El caso Borges: Cherchez la Femme

Por: 
Alberto García Ruvalcaba

¿Qué pasa cuando a un metódico historiador e hispanista proclive a la conjetura le da por descifrar a un autor? ¿Cuando a una inteligencia febril se agrega sal de uvas picot? Se obtiene un libro efervescente y fantástico que articula felizmente tres géneros literarios: la biografía, la psicología clínica y la novela. Cada hombre es todos los hombres, reza un viejo apotegma panteísta. Nunca más adecuado que para explicar el acertado uso del artículo indeterminado en el título del libro reseñado: Una vida de Borges. Una entre muchas imaginables. No está mal para Williamson.

 

Libro reseñado:

BORGES, a life, por Edwin Williamson. Viking, Penguin Group, 2004, 492 pp.

 

Malos augurios tiene la empresa de contar la vida de un hombre que se cansó de confesar no haber tenido una, o no haberle ocurrido nada especial en ella. Es casi inexplicable la entrañable fascinación que un hombre que se enorgullecía de sus lecturas —no de sus actos o siquiera de su literatura—, un latinoamericano tímido, pobre, feo, puritano, doméstico y ciego ha despertado desde hace cuarenta años en el mundo literario americano y europeo. “Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído”, “vida y muerte le han faltado a mi vida”, son sinceras confesiones de Jorge Luis Borges, que por si fuera poco profesaba una versión occidentalizada de la negación budista del yo. Y a pesar de todo esto el número de sus biografías, memorias, entrevistas, habladurías, polémicas, crece casi exponencialmente cada año como su biblioteca babilónica. Las nuevas biografías, sin embargo, no son siempre mejores que las precedentes. Es el caso de la publicada por la editorial Penguin, serie Viking, del hispanista escocés Edwin Williamson, titulada Borges, a life [hay traducción al español: Borges, una vida, editorial Seix Barral].

La de Williamson es una biografía acometida con una idée fixe, espíritu reduccionista y amor por el diagnóstico psicológico, algo que el propio Borges, tan desinteresado de sí mismo y de los banales avatares del ego, rehuyó siempre tanto en su vida privada como en su literatura. De hecho, Borges halagó a Emir Rodríguez Monegal por motivo de la publicación de su libro Borges, una biografía literaria, por no “condescender a trivialidades ni a conjeturas psicológicas”. Bien conocido es también su irónico desdén a los delirios y supersticiones del psicoanálisis. Pero Williamson cree no sólo que la “conjetura psicológica” es una herramienta apropiada para interpretar la anodina vida de Borges, sino también —y esto es lo grave— para explicar su obra literaria desde los episodios personales en que fue siendo escrita, o bien, como meros efectos de la batalla psíquica que, dice Williamson, se libraba en el interior de Borges entre la espada de honor y la daga del arrabal. Condescender a la matriz psicológica para explicar la obra del argentino no es, por cierto, un recurso exclusivo del escocés. Otro —por poner un ejemplo dramático— asegura que el tema de La Biblioteca de Babel y de El inmortal nació “de un conflicto de identificación y de rivalidad con el padre”. Si bien que yo sepa ninguno ha empleado este triste recurso de forma tan estrambótica y sistemática como Williamson.

Así, para el escocés, el idealismo radical borgiano que transmuta la realidad en sus cuento-ensayos termina siendo una «consecuencia de los “rasgos solipsistas que lo afligieron toda la vida”», o una reivindicación personal frente a su castrante madre. Sus juegos con la identidad personal serían un reflejo de su “pobre autoestima” o su proclividad a “dudar de sí mismo”... Según Williamson, por ejemplo, luego del supuesto rechazo amoroso de Norah Lange (¡!) Borges sólo habría recuperado la inspiración con la lectura de la Divina Comedia, de donde habría “inventado el mito poético de su salvación”. ¿En qué dice Williamson consiste este mito? “En la recuperación del amor de una mujer y la escritura de un libro”, nos explica como quien vende medicina imaginaria para una enfermedad irreal. Uno de los efluvios de esta mitología creativa, afirma este criptógrafo, sería el argumento emotivo de El Aleph, dadas las supuestas similitudes alegóricas —en esto sigue a Rodríguez Monegal— entre esta obra y la Divina Comedia: Beatriz Viterbo y Beatrice, el descenso al sótano y el descenso al Infierno... Similitudes, por cierto, que Borges había considerado “obsequios no buscados”, y que María Esther Vázquez había refutado ya convincentemente. ¿Otra confirmación del mito? Pues que Borges recuperó el amor de una mujer: María Kodama, y escribió una obra capital: El Congreso (¡!)... Por supuesto, los saltos cuánticos que permiten a Williamson hilvanar este tipo de hipótesis fantástica sólo se pueden entender como un ejemplo típico de la falacia del pensamiento confirmatorio que elige los datos obsecuentes a sus propias interpretaciones.

Pero dejemos por el momento de lado la ferviente imaginación del profesor oxoniense. Como historiador tiene sus aciertos; no por nada es autor de la prestigiosa The Penguin History of Latin America. Sus lectores agradecerán que en esta biografía haga una generosa introducción a la historia política argentina, lo que le da ocasión de presentar una semblanza de los heroicos ancestros de Borges, tan importantes en su mitología personal y en su obra. Así nos da cuenta de la participación de su antepasado Narciso Laprida en el Congreso Constituyente de Tucumán; de la batalla de Junín, en donde su bisabuelo Isidoro Suárez obró con valor; de las penurias impuestas por el tirano federalista Rosas a los descendientes unitarios del coronel Suárez, antecesores de Borges; desfilan después alternativamente tiranos, como ocurrió (¿ocurre?) a todos los países latinoamericanos luego de independizarse: Caseros, Urquiza, Mitre, el célebre Sarmiento —autor del libro Facundo y del renacimiento económico argentino en la segunda mitad del siglo xix—, Uriburu, Irigoyen...; se relata también la muerte fútil del coronel Borges, abuelo paterno del biografiado, en un intento de coup d’état, hasta llegar a las populistas vicisitudes peronistas, después a las lóbregas experiencias con las Juntas Militares, y luego la vuelta a la democracia... hasta terminar de darnos, salpicada a lo largo de todo el libro, una lección de historia política de aquel país austral. Información no necesariamente apasionante, y cuya pertinencia o extensión podría alguien poner en entredicho, pero que no había aparecido salvo fugazmente en las restantes biografías del escritor argentino, y que ilumina, así sea de forma oblicua, la vida y posiciones políticas de Borges.

Después Williamson aborda con una minuciosidad sin precedente la vida de Borges, agregando al caudal de datos repetidos en otras biografías, otro tanto igual, quizás inédito, aunque omitiendo o desdeñando personajes centrales. De particular interés para los devotos borgianos son los capítulos dedicados a su niñez, adolescencia y juventud temprana, nunca mejor documentadas: su tardía experiencia escolar en Buenos Aires: sus bajas notas escolares, el desafío lanzado por su padre al todavía niño Borges para que vengara las afrentas de sus compañeros atosigantes, entregándole una daga: “hazles saber que eres un hombre”. Los pormenores de su estancia en Ginebra y España durante la adolescencia, en donde no sólo tuvo su primera y según todos su biógrafos traumática experiencia sexual, sino que conoció a su primer amor, Emilie (¡!), y encontró una nueva literatura y nuevos amigos con quien compartirla. También de interés es la trama de la novela de su padre, El caudillo. La sorprendente y detectivesca “evidencia” del gran amor de Borges —cuya identidad ha sido siempre motivo de especulación— en la tan aparentemente tangencial Norah Lange. A ella, por ejemplo, según Williamson, estarían dedicados los Two English Poems y, desde luego, Historia universal de la infamia. La profunda huella que le habría dejado su rechazo, la supuesta rivalidad con el estentóreo Olverio Girondo por los favores de Norah. Igualmente novedosa, aunque según mi parecer equivocada, es la reinterpretación que hace del papel de María Kodama en la vida de Borges, aunque esto lo abordaré más adelante.

No menos significativa que la información inédita de la biografía es la que Williamson omite o distorsiona. No repara en la importancia del universo idealista, escéptico y humorístico que Macedonio Fernández entregó al Borges recién desembarcado de Europa, y que no sólo lo habría curado de las vanidosas seriedades ultraístas sino que terminó dejando una perdurable y profunda influencia en su obra. A Adolfito Bioy Casares: a su entrañable y extensa amistad, a su literatura colegiada, a su insólito y penoso alejamiento (propiciado por María Kodama), apenas se les menciona; lo mismo ocurre con Alicia Jurado y María Esther Vázquez, colaboradoras y biógrafas de Borges, o con Alfonso Reyes y Xul Solar... Pero todo lo que se eche de menos a estos personajes no llega a ser tan insidioso como el desmesurado y obsequioso tratamiento que brinda Williamson a otro de ellos: María Kodama. El recuento de esa “relación amorosa”, presumiblemente confesado por la protagonista al autor, viene a ser un panegírico inverosímil y servil a la esposa “in extremis”. Tan desproporcionado en su valoración como en su extensión: prácticamente sirve de hilo conductor a la tercera parte de la larga biografía. Me parece inexplicable que una biografía tan exhaustiva en tantos sentidos no lo haya sido al referir este tema. ¿Por qué valoró el profesor escocés tan sin reserva el papel de Kodama en la vida de Borges a sabiendas de la gran cantidad de testimonios adversos e información comprometedora? ¿Por qué no se tomó la molestia de refutarlos o siquiera referirlos? No lo sabemos, pero la nueva versión de esta relación que Williamson tiene por recíproca, desinteresada y hasta física, es sin duda una de las partes más polémicas de esta biografía sobre Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, junto con el desvelamiento de Norah Lange como su gran amor, y de las ecuaciones psicológicas que propone el autor para descifrar a su biografiado y que ahora retomo.

Según Williamson la clave para entender la “lógica emocional” de la imaginación de Borges se encuentra en el dilema que le supuso desde niño el encuentro de dos códigos de conducta contradictorios: el cuchillo y la espada. De acuerdo con esta hipótesis peregrina, repetida y “confirmada” ad nauseam a lo largo de la biografía, su “castrante” madre le habría transmitido la obligación de reivindicar el pasado glorioso y heroico de su familia representado por la espada de honor, mientras que su padre, un individuo “fugitivo de su propio fracaso”, le habría legado una propensión al romanticismo anárquico e individualista del arrabal, representado por el cuchillo o la daga. Más o menos el dilema entre orden y libertad. De esta manera “todo lo que prohibía su madre: —tigres, gauchos, compadritos— era por ese sólo hecho estimulante; y todo lo que ella aprobaba —la espada de honor de sus ancestros— era opresiva e «irreal».” Para Borges, desafiar la autoridad materna era la llave de la liberación y la felicidad, según el autor.

Hay que mencionar de pasada que la importancia que Williamson atribuye a la “opresora” madre fue desmentida por el propio Borges, que reconoció siempre la autoridad de su padre, y quien a diferencia de la “ignorante familia de su madre” (Borges dixit) le heredó un “mundo intelectualmente más complejo”, el idioma inglés y su biblioteca, el hecho más importante de su vida según su famosa confesión. Para Emir Rodríguez Monegal, por ejemplo, el papel de Madre en la vida de Borges era menor: “la parte que Madre juega en el mito personal de Borges: está siempre allí, siempre mencionada con cortesía, pero siempre mantenida (de manera muy sutil) en una posición subordinada.” Prácticamente todos los biógrafos coinciden en esta interpretación de la importancia menor relativa de Leonor Acevedo en la vida de su hijo, excepto Estela Canto que fue víctima de su desdén.

Pero hubiere tenido o no su madre el peso que Williamson le atribuye, la hipótesis montada sobre esa supuesta rivalidad de pulsiones me parece más bien una hipérbole literaria. Borges fue lo más alejado a un ácrata o a un inconforme. Tuvo más posiciones que pasiones políticas, si bien la política terminó por engullirlo algún tiempo cuando se vio obligado a rechazar a Perón y luego a eludir a las siniestras juntas militares. Estuvo siempre a gusto con los hábitos que le imponía su apacible y ordenada vida. ¿Cómo creer entonces que se libraba una batalla en su interior de tal magnitud? ¿Por su cercanía literaria al arrabal y a los compadritos? ¿Por su propia recriminación de haberle faltado el coraje físico que tuvieron sus antepasados?

Bajo la perspectiva reduccionista que propone Williamson, la vida de Borges habría estado guiada por la búsqueda del amor de una mujer que nunca, salvo al final, lo habría correspondido. El “mito poético de su salvación” lo habría conducido por un itinerario que no estaría marcado por figuras como Schopenhauer, Whitman, Chesterton, Thomas Browne, Stevenson... sino por sus sucesivas palpitaciones cardíacas por Emilie, Concepción Guerrero, Norah Lange, Estela Canto, Elsa Astete, María Kodama, a las cuales bien podríamos agregar nosotros tantas otras a las cuales habría insinuado probablemente su simpatía sin éxito: Ema Risso Platero, Marta Mosquera Eastman, Cecilia Ingenieros, Wally Zenner, Sara Diehl, Beatriz Bibiloni, Delia Ingenieros, María Esther Vázquez, Luisa Mercedes Levinson, Esther Zemborain... La cándida superstición que hace de alguna mujer la clave de todo episodio entusiasmó a tal grado a Williamson que escribió su biografía bajo la celebrada consigna omni-explicatoria de Dumas ¡Cherchez la femme!

Luego de terminar Borges, a life del hispanista Edwin Williamson, me queda un sabor agridulce en la memoria. Es una meticulosa biografía que sirve también de breve historia política de Argentina, pero que aspira a ser, digámoslo de ese modo, un mitoanálisis de su vida y obra. Un infructuoso intento de desvelar las motivaciones profundas del alma del Borges y del vórtice emocional de su literatura; una biografía construida con las herramientas del historiador y los prejuicios de la falacia psicológica.

Alberto García Ruvalcaba (Guadalajara, 1966) es notario y director de Tedium Vitae.

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