Cuando los ángeles se dibujan sobre las serpientes

Por: 
Jaime Lubín

Don Vasco de Quiroga y la ciencia aplicada en la Nueva España.

Pensar la Conquista de la Nueva España como un asunto exclusivo de las armas, las batallas y los muertos, me parece una enorme limitación histórica que no hace ningún favor a la verdad de los hechos. La historiografía oficial acerca de estos temas es atávica, de enfoques distorsionados y mal informada, además de estar influida por la leyenda negra que pesa sobre la acción civilizadora del Imperio Español.

Imagino la cala de los navíos que venían a la Nueva España con las bodegas repletas de cosas nuevas y útiles. Instrumentos, herramientas, libros, materiales, semillas, libros, todos objetos para establecer una relación equilibrada con los sujetos, los naturales de estas tierras, que después de las acciones militares tuvieron vida y tiempo para fundar y construir en menos de cien años más de doscientas treinta ciudades permanentes en Hispanoamérica. Esta hazaña urbanizadora y constructiva derrota a cualquier sofisma de la leyenda negra. Basta con hacerse tres preguntas pertinentes:

¿Cuánta fue la densidad de obra necesaria para esa magnitud constructiva?
¿Cuánta fue la movilidad de recursos humanos técnicos y económicos para mantener ese ritmo?
¿Cómo se lograron las densidades de población mínimas para llevar a cabo la empresa?

Es cierto que el primer español que abusó de su poder fue Nuño Beltrán de Guzmán y de seguro hubo otros menos famosos que también cometieron tropelías, violaciones y asesinatos, pero ante esa injusticia, el Rey Don Carlos I ordenó la disolución de la Primera Audiencia y convocó a una junta de notables para integrar la Segunda. Los cancilleres de Granada y Valladolid propusieron a Sus Majestades, los nombres de los candidatos. El Conde de Oropesa no acepta, el Marqués de Fromista pide un alto estipendio y Don Antonio de Mendoza se la piensa mucho. Tal batiboleo importunó a la Emperatriz, que el 2 de enero de 1530 dio un magistral golpe de timón y decidió el futuro de las tierras de ultramar al nombrar al licenciado Don Vasco de Quiroga oidor e integrante de la Segunda Audiencia.

Desde Sevilla nos hicimos a la vela el 25 de agosto del mismo año, mi nombre no importa, solo diré que me llaman “Il Capitano” desde que estuve como espía al servicio de los banqueros florentinos .En esos años luminosos navegué todo el Mediterráneo con la misión de comprar los mejores y más famosos libros sobre todas las ciencias conocidas para formar la biblioteca de Lorenzo de Medicis. Las bodegas de mis naves se llenaban en cada viaje para hacer honor a sus nombres: “El Ignorancia” y “El Asombro”. En el último periplo, al llegar a Florencia deposité la carga en la sacristía de Santa María de las Flores, donde se me ordenó subir a la linterna para recibir una carta. Ahí estuvo instalado el observatorio astronómico donde Paolo del Pozzo Toscanelli entregó a Colón las famosas cartas, una con la copia de una carta de navegación que no comprendió el “levemente ilustrado” Rey de Portugal y otra con los trazos que Leonardo Da Vinci dibujó para guiar al Almirante en la construcción de la primera ciudad a fundar en las nuevas tierras que descubriese. Parecía que ese lugar les gustaba para entregar correspondencia. Me esperaba un monje dominico que me invitó a salir a la terraza, desde esa altura Florencia era la imagen misma del dominio. El monje me entregó un pliego lacrado con la divisa imperial de Carlos V de Alemania y I de España.

Don Vasco llegó a Veracruz el 30 de diciembre de ese mismo año. No estaba solo, le acompañaban una gran cantidad de cosas útiles que aplicó con diligencia y astucia en estas tierras que le esperaban sin saber que ya había llegado. La imagen del mundo siempre ha sido esencial para la construcción de la cultura y la civilización. Es un juego de símbolos que se entrelazan para formar nuevos significados y en España estaban tan sorprendidos como en México. Aunque ya habían pasado algunos años desde la llegada de Cortés.

A la ciencia española se le ha menospreciado desde el siglo xviii y con el libelo publicado por Masson de Morvilliers en 1782, que astutamente se aprovechó de la expulsión de los jesuitas, plantó la semilla de la leyenda negra que fue regada por Floridablanca cuatro años después con su famosa “Oración Apologética”. Por si fuera poco, H. G. Wells mediocre historiador y novelista publicó que “fue una desgracia para la ciencia que los primeros europeos que llegaron a América fuesen españoles sin curiosidad científica...”.

A poco de haber desembarcado comenzó Don Vasco a fundar la obra seminal y balsámica de la reconciliación. Los hospitales de Santa Fe de Los Altos, Santa Fe de la Laguna y Santa Fe del Río transformaron el terror en ternura.

En altamar y con calma invité a mi pasajero a la Cámara Alta para compartir un poco de vino toscano. No sabía su nombre y reconocía su dignidad de altos merecimientos. En Florencia, el dominico me entregó la carta que según sus instrucciones debía de abrir a más de siete días de haber zarpado, pero sólo si me era dada la contraseña a unos versos en latín. Charlamos sobre mi colección de mapas y después de un buen rato le mire diciendo: “Venient annis / Saecula seris quibus oceanus / Vincula verum laxet:et ingen / Pateat tellus”.

Mi pasajero contesto: “Thipis novos / Delegat Orbes: nec sic terris / Ultima Thule”.
Entonces supe que podía abrir la carta. Deslicé el cuchillo bajo la divisa roja y gualda y leí las palabras del Emperador.

En las actas de Capitulación y en los libros de cuentas de la empresa del Descubrimiento, figuran los nombres de los patronos y donantes y entre ellos encontramos al padre de Don Vasco. Familia principal en Castilla que con buen tino educó a sus hijos en las artes y las ciencias. Vasco estuvo de alumno en Salamanca bajo el cuidado del Cardenal Arzobispo de Toledo, Don Juan de Tavera, inspirador de la esencia de la bula “Sublimis Deus” promulgada por el papa Paulo iii, en la que se trata de la racionalidad de los indígenas, además de las tesis de Fray Francisco de Vitoria sobre la imposibilidad de los naturales para sujetarse al Pontífice romano y ser súbditos de un príncipe que no tiene ese dominio político. Don Vasco conocía muy bien el corpus jurídico que sirvió de fundamento a las empresas de Colón y Cortés y ahora de un proceso de evangelización y civilización que apenas comenzaba con el soporte imperial y la voluntad de los mejores de esos tiempos.

Don Vasco llega al reino de Michoacán en 1533 y el ánimo de los purépechas está exaltado por el asesinato de su rey Caltzonzin a manos de Nuño. La crueldad los redujo a un estado de desesperanza y a una gran necesidad de consuelo. Sabedor de estas fechorías pronunció un discurso ante los indígenas. Con gran calma le dijo: “He venido a renovar nuestra amistad y aseguraros que Su Majestad está profundamente apesadumbrado por el mal trato que vuestra nación ha sufrido; podéis estar seguros de que se castigara a los culpables de estos crímenes”. Estas palabras las pronunció acompañado de un numeroso contingente de indígenas de otras etnias que avalaron la verdad de su dicho y fincaron la creencia en su buena voluntad. Alonso de Ávalos fungió como intérprete en lengua purépecha. Y entonces floreció la Utopía. La sangre de Tomas Moro regó las tierras michoacanas y el terror se transformó en ternura.

Entonces conocí a mi pasajero, supe de su autoridad y cargo y sentí en mis espaldas la enorme responsabilidad de su cuidado. Ahí frente a mi estaba Don Vasco de Quiroga, oidor de la Segunda Audiencia, designado por sus Majestades Imperiales. Mi encomienda era estar atento a su seguridad y organizar una red de secrecías capaz de ofrecer información para la Corona. Ante tanta riqueza, tanta envidia que había entre conjurados, falsos conversos, traidores al servicio de Inglaterra y venecianos resentidos por la mengua de su poderío. Seguimos la conversa y a punto de probar las natillas preparadas por las Madres del Convento de Clarisas de Toledo, el vigía anunció viento en popa. Ordené que izaran el velamen y con el timón a buen gobierno marcamos derrota hacía el Poniente.
Levantó la espuma en las crestas del oleaje y Don Vasco se acodó para mirar el horizonte.

En toda la ribera del lago de Pátzcuaro las cosas comenzaron a cambiar. Con la introducción de la rueda en todas sus formas... como torno de alfarero, como polea, como transporte o como piedra de amolar, ese pequeño y hermoso Mediterráneo se transformó en la cuna de la civilización del Occidente de la Nueva España. Don Vasco aplicó la ciencia y desarrolló la tecnología para hacer mejor lo que los naturales ya sabían hacer muy bien.

En 1537, bajo su protección y por patrocinio de Juan de Alvarado y petición del Virrey de Mendoza, Tata Vasco recibió a los monjes agustinos Fray Juan de San Román y Fray Diego de Chávez, para fundar el Colegio de Estudios Mayores en Tiripetío, primer semilla plantada para el estudio de la cosmografía, la astronomía y las ciencias de la navegación. Lejos de las intrigas del virreinato y al cuidado de Quiroga, el 29 de noviembre de 1540 se celebró el Tratado de Tiripetío que permitió planear la estrategia de la expedición transpacífica bajo el mando del capitán Ruy Villalobos y de Fray Andrés de Urdaneta, experimentados navegantes que cruzarían el océano hasta llegar a Filipinas. El error de Toscanelli sobre la medida del perímetro terrestre fue subsanado por los monjes del Colegio de Estudios Mayores de Tiripetío. En ese mismo año de 1540 murió Copérnico y se publicó su obra que alcanzó a ver en agonía.

Cuando desembarcamos en Veracruz, supe de las revueltas creadas para distraer la atención del Rey y evitar la justicia. Las envidias entre Flandes, Portugal, Inglaterra y Roma para apoderarse de las riquezas del Nuevo Mundo fueron las primeras informaciones que me proporcionaron unos legos calabreses y napolitanos. Uno de ellos de nombre Maturino Ghilberti andaba a la búsqueda de libros y el otro era un caminante bolonés conocido por el apodo del Mico o Michelle. Con ellos y a distancias prudentes fue posible actuar para detener a Bartolomé Fontana, un pisano traidor al Duque de Pistoia que instigó junto con otros cómplices contra Don Vasco, acusándole injustamente en un pleito por unas tierras que compró para extender los hospitales. El otro bellaco era un tal Muñoz que había sido expulsado de la tripulación de Hernández de Córdoba. Les capturamos antes de que pudieran dañar al licenciado Quiroga y les entregamos uno a la Santa Inquisición y el otro al brazo secular.

Solo en Oran sufrí de calores como éstos, por eso cambié de botas altas a unas cordobesas. Llegamos hasta una sierra parecida a las tierras gallegas. Desde un monte alto pude ver un valle la mar de extenso. Mi caballo Maragato galopó a sus anchas y yo y mis compañeros nos quedamos maravillados ante la feracidad y atrevimiento de los reinos michoacanos.

Acampamos en un pequeño bosque para esperar que la comitiva de Don Vasco pasara rumbo a la sierra que llaman de las ranas. Las precauciones eran insuficientes y ahora deberíamos cuidarle del propio virrey, que engolosinado por el descubrimiento del mineral en Zacatecas pretendía hacerse de encomiendas para extender sus riquezas. Fue cuando conocí a Fray Alonso de la Veracruz.

De las labores de Quiroga se desprende una obra que no cesa, y que debería ser tomada como un modelo efectivo de autarquía. Sed bastantes, dice Tata Vasco, para ilustrar la independencia del ser ante el medio y el correcto aprovechamiento de los recursos naturales.

Los historiadores tradicionales han abundado sobre Tata Vasco en sus aspectos más visibles. Pero toda obra que dura más de cinco siglos merece una interpretación más amplia y profunda.

En este ensayo intentó una nueva forma de ver la obra de Quiroga. No soy historiador ni pretendo serlo, desde mi perspectiva como diseñador veo campos inexplorados y posibilidades nuevas que prometen frutos abundantes. La historia de la ciencia y la tecnología en la Nueva España todavía esta por completarse. Las alianzas e interacciones entre la economía, la ecología, la sociedad y la tecnología generan una serie de tensiones que dinamizan los procesos de uso y aplicación de la ciencia en provecho del bien común. Así lo comprendió Don Vasco. Hay que desaprender la historia oficial para percibir otras realidades.

Jaime Lubín es profesor de semiótica en el I.T.E.S.O., dirige el Taller del Asombro en el que hace diseño ecológico. Es chef.

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