El hermano Juan

Por: 
August Turak
Traducción: 
Moisés Silva

El hermano Juanes un ensayo premiado con el Power of Purpose Award, patrocinado por la Fundación John Templeton. Las referencias del relato al mundo asaz arduo, enrarecido y espiritual de las órdenes monásticas, a su código de plenitudes y prototipos, redimen quizás el relato y sus lánguidas reflexiones. La valoración de este texto produjo un cisma en el consejo editorial de Tedium Vitae. Que el lector temerario salga indemne… y despierto. Amén.

 

 

En todo caso, siento que puedo asegurar que Santo Tomás de Aquino amaba a Dios, porque yo no puedo de ninguna manera evitar amar a Santo Tomás”. Flannery O’Connor

 

 

Eran las ocho de la noche del veinticuatro de diciembre, y yo esperaba que empezara la misa en mi tercer retiro de Navidad en el monasterio de la abadía de Mepkin. Mepkin Abbey ocupa 1,267 hectáreas sombreadas por enormes robles cubiertos de liquen en la ribera del río Cooper, en las afueras de Charleston, Carolina del Sur. Lo que alguna vez fuera la propiedad de Henry y Clare Boothe Luce es ahora un santuario para alrededor de treinta monjes trapenses que llevan una vida de oración y contemplación, siguiendo la ardua regla de San Benedicto.

Dieciocho días después de iniciado mi retiro, me estaba acostumbrando por fin a levantarme a las tres de la mañana para la Vigilia. Pero también sabía que para cuando esta misa especial terminara, a las 10:30, sería mucho después de nuestra hora habitual para acostarnos, las ocho de la noche. La iglesia estaba callada y oscura, y dos hermanos empezaron a encender las velas a lo largo de los muros, al tiempo que el canto gregoriano cantado por el coro oculto se escuchaba desde la capilla, uno de los lugares de meditación favoritos de los monjes, a un lado del santuario principal.

La magia de estos rituales que precedían a la misa me hizo sentir rápidamente como si estuviera flotando sobre mi asiento. Pronto estaba volviendo en mi mente a mi primera misa en Mepkin, cuando el hermano Roberto, tomándome completamente por sorpresa, murmuró desde su lugar junto a mí: “¡La capilla está abierta toda la noche!”. Roberto, un habitual de la capilla que duerme apenas tres horas por noche, estaba aparentemente tan convencido de que esta era la respuesta a mis oraciones más fervientes, que lo único que se me ocurrió fue asentir como si entendiera, como diciendo “¡Gracias a Dios!”

El sonido de la lluvia golpeando sobre el techo de cobre de la iglesia en esta fría noche de diciembre me regresó de mis recuerdos, y noté casi sonriendo que estaba nervioso. Había dado conferencias tranquilamente frente a públicos grandes muchas veces, pero como de costumbre me preocupaba meter de alguna manera la pata durante la lectura que el hermano Stan me había asignado para la misa. Porque la lectura en Mepkin, especialmente en Navidad, es un gran honor.

Sentí que mi lectura salió bastante bien. Al regresar a mi asiento, supongo que seguía emocionado porque, ignorando la violación de la etiqueta que suponía hablar durante la misa, me incliné para preguntarle su opinión al hermano Boniface. El hermano Boniface es, a sus noventa y un años, el hombre de estado, barbero, panadero y comediante de Mepkin. Se hace cargo de todas esas responsabilidades a pesar de una dolorosa artritis de la columna que lo ha dejado encorvado y ha reducido su caminar a un lento arrastre de sus pies. Girando la cabeza sobre su cuerpo doblado para hacer contacto visual, Boniface me tocó ligeramente el brazo con sus dedos retorcidos y susurró suavemente con su acento alemán: “Podrías haber hablado más despacio... y más fuerte”.

Después de la misa, me di cuenta de que había dejado de llover. Me dirigí a la pequeña fiesta de Navidad para los monjes e invitados en el comedor o refectorio. Mepkin es un monasterio trapense, o cisterciense, y su nombre oficial, “Orden de los Cistercienses de la Observancia Estricta”, se toma en serio. La conversación es desaprobada, e incluso las comidas vegetarianas se comen en estricto silencio. Las fiestas son definitivamente inusuales, y no hay que perdérselas.

Fue una agradable reunión con conversación ligera, intercambio de buenos deseos navideños, y varias galletas y pasteles horneados por Boniface, acompañadas por sidra de manzana. Pero sobre todo me envolvía el calor de congenialidad que había aprendido a asociar tanto con Mepkin.

No me quedé mucho tiempo. Era casi medianoche, y después de un largo día de ocho servicios litúrgicos, empacar huevos, trapear pisos, poner troncos en el horno de leña y ayudarle al Padre Guerric a poner árboles de Navidad, me estaba quedando dormido de pie.

Me despedí y me dirigí a mi habitación, a varios cientos de metros. A medio camino hacia la puerta del refectorio, escuché la lluvia que volvía a golpear en el techo, recordándome que se me había olvidado llevar un paraguas. Al abrir la puerta, rezongué y me resigné a una caminata miserable y un hábito mojado para el servicio de la mañana, cuando algo me sobresaltó y me hizo mirar en la oscuridad. Al ajustar la vista, alcancé a distinguir una figura vaga bajo un paraguas, entre la lluvia y la luz de la puerta abierta. Era el hermano Juan, en un delgado hábito monástico, su cuerpo de sesenta años encorvado e ignorando el frío.

— ¡Hermano Juan! ¿Qué está haciendo?
— Estoy aquí para acompañar a los que olvidaron sus paraguas hasta sus habitaciones —replicó suavemente.

Encendiendo su linterna de mano, caminamos sin hablar compartiendo ese paraguas. Por mi parte, estaba tan sorprendido por tan oportuno ofrecimiento que no sabía qué decir. Porque en un monasterio cuyo lema cisterciense es “Oración y trabajo”, y en el que no hay holgazanes, nadie trabaja más duro que el hermano Juan. Se levanta antes de las tres de la mañana, para asegurarse de que haya café para todos, y sigue trabajando después de que sus hermanos se han retirado a sus habitaciones.

El hermano Juan es también lo que podría llamarse el capataz de Mepkin. Después de la misa de la mañana, los monjes sin un puesto específico se forman en una habitación junto a la iglesia para que se les asigne trabajo. Con varios miles de hectáreas llenas de edificios, maquinaria y una granja con 40,000 pollos, hay bastante quehacer (como participante cotidiano en la sala de gradación, empacando y estibando huevos —treinta docenas por caja— podría fácilmente omitir este ritual, pero nunca lo hago. Quizás sea la manera en la que al hermano Juan se le ilumina la cara cuando llego al primer lugar de la fila, me toca muy ligeramente en el hombro y susurra “sala de gradación”, lo que me trae de regreso cada mañana. Quizás sea la humildad que siento cuando me da las gracias como si le estuviera haciendo un favor personal...). Pero el hermano Juan se guarda todo en la cabeza. Cada foco que se apaga en algún lugar es su responsabilidad. Supervisa cuando le es posible y delega cuando puede, pero como siempre falta gente, constantemente tiene que hacerse cargo personalmente de algún detalle crítico. En todo el monasterio, los teléfonos suenan incesantemente con alguien en la línea que pregunta “¿Está Juan ahí?” o “¿Has visto a Juan?”. Y a pesar de todo, su buen humor irlandés y su gentileza nunca desaparecen ni disminuyen.

Ahora, después de un día como ese, cuatro horas después de su hora de ir a la cama, y cuarenta años después de haber ingresado a la vida monástica, aquí estaba el hermano Juan haciendo a un lado las galletas y el pastel de Boniface, el vaso de sidra y el descanso navideño para acompañarme hasta mi habitación compartiendo un paraguas.

Cuando llegamos a la iglesia le insistí varias veces que podía pasar por ahí hasta mi habitación al otro lado, hasta que aceptó. Pero al abrir la puerta de la iglesia algo me hizo voltear, y observé su linterna mientras regresaba por otro peregrino hasta que su luz se desvaneció en la noche. Al llegar a mi habitación, me senté a la orilla de la cama durante lo que estoy seguro que fue un largo tiempo.

***

Durante la siguiente semana seguí con mi rutina diaria en Mepkin como de costumbre, pero por dentro me sentía profundamente confuso. Estaba obsesionado con la conducta del hermano Juan. Por un lado, representaba todo lo que siempre había anhelado, y por el otro lado todo lo que siempre había temido. Había leído a místicos cristianos que dicen que Dios es al mismo tiempo terrible y fascinante, y para mí el hermano Juan se convirtió en ambas cosas.

Por supuesto, esto no tenía nada que ver con el hecho de que él era un monje y yo no. Por el contrario, el hermano Juan era fascinante precisamente porque yo intuía que vivir como él, tener esa callada paz y ese amor sin ningún esfuerzo, no tenía nada que ver con que fuera monje, y estaba al alcance de cualquiera de nosotros.

Pero el hermano Juan era también terrible, porque era un testigo de carne y hueso de mis propias incapacidades. Como Alcibíades en el Symposium de Platón, al hablar del efecto que Sócrates tuvo en él, sólo tenía que pensar en el hermano Juan bajo su paraguas para sentir que “la vida no es digna de vivirse como yo la vivo”. Me aterrorizaba que si alguna vez decidiera seguir el ejemplo del hermano Juan, fracasaría por completo o en el mejor de los casos me enfrentaría a una vida de esfuerzos sin descanso, sin las compensaciones obvias del hermano Juan. Me imaginé dedicar mi vida a los demás, a trascenderme a mí mismo, sin encontrar jamás esa chispa interior de divinidad que de manera tan evidente hacía la vida del hermano Juan la más fácil y natural que yo había conocido jamás. Quizás su paz y su amor sin esfuerzo no estaban al alcance de todos sino sólo de algunos. Quizás yo simplemente no tenía lo que se requiere.

Finalmente, le pregunté al padre Christian si me podía dedicar unos minutos. El padre Christian es el anterior abad de Mepkin, lleno de energía a sus ochenta y ocho años, y mi irreemplazable orientador espiritual. Delgado y magro, su cabeza está rapada y tiene una espesa barba que le llega hasta el pecho, y que nunca corta. Al comentarle que la barba no parece crecerle, me dijo con un dejo de tristeza que su barba había dejado de crecer y añadió que “aunque la gente piensa que la longitud final de mi barba depende de mi longevidad, en realidad depende de mis genes”. Domina el francés y el latín, maneja bien el griego, y obtuvo sus doctorados en filosofía, teología y derecho canónico cuando era franciscano, antes de entrar a Mepkin. Su sabiduría, su actitud directa pero gentil y su obvia espiritualidad personal lo hacen un orientador espiritual excepcional. Y aunque de vez en cuando se queja de la interminable demanda por su orientación, nunca he sabido de nadie a quien haya rechazado.

Le hablé al padre Christian de mi experiencia con el hermano Juan, y le dije que me había dejado intranquilo. Quise explicárselo mejor, pero me interrumpió: “Así que te diste cuenta, ¿verdad? Es sorprendente cuanta gente da algo así por hecho en la vida. Juan es un santo, sabes”.

Luego, aparentemente ignorando mi predicamento, me contó la historia de un ministro presbiteriano que tuvo una crisis de conciencia y dejó su ministerio. El hombre había sido su amigo, y Christian tomó su crisis tan en serio que salió del monasterio y viajó hasta su casa para ver qué podía hacer. Los dos pasaron horas en un infructuoso debate teológico. Finalmente, con voz grave, Christian lo miró a la cara y le preguntó “¿Bob, está todo bien en tu vida?”. El ministro le dijo que todo estaba muy bien. Pero su esposa llamó a Christian unos días después. Había alcanzado a oír la respuesta de su marido, y le dijo al padre Christian que el ministro estaba teniendo un affaire, y que iba a dejarla a ella y a su ministerio.

Christian casi escupió con asco. “Yo estaba perdiendo el tiempo. El problema de Bob era que no podía enfrentar la contradicción entre lo que predicaba y su vida. Así que Dios acaba recibiendo la patada en el trasero. Recuérdalo, todos los problemas filosóficos son en el fondo problemas morales. Todo se reduce a cómo quieres vivir tu vida”.

Nos quedamos sentados en silencio algunos minutos mientras Christian se calmaba. Tal vez finalmente le dio lástima el tipo, o tal vez fue algo que vio en mi cara, pero cuando habló la furia en sus ojos azules había sido reemplazada por una gentil compasión. “Sabes, puedes llamarlo el Pecado Original, puedes llamarlo lo que se te dé la gana, pero muy en el fondo cada uno de nosotros sabe que algo está retorcido. Reconocerlo, rehusarnos a huir de eso, y decidir enfrentarlo es el principio de la única vida auténtica que hay. Todo el mal empieza con una mentira. El mayor de los males proviene de la mayor de las mentiras, y las mayores mentiras son las que nos contamos a nosotros mismos. Y nos mentimos porque tenemos miedo de enfrentarnos con nosotros mismos”.

Levantándose de su silla, caminó hacia un archivero en un rincón de su oficina y sacó un papel doblado. Me lo dio y me dijo: “Sé como te sientes. Te estás preguntando si tienes lo que se requiere. Bueno, Dios y tú tienen trabajo qué hacer, pero te diré algo: estás haciendo lo mejor que puedes por ver las cosas frente a frente”.

Mientras él salía por la puerta, abrí el papel que me había dado. Mecanografiado pulcramente en su antigua máquina de escribir sobre papel blanco estaba mi nombre en mayúsculas, seguido por estas palabras de Pascal.

“No Me buscarías si no Me hubieras encontrado ya, y no Me habrías encontrado si Yo no te hubiera encontrado primero”.

Vista de cerca, mucha de nuestra indecisión acerca del propósito de la vida es poco más que una variación sobre las supuestas dudas teológicas del ministro. Al final es el miedo lo que nos detiene, y evitamos este miedo racionalizándolo. Tenemos miedo de que si alguna vez nos comprometiéramos a emular a los hermanos Juan del mundo terminaríamos como el ministro presbiteriano: jaloneados entre los polos de cómo estamos viviendo y cómo deberíamos vivir, y sin poder voltear hacia otro lado. Tenemos miedo de que si alguna vez nos aventurásemos, nos encontraríamos con lo peor de los dos mundos. Por un lado sabríamos demasiado acerca de la vida para regresar a nuestras cómodas ilusiones, y por el otro sabríamos demasiado acerca de nosotros mismos para tener esperanzas de éxito.

Sin embargo, en nuestro miedo olvidamos lo milagroso.

Este miedo al cambio que tenemos que hacer en nuestras vidas me recuerda a un viejo amigo que, con más de treinta años y casado desde hacía tiempo, se la pasaba peleando con su esposa por el deseo que ella tenía de tener un bebé. Cada vez que pensaba en convertirse en padre se le cerraba el mundo. Pensaba que la paternidad no era más que pañales sucios, montones de facturas por pagar, noches sin sueño, y complacientes familiares de su esposa en cada cama y sofá disponibles. La paternidad sería el fin de los fines de semana espontáneos y las noches con los amigos. Significaría también cambiar su auto sport por una mini-van, y un seguro de vida más caro. Todo era tan abrumador.

Hasta que un día se rindió. Puso cara seria y tomó la decisión de transformarse de hombre en padre. Tomó el riesgo de encontrarse con todas las responsabilidades de la paternidad y sin ninguna de sus compensaciones. Luego, otro día, su esposa le mostró a su hijo recién nacido.

Inesperadamente, comenzó una alquimia interior, y algo llegó a él de una dirección que él no sabía que existía. Se derritió, y mágicamente el bebé dio a luz a un padre. Se sentía tan lleno de amor por ese niño que no sabía qué hacer consigo mismo. El que alguna vez tuvo miedo de perder el sueño empezó a ver si el bebé estaba bien con tanta frecuencia que el bebé era el que no podía dormir. Se encontró lleno de una gratitud sin límites por su re-nacimiento, arrepentimiento por lo tonto que fue, y compasión por sus amigos solteros que simplemente no podían entender. Lo llamó un milagro.

De esa misma manera, tenemos que tomar el riesgo y actuar llevados por la fe. Tenemos que rendirnos, comprometernos, y estar dispuestos a pagar el precio. Tenemos que comprometernos a hacernos uno con esa chispa latente de divinidad que anhela ser real, que Thornton Wilder describe tan bien en Our Town:

“Hay cosas que todos conocemos, pero no las sacamos y miramos muy seguido. Todos sabemos que algo es eterno... todo el mundo sabe en sus huesos que algo es eterno y que ese algo tiene que ver con los seres humanos. Los más grandes que han vivido nos lo han estado diciendo desde hace cinco mil años, y te sorprendería saber cuanta gente está siempre perdiéndole la pista. Hay algo muy en lo profundo que es eterno en cada ser humano”.

Tenemos que comprometernos a enfrentar nuestras dudas, limitaciones, y contradicciones cara a cara, aferrándonos a esta voz de eternidad. Esta voz eterna nos impulsa a arriesgarnos a un resultado desconocido de una manera muy parecida a como la voz de la naturaleza impulsó a mi amigo a arriesgarse a crear una nueva vida. Y tenemos que luchar con las distracciones, la futilidad, la racionalización y la fatiga a cada paso.

Desde este lado del abismo, podemos reaccionar con desesperanza ante todo el trabajo que se requiere para nunca volver a “perder el control”. Desde este lado puede ser difícil imaginar que de la misma manera que cambiar un pañal puede transformarse mágicamente de una lata a un privilegio que no requiere ningún esfuerzo, también puede hacerlo estar afuera en la lluvia esperando a los demás. Pero para experimentar la magia de esta transformación tenemos que hacer a un lado esas dudas. Tenemos que tomar la resolución de actuar con decisión, confiando en la ayuda de algo que no comprendemos y que nunca podremos predecir. Tenemos que abrirnos a lo milagroso, a la gracia.

Trabajar por esta transformación milagrosa, por este re-nacimiento o alquimia interior es el verdadero propósito de la vida. Esta transformación es lo que en Occidente se llama “conversión” y en Oriente se llama “iluminación”, y es el fruto de nuestro compromiso con una vida auténticamente llena de propósito que tan bien describió el padre Christian. Esta transformación es lo que convierte el trabajo en un privilegio sin esfuerzo, lo que convierte los valores poco naturales del hermano Juan en una segunda naturaleza, y lo que demuestra que la respuesta a la última plegaria del monje de Compline cada noche por “una noche de descanso y una muerte en paz” es eternamente nuestra. Y cuando estemos listos el hermano Juan nos estará esperando, listo a compartir este paraguas milagroso. Como él, estaremos profundamente agradecidos por las personas en quienes nos hemos convertido, con remordimientos por quienes éramos, y con compasión por quienes no comprenden.

No soy monje, pero paso tanto tiempo en la abadía de Mepkin que el padre Feliciano me presentó con un visitante recientemente diciéndole: “Él siempre está aquí”. Con frecuencia me preguntan por qué voy. Voy porque el hermano Juan ama tanto a Dios que no sabe qué hacer consigo mismo. No sabe qué hacer consigo mismo, así que se para a la intemperie en una fría noche de Navidad, y espera con su paraguas. Espera para ofrecernos algo de protección y calor humano en nuestro largo viaje a casa.

August Turak es empresario y fundador del Self Knowledge Symposium.

Reproducido con el permiso de los Power of Purpose Awards, patrocinados por la John Templeton Foundation.

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