Juan López, magister ludi

Por: 
Guillermo García Oropeza

Este texto fue escrito para ser leído, entre amigos, en el aniversario del natalicio de Juan López Jiménez. Su título, magister ludi (maestro del juego), sintetiza a su cabal protagonista. Podría agregársele únicamente temible y el retrato sería completo. El inigualable estilo de su autor, su peculiar humor, su larga amistad con Juan López, hacen de estas memorias un documento digno de mejores páginas que éstas.

Un día descubrimos Enrique Alfaro, Juan López y yo que éramos vecinos astrológicos. Es decir que Enrique era del 23 de junio, Juan del 24 y yo del 25. Que éramos tres habitantes del signo de Cáncer y que por lo tanto deberíamos tener algo en común. La verdad ignoro qué sea esa convergencia astrológica pero no dudo que exista. Pese a nuestras diferencias existía una empatía que se tradujo en una amistad muy sólida y placentera. Nos juntábamos a comer y a comentar los males de la Patria en sesiones donde reinaba, suprema, la maledicencia de Juan. Y no que Enrique y yo seamos novicios franciscanos, pero Juan era el maestro absoluto, el “magíster ludi”. Y yo, que siempre he gozado del humor, entre más negro y malvado mejor, gocé mucho el magisterio juanino.
Cuando murió Juan y asistimos a esa ceremonia tan valiente donde nos despedimos de él, nos dimos cuenta que era insustituible, que no hay otro Juan López. Ni puede haberlo porque él fue producto de una genética, una geografía, un tiempo histórico, una historia personal, unas lecturas, un momento político. Y lo extrañamos y se nos antojó que no hubiera muerto y que pudiéramos ir a comer como antes y fue entonces que le dije a Enrique “debíamos juntarnos para hablar mal de Juan…, a él le hubiera gustado”. Porque, claro, no íbamos a tener una remembranza sensiblera, convencional, cursi. Hubiéramos traicionado al personaje.
Y hoy, en este 20 de junio de 2007, tengo la oportunidad de hablar mal, a mi manera, de mi querido y extrañado Juan López. Y por hablar mal implico buscar la verdad sobre este hombre tan fuera de serie, con esa personalidad fuerte, hecha a golpes verbales, en una lucha constante contra tantas cosas. Y me he puesto a analizar, a tratar de entender al Juan López que yo conocí, a través de tantos años de amistad. ¿Qué era para mí Juan López?
Ante todo, la inteligencia –una inteligencia temible. Y yo he conocido a mucha gente inteligente, hombres y mujeres y, por cierto, que Diego Rivera decía que las mujeres siempre son más inteligentes que los hombres. Cosa en la que creo que tenía la razón Diego, el cual tenía una inteligencia también temible, a la Juan López. Y entre esa gente inteligente que he conocido brilla en un lugar privilegiado Juan. Con una inteligencia donde se equilibraba lo teórico con lo pragmático. Porque gracias a Dios Juan no era esa cosa terrible que es un intelectual 100% puro. Era un intelectual, claro, a sus horas y a sus lecturas, y su preparación humanista de base se notaba claramente. Pero por encima de ese intelectual que sabía lógica, filosofía, teología y latín, amén del pensamiento jurídico y político, estaba su inteligencia de hombre con los pies en la tierra y en la realidad más cruda.
Juan sabía, por supuesto, que era inteligente y no tenía mucha caridad que digamos con aquellos que no se le parecían, aunque fuesen santones de la cultura nacional, como don Antonio Caso, por ejemplo, de quien decía que a fin de que se le viera la frente amplia se la rasuraba con navaja, a riesgo de llevarse algún pellejo. Tampoco tenía mucha misericordia con las figuras públicas, con los políticos, aunque admirara ciertamente a algunos. Los de estilo duro, generalmente. Había en Juan una admiración por la fuerza política y era capaz de leerse una biografía de mil páginas sobre Francisco Franco, por ejemplo. Lo cual no implicaba una identificación ideológica porque creo que Juan estaba más allá o más acá de las ideologías. Y es que era un historiador, y los historiadores son muy escépticos con cualquier entusiasmo ideológico.
Tengo la impresión de que Juan desconfiaba de los intelectuales, de esa casta inútil que va acumulando maestrías y doctorados y haciendo investigaciones que no sirven para nada. Aunque, claro, hay intelectuales e intelectuales, y los buenos son, me temo, una minoría.
En cambio Juan tenía admiración por esas inteligencias espontáneas que tienen algunas naturalezas poderosas. Pienso en ciertos políticos mexicanos, los constructores del Sistema, todos los Gonzalos N. Santos que en el mundo han sido, todos los Plutarcos Elías Calles, todos los Gustavos Díaz Ordaz. Esa raza de hombres de poder que han construido el mundo, aunque, claro, a un costo. Y me imagino que entre sus admirados estaban algunos Papas del Renacimiento, aquellos que levantaron, como ya lo había hecho Augusto, una Roma de mármol, aunque sus vidas privadas no fueran exactamente ejemplares. Entre las cosas que lamento es no haber platicado con Juan sobre este tema, que me dijera qué pensaba de Julio II, por ejemplo, aquel que no se bajaba del caballo desde donde dirigía sus ejércitos pero que también fue el patrón abusivo y estimulante de Miguel Ángel.
Y Juan amaba el arte clásico, más el de los romanos que el de los griegos, y le gustaba coleccionar réplicas de aquellos hombres que tuvieron tanto poder que los convirtieron en dioses. Julio César, intelectual, pecador universal y figura trágica, Augusto, sobrio administrador y constructor que fundó un sistema que duró trescientos años.
Juan López, inteligencia temible. Temible porque despreciaba la prudencia cada vez que se podía. Porque, claro, Juan no comía lumbre. Pero en las circunstancias normales de la vida Juan decía cosas inteligentes y verdaderas, horriblemente verdaderas. Y es que conocía a los seres humanos, pues con Terencio nada humano le era ajeno. Esta temibilidad hacía que muy pocos retaran su inteligencia. Sus amigos, como Enrique Alfaro y yo, desplegábamos frente a Juan una gran prudencia. Yo cuando mucho le objetaba sus excesos racistas, pero así, muy suavemente, sin arriesgar tampoco la cabeza. Y parte de la temibilidad juanina es que era de lo más divertida. Si existe un juego perverso es, sin duda alguna, el de la maledicencia. Pero esta maledicencia puede ser vulgar, sucia, mal intencionada, o puede ser una obra de arte: la maledicencia que gracias al ingenio se convierte en algo si no bueno, al menos sí admirable. En un juego que busca la frase, el apodo, la clave de una personalidad a la que se va a demoler verbalmente. Borges, que era un señor muy bien educado, de las mejores familias argentinas-inglesas escribió sin embargo un delicioso arte del insulto porque cualquiera puede arrojar un hijo de puta o una mentada de madre pero no cualquiera puede decir algo como esto: “Su esposa, caballero, con el pretexto de que trabaja en un lupanar, vende géneros de contrabando.” Cito de memoria.
La inteligencia temible de Juan era menos literaria que la del argentino o la de aquel Oscar Wilde, maestro universal del juego. Pero, a mí me recuerda a otra inteligencia temible que ha dado México: Salvador Novo. Y por cierto fue Juan López hace muchísimos años quien me regaló una copia mimeografiada, que era como circulaban entonces, de los poemas malditos de Salvador Novo. Poemas que después pude conseguir en una bella edición de Alberto Dallal llamada “Sátira” y que son un monumento prohibido de las letras mexicanas. Allí está la Diegada, los poemas de año nuevo, los poemas en que acaba con sus enemigos y finalmente, lo menos interesante, sus poemas de amor. Y Novo jugaba rudo y sólo algún valiente o inconsciente se atrevió a pelearse con él. Porque de la picadura de la espada de Novo nadie se salvaba.
Y ya que andamos en éstas habría que recordar a ciertos grandes poetas y escritores del género maledicente, a Catulo, claro, y a nuestro don Francisco de Quevedo y Villegas, aquel maledicente, boca de infierno que hablaba cuando quería en el más bello castellano del mundo. Y aunque creo que Juan era más cervantino que quevediano, en espíritu era no ese santo triste que es Cervantes sino el temible cortesano que fue Quevedo.
Hemos dicho que la inteligencia de Juan está fincada en el realismo. En lo que los psicoanalistas llaman la “realidad real”. El realismo que mira al mundo tal y exactamente como es. Es decir, terrible. Que conoce la condición humana, la del hombre lobo del hombre, la de las debilidades, de las ridiculeces, de la tontería, de las vanidades, de las ambiciones, de las lujurias, de las santas hipocresías. Una visión de quien ha vivido mucho y ya no cree en ningún romanticismo. O si se quiere, una visión de confesor o psicoanalista, o para no ir más lejos, de abogado, vamos. “Cuénteme como están las cosas con toda sencillez y claridad que luego yo ya me encargaré de enredarlas”. Algo así decía un letrero que estaba en su despacho. Porque Juan era muy abogado aunque despreciara a muchos de sus colegas. Cosa que, mucho me temo, pasa en muchas profesiones.
Y no es que para Juan no hubiera hombre bueno, mujer honrada o caballo veloz. Pero ciertamente era muy selectivo. Incluso admiraba a su manera a ciertos seres que son héroes en sus actividades. Pero no salían éstos seres sin un rasguño. Juan los llamaba los “beatos” de la medicina, del derecho, de la educación, de la ciencia. Admiraba pero no absolutamente. En cuanto a las personas simplemente buenas, sin heroicidades seguramente les concedía el beneficio de la duda pero no perdía su juicio vigilante. Y es que, como dice un dicho que le debo a Enrique Alfaro, “caballo manso tira a malo, mujer coqueta tira a puta y hombre bueno tira a tonto”. Y en nuestro idioma castellano a manso y menso sólo los separa una vocal. Y volviendo a los beatos, Juan reconocía que el mundo les debía mucho si no fuera por ellos, por los enamorados de la ciencia, de su profesión, de la raza humana, el mundo, simplemente no caminaría. Y en eso coincidía con una vieja leyenda judía que dice que gracias a los justos –es decir, los beatos en el lenguaje juanino– ya la humanidad se hubiera destruido.
La inteligencia de Juan surgía de la experiencia. Primeramente de la experiencia de niñez en un pueblo, diría Yáñez, situado en “algún lugar del Arzobispado”, en uno de esos pueblos jaliscienses que nuestros grandes novelistas han descubierto ser tan complicados y humanos. Lo universal pasa por lo local y eso lo sabía también, por ejemplo, don Luis González y González cuya tesis doctoral se iba a llamar “Historia Universal de San José de Gracia”; y de haberle dado por la novela, Juan nos hubiera dado un delicioso Mexticacán. La escuela inicial, la de haber nacido y crecido en un pueblo, jamás lo abandonó, en su inteligencia había mucho de esa condición pueblerina que los citadinos envidiamos. De Mexticacán sacó también, por supuesto, su lenguaje por más conocedor que se hubiera hecho después de la universalidad del castellano.
Hubo también según sé una experiencia de seminario que lo cambió profundamente. Porque dicen, no me consta, que el seminario ya imprime carácter y jamás se puede uno librar de él. Algunas cosas buenas sacó Juan de allí. Una cultura humanista, ésa que incluye una lógica formal, un gusto por esa extraña cosa que es la teología que para los buenos es la reina de la ciencias y para los malos como yo una provincia de la literatura fantástica. Y el seminario le dio también el latín, lengua que Juan admiraba por sobre todas las cosas. Ignoro qué tan buen latinista fuera Juan, pero la lengua le marcó la inteligencia, esa lengua que es como un álgebra verbal y que fue, no lo olvidemos, la lengua de la jurisprudencia.
Pero Juan deja el seminario y lo encontramos en Guadalajara luchando por la vida. Guadalajara le da otra picaresca y una historia. Juan se pone a leer las cosas de aquí y se convierte en uno de sus expertos. Eso que yo llamo, en poco gracioso y poco pronunciable neologismo, un “guadalajarólogo”. Y Juan sabía de Guadalajara como pocos y le interesaba en sí. Seguramente, no lo sé, tuvo sus maestros en la guadalajarología. Muchas veces mencionaba al Maestro Cornejo, tan divertido y malhablado como él que se pasó media vida en la biblioteca y que conocía sus tesoros.
Y Juan escribiría sobre muchas minucias tapatías. Como los puentes que cruzaban el río o aprendiz de río que era el San Juan de Dios. Pero nunca nos dejó su summa tapatía, un libro que hubiera sido instantáneamente un clásico, junto con el Chávez Hayhoe o el Pérez Verdía.
Ignoro qué va a pasar con los libros que escribió Juan. Alguien debería de antologizarlos, de otra manera se perderán en las bibliotecas indiferentes. Y es que la vid actual nos impone formatos cortos, escritos hechos al grano. Hemos perdido con tantas cosas el tiempo de lectura y sobre todo cuando esa lectura pertenece, como la prosa de Juan, a la abundancia. En eso Juan era de otra época, cuando se podía todavía hablar sin tener que mirar al reloj.
Creo que Juan fue sobre todo un escritor oral, aquellos en los que lo mejor de su obra no queda en el papel sino en el aire. Como esa gente que en tanto se le parecía que era Juan José Arreola, que habló tanto y escribió menos. Y bueno, es triste decirlo pero así es, el papelito queda y la palabra hablada se pierde en las inconfiabilidades de la memoria. Y como a muchos sucede, la lengua escrita y la hablada no siempre se llevan bien. Juan era mucho mejor en el juego libre de la conversación que en la formalidad de lo escrito, donde a veces se ponía en esa situación tan peligrosa que es la solemnidad y el bien decir, o donde el abogado estorbaba al escritor.
La siguiente escuela de Juan fue la de Derecho. A mí, como no soy abogado ni conozco la Facultad, se me hacían muy divertidas las crónicas de Juan de sus maestros, los que no salían muy bien parados que digamos, y sus compañeros menos. Seguramente que Juan llegó a la Facultad con un bagaje cultural que le dio una injusta superioridad sobre sus colegas. Pero la Facultad lo hizo abogado de por vida, lo quisiera Juan o no. Y seguramente que Juan vivió, como tantos lo hemos hecho, una molesta dicotomía entre la profesión y la querencia intelectual. Querencia que en el caso de Juan eran la Historia y el idioma. Y aquí no nos queda sino quejarnos de este país donde tan pocos pueden dedicarse a lo que les gusta y para lo que tienen facilidad, y cargar toda la vida con una profesión porque ni modo, más cornadas da el hambre. Sobre todo en los tiempos de la juventud de Juan cuando el espectro de profesiones era tan limitado y lo que daba el Alma Mater era media docena de opciones: o médico, o abogado, o ingeniero midecalles, o químico, o arquitecto, y cuando nadie sacaba maestrías ni doctorados, a no ser que emigrara de aquí para siempre. Cuando las becas a España eran para los mochos de la Autónoma, aquellos que se iban al Colegio Real de Guadalupe, en los madriles, hecho para indianos bien portados.
Las escuelas finales de Juan ya fueron la universidad de la vida, la profesión y la política. Una política que Juan veía con el más descarnado realismo, desde esa perspectiva soberana que da la Historia y con el realismo tan particular que da la Historia de México tal y como la conocía Juan. Una Historia de México que es de una picaresca total donde no se salva nadie. Una Historia donde los seres míticos desplazan a los héroes, donde todo está saturado por la retórica, por esa tendencia de la historia oficial de convertirse en hagiografía o donde para la historia de la oposición católica todos los héroes de la historia oficial son unos malandrines. Ignoro cuáles fueran los personajes de la historia de México que valían para Juan. Quizá ninguno. A la mejor Porfirio, aquél que nos trajo unos años de reposo en medio de la locura nacional; el Señor Presidente Díaz, que no tenía enemigos porque ya los había matado a todos pero que cuando vio el juego perdido no se empecinó en quedarse y volver a ensangrentar a México sino que se fue a París a vivir un crepúsculo dorado.
Ciertamente otros héroes de la historia oficial no eran admirados por Juan. Todavía me estremezco en divertida indignación al acordarme de lo que decía Juan de Zapata o del Tata, ese Tata que se venera en los altares del día de los muertos en Michoacán. Ahora, de los presidentes recientes y ya no tanto, quizá Juan salvara a Díaz Ordaz por testicular y decidido. Y al que pese a su pecadito viendo lo que vino después es como un emperador romano. En esta decadencia terminal de nuestra pobre patria.
Ignoro la trayectoria política de Juan. Sé sin embargo anécdotas de él muy divertidas. Seguramente se sentía en nuestra vida pública como en medio de una novela picaresca, pero podía jugar y muy bien el juego. La movía, diríamos informalmente.
Y podía ser travieso pero, repito, no comía lumbre. Me pregunto si le hubiera entrado a la política como trabajo de tiempo completo, si hubiera aguantado todas las perversas disciplinas que el oficio supone. La infinita capacidad de comer mierda sin hacer gestos como alguien lapidariamente la definió. Ciertamente no le faltaba a Juan ni la inteligencia (que quizá le sobrara), ni el conocimiento del medio, ni el gustillo por la vida pública, pero creo que no tenía la gran obsesión del poder, la adicción terrible.
Quizá en otros tiempos, cuando había grandes tribunos y aún existía la tradición de la elocuencia. Quizá. Pero me lo imagino muy a gusto en su sillón de notaría rodeado de libros contestando preguntas a los reporteros de la televisión.
Junto con la Historia y la inteligencia tuvo Juan el amor al idioma. Ya hemos mencionado su latinismo. Vayamos ahora al amor al castellano, esa lengua misteriosa que tan pocos hablan correctamente y menos aún con todas sus posibilidades de belleza.
Las fuentes del español de Juan eran dos. La materna, por supuesto, el habla de su región de Jalisco que sabía naturalmente a fondo. Y sobre ésa fue acumulando una lengua académica alimentada por la lectura de Historia y clásicos así como el trato diario con el diccionario. Juan, que era un ávido coleccionista, iba juntando diccionarios y descifrando así los misterios que son infinitos de la lengua castellana. Ese idioma que, dicen los que saben, es muy difícil y el más latino de las lenguas romances. Más que el mismo italiano. El resultado era, cuando quería, una lengua y un estilo que oscilaba entre lo clásico y lo barroco. Sobre todo al escribir, claro.
Conocía a fondo el idioma y detectaba todas las barbaridades que decimos aquellos o que no sabemos o no respetamos al castellano. Los que, por ejemplo, estamos infectados de anglicismos y galicismos. O los que tienen un vocabulario a nivel de mendicidad, ese de los chavos y los malos locutores de radio. Juan era castizo y caxcano y su vocabulario inmenso. Pero hay otro castellano que dominaba, el de las malas palabras. Era, si me permiten decirlo, un gran malhablado y sus chingados caían como fuetazo y, lo que es más importante, era un malhablado creativo que trabajaba un insulto como otros trabajan un soneto. Pero sabía que las malas palabras sólo son un condimento, una salsa picosa pero que no pueden suplir al discurso.
Juan era orgullosamente regional, tenía por allí un cuadro del pueblo y tenía las virtudes y defectos de su tierra. Pertenecía a lo que Luis González y González llama la matria, es decir, el lugar donde nacimos, matria en contraste con patria que es el gran conjunto que en el caso de México es tan complejo. Y en el caso de Juan la identidad con la matria mucho me temo era mayor que la identidad con la patria. Arriesgando una barbaridad diré que Juan no era tan mexicano. No le gustaba mucho que digamos esa mitad del país que es indígena y morena. Practicaba con desafío el racismo jalisciense, el cual no podemos negar que existe, aunque no sea políticamente correcto. Pero así es.
El racismo de Juan nacía de una identidad racial, cultural, sentimental con España. En este país donde muchos odiamos a los gachupines, Juan iba a contracorriente. Y se sentía en España como en su casa. Me tocó viajar con él por la Península, íbamos en un viaje que pagó –Dios la bendiga– el Alma Mater, y nuestra expedición la dirigía el rector que era nuestro amigo común. Eran los años buenos cuando en los dominios del pri no se ponía el sol y cuando pensábamos que así iba a ser siempre. De España sabía todo lo que hay que saber; sabía, por ejemplo que la iglesia que estaba cerca del hotel, en Madrid, era donde habían bautizado a Cervantes. Tenía amigos españoles, sobre todo libreros que cuando lo veían venir sacaban a la acera el tapete rojo para que entrara Don Juan. Y es que en las librerías que le gustaban, que es donde también se podían comprar documentos históricos, era el gran cliente. Un cliente de esos que saben y, sobre todo, que pueden comprar.
Pero no sólo con los libreros Juan tenía afinidades amistosas, pienso que se sentía bien con casi todo mundo y España era para él la joya de Europa. Donde había todo: comida, museos, tiendas, maravillosas arquitecturas y, pienso, sobre todo historia y palabras, sus dos grandes aficiones intelectuales. No sé si le gustara el toro, ni el futbol, ni los folklores flamencos. Sé que gozaba el paisaje, aquellos verdes infinitos de Andalucía y la amarilla sequedad castellana y manchega. No sé por qué no se fue a vivir a España pudiendo hacerlo. Pero en la vida uno deja tantas cosas por hacer ignorando que, como dice el proverbio chino, “es más tarde de lo que te imaginas”.
En el caso de Juan, la admiración española implicaba, para mí, un escandaloso menosprecio de México. Sobre todo del México indio. No sé si fuera pose, pero si lo era, era muy ruidosa. No sé si lo hacía por escandalizar los mestizos como yo, con una bisabuela nahuatlata y otra guare, es decir, purépecha, que se identifica sentimentalmente con todo lo indio y que considero a España un país de segunda comparado con la verdadera Europa, la que está al norte de los Pirineos. Pero bueno, estamos entrando a un psicoanálisis de lo mexicano que mucho me temo es causa perdida.
Para explicar un poco el ánimo anti-indio de Juan arriesgo una teoría. Y es que él venía de una zona donde la conquista acabó con lo que el llamaría la “indiada”, y que la relación entre las razas no fue tan pacífica que digamos. Lo mismo sucede, me consta, por antecedentes familiares con muchos norteños. La duración de la guerra india fue en Sonora, por ejemplo, larguísima, hasta que la Revolución acabó con el conflicto. Pero de cualquier manera Jalisco no es Oaxaca, ni el D.F., ni la sierra de Veracruz o Puebla. Los criollos alteños fueron templados por la historia y por la vida dura. Y no hay por aquí maravillas indias de la humanidad, como Chichén o Teotihuacan. Finalmente todos somos el resultado de un drama que aún no termina de resolverse que es la Conquista. Eso que para algunos fue maravillosa y para otros, me cuento en su número, un asalto a mano armada y un genocidio.
Sólo me queda recordar un aspecto muy curioso de Juan, que creo que viene muy al caso y es lo que yo llamaría su catolicismo residual. Algo de lo que padecemos quizá muchos porque en México a todos nos hacen católicos y luego nos sueltan y algunos nos separamos de la Santa Madre pero muy difícilmente del todo, siempre queda por ahí una nostalgia, un residuo. Y en el caso de Juan, del que respeto su vida privada que incluye el aspecto religioso, había una nostalgia por la teología. Sé que cultivó una larga amistad con uno de los curas más poderosos de la ciudad. No digo nombres de la persona ni de su muy temible congregación o prelatura. Pero Juan simpatizaba con el personaje quien, además, era gato, es decir madrileño. Y algunas veces me dio Juan alguna lección de teología en respuesta a mis preguntas herejes. Y sentía una admiración por esa magna institución que es la Iglesia romana, ejemplo de organización y de permanencia y, seguramente, también de un realismo absoluto fruto de toda la experiencia del mundo.
Y Juan que se burlaba de mis liberalismos me la ponía como ejemplo. Además admiraba al Papa Juan Pablo II, de quien había leído alguna buena biografía. Lo llamaba Lólek, que era su nombre familiar y seguramente admiraba el dominio de la comunicación que tenía el Papa polaco. En cambio no salían tan bien librados ciertos altos clérigos mexicanos y locales. Sea por Dios.
Y al envejecer Juan mismo fue desarrollando un no sé qué de clerical. Con su calvicie y blancura, con la figura de canónigo chocolatero iba que volaba para obispo. Y seguramente si se hubiera quedado en la iglesia, si no hubiera sido obispo sí cuando menos monseñor. No faltaba más, pero qué bueno que se quedó en el mundo que es terrible y caótico pero, eso sí, muy divertido.
En alguna revista muy popular había –no sé si continúe– una sección llamada “Mi Personaje Inolvidable”, que dado el tono de tal revista era generalmente una personalidad de beato de cualquier cosa, de bueno de bondad, de bien portado. Juan López es para mí uno de mis pocos personajes inolvidables, aunque sea por razones muy particulares. Quizá porque me enseñó muchas cosas con su mayéutica dura, con su humor negro y su realismo implacable. Me hizo ver muchas veces las imbecilidades que había cometido y lo lógico de las calamidades que me había provocado yo mismo. “Eso y más te mereces, gordo”, y tenía razón. Y es que nosotros mismos somos nuestros peores enemigos. Enemigos encarnizados y constantes que no nos damos respiro.
Y yo le agradezco la franqueza a Juan una franqueza totalmente confiable. Aunque dejara morete.
Fui amigo de él por muchos años. Nos conocimos, como debe ser, en una librería e incontables veces fui a su bufete de la calle de Belén que me quedaba a tiro de piedra de mi escuela de artes plásticas. Le debo muchas horas de conversación donde siempre salía aprendiendo algo de entre las infinidades que ignoro. Algunas veces le sugerí que escribiera una gran novela picaresca que fuera su visión de la Historia de México. Una especie de “Episodios Nacionales” como los de Galdós o los de don Victoriano Salado Álvarez. Sólo que en negro, en malvado, donde no quedara títere con cabeza. Pero, claro, nunca me hizo caso. Y es que, como en el caso de Oscar Wilde, Juan reservaba su talento para la vida. Para la conversación, para el destello de inteligencia. Para el golpe de esgrima, para el aplastamiento de algún gilipollas, como diría él, a la española. De un pendejo, dicho en moneda nacional.
Juan fue para mí un gran amigo y le debo muchos favores que ante ustedes reconozco. Le debo anécdotas y riquezas verbales y humorísticas. Su visión de las cosas de México y del mundo me enseñó muchísimo y quisiera que me sirvieran de algo, para ya no hacer tantas gilipolleces en lo que me queda de vida. Lo recuerdo vivo y brillante, temible y solitario. Rodeado de sus libros y de los objetos que coleccionaba con tanto placer. No quiero caer en ninguno de los lugares comunes que se usan cuando se habla de los muertos. Le envidio que haya muerto con las botas puestas y que no haya hecho concesiones a lo convencional. Fue hasta el final un desafiante, un rebelde, un fuera de serie. Juan López Jiménez, cronista de Guadalajara. En cuya rebeldía, en cuyo negro humor, en cuyo desafío quizá se ocultara una amargura, esa amargura típica de los que la vida ha golpeado, pero no doblado ni roto.

Guillermo García Oropeza (Guadalajara, 1937) es autor, entre otros muchos, del libro Viaje mexicano (Fondo de Cultura Económica), y Alejandro Rangel Hidalgo: Artista y cuentacuentos (editorial Ilustra).

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