¿Qué fue Jesús?

Por: 
E.P. Sanders
Traducción: 
Moisés Silva

¿Qué fue Jesús? Revolucionario, curandero, político, reformador social…  El connotado experto en el Nuevo Testamento, E.P. Sanders, reseña el libro Excavating Jesus: Beneath the Stones, Behind the Texts, de John Dominic Crossan y Jonathan L. Reed, y nos muestra, a la luz de recientes hallazgos arqueológicos, el escenario histórico en el que vivió y trabajó Jesús, el judío solidario y el hombre de poder.

Libro reseñado:
Excavating Jesus: Beneath the Stones, Behind the Texts.
Crossan, John Dominic y Jonathan L. Reed.
San Francisco: Harper.

En el estudio del Jesús histórico, dos de las cuestiones más importantes – ambas abordadas por John Dominic Crossan y Jonathan L. Reed – son su entorno, la Palestina judía del primer siglo de nuestra era, y su “tipo”: ¿fue un profeta, un mago, un guía ético, un sabio, un reformador social, un visionario utópico, o alguna combinación de éstos? Crossan, ex sacerdote y profesor emérito de estudios religiosos de la Universidad DePaul, encabeza el influyente grupo de estudiosos The Jesus Seminar y ha escrito numerosas obras acerca de Jesús, incluyendo especialmente The Historical Jesus: The Life of a Mediterranean Jewish Peasanti. Reed es un joven arqueólogo que ha publicado recientemente un libro acerca de Galilea y Jesúsii. La tarea que han emprendido es importante: clarificar el escenario en el que Jesús vivió y trabajó, y explicarlo dentro de ese contexto, combinando el estudio de los hallazgos arqueológicos y de otro tipo con el análisis histórico de los evangelios y otros textos antiguos.

Las descripciones arqueológicas son breves, precisas, y útiles. Nazaret, la aldea de Jesús, era según los autores “una aldea campesina en una sociedad agraria”, en la que vivían  entre doscientas y cuatrocientas personas en casas tan modestas que quedan muy pocos restos físicos. La cultura de la aldea era totalmente judía, y sus residentes practicaban el “judaísmo orientado al Templo” de la época. Los nazarenos no tenían mucha “interacción” con “las grandes fincas reales” o con los campos cerca de Escitópolis, una ciudad de gentiles en la ribera occidental del Jordán. Los autores describen la ciudad de Cafarnaúm, cerca de la cual los evangelios ubican gran parte de las actividades de Jesús, y Séforis, a unas millas de Nazaret, donde Jesús creció, y proporcionan también una descripción de la principal ciudad pagana de Herodes, Cesarea Maritima – construida en una región no tradicionalmente judía – y del Templo de Jerusalén.

Las ilustraciones, que incluyen fotografías y reconstrucciones de sitios arqueológicos, son abundantes y excelentes. Los autores describen evidencias arqueológicas de un período de tiempo bastante amplio, e incluyen ejemplos de arquitectura romana que datan de los siglos tercero y cuarto, y resulta ilustrativo contrastar estas ruinas con las de estratos anteriores, antes de que el imperio romano estacionara una legión en Galilea alrededor del año 130 d.C. y la influencia romana se hiciera más evidente.

La interpretación que Crossan y Reed hacen de los textos sugiere que el aspecto más importante del mensaje y la misión de Jesús era que fomentaba la curación y la alimentación gratuitas. El pasaje clave de los evangelios es el “Encargo Misionero”iii, las instrucciones acerca de cómo comportarse al llevar a la práctica la misión de Jesús. Se ha considerado usualmente que este pasaje muestra una gran influencia de los esfuerzos de los misioneros cristianos después de la crucifixión, pero sus palabras están siempre en el centro del Jesús que describen Crossan y Reed. Jesús dice a sus discípulos: “Cuando entren a una ciudad y su gente les dé la bienvenida, coman lo que les pongan enfrente, curen a los enfermos que encuentren, y díganles que el reino de Dios se ha acercado a ellos”. Para Crossan y Reed, la curación gratuita y los alimentos compartidos no son sólo un aspecto importante de la obra de Jesús; son centrales, tan significativos que su libro se refiere a muy pocos de los demás aspectos de los evangelios.iv

Resulta sin embargo que, según estos autores, este pasaje principal no transmite con precisión las enseñanzas de Jesús. En su opinión, el intercambio de curación por alimentos en el Encargo Misionero debería interpretarse como una clara política social. Según ellos, era parte de una protesta socioeconómica cuyo objetivo era la “resistencia contra la injusticia en la distribución de la comercialización romano-Herodiana”. El pasaje muestra que Jesús estaba a favor de un “reparto justo de los alimentos como base material de la vida”. Jesús y sus seguidores buscaban restaurar [su] sociedad – fracturada por la romanización, la urbanización y la comercialización de Herodes – desde abajo, y lo hacían como una parte constitutiva del Reino de Dios, un reino divino enfrentado al limitado reino de Antipas, dentro del reino más extenso del César.

Es decir, Jesús, al fomentar la curación gratuita y los alimentos compartidos, se mostró como un reformador socioeconómico que buscaba que su movimiento hiciera el mundo mejor poco a poco. Los que se unían a su movimiento se convertían en miembros del “reino de Dios”. Según Crossan y Reed, el programa económico de Jesús se oponía conscientemente al de Herodes Antipas, que gobernó Galilea del año 4 a.C. al 39 de la era cristiana, y al de los romanos que lo apoyaban.

Resulta claro que Crossan, a quien debemos atribuirle esta visión de Jesús, asume que Jesús vivía en una Galilea romanizada, pero las secciones del libro dedicadas a la arqueología, escritas obviamente por Reed, muestran una Galilea diferente, no impregnada por la cultura romana. Esta discrepancia entre diferentes partes del libro surge de un punto muy importante no sólo en el estudio de Jesús, sino también del judaísmo en Palestina.

Una de las preguntas acerca del escenario social en el que vivió Jesús, y un tópico importante en libros anteriores de Dominic Crossan y otros miembros del Jesus Seminar, es hasta qué grado la Palestina judía estaba “helenizada” y “romanizada”. Todas las regiones conquistadas por Alejandro de Macedonia en el siglo IV a.C. adquirieron por lo menos algunos rasgos helenísticos. Cuando las conquistas romanas reemplazaron a los reinos greco-macedonios, algunos de los pueblos conquistados añadieron instituciones peculiarmente romanas, haciendo que el imperio al este de Italia fuera “grecorromano”. La cuestión del grado de helenización o de romanización de la Palestina judía se ha debatido mucho. La visión de Galilea como profundamente grecorromana compite con la opinión de que su cultura era tradicionalmente judía, con sólo algunas características de la civilización gentil en la superficie.

En este debate están implícitos juicios de valor acerca del judaísmo y del helenismo. Para muchos estudiosos del Nuevo Testamento en la actualidad – y este es un cambio que ha sido bien recibido, ya que se aparta del tradicional antijudaísmo cristiano – la conexión con el judaísmo es positiva. El Nuevo Testamento debería ser visto en continuidad con la Biblia hebrea, y Jesús en continuidad con los grandes profetas hebreos. Sin embargo, para otros, incluyendo a algunos miembros del Jesus Seminar, lo que es griego es bueno, se debería separar a Jesús de los rabinos judíos, y especialmente se debería rechazar la profecía escatológica* judía, la idea de que Dios intervendría en la historia para salvar al pueblo judío y cambiar al mundo. Lo peor de todo, para estos estudiosos, es la idea de que una figura celestial, el Hijo del Hombre, vendría con un mandato divino y reuniría a los elegidos. Esta idea no debe atribuirse a Jesús porque es insensible, morbosa, anticuada, demasiado judía, y equivocada: no ocurrió. Jesús no pudo haber pensado así. Es mucho mejor verlo como un filósofo helenístico, ofreciendo sabiamente consejos acerca de cómo salir adelante en un mundo difícil, y tratando de mejorarlo poco a poco.

En sus libros anteriores acerca de Jesús, Crossan se colocó firmemente dentro del pequeño grupo de estudiosos que interpretan a Jesús bajo la luz de la cultura helenística y romana. En su opinión, Jesús era un cínico; es decir, compartía el punto de vista de la escuela filosófica griega que despreciaba el materialismo y el poder, y definitivamente no era un profeta escatológico judío. Este argumento es difícil de sostener en vista de la cantidad de temas escatológicos judíos en los evangelios, y depende de que se acepte la idea de que los judíos de Galilea vivían en medio de una cultura básicamente helenística. Las dos ciudades de Galilea, Séforis y Tiberíades, eran de acuerdo a su interpretación “de orientación griega”, y Séforis en particular era “una ciudad grecorromana”. Para Crossan, en sus obras anteriores, las ciudades determinaban la cultura de las aldeas ruralesv. Nazaret estaba lo suficientemente cerca de Séforis para que, según Crossan, “ver y conocer la filosofía cínica no fuera ni inexplicable ni improbable”vi. Suponiendo que este fuera el caso, Crossan podría argumentar en The Historical Jesus que Jesús adoptó algunas de las ideas y muchas de las prácticas de los cínicos radicales, que vivían como mendigos itinerantes que se oponían al poder romano.

La idea de que Galilea estaba profundamente helenizada se basa sobre todo en ruinas que datan de los siglos tercero y cuarto. Como hemos mencionado, Roma estacionó una legión en Galilea alrededor del año 130 de la era cristiana. A partir de entonces aparecen en el registro arqueológico signos de una cultura pagana gentil, como se puede ver en las secciones dedicadas a la arqueología en el libro de Crossan y Reed. En Séforis, por ejemplo, podemos ver restos de casas de estilo romano decoradas con motivos paganos. En los niveles arqueológicos de la época de Jesús, sin embargo, no aparece ningún signo de paganismo gentil. Tanto para los arqueólogos como para los estudiosos de los evangelios y otros escritos, el debate acerca de la helenización está básicamente cerrado. En la época de Jesús, la cultura de la Palestina judía era completa y tradicionalmente judía. Había poquísimos gentiles en Galilea, la ley judía estaba en vigor en todo el territorio, y los pobladores eran fieles a la Biblia y al Templo de Jerusalén.

En el presente libro, Crossan abandona tácitamente (aunque no por completo) su idea anterior de que Jesús estaba rodeado por una cultura grecorromana. Herodes Antipas, según los autores, “preservó un carácter esencialmente judío” en Galilea: su población era “casi exclusivamente judía”, y tanto Tiberíades como Séforis estaban “habitadas principalmente por judíos”.

Este cambio en sus conclusiones acerca de la helenización, aunque es bueno, no significa que Crossan haya renunciado a sus ideas anteriores acerca de Jesús. En su opinión, se debe seguir viendo a Jesús como un reformador social y económico, así que después de hacer a un lado la helenización cultural, Crossan busca ahora signos de romanización económica en las acciones de Herodes Antipas, a quien Augusto asignó el gobierno de Galilea y Perea después de la muerte de Herodes el Grande en el año 4 a.C., aproximadamente el año en el que Jesús nació. Antipas, argumentan ahora Crossan y Reed, impuso un sistema económico romano en la región.

¿Cuáles son los signos de esa romanización? En Excavating Jesus, los autores dan sólo dos pistas: (1) Antipas construyó algunas edificaciones, restauró la ciudad de Séforis y fundó Tiberíades y (2) los arqueólogos han descubierto que las calles de una parte de Séforis siguen una cuadrícula al estilo romano. Estos hallazgos demuestran que la ciudad estaba “urbanizada” y que la región estaba “comercializada”. Se menciona una y otra vez que “romanización” significaba “urbanización” y “comercialización”, y que construir una ciudad, o incluso construir nuevos edificios en una ciudad, daba como resultado la romanización y la comercialización del área rural colindante. Nunca se define con precisión el significado de las palabras “urbanización” y “comercialización”, pero el argumento general es bastante claro: los nuevos edificios en una ciudad sólo se pueden pagar con el dinero proveniente de las tierras cultivables que la rodean, y de quienes las cultivan. La urbanización, por lo tanto, significaba que la ciudad se quedaba con una mayor parte de las ganancias de la agricultura, y como consecuencia de ello los pequeños productores se veían forzados a vender, los latifundios crecían, y la falta de tierras y la pobreza se agudizaban. Crossan y Reed tratan de aplicar el principio de que la construcción lleva al empobrecimiento de los agricultores incluso a Cesarea, el gran puerto de Herodes, en donde es evidente que el dinero que circulaba provenía del comercio.

No sabemos con certeza cuáles hayan sido las fuentes de dinero en Séforis, pero había sido una ciudad por muchas décadas, y no hay razones para pensar que Antipas introdujo medidas que llevaron a los pequeños productores agrícolas a la ruina. Crossan y Reed no proporcionan ninguna evidencia ni argumento de que lo haya hecho; más aún, la literatura de ese período parece contradecir su afirmación. De acuerdo al historiador judío Josefo, Galilea era extremadamente próspera. Los evangelios mismos sugieren que en Galilea había gente que estaba unos escalones por encima de la agricultura y pesca de subsistencia. Las tierras de cultivo eran lo suficientemente prósperas para dejarlas sin cultivar cada siete años, y las familias de los agricultores podían a veces costear el viaje a Jerusalén para observar alguna de las peregrinaciones.

La teoría de que Jesús fue un rebelde contra la supuesta romanización económica de Antipas lleva a los autores a discutir la falta de tierras como un factor importante. La falta de tierras – con o sin urbanización romana – era realmente un problema. Sin embargo, Crossan y Reed parecen ignorar la causa de raíz: el problema era el crecimiento de la población. Los judíos practicaban un sistema de herencia en el que las hijas recibían una dote y la tierra era repartida entre los hijos varones. Con frecuencia más de un hijo varón sobrevivía para heredar, y las pequeñas propiedades se hacían más pequeñas. Al final, alguien tenía que buscar trabajo fuera de las tierras, y era difícil encontrar empleos permanentes.

El sistema producía un peligro social en potencia, ya que un número elevado de hombres jóvenes desempleados o subempleados puede causar problemas. Sin duda, algunas propiedades pasaron a manos de los más ricos, especialmente las de judíos cuya tierra había sido subdividida hasta el punto en que difícilmente podía proporcionar sustento y tenían que pedir préstamos para seguir adelante, hasta que finalmente perdían la tierra por completo.

Crossan y Reed citan a Amós, profeta judío del siglo VIII a.C., y a otros antiguos profetas judíos que hablaban de la iniquidad de los terratenientes ricos que “añadían tierras a tierras” y de la necesidad de una reforma agraria. Si nos remontamos a la época de Hammurabi, mil años antes de Amós, podemos encontrar referencias a la falta de tierras y la necesidad de una reformavii. La ley bíblica abordaba estas dificultades crónicas requiriendo el perdón de las deudas cada siete años, y asegurando el retorno de las tierras a sus propietarios originales cada cincuenta años. Parece que por lo menos la primera de estas leyes estaba en vigor en la Palestina judía del siglo I d.C.

Sin embargo, el perdón periódico de las deudas no era del todo efectivoviii, y en todo caso no podía eliminar el problema de las familias con demasiados hijos varones. Los gobernantes sabios trataban de reducir el número de jóvenes desempleados de dos maneras: podían incrementar el tamaño de sus ejércitos y conquistar más tierras, o si esto no era práctico podían llevar a cabo proyectos de construcción. Herodes el Grande mantenía un ejército considerable, pero su principal esfuerzo social fue construir en gran escala. Tenemos una idea de cómo esas construcciones redujeron el número de desempleados. Décadas después de su muerte, cuando uno de sus mayores proyectos, el Templo de Jerusalén, fue finalmente terminado, 18,000 hombres se quedaron sin trabajo. Su bisnieto, Agripa II, les dio empleo pavimentando las calles de la ciudad.

Herodes Antipas siguió una política similar, aunque a una escala mucho menor. Tenía un ejército de dimensiones modestas, y también fue constructor. Como ya se ha mencionado, reconstruyó parte de Séforis y fundó una nueva ciudad a la que llamó Tiberíades en honor al emperador. Crossan y Reed proponen que las ciudades de Antipas habían “romanizado” el campo y por lo tanto “dislocado las antiguas redes de seguridad del parentesco campesino, la cohesión de las aldeas, y la distribución justa de las tierras”. Uno de los principales argumentos del libro es que Antipas fue responsable por la destrucción de un antiguo sistema de igualdad en las áreas rurales. Por otro lado, los autores reconocen que la desigualdad había existido en los tiempos de Amós. De hecho, en una región con escasas tierras cultivables los problemas de distribución desigual y de desempleo eran crónicos. Sin embargo, Crossan y Reed quieren echarle la culpa a Antipas, y proponen que fue sólo su romanización la que causó problemas, ignorando también sus esfuerzos por reducir el desempleo. Los autores quieren presentar a Jesús como alguien que se enfrentó a la falta de tierras, supuestamente causada por Antipas, directamente. Si Jesús no puede ser un cínico que criticaba la riqueza y el poder, tal vez puede ser un crítico hebreo de la riqueza y el poder, como Amós. Desafortunadamente, en los evangelios no se hace ninguna mención a la falta de tierras.

Los autores abordan entonces la alimentación, producto de la tierra, y aquí, como hemos visto, encuentran evidencia textual. El Encargo Misionero, en el que se muestra a Jesús instruyendo a sus discípulos a curar gratuitamente y recibir comida gratuita, era para ellos el ataque de Jesús al problema de la distribución desigual de la tierra, la comida y el dinero. No nos queda más que suponer que la falta de tierras no habría sido un problema si sólo los agricultores hubieran estado dispuestos a regalar sus alimentos.

En opinión de los autores, el esfuerzo de Jesús por una reforma social fue un ataque deliberado y bien reconocido a Antipas y a Roma. Jesús se oponía a la romanización de Antipas, y de la misma manera atacaba “el reino imperial de Augusto o Tiberio”. El programa de resistencia de Jesús “debe haber tenido como resultado una colisión fatal con la autoridad oficial”. La amenaza era tan clara que Crossan y Reed tienen que preguntar por qué Jesús pudo salir con vida de Galilea, y sugieren que Antipas fue cauteloso. Ya había ejecutado al popular profeta Juan el Bautista, y pensó que era suficiente por un tiempo. Así, Jesús vivió hasta que hizo su peregrinaje a Jerusalén para la Pascua, se metió en problemas allí y fue ejecutado.

Esta descripción se apoya en premisas económicas dudosas: que la única fuente de dinero para una ciudad eran las áreas rurales, cuyos recursos tenían que ser apropiados si las ciudades querían seguir existiendo, y que Antipas, acicateado por Roma, arruinó la prosperidad del campo con sus construcciones. En realidad, a los trabajadores se les pagaba en efectivo, que gastaban. El dinero circulaba, mejorando así la economía local.  Un porcentaje muy alto del salario de los trabajadores se gastaba en alimentos, lo que debe haber llevado a un incremento de la prosperidad rural. Más aún, el crecimiento de las ciudades hacía crecer el comercio, lo que acarreaba ganancias comerciales e incrementaba los ingresos del gobierno por aranceles.

Crossan trata de argumentar que la política de Jesús de curar a la gente y darles comida era potencialmente un conflicto fatal que amenazaba las bases del imperio, pero esto no es convincente. Partiendo del argumento de Crossan, se podría pensar que Roma y Antipas requerían que los curanderos cobraran por las curas milagrosas y les prohibían compartir alimentos. Pero como no hacían ninguna de las dos cosas, la idea de Jesús de que la curación y los alimentos debían ser gratuitos no es una rebelión contra Roma. Un programa social efectivo de alimentos gratuitos – como el que los emperadores proporcionaban en la misma ciudad de Roma – tendría por supuesto implicaciones de largo alcance. Llevaría, por ejemplo, a un aumento de impuestos para pagar a los agricultores por los alimentos, ya que ellos no podrían darse el lujo de regalarlos. Pero Jesús lanza su advertencia sólo a sus seguidores más cercanos – a quienes, se nos dice, les dio el poder de sanar, lo que justificaría que recibieran alimentos gratuitos – y no se dirige al público abogando por una política social general. La ausencia de una demanda de una reorganización de los impuestos y del suministro de alimentos parece dejarnos con la propuesta de que los seguidores de Jesús eran un pequeño e inefectivo grupo que se comportaba de una manera extraña, algo así como los cínicos que vagaban en las partes más helenizadas del imperio, que no eran arrestados ni ejecutados. Aunque Crossan ha dejado de usar a los cínicos como modelo para Jesús de manera explícita, su visión de Jesús como crítico y disidente social menor no ha cambiado.

Posiblemente los autores se dan cuenta de que el Encargo Misionero de los evangelios no proporciona suficiente evidencia de que Jesús fuese un reformador económico. Si pueden demostrar que la Palestina de los tiempos de Jesús estaba llena de signos claros de resistencia, tal vez, parecen pensar, su propuesta parecerá menos improbable. Para probar que había una resistencia popular generalizada a Roma y a los gobernantes judíos bajo el poder de Roma, le atribuyen a la época en que vivió Jesús (alrededor de 4 a.C. a 33 d.C.) el mismo tipo de desórdenes sociales que ocurrieron entre 44 y 70 d.C., cuando sí hay evidencia de desórdenes serios, especialmente entre dos clases de personas. Había “bandidos”, que pueden haber sido los que se oponían al dominio romano, y profetas mesiánicos que ofrecían mostrar “señales de liberación” de la dominación extranjera, pero que eran rápidamente despachados por las autoridades romanas. Hay también, por primera vez, evidencias de odio popular por algunos sacerdotes aristócratas.

Los autores no reconocen que hubo grandes cambios en la Palestina judía en la década de los 40 d.C., varios años después de la ejecución de Jesús, que alteraron las actitudes de los judíos hacia Roma y el emperador. Los primeros tres Césares – Julio, Augusto y Tiberio – habían apoyado y protegido a los judíos en Palestina y en el resto del imperio. Sin embargo, durante el reinado del cuarto César, Gaius (apodado Calígula), los griegos de Alejandría llevaron a cabo un violento pogrom contra los judíos y no fueron castigados. Peor aún, alrededor de 40 - 41 d.C. Gaius ordenó que se colocara una estatua suya en el Templo de Jerusalén. Esta profanación del Templo fue cancelada, y poco después Gaius fue asesinado. Aunque Claudio, su sucesor, restauró los derechos de los judíos en Alejandría, el pogrom y la amenaza de Gaius al Templo cambiaron las actitudes de los judíos hacia el imperio. Fue sólo hacia el año 40 d.C. que numerosos signos de resistencia empezaron a aparecer en la Palestina judía.

Crossan y Reed observan correctamente que las prácticas de purificación de los judíos eran diferentes de las de los gentiles, y luego argumentan que la persistencia de los judíos en seguir sus propias costumbres representaba una “resistencia”. Esta visión implica que los judíos eran expuestos de manera regular a las prácticas de purificación de los gentiles y las rechazaban en favor de las suyas. Habiendo argumentado anteriormente que había muy pocos gentiles en las áreas judías de Palestina, los autores encuentran ahora que después de todo tenían una presencia significativa. De pronto los paganos rodean, interactúan con y gobiernan a los judíos, y ocupan su territorio. Según los autores, los artefactos muestran que los judíos eran “un pueblo diferente de los que vivían alrededor de ellos e incluso entre ellos”. Esta vuelta a la visión anterior de Crossan – que Galilea era esencialmente grecorromana – requeriría no sólo la presencia de una gran cantidad de residentes gentiles sino también templos paganos, porque la gente se purificaba como parte de la práctica del culto. Sin embargo, en realidad no hay un gran número de templos gentiles. Al mantener sus rituales de purificación, los judíos no estaban emprendiendo una resistencia generalizada.

Es cierto que muchos judíos resentían la dominación romana, y lo hacían a pesar de que las legiones romanas no ocupaban el territorioix, a pesar de que los gentiles no adoraban a dioses paganos en la Palestina judía, y a pesar de que Roma, de muchas maneras, les daba a los judíos un trato preferencial en todo el imperio. Pero para aceptar las propuestas menos importantes del Encargo Misionero – curar gratuitamente y aceptar alimentos gratis – como un ataque notorio a Herodes Antipas y a los romanos que lo apoyaban, tenemos que pensar que toda la cultura estaba tan inclinada hacia la resistencia que cualquier pequeña acción individual que difiriera de la norma constituía un ataque amenazador al imperio, y los esfuerzos de los autores por demostrarlo no son convincentes.

¿Por qué Crossan y Reed proponen esporádicamente que Jesús vivía en un mundo de ocupación pagana? El modelo que parece haber estado siempre en la mente de Crossan al hablar de Jesús es el de Irlanda, su propio país, que los británicos conquistaron y colonizaron, explotando a la población nativa.x El imperio romano en Palestina fue de hecho muy diferente de la colonización británica de Irlanda, pero “colonia” ha sido y sigue siendo una de las palabras favoritas de Crossan para la Palestina judía en el período romano. Esto es engañoso. La colonización grecorromana requería varios elementos diferentes: una ciudad con tierras cultivables alrededor, colonos de la potencia imperial que se establecieran en la ciudad y que recibieran tierras, una constitución basada en modelos grecorromanos, y algunas de las instituciones requeridas por la cultura gentil, como templos paganos, escuelas griegas y anfiteatros.

En la época de Jesús no había colonias en la Palestina judía.xi Crossan y Reed notan correctamente que Jerusalén no fue convertida en colonia sino hasta el reinado del emperador Adriano en la década de los 130 d.C. ¿Por qué se dice entonces que los judíos vivían en una colonia cien años antes de Adriano? Podemos aventurarnos a adivinar que la palabra “colonial” tiene una cierta utilidad retórica, dando la impresión de que los poderosos intrusos extranjeros se adueñaron de las mejores tierras y dominaron y abusaron de los campesinos locales, lo que llevaría a una resistencia según el modelo irlandés. En realidad, todos los gobernantes de Palestina, Herodianos o romanos, mantuvieron separadas las áreas judías y las gentiles, y las trataron de manera diferente.

En medio de esta confusa presentación – algunas partes del libro describen con exactitud la arqueología y la historia, otras partes malinterpretan ambas – tenemos una descripción de Jesús como un reformador moderado, tratando inútilmente de derrocar al imperio romano mediante una política de curaciones y alimentos gratuitos. Uno puede simpatizar con el esfuerzo por encontrar una defensa de la reforma económica en el ministerio de Jesús. Es frustrante ver la desigualdad y la injusticia en el mundo de hoy y no poder apelar a Jesús para defender tantos cambios que son tan necesarios. El problema básico de esa tesis es que carece de evidencias. Es fácil mostrar (aunque este libro no lo hace) que el ministerio de Jesús iba dirigido a gente como él y a los que provenían de circunstancias aún peores: los pobres, los humildes, las clases más bajas. Jesús pensaba que a Dios le importaban esas personas, y contrastaba el mundo de Palestina con el Reino de Dios, que cambiaría el orden de ese tiempo.

La principal diferencia entre el Jesús de Crossan y Reed y el Jesús de Mateo, Marcos y Lucas es el papel de Dios. En los primeros tres evangelios, el personaje principal en el mensaje de Jesús es Dios, en cuyo nombre él habla. El reino de Dios, le dice a sus seguidores, está cerca, Dios lo hará llegar pronto, y será Dios – y no su pequeño grupo – el que hará que los últimos sean los primeros y los primeros los últimos. El Jesús de los evangelios espera que el que cambiará el estado de cosas será el único poder que está a la altura de la tarea. El reino no llegará mediante el lento mejoramiento de la reforma social, sino a través de un gran evento apoteósico que cambiará al mundo para siempre. Hasta los más pobres recibirán pan todos los días, y la voluntad de Dios se hará en la tierra, como en el cielo. Eso era lo que Jesús esperaba y por lo que rezaba. El poder del Jesús de los evangelios es su visión del reino que Dios traería al mundo.

Ed Parish Sanders (Texas, 1937) es experto en el Nuevo Testamento, y autor, entre muchos otros, del libro Jesús y el judaísmo (SCM Press).

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