Too much

Por: 
Barbara Taylor
Traducción: 
Moisés Silva


Sobre la historia cultural de la masturbación

 

Barbara Taylor

 

Barbara Taylor recorre la historia cultural de esta práctica tan extendida como vituperada por moralistas de todo signo que hasta el libre pensador Rosseau recomendaba a los padres que no dejaran a los jóvenes sólos con sus pensamientos. Taylor se pregunta: ¿cómo fue que un acto sexual universal se convirtió en el sitio de tan debilitante miedo y vergüenza? ¿Por qué, durante el transcurso del siglo dieciocho —como Thomas Laqueur cuestiona en esta rica y vívida historia— una práctica tolerada por los antiguos y generalmente ignorada por los moralistas judeocristianos llegó a ser vista como la mayor de las depravaciones eróticas?

 

Libro reseñado:

Solitary Sex: A Cultural History of Masturbation, por Thomas Laqueur, Zone, 501 pp.

 

Descansando en un bote anclado cerca de su casa, fantaseando acerca de una “bella moza” que había visto horas antes en Westminster, Samuel Pepys se excitó tanto que eyaculó espontáneamente, haciéndolo “por completo avec la fille... sin mi mano”, como registró alegremente en su diario, “la primera vez que hice una prueba de mi capacidad en ese tipo de fantasías”. Su orgullo era el de un puñetero de clase mundial, un fantaseador inveterado que se deleitaba en la “recreación” imaginaria con una pléyade de complacientes amadas, que incluían a Mrs. Steward, la amante de Charles II, y a la reina (incluso en sus fantasías, Pepys era un ardiente defensor de la monarquía). “Lo mejor que ha sido soñado jamás”, dijo riendo durante un jugueteo nocturno con la deliciosa Lady Castlemaine, otra de las amantes de Charles II. Sólo masturbarse en la iglesia le producía algunos remordimientos. “Dios no lo quiera”, escribió en su diario después de un sermón que se pasó fornicando mentalmente con la hija adolescente de un amigo suyo.

En mayo de 1667, dieciocho meses después del episodio sin manos, Pepys registró otra hora de delicias que pasó a solas en un bote. Esta vez, sin embargo, no lo entretuvo el pensamiento en bellas muchachas, sino el “hermoso” libro de su amigo John Evelyn “contra la Soledad”. Publick employment and an active life prefer’d to solitude [Actividad pública y una vida activa preferida a una en soledad], publicado en 1667 por John Evelyn, fue escrito para refutar la obra publicada por Sir George Mackenzie en 1665, A Moral Essay, Preferring Solitude to Public Employment [Un ensayo moral, la preferencia de la soledad a la actividad pública]. El debate fue un ejercicio en la paradoja, en el que ambos contendientes adoptaron posiciones contrarias a sus convicciones. El texto de Evelyn se apoyaba en el repertorio usual de argumentos contra la soledad, incluyendo solemnes advertencias contra los bajos apetitos que ésta desencadenaba: “Debe ser un hombre realmente sabio y bueno el que se atreva a confiar en sí mismo a solas, pues la ambición y la malicia, la lujuria y la superstición están en la soledad como en su reino”. Los solitarios, afirmaba Evelyn, “no tienen pasiones, excepto las sensuales”.

Al leer estas reprimendas, o las muchas otras diatribas del siglo diecisiete contra la soledad, Pepys no habría pensado que se aplicaban a sus solitarios placeres sexuales. Fue necesario otro texto fustigador para hacer la conexión: Onania; or, The Heinous Sin of Self Pollution, and all its Frightful Consequences, in both SEXES Considered, with Spiritual and Physical Advice to those who have already injured themselves by this abominable practice… etc [Onania, o el odioso pecado de la auto-contaminación y todas sus temibles consecuencias, consideradas en ambos SEXOS, con consejos espirituales y físicos para aquellos que ya se han dañado a sí mismos con esta abominable práctica, etc.] fue publicado anónimamente entre 1708 y 1716. En la soledad, “los vicios de los hombres los encuentran y los atacan”, como Evelyn había citado a Séneca. En Onania el autoerotismo, el “asqueroso comercio con uno mismo” se convirtió en el crimen solitario sin par, “el vicio de vicios, el pecado de pecados”.

Con la publicación de Onania, la masturbación, hasta entonces una ofensa sexual de segundo orden, saltó al primer lugar de la lista de los vicios. Los clérigos la condenaron, y los doctores, encabezados por el eminente Samuel Tissot, catalogaron sus devastaciones. Los intelectuales también se unieron a la ofensiva, incluyendo a Rousseau, el promeneur solitaire, que la llamaba “el más fatal” de los hábitos, y a Kant, que la denunció como una locura moral más destructiva que el suicidio. Para principios del siglo diecinueve, la masturbación se había convertido en el “Moloch de la especie”, como J. H. Kellog, el reformador de la salud y rey del cereal norteamericano la describió en la retórica típicamente apocalíptica de los anti-onanistas. Las mujeres que se masturbaban, antes ignoradas, adquirieron una nueva prominencia, y la prevención de la masturbación infantil se convirtió en una obsesión en toda Europa. Los médicos franceses hacían cirugías a los niños, y los pedagogos alemanes difundían propaganda contra la masturbación. Para los inicios del siglo veinte, los padres podían adquirir un sinnúmero de artilugios: alarmas y jaulas para el pene, mitones para dormir, equipos para dar choques eléctricos. La fobia anti-masturbatoria continuó sin frenos hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando empezó a disminuir. Hoy en día, miles de alegres páginas web ofrecen sesiones de masturbación comunitaria en línea. En los Estados Unidos, la masturbación es descrita como “citas con uno mismo”, y en el Reino Unido la televisión nos obsequia comerciales con mujeres estremeciéndose sobre lavadoras en funcionamiento. Un estudio reciente en Australia encontró que los hombres que se masturban con frecuencia tienen una menor incidencia de cáncer en la próstata que los más abstemios. “Mantener la tubería limpia... es una buena noticia para los hombres”, concluye un periodista.

Los pánicos morales transitorios de este tipo son difíciles de interpretar. La despreocupación de Pepys acerca de la masturbación ha tenido un eco en las primeras prácticas modernas de cuidado infantil. Las enfermeras acariciaban frecuentemente los penes de los bebés para calmarlos, y los padres de familia y médicos contemplaban indulgentemente el autoerotismo infantil. ¿Cómo fue que un acto sexual universal se convirtió en el sitio de tan debilitante miedo y vergüenza? ¿Por qué, durante el transcurso del siglo dieciocho, como Thomas Laqueur pregunta en esta rica y vívida historia, una práctica tolerada por los antiguos y generalmente ignorada por los moralistas judeocristianos llegó a ser vista como la mayor de las depravaciones eróticas?

Laqueur, profesor en la Universidad de Berkeley, es autor de Making Sex: Body and Gender from the Greeks to Freud (1990) [Haciendo sexo: cuerpo y género de los griegos a Freud], uno de los libros más citados y discutidos de los últimos años. Con la publicación de este nuevo libro se ha convertido en casi una celebridad, dando conferencias en diversos países y apareciendo en programas de televisión y numerosas páginas web. Una página web estadounidense lo llama el “Profesor Puñetas”, lo que en un país que recientemente se desmayó ante la vista del pezón de una estrella pop es un apodo bastante fuerte. Pero Laqueur es un estudioso experimentado, y es de suponerse que puede enfrentar cualquier tipo de reacción. Es también astutamente humorístico, seduciendo al lector al darle indicios, exponer en parte y finalmente revelar triunfalmente el secreto del pánico ante la masturbación.

Los antiguos griegos y romanos consideraban a la masturbación una práctica despreciable y humillante, perdonable en los esclavos y los sátiros pero no en los ciudadanos libres. Los moralistas judíos y cristianos pueden haber sido más duros en sus preceptos, pero en la práctica también tendieron a verla con más desprecio que alarma. ¿Cómo fue que esta falta de preocupación dio paso a una franca hostilidad a principios del siglo dieciocho? En busca de una respuesta, Laqueur mira hacia lo que alguna vez fue llamado el ascenso de la burguesía, pero que ahora es conocido en círculos académicos como el advenimiento de la modernidad, y nos muestra cómo la anti-masturbación no fue una resaca de una era oscura de la sexualidad sino un fenómeno esencialmente moderno, una reacción a una cultura capitalista fundamentada en un egoísmo de los apetitos.

La cultura moderna estimula el individualismo y la autodeterminación, y se ve amenazada por el solipsismo y la anomia. Pide que los individuos deseen siempre más de lo que tienen e imaginen mucho más de lo que es real, y al mismo tiempo que aprendan a moderar sus deseos y limitar su imaginación por sí mismos. La masturbación es la sexualidad del ser [moderno] por excelencia, el primer gran campo de batalla para estas luchas.

La libido, decía Foucault, es “la voluntad propia” que va “más allá de los límites que Dios le estableció originalmente”, y fue la dependencia del capitalismo de esta libido sin límites, los deseos ilimitados necesarios para atizar sus fuegos, lo que hizo al sexo en solitario el sitio de tal ansiedad. El sexo no tiene “nada de natural”, como Laqueur cita a Foucault en la introducción de Making Sex; es más bien “una especie de obra de arte”. El cuerpo sexual es un fenómeno histórico. El erotismo no es una fuerza instintiva a ser liberada o reprimida, sino un artefacto cultural. “El ‘demasiado’ en el sexo es por supuesto siempre un concepto muy relativo”, declaraba Ernest Schwabe, un médico alemán, en 1787, y es la producción de este exceso y su antítesis normativa, en diferentes lugares y épocas, lo que Laqueur, como Foucault antes que él, trata de iluminar.

En Making Sex, Laqueur siguió a lo largo de dos milenios la transformación del género biológico de un modelo clásico de un sexo (en el que la mujer era una versión menor de un hombre) al modelo moderno de dos sexos (la mujer como la antítesis del hombre), mostrando cómo en el curso de esta transición la mujer se convirtió en “lo que la cultura exigía a pesar de, no a causa del cuerpo”. El “demasiado” de la feminidad – esto es, la similitud fisiológica de la mujer al hombre – fue suprimida a favor de un dimorfismo biológico imaginario. Este escepticismo radical acerca de las categorías sexuales es también evidente en Solitary Sex [Sexo solitario], que como Making Sex adopta una visión más extensa, empezando por la medicina grecorromana y pasando por las enseñanzas sexuales judeocristianas a los discursos anti-masturbatorios de la Ilustración, la psicología sexual post-Ilustración y el psicoanálisis, concluyendo con las representaciones actuales del sexo en solitario en el arte, la política y los medios. Pero el corazón del argumento de Laqueur, al igual que en Making Sex, está en su interpretación de la Ilustración.

Considerada alguna vez la era de la razón, la tolerancia y la emancipación, la Ilustración es caracterizada ahora usualmente como represiva, paranoide e incipientemente totalitaria, con una lógica de control y dominación, no de liberación. Esta condena –obra sobre todo de Foucault y sus seguidores– ha sido atacada fuertemente por defensores de la Ilustración como Roy Porter. La polarización refleja tensiones de la época misma, cuando las imágenes de un valiente mundo nuevo de individuos activos y autogobernados chocaban con temores de una anarquía moral. La elevación de deseos antes despreciados y bajo prohibición divina – deseos de riqueza, de placer, de comprensión del mundo y de libertades – a metas cuya búsqueda era vista como no sólo legítima sino socialmente benéfica (el argumento clave de la obra de Adam Smith La riqueza de las naciones) desencadenó una preocupación generalizada acerca del “libertinaje” personal y político. Se afirmaba que el lujo, el ocio, la proliferación de estímulos mentales como las novelas, la música y la conversación inflamaban los sentidos y promovían la lujuria. La soledad, valorada crecientemente como un espacio de contemplación interna, mantuvo también su reputación como estimuladora del solipsismo y del vicio. Las delicias de obtener y gastar, especialmente las emociones fuertes de la especulación financiera, fueron al mismo tiempo estimuladas y condenadas (la discusión de Laqueur acerca de los paralelos entre las retóricas anti-masturbatoria y anti-crediticia es una de las mejores partes del libro). En todas partes, como mostró Isabel Hull en su obra pionera Sexuality, State and Civil Society in Germany 1700-1815 (1996) [Sexualidad, Estado y sociedad civil en Alemania], la civilización se encontró al borde de un abismo de exceso. Uno de los principales Aufklärers citados por Hull expresó muy bien el dilema. Aunque cierto incremento en el lujo era una concomitante inevitable del progreso comercial, escribía el Dr. Peter Kürn en 1792,

cuando la suma de los placeres sensuales sobrepasa la suma de búsquedas más nobles y útiles, cuando las necesidades naturales no se pueden distinguir ya de la multitud de necesidades imaginadas y fantásticas, cuando la razón no decide, sino sólo la sensualidad, y especialmente cuando esto ocurre entre gente que se ha acostumbrado a un consumo que devasta su riqueza, se sientan las bases de su ruina.

Para finales del siglo dieciocho, el onanismo se había convertido en un emblema clave de esta ruina, una “especie de Satán para las glorias de la civilización burguesa”.

La fuerza diabólica que impulsaba a los masturbadores era la imaginación, y la reverencia con la que los pensadores del siglo dieciocho veían a ésta – una “flama celestial”, “la más alta prerrogativa del hombre” – era igualada sólo por el horror con el que contemplaban sus excesos, sus “inflamantes” y rabeleisianas energías. La fantasía solitaria era vista con especial ansiedad, como algo que conducía a un “invisible motín de la mente”, una “secreta prodigalidad del ser” que, según Samuel Jonson, era tan mortífera como “el veneno de los opiáceos”. Huye de ti mismo, aconsejaba Johnson a los fantaseadores solitarios, antes de sucumbir a estas delicias interiores que –y la mayoría de los anti-onanistas estaban de acuerdo en esto– eran más tentadoras que cualquier cosa que la vida real podría ofrecer. Los placeres más embriagantes del sexo imaginario eran un tema popular. Ya que las fantasías de los objetos eróticos son “mucho más seductoras que los objetos mismos”, escribió Rousseau en Emile, es esencial no dedicar mucho tiempo a pensar en tales imágenes, especialmente la gente joven que podría volverse adicta a ellas. Nunca dejen a un jovencito solo con sus pensamientos, aconsejaba a los padres de familia: “Por lo menos, duerman en su habitación... depende de ustedes protegerlo de sí mismo”.

Este no era un consejo a favor de la represión sexual. Los hombres y mujeres ilustrados, nos recuerda Laqueur, gustaban del placer heterosexual. Incluso el amor fuera del matrimonio tenía sus apologistas. El pecado del masturbador no era el deseo sexual per se, sino el deseo sexual incitado por objetos imaginarios. “De esta manera”, argumentaba Kant, “la imaginación engendra un apetito contrario al propósito de la naturaleza”. O como decía una cancioncilla de 1767:

Pero qué es más bajo, más nocivo al cuerpo
Que el poder de la fantasía de excitar
Tan lascivas ideas de un objeto ausente
Al despertar órganos formados para un noble fin
Para que corran al abrazo de un fantasma,
Cometiendo así el disfrute personal.

Abrazando fantasmas, hombres y mujeres dejaban de verse unos a otros, prefiriendo una sombra a una sustancia. Esto no era sólo sexo ilícito, fuera de las leyes de Dios y del hombre, sino sexo no restringido por las necesidades y los sentimientos de los demás. Fue esta visión del deseo erótico como un circuito cerrado –activándose a sí mismo, inventando objetos, satisfaciéndose a sí mismo– lo que tanto temían los anti-masturbadores, argumenta Laqueur, porque exponía el solipsismo latente en la cultura moderna. En un período en el que la autonomía personal y la autoexploración eran valoradas mucho más que en ningún otro tiempo, la masturbación revelaba los peligros de la existencia del ser autónomo, la posibilidad de que pudiera descender hasta un egoísmo irresponsable y a la deriva, apartado no sólo de las convenciones morales sino de la sociedad humana en su conjunto. En un mundo en el que “las viejas murallas contra el deseo se habían desmoronado”, la masturbación se convirtió en el “vicio de la individuación”: “apuntaba hacia un abismo de solipsismo, anomia y libertad sin significado social, que parecían desmentir el ideal de la autonomía moral. Era el vicio nacido de una era que valoraba el deseo, el placer y la privacidad, pero que estaba fundamentalmente preocupada acerca de cómo, o si, la sociedad podría movilizarlas. Es la sexualidad del ser moderno”.

Como la mayoría de las historias culturales recientes, esta presupone un corte entre lo moderno y lo premoderno. El masturbador moderno está de este lado de una división cultural cuyo otro lado es un mundo en el que los riesgos morales del sexo no eran los de un individualismo rampante, sino violaciones de un orden jerárquico y providencial. Laqueur sigue la línea de Charles Taylor en Sources of the Self (1989), y argumenta que los hombres y mujeres premodernos desconocían la angustia existencial del auto-gobierno, que sería la tierra fértil del anti-onanismo. La autoridad estaba fuera, en Dios, en el monarca, y en un “universo jerarquizado y orgánico”. El desplazamiento de esta visión del mundo por otra en la que la naturaleza reemplazó a Dios como fuente del orden moral, y en la que los doctores y pedagogos tomaron el lugar de los sacerdotes como árbitros de la conducta correcta, preparó el escenario para la masturbación moderna: “En ausencia de una autoridad divina... la culpabilidad acerca del sexo en solitario surgió porque no había nada más, nada externo, que restringiera el placer solipsista”. Con la desaparición gradual de Dios —el Gran Inhibidor— se necesitaban inhibiciones internas, y el régimen de vergüenza sexual inaugurado por Onania era un candidato ideal.

Este argumento, al vincular fenómenos anteriormente no relacionados, a la manera de las mejores historias culturales, nos proporciona una gran cantidad de nuevas reflexiones. Pero ¿es toda la historia? Dios y la culpa acerca del sexo han demostrado, después de todo, una notable capacidad de supervivencia. Los hombres y las mujeres de antes del siglo dieciocho pueden no haberse angustiado demasiado por el sexo en solitario, pero tenían bastante más de que preocuparse en el frente sexual. Desde San Agustín, que afirmaba que Adán se cubría sus órganos sexuales porque se movían sin su consentimiento, pasando por siglos de clérigos y teólogos que condenaban el adulterio, la homosexualidad, y cualquier actividad sexual que prometiese diversión sin castigos, hasta el autor de Onania, para quien la lujuria era un “Satán interno”, la vergüenza que acompañaba a la concupiscencia fue una constante de las enseñanzas cristianas. El protestantismo, al llevar a Dios –y al Diablo– a la psique individual, llevó las cosas aún más lejos. El mundo interior del creyente se convirtió en un campo de batalla cósmico, con el sexo como su línea de frente. Las acusaciones de brujería y de posesión diabólica florecieron, y la masturbación fue una señal clave de la presencia del Maligno. La diseminación de la religión natural en el siglo diecisiete bajó la temperatura, al menos en los círculos de avanzada intelectual. Pero la primacía moral del sexo, su lugar central para las luchas espirituales que definieron la subjetividad cristiana, continuó sin alteraciones.

Las ansiedades acerca del autoerotismo jugaron un papel central en estos sistemas de creencias, y no sólo en las acusaciones de brujería, pero fueron articuladas en términos muy diferentes de los que se usarían después. Tales ansiedades eran inevitables: amar a Dios es el deber fundamental del cristianismo, pero la intensidad de la pasión trascendental en algunos creyentes – “un torrente de placer para los más voluptuosos”, según el Reverendo Jeremy Taylor en su bestseller de 1650 Rule and Exercises of Holy Living (“Regla y Ejercicios de Vida Santa”); un “poderoso éxtasis”, una “felicidad completamente plena” en palabras de la popular poetisa de la década de 1690 Elizabeth Rowe – hizo de su origen y naturaleza preocupaciones constantes. El énfasis protestante en la divinidad interna, en la experiencia privada como piedra angular de la verdad moral, acentuó el dilema: ¿cómo distinguir el amor sacro de su variedad profana? Jeremy Taylor resumió el problema: “Nuestros vicios”, escribió, “están en el amor por placeres fantásticos e imágenes de perfección, que no se encuentran real y verdaderamente en ningún otro lugar que en Dios”. Asegúrense de que sus devociones sean “prudentes, y sin ilusión”, se advertía a los creyentes, no como esos místicos que tenían “a Cristo en sus labios, pero a Epicuro en sus corazones”.

Como en los discursos anti-onanistas posteriores, el culpable aquí era la imaginación, que estimulada por las pasiones llevaba a los creyentes a confundir estados internos con objetos externos, a tomar a sus propios deseos y fantasías por el Dios vivo. La primera palabra moderna para esto fue “entusiasmo”, que empleada de manera positiva significaba una encomiable e intensa piedad, pero en su uso más común y negativo se refería a una enfermedad psíquica alucinatoria, una “fiebre de superstición”, para usar la frase de Coleridge. Había muchos críticos del entusiasmo en la Gran Bretaña del siglo diecisiete, especialmente después de que la Guerra Civil demostró los peligros de las emociones religiosas corriendo sin frenos, pero aumentaron tanto en número como en estridencia a principios del siglo dieciocho, precisamente cuando empezó el pánico por la masturbación. El “ardor del fuego celestial” que encendió los versos devotos de Elizabeth Rowe en la década de 1690 fue considerado “demasiado entusiasta” para ser santo después de 1730. “El entusiasmo nos contagia sin sentirlo”, advertía una crítica de Mrs. Rowe a su hija. “Ten el cuidado de protegerte de él”.

La soledad engendraba entusiasmo. En tanto que la privacidad era valorada cada vez más a partir del siglo diecisiete, las devociones privadas eran vistas con sospecha, como algo que podía llevar a mentes vulnerables a confundir a eros con ágape. Laqueur proporciona un hermoso recuento de la obsesión de los moralistas con los peligros de leer novelas en privado, pero también se pensaba que leer la Biblia a solas podía inducir aquellas fantasías entusiastas de “una inmediata relación íntima con la Deidad”, en palabras de Locke, tan dañinas para la verdadera religión. Lejos de hacer a Dios a un lado, los pensadores de la Ilustración se esforzaron por defender a la religión de tales errores supersticiosos, archienemigos de una cristiandad racional.

¿Estuvieron aquí las raíces del pánico anti-masturbatorio, más que en los predicamentos de una subjetividad secularizada? A lo largo del siglo dieciocho, las mentes ilustradas caminaron por un sendero angosto entre las pasiones que elevaban al ser y las que lo convulsionaban y desestabilizaban. Sentimientos refinados podían deteriorarse en efusiones febriles, éxtasis sublimes terminar en manía, y una devoción trascendente acabar en alucinaciones entusiastas. Abundaban los dilemas: si la experiencia personal era la norma de la verdad, como había afirmado Locke, ¿cómo elegir entre “las visiones de un Entusiasta, y los Razonamientos de un hombre sobrio”? Una manera era a través del género. Las mujeres –con sus mentes débiles, fuerte emocionalidad e imaginación hiperactiva– eran entusiastas naturales. “Cuando la Mente se encuentra a su ser muy inflamado por sus Devociones”, el Spectator, ese gran popularizador de los valores de la Ilustración, sermoneaba a sus lectores:

ella está demasiado inclinada a pensar que no son de su propia creación, sino insufladas por algo Divino dentro de ella. Si ella permite que este Pensamiento llegue demasiado lejos, y cede a la creciente Pasión, ella finalmente lanza su ser hacia Arrebatos y Éxtasis imaginarios; y cuando una vez imagina su ser bajo la influencia de un Divino Impulso, no es de sorprenderse que ella... se rehúse a cumplir con cualquier Forma de Religión establecida, pensando que es dirigida por un Guía muy superior.

El entusiasta es un masturbador espiritual: el paralelo estaba implícito en la retórica anti-entusiasta en la que lo sexy del entusiasmo –su “sensualidad de recién casada”– era uno de los temas principales. La suposición generalizada era que los sentimientos que el entusiasta tomaba por inspiración divina eran de origen erótico, otra vez especialmente en el caso de las mujeres, cuya proclividad a la sobreexcitación sexual era notoria. Jon Mee, en Romanticism, Enthusiasm and Regulation [Romanticismo, Entusiasmo y Regulación], ha seguido la pista de esta asociación, desde la representación de Swift en A Tale of a Tub [Cuento de una tina] de una predicadora que hacía profecías a través de su vagina –una nueva versión de la antigua imagen de la sibila– hasta los oponentes del Metodismo, que regularmente culpaban a las mujeres metodistas por “las visiones enfermas de amor del cielo” que dominaban al culto metodista. Las mujeres célibes, o aquellas que habían sido desafortunadas en el amor, eran consideradas especialmente en riesgo. Lamentando “las extravagancias sensuales” de la poesía de Mrs. Rowe, Hester Chapone expresó su sorpresa de que emanaran de una mujer felizmente casada: “Cuando escucho a gente que se dirige al Ser Supremo en el lenguaje del más sensual... y humano amor, no puedo evitar imaginarme que enloquecieron por la decepción de esa pasión, cuando ésta estuvo ubicada de una manera más natural”. La Santa Teresa de Bernini desmayándose en un éxtasis espiritual era una figura católica, pero el protestantismo británico albergaba muchas devotas extasiadas. Alguna vez reverenciadas por su relación privilegiada con Dios, para cuando Onania apareció ellas eran consideradas patológicas, y su fervor era interpretado como una locura sexual. Místicas, fanáticas, masturbadoras, ninfomaníacas: a lo largo de los siglos estas figuras, casi irreales en su hipererotismo, se fueron disolviendo entre sí, y sus diferencias se fueron desdibujando.

La masturbación, en ambos sexos, nunca fue un acto viril. En las mujeres, explotaba e incrementaba las debilidades ya existentes, y los hombres que abusaban de sí mismos –sus cuerpos enflaquecidos y temblorosos, su potencia conyugal destruida– eran feminizados por ella. Solitary Sex sigue las vicisitudes de las mujeres masturbadoras, desde sus primeras apariciones en las décadas de 1720 y 1730 hasta los espectáculos onanistas del siglo veintiuno como el de la fabulosa Annie Sprinkle (“Anita Salpicadora”) –cuyo nombre original era Ellen Steinberg– con su mercadeo “post-porn” de dildos de mármol negro. Pero no se explica porqué el masturbador fue consistentemente una figura femenina. Laqueur ve a la onanista como un masturbador moderno “prototípico” porque no produce ninguna simiente, sólo placer, pero con toda seguridad el asunto es más una cuestión de dominio. Los deseos que arrasan el cuerpo, sacuden el alma y derrotan a la voluntad son rara vez vistos como masculinos. La iglesia y la sociedad pueden esforzarse por proteger a los hombres de sus pasiones, pero el deseo es la serpiente siempre presente, esperando su oportunidad, y las tentaciones de la soledad los llaman desde lejos. Al regreso de su isla –el paraíso de un masturbador, si alguna vez lo hubo– Robinson Crusoe miraba hacia atrás a sus años de exilio con nostalgia pero también, recordando algún “mal tiempo pasado allí”, con un cierto grado de culpa: “Un hombre puede pecar solo de varias maneras”. El alma debe dominar al cuerpo, insiste Crusoe-Defoe, de la misma manera en la que un hombre con dinero en el bolsillo debe conocer sus intenciones cuando busca en él “para sacarlo, o pagarlo, o disponer de él con su mano”.

Gastar dinero en el siglo dieciocho, especialmente ese dinero fantasioso llamado crédito, era una actividad notablemente femenina en ambos sexos. Desde la antigüedad, los deseos y las fantasías que superan y ponen de cabeza a la realidad han sido asociados con las mujeres. Si el masturbador simbolizaba los peligros de la modernidad, no era, como Solitary Sex muestra de una manera tan convincente, el individualismo heroico de un capitalismo que lo conquistaba todo, sino una imagen mucho más frágil y más conflictuada de la época. Pero su significación llegó más lejos. Laqueur sitúa el pánico por la masturbación en el centro de una nueva relación entre el ser y la sociedad, pero la relación del ser con el ser también estaba en juego. Fijar la mirada en la mujer masturbadora, como los productores y comentaristas de la cultura lo hicieron, y lo hacen, interminablemente, reveló una verdad central acerca de la subjetividad: ninguno de nosotros, hombres y mujeres, somos el amo de nuestra propia casa. La vergüenza de la onanista no está dirigida hacia lo que ella piensa o hace, sino a los deseos ocultos que la impulsan, los deseos inconscientes que moldean la personalidad sexual. Freud, como dice Laqueur, puede haber sido anticuado en su desaprobación de la masturbación, pero en sus anatomizaciones de la conciencia sexual, de la dinámica inconsciente del deseo prohibido, definitivamente había encontrado algo. “La vergüenza”, escribió Jacqueline Rose recientemente, “es una de las maneras en que tratamos de olvidar parte de nosotros mismos”, y es esta amnesia lo que a fin de cuentas se encuentra detrás del pánico por la masturbación.

Solitary Sex termina en un tono ambiguo. Al explorar las representaciones de la masturbación en películas, televisión e Internet, Laqueur ve en ellas residuos de los “viejos demonios de culpabilidad y obsesión” mezclados con una nueva sensibilidad sexual –desinhibida, supersofisticada, abiertamente pornográfica– que uno siente que no es enteramente de su gusto. ¿Son algunos placeres sexuales mejores, hacen la vida más plena, que otros? Leyendo algunos artículos recientes acerca de la masturbación, me ha impresionado su quisquillosidad, la manera en la que escritores que empiezan con un tono vivaz, soltándose el cabello, invariablemente comienzan después a usar adjetivos –“triste” es el favorito, seguido por “fútil”– que, aunque no son inequívocamente condenatorios, son ciertamente despectivos. El sexo en solitario es una “arena movediza solipsista”, declara Barbara Ellen, una defensora de carrera de lo atrevido, mientras que Edward Marriott cita solemnemente investigaciones que muestran que los hombres que recurren regularmente a la pornografía no están preparados para una verdadera intimidad. “Perdidos en un mundo de fantasía, esos hombres se vuelven incapaces de formar relaciones duraderas”. En una competencia ética entre el sexo imaginario y el real, la realidad tiene que llevarse el premio, parece ser el mensaje. Es una lástima entonces que la realidad y el deseo no sean siempre buenos compañeros de cama.

Barbara Taylor es profesora de Historia Moderna en la Escuenta de Ciencias Sociales, Estudios Culturales y de Medios, de la Universidad de East London. Editó recientemente con Sarah Knott Women, Gender and Enlightenment, 1650-1850.

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