Locura ordinaria

Por: 
Maurice Blanchot
Traducción: 
Axel Gasquet

Con la publicación de este relato buscamos rendir homenaje a Maurice Blanchot, fallecido a los 95 años. Nació el 22 de diciembre de 1907 en Quain, Borgoña, murió en París el 20 de febrero de 2002. Optó por un perfil de escritor secreto tras la Segunda Guerra Mundial, luego de haber militado en la extrema derecha en los años treinta y haber escrito en análogas publicaciones. El culto del secreto no lo hizo un autor menos prolífico en literatura y ensayo, con obras como Thomas el oscuro, Aminadab, Falsos Pasos, La sentencia de muerte, El espacio literario, La risa de los dioses, La amistad o De Kafka a Kafka, entre otras. Hubiera merecido formar parte del compendio de Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía, dedicado a los escritores habitados por la profunda negación del mundo. El vacío absoluto en torno a su persona es comparable al de B. Traven o Thomas Pynchon. El presente relato fue escrito en 1949, y se publicó por primera vez en castellano con el título La locura del día (Pygmalion, Buenos Aires, 1985, traducción de Federico Moreyra) en una edición casi secreta. Locura Ordinaria es una traducción enteramente nueva, tomada de la última edición francesa en vida del autor (La folie du jour, Fata Morgana, Montpellier, 1986). Su influencia en la literatura y el pensamiento francés de la segunda mitad del siglo XX son múltiples.

No soy ni sabio ni ignorante. Conocí alegrías. Decir esto es demasiado poco: vivo, y esta vida me procura un gran placer. ¿Y la muerte entonces? Cuando muera —puede ser en cualquier momento—, conoceré un placer inmenso. No hablo del regusto de la muerte que es insulso y a menudo desagradable. Sufrir es embrutecedor. Pero esta es la única verdad de la que puedo estar seguro: experimento al vivir un placer sin límites y al morir tendré una satisfacción sin límites.

Erré, pasé de lugar en lugar. Estable, habité en un solo cuarto. Fui pobre, luego más rico, y después mucho más pobre aún. De niño tenía grandes pasiones y todo lo que deseaba lo obtenía. Mi infancia desapareció; mi juventud está en camino. Ya no importa lo que fue: soy feliz; lo que es me place, el porvenir me conviene.

¿Mi existencia es mejor que la del resto? Puede que sí. Tengo un techo que muchos no tienen. No tengo lepra, no soy ciego y veo el mundo, felicidad extraordinaria. Veo ese día fuera del cual nada es. ¿Quién puede quitármelo? Y borrándose ese día, yo me borraré con él, pensamiento, certeza que me transporta.

Amé seres y los perdí. Con este golpe terminé loco, pues es un infierno. Pero mi locura quedó sin testimonio, mi extravío no era evidente; sólo mi intimidad estaba loca. A veces, me ponía furioso. Me decían: ¿por qué estás tan calmo? Antes me quemaba de los pies a la cabeza. A la noche, corría por las calles, aullaba; durante el día, trabajaba tranquilamente.

Poco después, se desencadenó la locura del mundo. Como muchos otros fui puesto contra la pared. ¿Por qué? Por nada. Los fusiles no dispararon. Me dije: ¿Dios, qué haces? Dejé entonces de ser insensato. El mundo vaciló y luego recobró su equilibrio.

Con la razón me vino el recuerdo y asimismo vi que en los peores días, cuando me creía perfecta y enteramente desgraciado, sin embargo era, y casi todo el tiempo, extremadamente feliz. Esto me hizo reflexionar. Este descubrimiento no fue agradable. Me pareció que perdía mucho. Me preguntaba: ¿acaso no estaba triste, no sentí mi vida resquebrajarse? Sí, así había sido; pero cuando me levantaba y corría por las calles, cuando me quedaba inmóvil en una esquina del cuarto, la frescura de la noche y la estabilidad del piso me hacían respirar y descansar en la alegría.

Los hombres querrían escapar a la muerte; extraña especie. Y algunos gritan, morir, morir, porque querrían escapar a la vida. "Qué vida, me mato, me rindo". Esto es lamentable y extraño, un error.

Encontré con todo seres que no dijeron a la vida "cállate", y a la muerte "vete". Casi siempre mujeres, bellas criaturas. A los hombres el terror los asedia, la noche los perfora, ven sus proyectos liquidados, su trabajo reducido a polvo y están estupefactos, ellos, tan importantes que querían hacer el mundo y ahora todo se derrumba.

¿Puedo describir mis experiencias? No podía caminar, ni respirar, ni morirme. Mi aliento era de piedra, mi cuerpo de agua, y por tanto yo moría de sed. Un día, me sometieron al sol, los médicos me cubrieron de barro. Qué trabajo en el fondo de esta tierra. ¿Quién dijo que era fría? Es un fuego, un zarzal de espinas. Me levanté completamente insensible. Mi tacto erraba a dos metros: si alguien entraba en mi cuarto, gritaba; aunque el cuchillo me cortaba tranquilamente. Sí, terminé hecho un esqueleto. Mi flacura, por la noche, se erguía frente a mí para espantarme. Me injuriaba, me fatigaba yendo y viniendo. ¡Ah, bien cansado que estaba!

¿Soy egoísta? Solo tengo sentimiento para algunos y piedad por ninguno, tengo raramente ganas de agradar y raramente ganas de que me gusten, y yo, casi insensible para mí, no sufro si no en ellos (de tal suerte que, sus mínimas molestias, me provocan un mal infinito y si hace falta, siempre los sacrifico deliberadamente, quitándoles todo sentimiento de felicidad; me asalta la idea de matarlos).

De la zanja de barro salí con el vigor de la madurez. ¿Quién fui yo hasta entonces? Una bolsa de agua, una extensión muerta, una profundidad durmiente. (Y sin embargo sabía quién era. Duraba, sin caer en la nada). Venían de lejos a verme. Los niños jugaban alrededor mío. Las mujeres se acostaban en el suelo para darme la mano. Yo también tuve mi juventud. Pero el vacío me desilusionó pronto.

No soy temeroso, recibí golpes. Alguien (un hombre exasperado) me cogió la mano y clavó su cuchillo. Qué cantidad de sangre. Después él temblaba. Me ofreció su mano para que la clavara sobre la mesa o contra una puerta. Porque me había hecho esa cortadura, el hombre, un loco, se creía mi amigo; empujaba a su mujer en mis brazos; me seguía en la calle gritando: "Estoy condenado, soy el juguete de un delirio inmoral, confesión, confesión". Un loco extraño. Durante ese tiempo, la sangre chorreaba sobre mi único abrigo.

Vivía sobretodo en las ciudades. Fui durante un tiempo un hombre público. Me atraía la ley, la multitud me gustaba. Fui oscuro en el prójimo. Nadie. Fui soberano. Pero un día dejé de ser la piedra que lapida a los hombres solos. Llamaba dulcemente a la ley, para tentarla: "acércate, para que te vea cara a cara". (Quise por un instante apartarla). Llamado imprudente, ¿qué hubiese hecho si hubiera respondido?

Debo confesarlo: leí muchos libros. Cuando desaparezca, insensiblemente todos esos volúmenes cambiarán; más grandes los márgenes, más descuidado el pensamiento. Sí, hablé con demasiadas personas y esto me golpea hasta hoy. Cada persona ha sido como un pueblo para mí. Este inmenso prójimo me hizo a mí mismo más de lo que hubiese querido. Ahora mi existencia es de una solidez sorprendente; inclusive las enfermedades me juzgan tenaz. Me disculpo, pero aún falta que entierre a algunos otros antes que yo.

Comencé a caer en la miseria. La misma trazaba lentamente círculos en torno mío; el primero parecía dejarme todo y el último sólo me dejaba a mí. Un día, me encontré encerrado en la ciudad: viajar era una fábula. El teléfono dejó de responder. Mis vestimentas se gastaban. Sufría el frío. ¡La primavera, rápido! Iba a las bibliotecas. Me había relacionado con un empleado que me hacía descender al subsuelo calefaccionado. Para agradecerle, galopaba alegremente sobre las minúsculas pasarelas y le llevaba volúmenes que él transmitía enseguida al oscuro espíritu de la lectura. Pero ese espíritu lanza contra mí palabras poco amables; bajo sus ojos, yo repetía; me vio tal como era, un insecto; una bestia con mandíbulas venida de las oscuras regiones de la miseria. ¿Quién era yo? Responder esta cuestión me hubiera metido en grandes disgustos.

Fuera, tuve una corta visión: a dos pasos, justo en el ángulo de la calle que debía dejar, había una mujer parada con un cochecito para niños. Yo la percibía con bastante dificultad. Ella maniobraba con el cochecito para hacerlo entrar por la puerta. En ese momento entra por la misma puerta un hombre a quien no había visto aproximarse. Ya había pisado el umbral cuando hizo un movimiento hacia atrás y salió. Mientras permanecía al lado de la puerta, el cochecito, pasando delante de él, se levanta ligeramente para franquear el umbral y la joven mujer, después de haber levantado la cabeza para mirarlo, desapareció.

Esta corta escena me condujo al delirio. Sin duda no podía explicarme nada y sin embargo estaba seguro: había percibido el instante a partir del cual el día, habiendo dado con un acontecimiento verdadero, iba acelerándose hacia su fin. He aquí que llega —me decía—, el fin viene, algo llega, el fin comienza. Estaba embargado por la alegría.

Fui a esa casa pero no entré. Por el orificio, vi el comienzo de un pasillo negro. Me apoyé en la pared de afuera y por cierto tuve frío; el frío me envolvía de los pies a la cabeza, sentía lentamente mi enorme estatura tomar las dimensiones de ese frío inmenso, que se elevaba tranquilamente según corresponde a su verdadera naturaleza, mientras yo moraba en la alegría y la perfección de esa dicha (un instante, la cabeza tan alta como la piedra del cielo y los pies sobre el asfalto).

Adviertan que todo esto fue real.

No tenía enemigos. No era molestado por nadie. Algunas veces en mi cabeza se creaba una vasta soledad en la que el mundo entero desaparecía, pero saliendo luego de allí intacto, sin ningún rasguño, sin que faltara nada. Estuve a punto de perder la vista; alguien aplastó vidrio sobre mis ojos. Reconozco que ese golpe me conmovió. Tuve la impresión de volver a entrar en la pared, de divagar en un matorral de sílex. Lo peor fue la brusca, la horrible crueldad del día; no podía ni mirar ni no mirar; ver era espantoso, y dejar de ver me desgarraba de la frente a la garganta. Por añadidura, oía gritos de hiena que me ponían bajo la amenaza de una bestia salvaje (esos gritos, creo, eran los míos).

Quitado el vidrio, deslizaron bajo mis párpados una película y sobre los párpados una muralla de algodón. No debía hablar, pues la palabra tiraba sobre los apósitos. "Duerma", me dijo luego el médico. ¡Dormía! Me mantuve fuera de la luz durante siete días: ¡un lindo abrazo! Sí, siete días seguidos; vuelta la vivacidad en un solo instante, las siete claridades capitales me pedían rendición de cuentas. ¿Quién hubiera imaginado eso? A veces yo me decía: "Es la muerte; a pesar de todo esto vale la pena, es impresionante". Pero a menudo moría sin decir nada. A la larga, me convencí que veía cara a cara la locura ordinaria; tal era la verdad: la luz se enloquecía y la claridad había perdido todo buen sentido; me acosaba disparatadamente, sin reglas, sin objeto. Este descubrimiento fue como una mordida a mi vida.

¡Dormía! Cuando desperté, escuché a un hombre preguntarme: "¿Hará la denuncia?" Extraña cuestión dirigida a quien viene de resurgir a la luz del día.

Aun curado dudaba estarlo. No podía ni leer ni escribir. Me encontraba rodeado de un Norte brumoso. Pero he aquí la extrañeza: aunque acordándome del atroz contacto, viviendo tras las cortinas y vidrios esfumados, yo decaía. Quería ver algo en pleno día; estaba repuesto del tratamiento y confort de la penumbra; durante el día tenía deseo de agua y aire. Y si ver implicaba el fuego, yo exigía la plenitud del fuego; y si ver era el contagio de la locura, yo deseaba locamente esa locura.

En el establecimiento me dieron una pequeña ocupación. Respondía el teléfono. El doctor había ido a un laboratorio de análisis (se interesaba por la sangre), la gente entraba y bebía una pequeña droga; se extendían en pequeñas camas y luego se dormían. Uno de ellos hizo una notable trampa: luego de haber absorbido el producto oficial, tomó veneno y quedó en estado de coma. El médico denominaba eso una villanía. Lo resucitó e hizo la denuncia contra ese sueño fraudulento. ¡Todavía me parece que ese enfermo merecía algo mejor que eso!

Aunque la vista me había apenas disminuido, caminaba en la calle como un cangrejo, apoyándome con firmeza en las paredes y, desde que las dejé, vino el vértigo entorno a mis pasos. Sobre las paredes veía a menudo el mismo afiche, modesto, pero con letras bastantes grandes: Tú también, tú lo quieres. Por cierto que yo lo quería, y cada vez que me topaba con esas palabras considerables, yo lo quería.

Sin embargo, alguna cosa dentro de mí cesó de querer bastante pronto. Leer me fatigaba. Leer me cansaba menos que hablar, y la mínima palabra verdadera exigía de mí no sé qué fuerza ausente. Me decían: Usted se complace con sus dificultades. Esta declaración me sorprendió. En la misma condición, a los veinte años, nadie lo habría notado. A los cuarenta, un poco pobre, me tornaba miserable. ¿Y de dónde venía esa enojosa apariencia? En mi opinión, la tomé en la calle. Las calles no me enriquecían como deberían haberlo hecho. Al contrario, al seguir las veredas, al hundirme en la claridad de los subterráneos y pasar por admirables avenidas en las que la ciudad resplandecía maravillosamente, yo me volvía extremadamente tierno, modesto y cansado, y, recogiendo una parte excesiva del deterioro anónimo, atraía las miradas mucho más de lo normal, haciendo de mí una cosa un poco vaga y deforme. Mi atracción parecía entonces afectada, ostensible. Lo molesto de la miseria es que se la ve, y los que la ven piensan: he aquí que se me acusa, ¿pero quién me ataca? Ahora bien, lo último que desearía es tener que llevar a la justicia en mi ropa.

Me decían (algunas veces el médico, otras las enfermeras): usted es instruido, tiene capacidades. No utiliza aptitudes que, repartidas entre diez personas que no las tienen les permitirían vivir, usted les priva de lo que no tienen, y vuestra indigencia —por completo evitable— es una ofensa a sus necesidades. Yo preguntaba: ¿por qué estos sermones? ¿Estoy robando mi lugar acaso? ¡Contesten! Me encontraba rodeado de pensamientos injustos y razonablemente malintencionados. ¿Qué me daban a cambio? Un saber invisible del que nadie tenía la prueba y que yo mismo buscaba en vano. ¡Yo era instruido! Pero quizá no todo el tiempo. ¿Capaz? ¿Dónde estaban acaso esas capacidades a las que hacían hablar como jueces con sus togas sentados en el patíbulo, prestos a condenarme día y noche?

Yo quería bastante a los médicos, no me sentía disminuido por sus dudas. Lo molesto era que esta autoridad crecía hora a hora. Uno no se da cuenta, pero son como reyes. Abriendo mis cuartos, decían: todo lo que está aquí nos pertenece. Se tiraban sobre los retazos de mi pensamiento: esto es de nosotros. Interpelaban mi historia: hable, y ésta se pondrá a su servicio. Apurado, me despojaba de mí mismo. Les distribuía mi sangre, mi intimidad, les prestaba el universo, les daba el día. Bajo sus ojos nada sorprendidos adivinaba una gota de agua, una mancha de tinta. Yo me reducía a ellos, pasaba entero bajo sus miradas y, cuando finalmente no teniendo más presente que mi perfecta nulidad, y no teniendo ya nada que ver cesaban también de verme, muy irritados, se levantaban gritando: ¿Y bien, dónde está usted? ¿Dónde se oculta? Esconderse está prohibido, es una falta, etc.

A sus espaldas, percibía la silueta de la ley. No de la ley que se conoce, que es rigurosa y poco agradable: ésta es otra. Lejos de caer bajo su amenaza, era más bien yo el que parecía espantarla. De creerle, mi mirada era el mismo rayo y mis manos oportunidades de perecer. Además, me atribuía de modo ridículo todos los poderes, declarándose perpetuamente a mis pies. Pero no me dejaba pedirle nada y cuando me reconoció el derecho de estar en todas partes, esto significó que no tenía lugar en ninguno. Y cuando me puso por encima de las autoridades, quiso decir: no está autorizado a nada. Si la humillaba: usted no me respeta.

Yo sabía que uno de sus objetivos era el de "hacerme justicia". Me decía: "Ahora, eres un ser aparte; nadie puede nada contra ti. Puedes hablar, nada te compromete; no te atan más los juramentos; tus actos quedan sin consecuencia. Tú me pisoteas y aquí yo para siempre tu criada". ¿Una sirvienta? No, yo no la quería a ningún precio.

Me decía: tú amas la justicia. —Sí, me parece. —¿Por qué ofendes entonces la justicia en tu destacable persona? —Pues porque mi persona no es distinguida para mí. —Si la justicia se debilita en ti, ella será débil en aquellos que sufrirán. —Pero este asunto no le compete. —Todo me incumbe. —Pero usted me lo dijo; yo soy aparte. —Aparte si te esfuerzas; jamás, si dejas a los otros actuar por ti.

Llegaba entonces a las palabras fútiles: "La verdad es que ya no podemos separarnos. Te seguiré a todas partes y viviré bajo tu techo, tendremos el mismo sueño".

Acepté dejarme encerrar. Momentáneamente, me decían. Bien, momentáneamente. Durante las horas de aire pleno, otro residente, viejo y de barba blanca, saltaba sobre mis hombros gesticulando por encima de mi cabeza. Yo le decía: "¿Quién eres tú, Tolstoi?" El médico me juzgaba por esto bien loco. Finalmente, paseé a todo el mundo sobre mis espaldas, un nudo de seres estrechamente enlazados, una sociedad de hombres maduros, atraídos hacia arriba por un vano deseo de dominar, por un infantilismo desgraciado; y cuando me desmoronaba (porque no obstante yo no era un caballo), la mayor parte de mis camaradas, cayéndose también, me molían a golpes. Fueron momentos felices.

La ley criticaba vivamente mi conducta: "En otras oportunidades lo he conocido de modo diferente. —¿Muy distinto? —No se burlaban de usted impunemente. Verlo costaba la vida. Amarlo significaba la muerte. Los hombres cavaban fosas y huían para escapar a su mirada. Se decían entre ellos: ¿Ya pasó? Bendita la tierra que nos oculta. —¿Hasta ese punto me temían? —El temor no le alcanzaba, ni tampoco las alabanzas hechas desde el fondo del corazón, ni una vida recta, ni la humildad en el fango. Y sobre todo que no se le preguntase. ¿Quién se atreve a pensar justo en mí?"

Ella se enfurecía de un modo singular. Me exaltaba, pero para a continuación seguir: "Usted es el hambre, la discordia, la muerte, la destrucción. —¿Por qué todo eso? —Porque soy el ángel de la discordia, la muerte y el fin. —Bien, le decía yo, aquí hay más de lo que hace falta para que nos encierren a los dos". La verdad es que la ley me gustaba. Era en ese medio superpoblado de hombres el único elemento femenino. Una vez me hizo tocar su rodilla: tuve una impresión extraña. Le declaré: no soy el tipo de hombre que se contenta con una rodilla. Su respuesta: eso sería desagradable.

He aquí uno de sus juegos. Ella me mostraba una porción del espacio entre lo alto de la ventana y el techo: "Usted está allí", me decía. Yo miraba el punto con intensidad. "¿Es usted?" Yo miraba con toda mi potencia. "¿Y bien?" Yo sentía saltar las cicatrices de mis ojos, mi vista se volvía una llaga, mi cabeza un agujero, un toro destripado. De repente, gritaba: "¡Ah!, veo el día, ¡ah!, Dios", etc. Yo protestaba diciendo que ese juego me cansaba enormemente, pero ella era insaciable de mi gloria.

¿Quién le tiró vidrio a la cara? Esta pregunta resurgía en todas las otras. No me lo preguntaban directamente, pero era el cruce hacia donde conducían todos los caminos. Me habían hecho observar que mi respuesta no aportaba nada, pues desde hacía tiempo todo estaba aclarado. "Razón de más para no hablar. —Veamos, usted es instruido y sabe que el silencio atrae la atención. Su mutismo lo traiciona de un modo poco razonable". Les respondía: "Pero mi silencio es verdadero. Si se los ocultara, poco después ustedes lo descubrirían. Si me traiciona, mejor para ustedes, les sirve, y tanto mejor para mí a quienes ustedes dicen servir". Les hacía falta remover cielo y tierra para llegar al final.

Me interesé en la búsqueda que llevaban a cabo. Éramos todos como cazadores enmascarados. ¿Quién era interrogado? ¿Quién el que respondía? Uno se convertía en el otro. Las palabras hablaban solas. El silencio entraba en ellas, excelente refugio, pues yo era el único que se daba cuenta.

Me preguntaron: Cuéntenos cómo sucedieron las cosas exactamente. —¿Un relato? Yo comenzaba: No soy ni sabio ni ignorante. Conocí alegrías. Decir esto es demasiado poco. Yo les contaba así la historia completa y ellos escuchaban al menos al principio con interés, me parece. Pero el fin fue para nosotros una sorpresa compartida. "Después de este comienzo, decían, usted volverá a los hechos". ¡Cómo! El relato estaba terminado.

Debí reconocer que no era capaz de constituir un relato con esos acontecimientos. Había perdido el sentido de la historia, cosa que ocurre con no pocas enfermedades. Pero esta explicación no los hacía sino más exigentes. Notaba entonces que por primera vez eran dos, que esta alteración del método tradicional, aunque se explicase por el hecho de que uno era un especialista de la vista y el otro un especialista en salud mental, daba constantemente a nuestra conversación el carácter de un interrogatorio autoritario, vigilado y controlado por reglas estrictas. Por cierto, ninguno de los dos era el Comisario de policía. Pero siendo dos —y a causa de esto— eran tres, y el tercero estaba firmemente convencido —estoy seguro— de que un escritor, un hombre que habla y que razona con distinción, es siempre capaz de contar los hechos que recuerda.

¿Un relato? No, ningún relato, nunca más.

Axel Gasquet (Buenos Aires, 1966) es sociólogo y escritor radicado en Francia desde 1991. Profesor de literatura hispanoamericana en la Universidad Blaise Pascal de Clemont-Ferrand.

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