Oxímoron: el filo de lo chato

Por: 
René González

Los elegantes textos del incomparable Borges han sido para mí una fuente casi inagotable de palabras alucinantes que me obligan a consultar al diccionario frecuentemente. Una de las más inolvidables fue oxímoron. Leyendo El Áleph —en el cuento El Zahir— me tropecé con la mejor definición de la misma:

“En la figura que se llama oxímoron, se aplica un epíteto que parece contradecirla; así los gnósticos hablaron de una luz obscura; los alquimistas de un sol negro. Salir de mi última visita a Teodelina Villar y tomar una caña en un almacén era una especie de oxímoron; su grosería y su facilidad me tentaron…”

Más adelante en el cuento que le da nombre al libro se lee:

“Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oxímoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis…”

En su Historia universal de la infamia, la mayoría de los títulos incurren continuamente en dicha figura: El incivil maestro de ceremonias Kotsuké No Suké, El asesino desinteresado Bill Harrigan, El atroz redentor Lazarus Morell.

La ubicua Wikipedia sentenciosamente menciona que las figuras literarias  o retóricas  se dividen en figuras de dicción y figuras de pensamiento y en estas últimas, entre otras, se encuentran las figuras lógicas. Éstas son procedimientos retóricos que tienen que ver con las relaciones lógicas entre las ideas dentro de un texto; de forma especial se considera la relación de antinomia o contradicción y así se enumeran la antítesis, la cohabitación, la paradoja y el oxímoron. Este helenismo que a su vez también es un oxímoron —porque une los lexemas oxys: agudo, punzante y moros: romo, fofo, tonto— se originó en el siglo xvii. El Diccionario de la Real Academia secamente lo define como “Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador.”

Los poetas han hecho uso y abuso de dicha figura con variable fortuna; destacan Quevedo, “Es hielo abrasador, es fuego helado, /es herida que duele y no se siente, /es un soñado bien, un mal presente, /es un breve descanso muy cansado.”; y San Juan de la Cruz, “Que tiernamente hieres, soledad sonora, música callada”. Los encontramos también, entre otros, en Lope de Vega, Santa Teresa de Jesús, Góngora, Shakespeare, Baudelaire y Víctor Hugo. Y así nos regalaron Darío su “rugido callado” y Monterroso sus “libros llenos de vacíos”.

Con el paso del tiempo esos oxímoros tan poéticos e inasibles y en el lejano topos uranus de la literatura, fueron descendiendo y se introdujeron sigilosamente en mi realidad y ahora veo que se han convertido en la sal de la vida, en el aceite que lubrica generosamente el engranaje social, porque ¿qué haríamos sin el idiota perfecto que siempre tiene la culpa de lo que sea necesario? ¿Y las beatas de esta recatada ciudad sobrevivirían sin su inmaculada concepción? Los hospitales públicos sin sus pacientes airados no serían los mismos, así como los alumnos sin sus ángulos rectos y líneas punteadas. Los políticos son ricos generadores de crecimientos negativos y éxitos parciales y su lista es larga: única opción, riesgo calculado, solución aproximada, apuesta segura, constante cambio, copia original, estimación precisa, opción obligatoria, versión definitiva; y así medran con su partido revolucionario institucional por un lado y la derecha siniestra del Yunque por el otro.

Poco a poco me he dado cuenta que no se puede vivir sin esos oxímoros vitales e indispensables, imposible unir el alma al cuerpo sin la intimidad compartida del amor libre con sus casi siempre y casi nunca. Recuerdo con nostalgia las tiernas injurias de mi abuela. Sabina nos regaló la compañera soledad imprescindible para vivir en el club de solitarios de la aldea global, donde la mayoría actúa con naturalidad y tensa calma las medias verdades de la realidad virtual llena de secretos a voces, elocuentes silencios y lujos imprescindibles. Y para finalizar ¿qué sería de nuestras existencias vacías sin el orden aleatorio del libre albedrío?

René González, es diseñador editorial y caótico lector.

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