Cave Amorem

Por: 
Javier Ruiz de la Presa

Empédocles pensaba que el amor y el odio son contrarios como podrían serlo un marido y un amante. Y Freud creía opuestos —como los duelistas de Joseph Conrad— la pulsión de vida y la pulsión de muerte. Pese a todo, es el amor, en muchísimos casos, el autor de una “destrucción radiante” (destruye emocionada y líricamente las cosas más bellas). También es, el amor, “el gran pathos de las almas indigentes” (por tomar prestada una expresión de Harold Bloom: es la pasión de quienes no tienen derecho a una gran pasión, los que no tienen la “virtud de dar”). Bien dijo Platón que el amor era hijo de penía (pobreza) pero no que fuera la personificación de la pobreza y la indigencia. Pese a todo, nuestros amores son pobres y carecen de ingenio que, de nuevo, según Platón, es el principio de los grandes amores. Hay tanto, en el amor común, de desesperada soledad, de gris sensualidad o de idiota ensoñación, que uno se pregunta cómo ha podido sobrevivir tan fáusticamente la civilizada vida mundial.

Y la respuesta está precisamente ahí: nuestra civilización no es apolínea, como la querían Racine o Jenófanes, ni dionisiaca, con sus hombres “guía” (sus Alejandros o sus Aristóteles platonizantes enamorados de la «fama imperecedera»). Pero con razón dijo Jacinto Benavente: “El amor es como Don Quijote. Cuando recobra el juicio es que está para morir”.

Recuperar el juicio es para nosotros, granujas posmodernos, caer de sopetón en el desengaño (un español diría de “caer de culo”), caer en el desencanto; sufrir un formidable golpe enivrante et nevrôse al amor propio. El caso es que el nuestro anda manco desde hace muchos años. Y si en algún lugar es evidente este renqueo del yo es en ese resentimiento “de oficio” contra el mestizaje, que practica cualquier mestizo corriente, por tener mucho más de corriente que de mestizo. No me diga sr. Freud que aún no sé lo que es un espejo. Ese otro que veo ahí, tan huraño, raquero y ajeno, soy yo, naturalmente. Yo soy ese indeseable que veo como si fuese otro, en el espejo.

Hay que ser muy desmemoriado, por cierto, para ignorar que el mestizaje es la historia del mundo: griegos y godos, romanos y celtas, persas y arios… Aquí solo vale, en la práctica aquello de “Viva México, cabrones”. O sea: no más se les ocurra contradecirme, puesn, y aquí me los chingo”. ¿Podría México exportar esta filosofía al resto del mundo? Estoy peleado a muerte, por cultura y rancia tradición, con el otro. Empédocles diría que conozco razonablemente el odio y que destilo por todos mis poros una ignorancia cavernaria del amor: el principio que vincula lo mismo a los átomos que a los salvajes inteligentes (los hombres) en la gran ciudad.

Suponiendo que alguna vez llegué a desear algo con una gran pasión (pues esto es amar) si yo dejase de amar (y amar es aquí una ilusión, un narcisismo cómico, un patetismo saltimbanqui y popular), ¿qué sucedería? Nietzsche sólo encontró una respuesta: Incipit décadence. Uno puede preguntarse: ¿qué sucedería si la nuestra fuera una civilización de desilusionados, de zombis que detestan a los hombres despiertos, o de sarcásticos que odian la fina y lúcida ironía de Sócrates?

Si nos tomamos a Heráclito en serio, la inteligencia humana está tomando la siesta desde la época en que Anaxímenes, aconsejado por Tales de Mileto, emprende un viaje iniciático a Egipto. Cuando el entendimiento duerme nada es verdaderamente real, nada es tonificante, pues el yo se hunde en sus pequeños ocasos de papel y mignol, en lugar de alzarse sobre sus ruinas de hiel. Un cierto olor a podrido se percibe en América Latina (ya no decir Europa) a poco que se tenga dos dedos de frente y sin ser un mastín.

La gente lo nota, desde luego, pero no le da mayor importancia. Simplemente lo registra. No es sólo curioso que se contabilice la decadencia de la civilización como quien hace el recuento de unos platos sucios. “Ah, este plato está sucio” —puedo decir en un parque, y lo dejo tal y como lo encuentro. “Y también este rincón, bajo el árbol en flor. Y aquella banca…”. Pues ni modo. Acto seguido me sueno con un kleenex, que es una buena costumbre, y tiro mi basura por las calles, por los parques. La ciudad, según puedo comprobar, exhuma mierda por todas partes. Pues ni modo. Qué se le va a hacer…

Si yo tuviera unas gafas para medir el grado de realidad que puedo percibir advertiría un curioso fenómeno que afecta al corazón de la vida: la frivolidad se abraza al aburrimiento con intenso y furioso amor neurótico. La profundidad tiene un aroma a vid, a espíritu báquico que puede percibir la pequeñez del hombre sin hacerse más pequeño. ¿No es esto Nietzsche-Dionisos?

Un amor capaz de odiar con franqueza y lealtad, eso es lo que nos vendría bien. Nuestros amores odian la diferencia y la profundidad porque “donde vi frivolidad vi también agotamiento y resentimiento”. Esto es lo que presumo Zoroastro diría a Nietzsche en la intimidad amistosa. ¿Qué tiene de malo ser frívolo? Los hindúes decían que la sabiduría consiste en “no estar baboseando”, es decir, en no desperdiciar la vida. Pero imagina amigo virtual que a un ciego se le permitiera ver por veinticuatro horas. Y ahora que durante esas veinticuatro horas, el ciego decidiera tomarse una siesta para descansar del aburrimiento (esto es su colmo) de verlo “todo negro”. ¿Qué le dirías a ese insensato?

Algo parecido es la situación del hombre civilizado: ama tan poco la vida que decide desperdiciarla. Y a este desprecio por la vida le llama vitalidad, independencia, amor al “juego”, desprecio por la seriedad y qué se yo cuantas cosas más tan divertidas como inverosímiles. Amar, según el diccionario del hombre mediocre, consiste en hacer con ahínco muchas cosas estúpidas para sentirse libre de otras que son aún más estúpidas.

¿Y si eso fuera la vida civilizada, una alternancia de dos formas de estupidez? Por lo menos merecería una discreta carcajada o una ironía digna de Rostand o Diderot, que sería seguida por lo más divertido que puede uno encontrar en el hombre mediocre (y también lo más profundo): una mirada de incomprensión que casi incita a la piedad.

¿Y qué hago yo para amar a este hombre mediocre? Pues lo mejor que puedo hacer: odiarlo lealmente…

Javier Ruiz de la Presa (Guadalajara, 1963), compositor y filósofo. Consejero editorial de Tedium Vitae. Autor entre otros del libro Telicles o de la sensatez.

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