In Memoriam de Juan López

Por: 
Alberto García Ruvalcaba

Juan López Jiménez nació en Mexticacán, pueblo de Los Altos de Jalisco, el 24 de junio de 1931 y falleció en Guadalajara el 25 de octubre del 2005. Fue notario desde 1963 pero principalmente lector, historiador, cronista tapatío y personaje. Aunque fue autor de numerosos libros y recopilaciones de historia y lexicografía regional, y de artículos periodísticos, su verdadero genio no se hizo presente en ellos como en su conversación erudita, brillante, burlesca. Fue un hombre corpulento y desengañado. Fue además amigo nuestro y testigo de la genealogía de este remedo de revista de libros, cuyo primer número presentó en el Colegio de Notarios de Jalisco en noviembre de 2003. No quisimos dejar de recordarlo en esta edición de la revista, con esta fotografía escrita.

Juzgado bajo la sensiblera moral latinoamericana, Juan López estuvo, sin duda, del lado de los malos. Ejerció sin culpa la impaciencia contra los tontos, la carcajada sardónica contra sus coetáneos, la sorna contra los resentidos y los autocompasivos, la manifiesta superioridad contra “los humilditos” y los risueños (como Nietzsche, detestaba el juego de la mansedumbre), la incorrección política contra los “indios reticentes y de hablar quedo”...

No obstante, y a pesar de que a Juan lo tenían sin cuidado las virtudes teologales, vivió con el corazón limpio. Desprovisto de la capacidad moderna de la duda, hizo alarde involuntario de su intención impecable y de una voluntad sin pliegues ni segundos pensamientos. Esa misma condición personal exacerbó su sensibilidad contra las tácticas del disimulo y la afectación, y lo orilló a representarse a sí mismo con la grandilocuencia de un senatore romano: cuerpo inconmovible, alma templada, gesto adusto, mirada inquisidora, ingenio ilustrado, fortaleza de ánimo, voz sonora, cadenciosa, modulada. Ajeno por completo a los códigos de doble fondo que controlan al hombre débil, Juan López se gobernó a sí mismo con una extraña mezcla de virtù romana y hedonismo intelectual, de moderación sensual y desmesura de letras.

Porque para él eran signos de debilidad, muy pocas veces condescendió a la melancolía o la confidencia. Cuando en la conversación surgía alguna parte de su biografía, lo hacía en calidad de anécdota, no de confesión. Paradoja: su obeso y gozoso ego parecía no tener ningún peso a sus propios ojos. Por eso no lo vi nunca ansioso, temeroso o apesadumbrado: heridas infligidas por el yo. Como Chesterton habría sostenido que creer en sí mismo es uno de los síntomas más inequívocos y comunes de la degeneración. Por eso también se reía de su muerte (“el que agarró agarró”, fue su testamento oral referido a su biblioteca de setenta mil volúmenes). Escéptico puro no sirvió tampoco a Cristo ni a Mammon, o lo que es lo mismo, no persiguió su salvación personal ni se dejó seducir por la máquina del mundo, dos espejismos de la trascendencia.

Hombre lúcido, a Juan le faltó complejidad psíquica para ser irónico, esa marca triste de la posmodernidad. Su humor era un reflejo de su personalidad: directo, brusco, ingenioso, irreverente, cáustico, transparente. Su inteligencia fue concreta y fulgurante, hecha de destellos de luz. Juan era un hombre de ingenio ilustrado, no de ideas. “No nací para la sorites”, se reía de sí mismo. Los razonamientos elaborados o finos lo impacientaban, pero conocía bien a los hombres y los motivos que los conducen: sus consejos tenían la agudeza y la sencillez del rayo. Tuvo la clarividencia de un hombre de Estado y desempeñó el papel de consigliere con los príncipes locales.

Juan López usó y abusó de un español híbrido, mitad latín, mitad Mexticacán, es decir, clásico y plástico, abundante en neologismos, sorpresas semánticas y declinaciones espontáneas. Como todo buen orador y conversador conocía el valor de la pausa y la sorpresa. Su ritmo verbal fue hipnótico. Su prosodia y dicción pertenecían a una época en la que los compromisos no apremiaban y había tiempo de respirar. Por eso gozó involuntariamente de lo que nuestros abuelos llamaban presencia de espíritu.

Dice Borges que sólo es nuestro lo que perdimos. A Juan lo perdimos el mediodía del veinticinco de octubre del dos mil cinco. Desde entonces el inescrutable Universo se aleja de él, haciéndolo a cada momento más imperceptible, más borroso, más insondable, más nuestro.

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