Ambrose Bierce, la moral del parricidio

Por: 
Pedro Trujillo Muro

La literatura sociopática tiene en el escritor norteamericano Ambrose Bierce a uno de sus clásicos. Su Diccionario del diablo, por ejemplo, ocupa un sitio céntrico en el inframundo de las letras. El autor nos entrega en esta nota un informe sugerente de las vicisitudes de lectura que provoca uno de los inquietantes relatos de Bierce.

“Una mañana me eché el Winchester al hombro y me dirigí a casa de mi tío. Pregunté a mi tía Mary, su esposa, si él estaba en casa y añadí que tenía la intención de matarle. Mi tía replicó, con su habitual sonrisa, que eran tantos los caballeros que llegaban con la misma idea y se marchaban sin obtener ningún resultado, que dudaba de mis intenciones. Agregó que no tenía aspecto de querer matar a nadie, así que, para demostrarle mi buena fe, cogí el rifle y pegué un tiro a un chino que pasaba por allí. Entonces comentó que conocía a familias enteras que podían hacer cosas así, pero que Bill Ridley era harina de otro costal. (…) La tía Mary es una de las personas más ecuánimes que he conocido”
-Ambrose Bierce, en “El clan de los parricidas”

- Bierce, Ambrose, ¿Pueden suceder tales cosas? Cuentos fantásticos, Madrid, Ed. Valdemar, Colección Gótica, 2005.

Ignota revelación
 
Una bellísima arca considerada exquisita artesanía, labrada en delicadas maderas y portadora de sorprendentes incrustaciones,  además de imitar una considerable variedad de melodías, silbar como codorniz, ladrar como perro, cacarear al amanecer y recitar los diez mandamientos, promovió el parricidio.

Se lee en una confesión anónima: “en junio de 1872, una mañana temprano, asesiné a mi padre, acto que me produjo una tremenda impresión”. El agresor y la víctima, además del vulgar vínculo de sangre, eran camaradas de rapacería. Esa ominosa mañana, después de entregarse desmesuradamente al latrocinio, padre e hijo intentaban dividirse equitativamente el botín en la biblioteca de casa. El arca aludida con anterioridad, suponía un problema en la división y el anciano trató de ocultarla hasta que un largo kikirikí, seguido del Tannhauser delató su nefasta existencia debajo del albornoz paterno. Después de un conato de querella, donde el viejo se opuso a llevar un cascabel en atracos a futuro, menoscabando su corporación, el malhechor relata: “su carácter y sensibilidad resultaban admirables. Me sentí orgulloso de él y a punto estuve de pasar por alto su falta. Pero una mirada rápida a la caja ricamente adornada me decidió y, como dije, despaché al viejo de este valle de lágrimas”. Acto seguido, por temor a ser descubierto por su madre, la remitió igualmente.
 
Taciturno y lastimero, se dijo que no podía conocerse lo sucedido. Condenarían su conducta y con seguridad los periódicos sacarían a la luz los asuntos si alguna vez, por ejemplo, él se destapaba para las elecciones. Tras consultar al comisario policial, inveterado asesino, y por consejo del magistrado que presidía el Tribunal de Jurisdicción Variable, el homicida resolvió esconder los cadáveres en una estantería de la biblioteca, asegurar la casa y posteriormente, póliza en mano, prenderle fuego.

La estantería era a prueba de fuego y se sintió muy afectado. Tales sucesos, como puede averiguarse, le conmovieron profundamente.

Boffer Bing

Atormentado por la culpa y convencido de que su espeluznante pasado entorpecería cualquier intento por llevar a cabo “una carrera honrada” en su pueblo natal, Boffer Bing se trasladó a Otumwee, ciudad desde donde relata con quejumbrosos ornamentos su historia.
 
Su padre, respetable diácono de iglesia, comerciaba con aceite de perro que él mismo fabricaba. La progenitora, de santísimo influjo, tenía un pequeño despacho donde atendía a irritadas madres que querían deshacerse de sus hijos no deseados -éste era esencialmente su compromiso.

Al joven Boffer se le inculcaron dulces hábitos de trabajo desde su infancia: ayudaba al padre a  capturar perros para sus calderos y, eventualmente, asistía a la madre para deshacerse de los “restos” de su encargo. También le instruyeron que los guardias “hagan lo que hagan, siempre actúan inspirados por los más execrables motivos”. Los guardias del barrio “estaban en contra del negocio materno”, explica en su confesión: “no se trataba de una cuestión política, ya que no eran de la oposición; era sólo una cuestión de gusto, nada más”. A pesar de que la actividad paterna era menos impopular en tanto que gozaba del respaldo médico (difícilmente se recetaba algo que no contuviese Ol.can, como designaban al despiadado óleo, desdichado medicamento), la recolección de caninos le granjeó la desaprobación de algunos vecinos insensibles cuyos perros habían desaparecido: “no dejaban que los perros más gordos jugaran conmigo”, recuerda Boffer y añade: “eso hirió mi joven sensibilidad, y me faltó poco para hacerme pirata”. En cambio, cuando ayudaba a su madre era donde tenía que valerse de su truculenta inteligencia para desaparecer algún cadáver infante.
 
Una noche, al no poder arrojar al río (“que la naturaleza tan sabiamente había dispuesto para aquel fin”) el cuerpecillo inerte de un huérfano a causa de la acuciante vigilancia que un guardia ejercía sobre él, Bing halló refugio en la fábrica de aceite de su padre. Mientras acariciaba el sedoso y corto cabello de su macabro botín, observó cuán bello era a pesar de su corta edad y resolvió, “con una tristeza inexpresable”, arrojarlo al humeante caldero.

A causa de esta pequeña falla, se obtuvo un aceite de incomparable calidad. El padre, frotándose las manos, auguró el contundente éxito de la empresa familiar. No es difícil vaticinar la suerte de los progenitores de Boffer Bing, ni la atroz consumación de aquella desventurada kermés.

Elegir el crimen

“Samuel, me tienes en tus manos y puedes permitirte ser generoso. Sólo quiero pedirte una cosa: llévame a casa y acaba conmigo en el seno familiar”. Tal fue la humana solicitud que dio lugar a uno de los asesinatos más célebres que relatan los anales del crimen.

Incitado por una añeja rencilla familiar, el homicida, introdujo a su víctima, tío paterno, en un saco de trigo después de haberle inmovilizado y cortado los nervios de ambas piernas. Acto seguido lo colgó de un árbol, encaminando a un carnero salvaje, propiedad de la víctima, que lo embistiese hasta escanciarle la muerte ante la lánguida mirada familiar.

Tiempo después, cuando el homicida hizo frente a un juicio por haber matado a su madre en circunstancias “singularmente atroces”, recordaría ante el juez que “los crímenes son horribles o agradables cuando se los compara”. Sin lugar a dudas, la paciente compasión y la consideración filial que ostentó en su primer crimen, eran indudables. Conmovió al jurado con su declaración y, después de algún trámite, abandonó la sala con reputación inmaculada.

Una mordaz pluma de ganso

Semejantes criminales son algunos de los que Ambrose Bierce acuñó magistralmente en su gigantesco relato “El clan de los parricidas”. En esta narración de fisonomía amenazadora, dividida en historias cortas, la truculencia, la crueldad y el horror se mezclan a venganzas extravagantes y ocurrencias macabras. Sus personajes son producto de una sociedad de torva gentualla que vive de maleficios, latrocinios y perversidades; asesinatos y porquerías, bribonerías y nefandeces.

En este lugar, fraguado con la poderosísima prosa de Bierce y su perspicaz humor negro, abundan los juzgados que sirven al sombrío, e impúdicamente verosímil, engranaje de la justicia: “Tribunal de Detalles Técnicos y Aplazamientos”, “Tribunal de Revisión de Nuevos Procesos”, “Tribunal de Absolución”, “Tribunal de Impugnaciones y Detalles Técnicos” o “Tribunal de Jurisdicción Variable” por advertir unos cuantos. Igualmente hormiguean lóbregos personajes que se arrojan a toda clase de delitos: jueces que dirigen compañías de seguros que aceptan pólizas por ahorcamiento, que condenan de por vida poniendo en libertad, hipnotizadores que se sirven de sus artimañas para atroces fines y con atroces resultados; destaca, entre ellos, el inefable John Brenwalter que, resueltamente, delinquió en cohecho, hurto, incendio, perjurio, adulterio, asesinato. Sus anales despiden un apestoso tufo a perversidad y a infinidad de actos de indecible violencia y maldad. Pero siempre con la socarrona mueca secuaz. Entre su mascar bestial, se escuchan banalidades como: “me acerqué, lo saludé amablemente y le sacudí un fuerte culatazo en la cabeza” o “entre débiles lamentos aparecía mi nombre pronunciado en tono suplicante que resultaba de lo más agradable”, etc.

El hombre que para el horror y la gloria sería Ambrose Gwinnett Bierce (1842-¿1914?), acaso injustamente apodado Bitter Bierce, además de conocer los horrores de la guerra civil norteamericana, donde fue malherido, buscó suerte como agente de una compañía extractora de oro en Dakota. Residió, escribió, publicó, editó, sobrevivió a numerosos duelos a muerte y vendió injurias en San Francisco, Washington o Londres. Frecuentemente se le inscribe en la sombría tradición Poe o Hawthorne; sin embargo, sus panegiristas aseguran que nadie se ha reído de la gente y las instituciones como él lo ha hecho en Norteamérica hasta el día de hoy. Hacia 1913, este hijo de calvinistas rurales de Ohio, decidió desaparecer en la frontera con México, que se encontraba en plena efervescencia revolucionaria. Sus motivos se desconocen y diversas hipótesis lo colocan ya escanciando el cáliz de la muerte heroica en el bando de Villa, ya siendo fusilado entre las huestes carrancistas. Las verdaderas circunstancias de su muerte seguirán siendo, al menos por un largo tiempo, meras conjeturas, al igual que ese lema arrogante que se le atribuye: “Ser un gringo en México ¡ah, eso sí es eutanasia!”

Bierce, que produjo entre tres y cuatro millones de palabras, visitó diversos géneros, como poesía, artículos de opinión, además de un nutrido conjunto de relatos de terror (La muerte de Halpin Frayser, El dedo corazón del pie derecho, Un diagnóstico de muerte, entre muchísimos otros) que le valieron encomios, por ejemplo, de H. P. Lovecraft. Además, este consumado maestro del humor negro produjo El diccionario del diablo, un clásico universal de una refrescante licencia, obra cumbre del cinismo y la ironía, producto del periodismo satírico -al parecer en extinción- que fomentó durante muchos años. El repertorio del diccionario, por ejemplo, sugiere: “cadáver, s. Persona que manifiesta el grado más elevado posible de indiferencia que puede aceptarse para corresponder a la solicitud ajena”, o “revólver, s. Argumento utilizado por maníacos temporales”, o “abominable, adj. Cualidad aplicable a las opiniones ajenas”. En el profuso catálogo ningún tema escapa a su ingenio irreverente.
 
Acusado de misántropo, siniestro, cruel y pesimista, su autenticidad y el arte de sus oscuras intenciones, lo colocan como una de las mentes más portentosas de Norteamérica y de la literatura universal.
 
La satírica pluma de Bierce, concretamente de ganso, produjo en “El clan de los parricidas” un relato que se lee, como el resto de su obra, al mismo tiempo con horror e hilaridad, acaso con mortificación pero siempre con avidez. Su estilo invariablemente es límpido y elegantísimo. Nadie como él entendió que en un ambiente sombrío el humor se aprecia mejor, que un chiste en la capilla mortuoria, sorprendentemente, puede hacernos reír, y que el deseo de hacer el bien es un deseo pueril.

Pedro Trujillo Muro (Guadalajara, 1980) es egresado de ciencias de la comunicación (I.T.E.S.O.). Es escritor y traductor; publica en diversas revistas locales.

Publicado en la Revista: