Confesiones de un radioadicto

Por: 
Álvaro González de Mendoza

¿Oyes? ¿Qué y cuánto? ¿Yo? Mucho y creo que por las mismas básicas razones que lo haces tú: por miedo al silencio, que imagino es a la soledad lo que la oscuridad a la luz, pero también con el pretexto de estar al momento en cuanto a noticias. Te digo: nos parecemos, pues a mí tampoco me gustan mucho ni la oscuridad, ni la soledad, y por eso en cuanto puedo y cuando puedo pongo a sonar el radio; porque algo me da incluso, dicen, luz informativa. ¿Tú no?

Oigo radio y mucho. A veces ni le pongo atención, pero ahitá, suene y suene, quesque entreteniéndome. Eso es: el radio es entretenimiento accesible multipresente y gratuito. ¿Será?

Soy un simple usuario del radio, y lo digo así en macho masculino en vez de utilizar el cursi femenino de los expertos cuando la llaman ‘la radio’. Tengo muchos aparatos receptores que demuestran mi afición por el sonoro medio comunicante, y nunca he ido a la tienda a comprar ‘una radio’ ni he llevado a reparar ‘una’ sino más de alguno de ellos y que son de los tamaños más diverso; algunos verdaderas reliquias. Las estaciones, esas sí en femenino, suenan en mis radios. ¿Cuántos tienes tú? Sin conocerte mayormente te aseguro que varios. ¿No? Te digo: nos parecemos.

Usuario más cautivado que cautivo. Te explico. Desde muy pequeño cuando una enfermedad me tumbó en cama, mis padres –imposible que estuvieran a mi lado todo el tiempo-, colocaron junto a mí en una mesita un rechoncho aparato. Mi limitada mente no podía imaginar cómo hasta allí llegaban voces y sonidos lejanos. ¿Cómo? Aquello me parecía mágico, y fui presa fácil de su encantamiento; y de ahipa’lante, cautivado por ese prodigio. Incluso, y por razones de edad, me tocó presenciar el divorcio del aparato y la pared pues debido a algo llamado ‘transistores’ ya no más estaría pegado –anclado- por un mecate eléctrico al contacto más próximo. Los aparatos aquellos repletos de bulbos que debían de calentarse antes de producir sonido alguno, se empequeñecieron y cabían en cualquier parte. ¡Fascinante!

Todo ello para decirte algo muy simple: desde hace mucho oigo radio, pero conforme ha pasado el tiempo los misterios electrónicos han dejado paso a otro tipo de misterios y todo por una razón: oigo y además pienso. A ver si en eso también nos parecemos.

Empieza la mañana temprano, y clic. Así de sencillo y por la bocina de mi pequeño radiecillo ambulante puede surgir una enorme oferta radial. Le meneo al sintonizador de un lado a otro y ahitán, algunos desde la vecindad del valle y otros desde la Mesa Central, todos ofreciéndome lo mismo: la verdad, pura y desinteresadamente para que yo me entere. Es un misterio para mí tanta bondad radial. Oye: por el mínimo costo de unos voltios, obtenemos eso que invariablemente buscamos y llamado así: la verdad. Claro, tú yo sabemos porque no somos ningunos tontos, que unos dicen más que otros de eso. ¿Verdad? Entonces entre la nutrida oferta, escogemos al más verdadero de los verdaderólogos. ¿A quién prefieres tú? ¿Quién es el explicador oficial que has adoptado como tal? ¿Cuál es tu frecuencia de arranque matutino con su equipo de distribución de la verdad?

¿Gratis? Yo no les pago nada, y si acaso gasto en el consumo de energía eléctrica. Nada más y no es mucho, gracias al transistor. Los que están al otro lado de la bocina ¿regalan su trabajo? Es decir: los ofertadores en el que cariñosamente llamo ‘el supermercado de la verdad’ ¿lo hacen por el simple placer de que los oiga alguien? Me temo que no. Yo ni loco que estuviera me plantaría ante un micrófono a deshoras madrugantes para regalar mis conocimientos sobre la ‘realidad’ a todo mundo con un radio. ¿Loco yo? Ese es otro asunto.

Tal vez, y para mí es un misterio radial, la ‘verdad’ sea negocio y grande y sus buenos distribuidores ganen bien y mucho. Un día, leyendo una de esas revistas absurdas que ponen en los aviones, estaba una página publicitaria en donde aparecía uno de los grandes consorcios distribuidores de la verdad nacional señalando que durante el año anterior había facturado algo así como 20 millones de dólares. Claro, en publicidad. O sea que el obsequio matutino noticioso, alguien lo paga. ¿Quién? Misterio; tal vez seas tú quien pague mi gusto de enterarme a buena hora de todo lo que ocurre en todas partes y gracias al radio.

Hipótesis simple de un simple usuario atrapado por los misterios del hertzio radial: ¿no será que lo que importa es la publicidad más que lo otro? O sea que los tales noticieros o díles como quieras, y los notificadotes (de nuevo díles como quieras) tal vez ganen mucho y bien, ‘regalando’ la verdad. ¿Verdad?

Temo que llegue el día en que oiga un “sentimos mucho interrumpir los comerciales, porque vamos a dar unas noticias…”. Pero oyendo radio, como tú, mis misterios se hacen más. Oyendo y pensando y mira bien que no digo el prosopopéyico ‘escuchando’ porque soy un simple oidor y eso hago: oigo radio.

Mencantan. Los envidio. Deben ser gentes (sic) muy preparadas, porque de todo saben y todo lo explican. Desde la diferencia entre fusión y fisión nuclear, hasta cuestiones de bacheo de calles y resistencia de materiales humanos y constructivos. Todo saben. Exigen, marcan directrices gubernamentales, definen estrategias a corto mediano y laaaaaarguísimo plazo. Los explicadores radiales –prefiero llamarles así a ‘comentaristas’-, de pronto se convierten en voceros de inquietudes personales. Por ejemplo: claro que me intriga saber lo que ganan los gobernantes y el uso de los denarios públicos y una función de los tales explicadores es ‘transparentar’ la flacidez económica de la suaveáspera patria. Bien hecho: exijo que gratuitamente me digan desde temprana hora si hay buenos o malos manejos de la hacienda pública. De pie aplaudo por su dedicación, pero…

¿Quién me podrá transparentar a los transparentadores? Te digo: el radio para mí sigue siendo un misterio, y por ese añadido más. ¿Cuánto gana mi explicador matutino y consuetudinario? Mera curiosidad y que tal vez enchufa con aquello de que me da la impresión de que el mejor noticiero es el que más factura en publicidad radial; de que existe una correlación entre ambos indicadores de calidad. ¿Verdad? ¿Cuánto gana por regalarme la tal verdad mi notificador…? Misterio que me gustaría resolver. ¿No sabes de alguna dirección en Internet que pueda resolverme esa duda? Sí, cuánto ganan ellos que desde bien temprano y durante horas se toman la molestia de decirme todo acerca de todo. ¿Gratis? Tengo mis serias dudas al respecto.

Oye, por cierto, ¿cómo le hacen para saber tantísimo de muchísimo los tales explicadores? Es que me sorprende su más que amplio, total conocimiento acerca de todo: de alta y baja política, de micro y macro economía, finanzas, religión, deportes y pon todos los etc. que quieras. Para mí resulta otro misterio radial añadido el imaginar dónde han adquirido tales y tan amplios conocimientos esos seres superlativos y generosos que no se concretan a decirnos “esto ha ocurrido”, sino a explicarnos antecedentes, consecuencias directas e indirectas, de todo. Son genios.

Pensándolo mejor, creo que los transmisores radiales y los micrófonos tienen una potencia lateral milagrosa: a cualquiera que les usa, le genializa; le potencializa la sesera a grado extraordinario. Milagros del radio, te digo.

Por pura suerte he tenido la oportunidad de conocer desde químicas farmacobiólogas transformadas por el hertzio en totalizadoras –explicadoras de todo-, hasta el caso de un buen vendedor de publicidad radial que resultó tan buen comerciante que acabó comprándole la emisora al dueño que le dio trabajo, y corriéndolo de la empresa en la cual se convirtió en el gran explicador omnisciente. Con frecuencia y pereza morbosa lo oigo, dando instrucciones a secretarios de estado y funcionarios de toda laya, además de explicar todo al auditorio nacional. A todo el país todo, como suele decir… ¡El cuadrante lleno de genios!

Oigo radio y mucho; vuelta con lo mismo pero con otro propósito. Soy uno de los millones de consumidores de hertzio radial que disfruto de la mala calidad del aire del Valle de Atemajac. Insisto: nos parecemos tú y yo, que respiramos el aire local y disfrutamos el tiempo-aire que se nos da en el hertzio. ¿Bueno? Oye y verás, tal cual.

Dándole vuelta a la manija que cambia estaciones ¿cuántas cuentas en el valle? Para evitarte el esfuerzo manual o digital de hacerlo te lo digo: 51 pepena mi aparato. ¡51 alternativas radiales con sólo hacer clic! ¿Muchas, suficientes, necesarias tantas? En principio y con mis magros conocimientos en electrónica, creo que los carriles actuales están saturados; en las bandas, ambas, parece que no cabe una más si bien las posibilidades tecnológicas seguro pronto abrirán nuevas vías de abordaje radial para nuestros oídos. El milagro radial prosigue. Pero vuelvo al momento actual: 51 emisoras hoy en día, y todas disputándose tus respetables pabellones auditivos u orejas. Los míos también, obvio.

Espero después tengamos la oportunidad de platicar sobre otros aspectos de lo que rimbombantemente los expertos llaman ‘barra programática’ y que no es otra cosa que fijar horarios a lo que bombean los transmisores; los ‘contenidos’ también suelen decir. Ahora nomás y de pasada quiero dedicarme a los explicadores de la realidad, a los distribuidores de la verdad.

Ya vengan los analistas o investigadores de profundis a dar datos precisos que yo como simple usuario me voy a bulto. Un gran porcentaje de emisoras, la mayoría, tienen sus oficinas centrales fuera del valle; en la fabulosa Mesa Central, o en otras ciudades que no son esta. Eso significa que desde allá nos ‘obsequian’ la verdad, y nada malo suponiendo gratuidad. Pero ¿si la tal gratuidad fuera pura apariencia? Voy a hacer un silogismo tal vez forzado pero con ciertos visos de verdad. En el que he denominado ‘supermercado de la verdad’ lo peor vende mejor. ¡Oh miseria humana! Quien vocea o vocifera lo más malo, lo peor, y encuentra que tras eso hay peores cosas, resulta ser el mejor notificador, porque lo bueno no es noticia. Lo siento: mecánica humana. Entonces a los explicadores se les contrata para que exploten ese inacabable filón, llamado patéticamente ‘mundo noticioso’.

Simple cálculo: contratas a uno para inundar con ‘piorismos’ –todo siempre puede ser ‘pior’ como decía mi Cande nana-, el territorio nacional, y en cada plaza cobras los llamados ‘espacios publicitarios’. Negocio rotundo. Que el radio trasmine nuestra peculiar forma de entender el llamado ‘federalismo’. Sí y qué. Fuera de México todo es… la aletargada provincia cándida y meshica. Ren-ta-bi-lidad. Los sueldos misteriosos de los explicadores los pagamos todos en mayor o menor grado. Gratis, gratis, el radio no es.

Óyelos; a diario quejándose de que la ‘pior’ ciudad del mundo es la capital del país. Y eso les enorgullece, les hace heroicos supervivientes de ese piorismo urbano, tragedia social hija de eso: del federalismo que es más federacha que lo otro. De pronto irrumpirán los explicadores locales a decir que ya nuestra ciudad vallera está mucho más mal que la capital; orgullo en la competencia de piorismos, o tal vez sería mejor llamarles ‘pioridades’. Eso es: en el espectro noticioso lo prioritario es lo pioritario. ¿Te suena?

Desde la Mesa Central explicándonos lo que somos y diciéndonos como debemos ser. El radio, insisto, es milagroso, uniforma criterios a control remoto. Es milagroso porque donde te encuentres te encuentra; donde estés te acompaña, y sin que le hagas mucho caso logra modularte. Nos moldea. ¿Estamos en manos de los mejores moldeadores? Oye y me dices. No se necesita ser genio, no lo soy yo, para hacer clic y ‘disfrutar’ del radio. ¿Gratis?

Álvargonzález, personaje salido de un libro de Chesterton.

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