Fascinación de lo Abominable

Por: 
Alejandro Rozado

Apuntes de lectura de una pequeña obra maestra de Joseph Conrad que fue particularmente motivo de culto entre los jóvenes cineastas norteamericanos de los años sesenta hasta que fue llevada a la pantalla en una versión libre por Francis F. Coppola bajo el reconocido título de Apocalypse Now! (1978-79). Esta entrega vuelve a la novela El corazón de las tinieblas, el origen terrible del mito, el agujero en el centro de una aventura en el África colonialista: la perforación mental de una literatura que llega a los fundamentos de la barbarie.

 

Libro reseñado:

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, traducción de Sergio Pitol, México, Conaculta, 1998, 135 pp.

 

Esta pequeña obra maestra de Conrad fue escrita en 1898 y editada en 1902. Apenas en 1894, el novelista de origen polaco había dejado atrás 16 años de navegación profesional al servicio de la flota inglesa para dedicarse definitivamente a la literatura. Y al escribir esta novela ya vivía momentos de gran frescura narrativa (Lord Jim, por ejemplo, se publicó en 1900). El corazón de las tinieblas narra una inquietante historia que ocurre en el Congo belga entre 1888 y 1890, años en que precisamente Conrad trabajó para la Sociedad Anónima Belga para el Comercio del Congo. Justo en el año 90, el escritor hizo un viaje a dichas tierras que resultó desastroso para él en muchos sentidos, dejándole profundas huellas emocionales para el resto de su vida.

Finales del siglo XIX fue para la historia de la infamia colonialista una época crucial. Mientras el expansionista inglés Cecil Rhodes construyó en poco tiempo un poderosísimo imperio del diamante en el sur de África, el rey Leopoldo II de Bélgica hacía lo suyo con el comercio del marfil en la vasta zona del Congo que, a partir de 1885, fue declarada por la Conferencia de Berlín (para la repartición de África entre las potencias europeas) territorio propiedad personal del rey. El costo humano de semejante reparto fue el exterminio de 10 millones de nativos en unas cuantas décadas. En este contexto histórico, Joseph Conrad construye el personaje de Kurtz a partir de la biografía del capitán Leon Rom, quien fue jefe de puesto en la estación comercial de Stanley Falls; dicho oficial solía adornar su campamento con cabezas reducidas de mujeres y niños.

La anécdota del libro es la siguiente: el experimentado capitán Marlowe (alter ego de Conrad) narra a sus compañeros de navegación, frente a la desembocadura del Támesis, una experiencia que vivió años atrás; la historia de un viaje comercial por el río Congo —uno de los más largos del mundo— que hizo al frente de una embarcación que tenía como misión entrar en contacto con un tal señor Kurtz y preparar su regreso a la estación central de la empresa. Kurtz era un singular agente comercial de una poderosa compañía europea dedicada a la venta de marfil que vivió comisionado, durante años de extraordinario servicio, en un reducto estratégico situado en el corazón de la jungla africana. Las vicisitudes de dicha misión se acomodan en el relato de tal modo que se va abriendo paso el destino personal del capitán: su tenebroso encuentro con Kurtz. Para Marlowe, esa misión se transformó en el desafío psicológico y moral de aproximarse a sí mismo a través de una deformación especular formidable encarnada en la humanidad brutal del agente.

La remembranza de Marlowe quiere ser una reflexión acerca de las posibilidades siniestras del ser civilizado para "regresar", por decirlo así, a las fases más primitivas y salvajes de sus instintos, en condiciones de estado de naturaleza —pero con el poder civilizatorio de las armas y de la tecnología capitalista como ventaja. Un ser así, "ha de vivir en medio de lo incomprensible, que también es detestable. Y hay en todo ello una fascinación que comienza a trabajar en él. La fascinación de lo abominable". Atracción y repulsión simultáneas, confundidas bajo el influjo del bosque negro, distan de ser, sin embargo, un fenómeno regresivo de la conciencia moderna, sino quizá lo contrario: la consecuencia extrema de la aventura imperial de Occidente; la caída en el despeñadero de la barbarie que sigue al desarrollo exitoso del imperio y sus potencias exportadoras. No un viaje horroroso a las regiones más oscuras del inconsciente que medra en el pasado primitivo de la humanidad, sino una expedición a la punta final de un camino sin retorno que es el futuro de nuestra cultura.

Hay varias razones para afirmar lo anterior. A Marlowe le impresiona la frialdad y falta de escrúpulos que exhibían ciertos personajes —más bien estúpidos— para sobrevivir con relativo éxito en una atmósfera tan lejana y hostil como la de los enclaves colonialistas del trópico. Antes que nadie, el administrador contable del primer campamento de la compañía, instalado en la boca del río: siempre vestía con una elegancia inesperada. "Estreché la mano de aquel ser milagroso", relata un Marlowe arrobado y con desconcertado respeto, "... respeto por sus cuellos (altos y almidonados), sus amplios puños, su cabello cepillado. Su aspecto era indudablemente el de un maniquí de peluquería, pero en la inmensa desmoralización de aquellos territorios, conseguía mantener esa apariencia. Eso era firmeza". Aquel hombre había logrado "realmente algo" ante los ojos del capitán. Luego, al llegar a la estación central de la empresa, veinte millas río arriba, el narrador conoce a otro hombre, director del enclave, de quien hace un retrato magistral: "No tenía cultura, ni inteligencia. ¿Cómo había logrado ocupar tal puesto? Tal vez por la única razón de que nunca enfermaba. Había servido allí tres periodos de tres años... Una salud triunfante en medio de la derrota general de los organismos constituye por sí misma una especie de poder. (...) En una ocasión en que varias enfermedades tropicales habían reducido al lecho a casi todos los agentes de la estación, se le oyó decir: 'Los hombres que vienen aquí deberían carecer de entrañas'. Selló la frase con aquella sonrisa que lo caracterizaba, como si fuera la puerta que se abría a la oscuridad que él mantenía oculta". Finalmente, el propio Marlowe se descubre fuera de juicio, decidido a matar nativos en una escaramuza previa al encuentro con Kurtz, y recuerda las incómodas palabras del médico de la empresa, quien lo había examinado en Europa: "A la ciencia le interesa observar los cambios mentales que se producen en los individuos en aquel sitio". Verdadero guión involuntario de la narración que se volvía contra el propio protagonista: "Sentí que me comenzaba a convertir en algo científicamente interesante". Ciencia imperial capaz de destazar la vida primigénica en aras del progreso.
 
Pero, ante el riesgo de transformarse en un objeto de observación, Marlowe se interna paso a paso a un tema mucho más profundo: el de la relación trágica y fatal con lo inmenso. En todo caso, ser observado por un sujeto podría ofender al orgullo propio; pero ser una criatura dominada por el poder de la oscuridad anónima es el peor de los horrores. ¿Puede un ser humano resistir semejante fuerza o inevitablemente sucumbe ante ella?

Kurtz era una respuesta... Diferente a la de los bichos sobrevivientes, cucarachas humanas de largo aliento que jamás enferman. Si al principio de la hazaña de Kurtz, ésta consistía en someter a la naturaleza salvaje a cargo de uno de los mejores hijos del imperio (excelentes notas en la universidad, un elevado nivel de vida metropolitano, un ejemplo como padre y esposo, un intelecto brillante y culto), después la realidad se modificó en otro planteamiento: luchar en la desproporción de la barbarie hasta la disolución de las fronteras entre lo civilizado y lo primitivo; la pesadilla jamás imaginada por el fascismo y el comunismo futuros, pero aquí en manos del mundo "libre": hacer de la civilización precisamente lo más bárbaro. Provenir del derecho civilizado para civilizar sin ningún derecho.

Entonces comienza en la novela la ronda de lo absurdo: barcos de guerra franceses apostados en el litoral del Atlántico disparando cañonazos a nadie sobre el continente negro; una estación comercial hecha basurero de hombres moribundos y de artefactos abandonados y en desuso; aquel inexplicable joven ruso, parecido a un saltimbanqui (otro portento de la sobrevivencia irracional), que merodea el campamento con una locuacidad paranoica; o la desmesura del propio Kurtz: el exterminio de la población aborigen bajo la ley de la pólvora y del poder sagrado sobre incontables tribus caníbales en manos de un semi-dios blanco —temible y protector a la vez— de cabeza rapada y voz de trueno.

Era la apuesta de un ser educado en las afueras de la existencia real. Y esa lucha hasta el último aliento fascina al capitán inglés de la novela. Admira, por encima de su profundo repudio por Kurtz, la determinación de éste en retar de frente al hocico voraz de su repugnante destino; ningún mediocre, carente de entrañas, sería capaz de algo parecido. Pero una mente prodigiosa no es suficiente para vencer el poder de la selva: un Kurtz o un Marlowe terminan en la enfermedad y el delirio: la locura civilizatoria. Cierto, Marlowe —ecién llegado y todavía a salvo del embrujo selvático— se logra enfrentar a Kurtz —o lo que queda de él— y lo aprehende, pero admira su vida despeñada al punto del vértigo; llega a reconocer en las últimas palabras de Kurtz, susurradas en un grito antes de morir ("¡Ah, el horror! ¡El horror!"), una íntima victoria del sátrapa del Congo contra la intemporalidad.

Para Joseph Conrad, ir al centro de las tinieblas es ir a la oscuridad del corazón humano; para Marlowe, ir al Congo es viajar hacia la noche de los primeros tiempos del hombre; para Kurtz, aquel reducto del espacio y del tiempo era suyo. Todo allá le pertenecía. Pero, ¿a quién o a qué pertenecía él? Kurtz ocupaba un sitio extemporal: de hombre libre había pasado a ser uno de los demonios de la tierra.

Alejandro Rozado (Distrito Federal, 1954) es sociólogo, crítico de cine y psicoterapeuta. Desde 1988 radica en Guadalajara.

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