel María Isabel por allá en el 67. Cocteau tenía razón "era tan bella que dolía". Varios años más tarde nos volvieron a presentar en Bellas Artes, era la noche del concierto de Lola Beltrán, aparte de saludarla yo quería que conociera al agregado cultural francés que la admiraba enormemente. Ella toleraba todas esas molestias con bastante paciencia.

Pero mi gran momento con ella fue ni más ni menos que en Versalles. Trabajaba yo en la embajada mexicana en París y un día, sin saber quién era, ayudé a un señor de aspecto serio y respetable que tenía días esperando sus invitaciones para los actos de la visita del Presidente Echeverría, luego me dijo que se llamaba Alex Berger. Cuando terminó la función de ballet que ofreció el Presidente de Francia al de México en el Teatro Luis XV del Palacio de Versalles, salíamos todos rumbo a una escalera cuando alguien me saludó, era Alex Berger, que le dijo a María —Mira María, éste es el señor tan amable de la embajada de quien te comenté— y agregó dirigiéndose a mi mujer —Señora ¿me haría el honor de dejarme acompañarla?— y le tendió el brazo al tiempo que me decía —¿Me haría el favor de acompañar a mi esposa?—, y así bajé una escalera de Versalles del brazo de María, ella, esbelta, delgadísima, radiante, en una túnica blanca de estilo griego que le dejaba los brazos descubiertos. Llevaba la famosa serpiente de brillantes que le diseñó Cartier especialmente y por petición suya. Al pie de la escalera se iniciaba una larga galería, por allí nos fuimos hasta desembocar en un salón donde tenía lugar la recepción. Era el 9 de abril de 1973, nunca me repuse de la experiencia.

Años después, con motivo de la entrega del Ariel de Oro por toda su carrera que le hizo la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, nos vimos varias veces (en tanto que Director de Cinematografía yo era Secretario de la Academia) y le mencioné, muy de pasada, el episodio de Versalles con grandes dudas de que lo recordara, no se acordó, pero para que uno de mis grandes sueños no sufriera desportilladura alguna, lo mencioné como restándole importancia, en realidad para mí lo importante no era que ella lo recordara sino que yo lo hubiera vivido.

Por entonces tramé con Enrique su hijo que me diera fotos de ella para hacer un calendario de la Cineteca Nacional en su honor. Él me las entregó según decía "casi a escondidas", pero siempre tuve la sensación de que eran fotos "de las maltratadas", como sacadas de alguna caja vieja. Me dijo que las había encontrado en un baúl en el sótano y nunca supe si había otras mejores. Allí le nació a Enrique la idea de hacer un libro con imágenes de su mamá, y si ven ustedes ahora un ejemplar (todavía está a la venta) encontrarán que las fotos del calendario de la Cineteca del año 1987 figuran en él. Siempre quise que me dedicara una pero nunca lo hizo, parecía que no le gustaba hacer eso ¿sería porque quería vivir el presente y esas fotos eran el pasado? No lo sé y aunque después estuve junto a ella en muchas ocasiones, no tengo ninguna fotografía con ella.

De esa época, una de las ocasiones más memorables fue la noche en que se ofreció la conferencia de prensa en el Hotel Camino Real para anunciar que volvería al cine para filmar un guión de Hermosillo intitulado Eterno esplendor. Desde la suite donde nos encontrábamos la acompañé hasta una sala de prensa, ella me dijo aludiendo a los periodistas —Lo que me fastidia es que van a empezar con el asunto de la edad— y le contesté —Pero ¿cuál edad? si tú eres eterna. Y ese día, a la obligada pregunta de —¿Y qué siente volver al cine a su edad?— ella respondió —¿Cuál edad? yo soy eterna— y yo me puse feliz. Esa noche en la cena en el Fouquet's (que estaba en el mismo hotel) me pidió que me sentara junto a ella y me contó la historia de las joyas que llevaba (antes había dicho, al descubrir un pectoral lleno de diamantes planos, que había pertenecido a un marajá, junto con pulseras, aretes y anillos —¿Querían esplendor? ...pues aquí lo tienen!—), yo le hice algunas preguntas de pobre y de neófito y me explicó cosas muy interesantes sobre cómo se compra ese tipo de joyas. Como cada vez que uno entraba con ella a algún lugar público, sonó María Bonita, ella levantó el brazo derecho y dijo —¡Gracias muchachos!— hacia los músicos que siguieron luego tocando canciones de Lara. Al cabo de un rato, después de que siguieron Rival, Cada noche un amor, Noche de ronda, Solamente una vez y otras, ella se volvió hacia mí y me dijo, con la misma maravillosa cara pícara con que la vería yo solamente dos o tres veces —Qué bonitas canciones me componía el flaco ése ¿verdad?— y se volteó hacia el otro lado, pero de inmediato como si algo se le hubiera olvidado, volteó hacia mí otra vez y agregó —¡Y lo bien que me las cantaba el charrito!—. Yo no sé si ella habrá dicho muchas veces estas cosas, pero esa noche me las dijo a mí, su cara no tenía precio, y sentí que la Historia de México de los años cuarenta, ésa que a todos nos produce nostalgia, acababa de atropellarme. Fue saliendo de aquella conferencia de prensa —yo la llevaba de la mano, medio escoltándola— cuando una periodista joven, no fea, con cara y voz de mensa, le preguntó —¿Qué se necesita para ser siempre bella?— y María le disparó —¡Hay que saber mucha ortografía!—.

El otro episodio mío, muy mío (bueno, en realidad es uno que nos pertenece a María, a Miguel de la Madrid y a mí) sucedió cuando don Miguel fue a la Cineteca para asistir a la entrega de Arieles el ocho de septiembre de 1986. Al visitar el Centro de documentación, María, como lo mencioné anteriormente, ese día iba a recibir el Ariel de Oro a toda su carrera de manos de De la Madrid. En tanto que Presidente de la República, estaba previsto que ella le dedicara una foto, se escogió una fija de la filmación de Río Escondido, en ella María está en Palacio Nacional de trenzas y rebozo, al pie de un enorme retrato de Benito Juárez. Gabriel Figueroa me comentó que de esa secuencia le encantaba una toma que había hecho en donde le había “colocado" como resplandor a María, detrás de la cabeza, uno de los enormes candiles que hay en ese salón del recinto. El protocolo presidencial exige que cuando el primer mandatario visita una institución, sea el director de ésta el que lo guíe, y por eso estaba yo allí, en primera fila. Las instrucciones eran que cuando llegáramos al Centro de Documentación sólo entraríamos el Presidente, María y yo, hasta la mesa en la que estaba la imagen; los demás invitados se quedarían afuera, en el Patio de la Cineteca. Así pues, pasamos, di la explicación —brevísima— de lo que había en el Centro, ya estábamos junto a la mesa y le anuncié al licenciado De la Madrid que María le dedicaría una foto suya de la película tal y tal. Yo estaba en una esquina de la mesa, don Miguel a mi izquierda y María a mi derecha, la pluma prevista estaba allí (yo llevaba otras dos en el bolsillo, por lo que pudiera ofrecerse), María la tomó, se agachó a firmar, dudó un momento y luego, con la cara más coqueta y traviesa que haya yo visto en mi vida, levantó aquellos ojos de Enamorada y le preguntó al Presidente —Y ... ¿el señor es?—, ella, la encarnación de la mujer universal, y él, de pronto, la encarnación del perfecto mexicano —Miguel de la Madrid, para servirle señora—, y ella dedicó la foto. Oímos lo sucedido ...nosotros tres, cuando más tarde comentamos el incidente los eternos envidiosos de María pusieron el grito en el cielo, y mientras más lo ponían, mejor se iba haciendo en mí el recuerdo, ni ella ni él se inmutaron, creo que eso es ser una estrella, y  pues bueno ...un presidente.

Lamentablemente con el tiempo María olvidó los detalles del episodio, se le confundió en la cabeza y cuando Enrique Krauze la entrevistó para su libro de memorias y fotografías —todo tan disfrutable— ella lo contó de una forma alterada y por demás arrogante (dijo que lo había mandado a formar una cola "como todo el mundo" si quería que le dedicara no recuerdo qué). Puedo asegurar que todo fue como lo he dicho, ella olvidó el nombre del Presidente y salió adelante con ingenio y coquetería, y eso es lo que vuelve la ocasión tan simpática así como la sobriedad y caballerosidad del primer mandatario en ese momento. Con María nos reímos mucho del incidente una vez que pasó, le hizo mucha gracia su propio olvido y cómo lo resolvió.

Un millón de detalles como ese hicieron que María fuera María. En un reciente viaje a Cuba un tabaquero (los que hacen los puros) me preguntó —por el sólo hecho de ser yo mexicano— que si conocía a María Félix y le respondí afirmativamente, me pidió entonces si yo le traería a México un regalo que él le quería hacer pues sabía que ella fumaba puros. Días después me lo llevó, era una cachimba hecha toda de tabaco, un puro, pero con toda la forma de una pipa. —Es algo muy difícil de hacer—, me dijo, y se lo creo, y le prometí llevárselo a María. A mi regreso de Cuba la Feria del Libro ya estaba encima, pensé que se la entregaría después pero no llegué a tiempo. Esta noche se la llevé a María.

Me costará trabajo entender que María ya no está; cuando ella salió de la capilla ardiente de Emilio Fernández acompañada por Carlos Monsiváis, la saludé y en ese momento un periodista le dijo que qué podía decir sobre la muerte de “el Indio”, contestó con gran sobriedad y sentimiento —Cumplió con su período, cada quien cumple con su período, él cumplió con el suyo—.

Si alguien cumplió con "su período" fue María, lo llenó hasta desbordarlo, fue una magnífica triunfadora, inteligente a más no poder, un ser excepcional. Qué bueno que de casi adolescente soñé con ella y me enamoré, y el amor me duró toda la vida y no tuve que decírselo, pero sí pude comprobar que merecía que uno se enamorara de ella. No tengo ninguna foto en donde estemos juntos, mejor, así la imagen que voy a mandar enmarcar para colgar frente a mí en mi estudio será una de ella sola, en toda su inefable belleza, esa que duele, de tan grande.

Fernando Macotela es director de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería de la Ciudad de México.

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