Mercados y ciudades

Por: 
Francisco J. Núñez de la Peña

Libro reseñado:
Mercados en México y el mundo
BBVA Bancomer, 2006, 264 pp.

“El mercado nació con la civilización, no es un invento capitalista. […] Si contribuye a mejorar el bienestar de las personas, no contradice al socialismo”.1

Atajo

Contenido: Tres artículos (“Los mercados y la economía”, de Robert J. Shiller; “Del mostrador al mercado. Una pequeña historia sobre arquitectura y espacios del vivir”, de Delfín Rodríguez; y “La historia del mercado en México”, de Luis Jáuregui) y una sección de fotografías y textos no escritos para esta obra. Según la página legal, la investigación iconográfica y la selección de textos es de “DGE Equilibrista Turner Cecilia Gandarías Tena”. En la presentación del libro se afirma: “[…] una introducción histórica a los mercados, acompañada de un extenso recorrido fotográfico por algunos de los mercados más tradicionales, representativos –e incluso curiosos– del mundo. Este recorrido no se limita a lo documental y a lo pintoresco, también busca explorar el acto mismo del mercado y sus implicaciones. A la vez retrata a sus participantes a veces desafiantes y reconocibles, otras anónimos, incluso por momentos mimetizados y confundidos con la estructura de la que participan. La parte fotográfica se acompaña de una antología de textos, de los escritores más reconocidos, que a su vez provocan diferentes interpretaciones de la imagen. Por momentos documental, y en otros con una mirada crítica, la selección fotográfica y literaria muestra la realidad y señala las contradicciones del mercado. Fotografía y literatura dialogan y se enriquecen con nuevas lecturas” (p. 10). En el portal de BBVA Bancomer se informa lo siguiente: “Un recorrido por los mercados más bellos y singulares del mundo. Entre ellos el Mercado de Oaxaca, Gran Bazar de Estambul, Amazon.com, Wall Street, Sotheby’s, etc. Mercados y economía. Contando con la colaboración de algunos de los más ilustres economistas del momento, nos introduciremos en el mundo del mercado desde una perspectiva económica de la forma más accesible posible. Historia de los mercados. El historiador del arte Delfín Rodríguez traza una historia de los mercados desde el punto de vista formal. Este análisis nos permitirá adentrarnos en gran variedad de épocas artísticas, históricas, geográficas y sociológicas. La selección de los mercados más bellos o particulares del mundo irá acompañada de fragmentos de textos literarios, históricos o económicos que nos permitirán obtener una perspectiva más amplia de la conformación y vida de los mercados”.2
Lectores posiblemente interesados: Cualquier persona a quien guste la arquitectura, el comercio, la economía, la fotografía, la historia o las letras.
Juicio personal: Libro muy bien ilustrado, interesante y con textos disparejos. Después de la concisión de Shiller (dos páginas, sin notas de pie), sigue una “pequeña historia” contada por Rodríguez en 33 páginas (y con 48 notas de pie) y un artículo breve de Jáuregui (13 páginas, sin notas de pie), cuyo título pretencioso me causó desconfianza.

Introducción muy personal

Durante mi infancia y mi adolescencia, muchas veces fui con mi madre al mercado Corona, a la mercería El Jonuco, a los pasajes (subterráneos), a las tiendas de ropa, calzado y juguetes en los portales del centro de Guadalajara. Íbamos a comprar.

Durante mi infancia y mi adolescencia, también fui con mi familia a los templos del centro, particularmente los jueves de la Semana Santa, o con mis compañeros, por razones escolares. Íbamos a rezar.

Durante mi infancia y mi adolescencia, nunca entré en el Palacio de Gobierno.

Entonces yo no conocía la teoría económica de los mercados ni, mucho menos, había oído hablar de consumismo o materialismo. Tampoco sabía de los conceptos para analizar los poderes religiosos y civiles. Y nada había leído acerca de la relación entre la arquitectura, las ciudades y los mercados. Ahora, en Mercados en México y el mundo, me entero de lo siguiente: “Vinculado siempre a las ciudades, a las distintas formas e ideas de ciudad, los mercados han crecido con ellas, acompañándolas como cómplices decisivos, llamando en su ayuda a la arquitectura, a las leyes, a los pueblos, a los sueños” (p. 17). Antes yo había leído lo que dijo en un discurso el arquitecto mexicano Teodoro González de León en 1989: “Las ciudades se deben al azar, el diseño, el tiempo y la memoria. En otras palabras: son obra de la gente, regulada por el gobierno, modificada por el tiempo y preservada por la memoria”.3

En el centro de la ciudad de Guadalajara, a un costado del templo de La Merced y muy cerca de la Catedral, se encuentra todavía el mercado Corona, pero ya no la mercería El Jonuco. En los alrededores siguen los portales, varias plazas, el Palacio de Gobierno y otros edificios antiguos.4 Ahora descubro que no es una casualidad la cercanía de mercados, templos y sedes de los gobernantes.

Luis Sandoval Godoy observa: “Ahí donde se reúnen las multitudes, donde resuenan la jácara y el bullicio humano, ahí aparecen de pronto las condiciones para el comercio, en todos los niveles y en todos los géneros. Lo vemos a nuestro tiempo en los incontables ‘tianguis’ que se prodigan por todos lados. Siempre a la sombra de un templo que atrae la presencia del pueblo, siempre en plazas que congregan muchedumbres, siempre en el cruce de calles populosas. Parece que el hombre tuviera necesidad de comprar y también de vender; unos y otros se combinan para crear los centros populares para toda mercadería”.5

Según uno de los primeros economistas, ésta es la explicación: “Una vez introducida la división del trabajo, el producto del propio es muy poco lo que puede suministrar al hombre de tantas cosas como necesita. Para subvenir a la mayor parte de sus necesidades tiene que permutar o cambiar aquella porción sobrante del producto de su trabajo, o la que excede de su consumo, por otra tal porción del producto del ajeno, según que lo exija su necesidad o conveniencia. De modo que el hombre vive con la permuta o viene a ser en cierto modo mercader, y toda sociedad como una compañía mercante o comercial”.6

Tribunal de la opinión pública

¿Cómo podemos saber si Tedium Vitae es una publicación valiosa para quienes no forman parte de su consejo editorial? Para mí, la prueba indiscutible es su compra.

Robert J. Shiller, profesor de economía en Yale University, escribió sólo dos páginas (11-12) para explicar con sencillez cómo funcionan los mercados y qué es la “mano invisible”(Adam Smith usó esta expresión una vez en The theory of moral sentiments en 1759 y otra en An inquiry into the nature and causes of the wealth of nations en 1776), lo cual agradecerán los lectores cuya pasión no sea la economía. Es posible que la visión de Shiller no guste a algunas personas. Pero así son los mercados. Las cuatro citas siguientes sintetizan, según yo, sus ideas:

“Los mercados son los lugares donde se coordina prácticamente toda la actividad humana de importancia”.
“El mercado es un tribunal de la opinión pública., donde ponemos a examen los frutos de nuestro trabajo y donde se alcanza un veredicto objetivo que decide que prosigamos en esa actividad o no. En un mercado auténtico no hay política, no hay sentimentalismo, no se oculta la verdad sobre el valor real. En un mercado descubrimos que nuestro amado tesoro vale millones o que no vale nada. Es frecuente que haya una discrepancia llamativa entre el mercado y nuestras valoraciones personales”.
“Un mercado es un espectáculo prodigioso porque hace visibles algunos afanes humanos en sus incontables variantes”.
“Siempre habrá mercados. Son esenciales para la especie humana. Siempre serán fuerzas que orienten nuestras vidas”.

Tipologías

“Del mostrador al mercado, una pequeña historia sobre arquitectura y espacios del vivir” (pp. 17-59) fue escrito por Delfín Rodríguez. Ahora sé, después de una indagación extra libro, que el doctor Delfín Rodríguez Ruiz es profesor de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid.

Este artículo, a mi juicio innecesariamente largo, muestra la erudición de su autor, pero después de leerlo me cuesta trabajo decir, en pocas palabras y de memoria, de qué trata. Además, el párrafo final de la introducción no me ayudó a descubrir lo que después vendría: “Lugares de orden y de desorden, los mercados constituyen y han constituido siempre un límite, un borde, un confín, permeable, sí, pero límite al fin, ya que no se vive del mismo modo a un lado que al otro de la barrera, del mostrador o del espacio del mercado, como señalara Fernand Braudel. Lo fascinante es que ese límite se mueve, cambia, se desplaza, como la arquitectura misma de las ciudades y en especial la de los mercados, lugares y actividades que, además, siempre remiten al viaje, a las fábulas y narraciones de ensueño, a otras geografías, incluso imaginarias, a sueños y utopías, a la fantasía en definitiva. Y es esa peculiar historia, y a grandes trazos, la que pretendo resumir en estas páginas” (p. 17; subrayado mío).

A lo largo de este artículo, estructurado en cuatro partes (“Del mostrador a la plaza”, “Los mercados en la edad moderna: plazas, pórticos y regularidad, entre la historia y la utopía”, “Los cambios del siglo xviii” y “De los pasajes a los grands magasins”), descubrí que los mercados y las ciudades han crecido juntos, que los arquitectos y los urbanistas han estado presentes en sus transformaciones.

La pequeña historia empieza en la Edad Media con los bazares del mundo islámico. Luego, Rodríguez recapitula: “La identidad estrecha entre mercado, plaza y ciudad, inaugurada en los siglos finales de la Edad Media, acabaría por convertirse en una clave decisiva del desarrollo urbano durante los siglos posteriores” (p. 21). Según él, “La vida civil en la baja Edad Media y la ciudad del príncipe y del comercio en el Humanismo y el Renacimiento, potenciaron de forma extraordinaria la atención por los mercados, cuidando tanto su localización y comodidad, como su arquitectura” (pp. 22 y 24).

Y en la parte final, don Delfín habla de los pasajes (mercados de lujo) y los grandes almacenes en Francia, Italia, Alemania, Bélgica, Estados Unidos, etc., pero interrumpe, casi abruptamente, su relato de los tratados y las obras de arquitectura. Esto dice el autor antes de terminar su recorrido: “Su misma terminología, tal como fue usada en el siglo xix, según cada país o ejemplo concreto, anuncia y define su condición arquitectónica y su uso y funciones simbólicas: passage, pasaje, arcade, bazar, corridor, galerie, galleria, halle, etc. Lugar limitado, propio de un paseo corto, con paradas en comercios, librerías o cafés, en el que se puede deambular como aislado de la ciudad real, recorriendo un lugar de ensueño y de ficción, de anhelos o deseos” (p. 56)

Historia más pequeña

“La historia del mercado en México” (pp. 61-81) fue escrita por Luis Jáuregui. Ahora sé que Luis Antonio Jáuregui Frías, licenciado y maestro en economía y doctor en historia, es investigador en el Instituto Mora (México, D.F.).

Contar esta historia en pocas páginas es un gran reto. Jiménez lo resolvió así:

Tres páginas y media para hablar de “El mercado en tiempos coloniales”, o sea, de las importaciones de mercancías y del comercio sin establecimiento fijo: “[…] por muchos establecimientos que pudieron existir en la Nueva España, no tienen comparación con el comercio ambulante, el de puerta en puerta de cada casa, el de las ferias, mercados urbanos y tianguis de barrio, el del puesto que apenas contaba con su mercancía y una manta para hacer sombra, e incluso el que hacían las personas desde la propia puerta de sus casas” (p. 64).
Seis páginas y media para “El mercado en el siglo xix”, o sea, los factores que explicaron la evolución (impulso y freno) del “mercado interno”: el aumento de la población, el estancamiento del ingreso, la modificación de los gustos, el “problema monetario” crónico, las alcabalas y el transporte.
Dos y media para “México y su mercado nacional en el siglo xx”, donde sólo cupieron generalidades como ésta: “En la última parte del siglo xx, el mercado interno mexicano se compone de múltiples unidades que van de los vendedores ambulantes […], los tianguis/ mercados sobre ruedas y tiendas de abarrotes, hasta los súper e hipermercados, clubes de venta, tiendas departamentales en grandes y lujosos centros comerciales y toda una miríada de tiendas especializadas” (p. 81).

Imágenes y letras

“Mercados en México y en el mundo” (pp. 82-261), sección cuyo título es casi igual que el del libro del que forma parte, trata de vendedores, compradores, productos, almacenes, transporte, inmuebles, agua, Internet, petróleo, oro, valores, diamantes y subastas. Es la más amplia y puede verse y leerse en cualquier orden. Después de lo escrito por Shiller, fue lo que más me interesó de la obra reseñada.

Está compuesta por fotografías acompañadas de breves y no tan breves textos, cuyos autores, mexicanos y extranjeros, son, por orden de aparición: Stan Allen (p. 85), John Carroll, Elias Canetti, Bernard Villaret, Ryszard Kapuscinski, Guillermo Cabrera Infante, Jorge Amado, Eduardo Mendoza, Nathaniel Hawthorne, Gerard de Nerval, Eliseo Diego, Gustave Flaubert, Elias Canetti, H. G. Wells, Charles Dickens, James Joyce, Claude Lévi Strauss, Juan José Arreola, Alonso Zuazo, Charles Dickens, Eric Hobsbawm, Herbert Marcuse, Gabriel García Márquez, Ramón Gómez de la Serna, Oscar Wilde, Henry Ford, Bernard Shaw, Ramón Gómez de la Serna, Ramón de la Cruz, Ricardo Garibay, Roberto Bolaño, Rubén Darío, Oliver Sacks, Gabriel García Márquez, Adam Smith, Gabriel Zaid, Bernal Díaz del Castillo, Bertolt Brecht, Christina Rossetti, Tomás Moro, Jorge Amado, el pueblo (“dicho popular”), Amin Maalouf, Pierre Loti, Juan Rulfo, Gustavo Adolfo Bécquer, Italo Calvino, Antón Chéjov, Gustavo Adolfo Bécquer, Mijaíl Gorbachov, Naguib Mahfuz, John Ashbery, Allen Ginsberg; Wallis, duquesa de Windsor; H. G. Wells, Adlai Stevenson, Ernest Hemingway, Franklin D. Roosevelt, Daniel Sada, Manuel Vázquez Montalbán, Konstantin Kavafis, William Shakespeare, Kenize Mourad, Octavio Paz, Adam Smith, Carlos Monsiváis, Michel de Montaigne, Jane Jacobs, Winston Churchill, Washington Irving, Pierre Omidyar, John Paul Getty, William Shakespeare, Vladimir Nabókov, Juan Manuel Ugarte, George Soros, Stephen Hawking, Federico García Lorca, John Maynard Keynes, Zsa Zsa Gabor, Henry James, William M. Thackeray y John Berger (p. 258). O sea, de autores para todos los gustos.

Sólo transcribiré dos textos: el primero y el último:

“Algunos ven el origen de la ciudad en la guerra y el ejercicio del poder. Esto produce una visión de la ciudad amurallada que es, a la vez, un lugar de protección frente a un mundo hostil y un centro fortificado desde el que la influencia y el poder pueden extenderse. Otros, quizás más generosamente, ven el origen de la ciudad en el comercio, el mercado que se establece en los cruces de caminos, donde la gente de los campos circundantes se encuentra para intercambiar bienes y servicios. Sea cual sea la verdad de estas visiones contrastadas (y es probable que ambas posean algo de cierto), la visión de la ciudad/mercado es, bajo mi punto de vista, más atractiva. Sugiere un lugar donde los extraños se reúnen voluntariamente para mejorar y enriquecer sus vidas mutuamente. Sus valores son la abundancia, la tolerancia y la confianza, y su arquitectura es abierta e indeterminada” (Mercat de la Vila Joiosa Solid- Soto/Maroto).
“A veces, debido a su inmediatez, la televisión genera una especie de parábola electrónica. Berlín, por ejemplo, el día en que se abrió el Muro. Rostropovich tocaba el violonchelo junto al Muro, que ya no proyectaba sombra, ¡y un millón de berlineses del Este afluían en tropel al Oeste para comprar a cuenta de los bancos de Alemania Occidental! En ese momento el mundo entero vio que el materialismo había perdido su temible fuerza histórica para convertirse en una lista de compra” (“The soul and the operator”, Expressen).

Conclusión mínima

Los humanos no sólo intercambiamos afectos y palabras; también compramos y vendemos bienes y servicios. Amar es humano. Conversar es humano. Comerciar es humano.

Francisco J. Núñez de la Peña es economista y profesor en el I.T.E.S.O. desde 1983.

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