Viajeros en el Islam

Por: 
Tocqueville, Twain, Chateaubriand, Lawrence, Lane, Doughty, Burton Algis Valiunas
Traducción: 
Moisés Silva

Muchos escritores se han aventurado por tierras musulmanas y han escrito crónicas memorables sobre esos viajes. De Chateaubriand a V.S. Naipaul, el género de la literatura de viajes no sería lo que es en la actualidad sin los relatos de Richard F. Burton, Mark Twain, Gustave Flaubert o Riszard Kapuscinski que nos han contado a los lectores occidentales sus personales andanzas por tierras exóticas. Sin embargo Edward Said ubica a todos estos autores en la misma valija de los intereses imperialistas y sus prejuicios contra los musulmanes. Algis Valiunas nos muestra en esta reseña que la literatura de viajes sobre el Islam tiene una mentalidad más abierta y es más perceptiva de lo que sugiere la animadversión del intelectual palestino estadounidense fallecido en el 2003.

Edward Said, profesor palestino-estadounidense de inglés en la Universidad de Columbia, publicó en 1978 Orientalism, un estudio que condena prácticamente toda la literatura y los estudios occidentales acerca de cuestiones islámicas como instrumentos del imperialismo. El Oriente, según él, es una invención de los orientalistas. No existe en realidad una civilización islámica que circunscriba los pensamientos y sentimientos de cada uno de los musulmanes, sino un sinnúmero de individuos que son musulmanes y que son en todo sentido tan singulares en sus experiencias como sus contrapartes en la cristiandad, por lo que emitir sonoras generalizaciones acerca de los tipos de islamistas es una imperdonable falta de imaginación y un equívoco moral. Al describir este Oriente islámico que para empezar no existe, los escritores occidentales siempre dan una imagen equivocada. Aunque Said evita discretamente describir en detalle cómo sería una representación auténtica, algunos comentarios dispersos hacen pensar que sus musulmanes son universalmente tolerantes, amantes de la paz, moderados en su devoción religiosa y apasionados en su búsqueda de libertad política, esencialmente indistinguibles de sus hermanos occidentales en todo excepto en su experiencia de la opresión occidental.

Said critica a varios profesores distinguidos de estudios orientales – Louis Massignon, Sir Hamilton Gibb, Bernard Lewis – pero reserva un desdeño especial para algunos de los grandes viajeros literarios occidentales en tierras musulmanas como Chateaubriand, Edward Lane, Gustave Flaubert, Richard F. Burton, Charles Doughty y T. E. Lawrence. Un grupo tan variado e inteligente de escritores seguramente merece una segunda ojeada. El encuentro de Occidente con el Islam se remonta a la Edad Media, pero incluso si le hacemos caso a Said y confinamos nuestra atención a los dos últimos siglos, la imagen que emerge es muy distinta de la descrita en Orientalism. La literatura de viajes tiene una mentalidad más abierta y es más perceptiva de lo que sugiere la animadversión de Said, que además deja fuera figuras tan importantes como Alexis de Tocqueville, John Lloyd Stephens, Mark Twain y Robert Byron. Todos esos escritores fueron honestamente en busca de la civilización islámica y, contrariamente a la caricatura de Said, sus observaciones todavía podrían instruirnos.

El choque de civilizaciones de ayer
Si hay un escritor en este grupo que casi se ajusta a la descripción de Said de la obra orientalista, sería François Auguste-René vizconde de Chateaubriand, conocido sobre todo como escritor de memorias, diplomático, panegirista del cristianismo y novelista de la nobleza salvaje de los indios americanos. Su Itinéraire de Paris à Jérusalem (1811) ensalza el orgullo marcial francés en colisión con los rufianes levantinos, tiembla ante el misterio de lugares sagrados irradiados de eternidad, deplora la codicia árabe que prevalece ahora en la Tierra Santa donde Jesús predicó la caridad, celebra la excelsa piedad de los cristianos árabes y denuncia la sacrílega monstruosidad de los salvajes musulmanes. Contra la santidad de Jerusalén – o por lo menos de sus vestigios cristianos – Chateaubriand enfrenta la incurable sensualidad de Constantinopla, en donde ningún hombre tiene control sobre sí mismo. Se lamenta de Egipto, “la tierra donde la civilización nació y donde la ignorancia y la barbarie reinan ahora”. Los árabes podrán vivir “en Oriente, donde todas las artes, todas las ciencias, todas las religiones surgieron”, pero ahora son pequeños primitivos. “Con el indio americano todo afirma que el salvaje no ha alcanzado aún el estado de civilización”, afirma, “mientras que con el árabe todo indica que el hombre civilizado ha vuelto a caer en un estado de salvajismo”.

Entre una raza como esa y los pueblos de la cristiandad, la condición natural es la guerra. En las cruzadas, la dulce justicia cruzó espadas con las fuerzas de la oscuridad, y el mundo sería un mejor lugar si el conflicto se hubiera resuelto de una vez por todas. Las cruzadas “tuvieron que ver, no sólo con la liberación del Santo Sepulcro, sino con la cuestión de qué debería prevalecer en la Tierra, una religión enemiga de la civilización, sistemáticamente dispuesta a la ignorancia, al despotismo, a la esclavitud, o una religión que revivió entre los modernos el genio de la sabia antigüedad y que abolió la servidumbre... El espíritu del mahometanismo es la persecución y la conquista; el Evangelio, por el contrario, predica sólo la tolerancia y la paz”. Predicar la tolerancia y la paz deja a Chateaubriand empapado en sudor de fiebre guerrera.

Pero tenía sus razones. Los insultos e injurias a los que los cristianos y los judíos se veían sometidos bajo la tiranía musulmana le calaban hasta los huesos. La orden religiosa que guarda la tumba de Jesucristo, observa Chateaubriand, es humillada y atormentada sin cesar por los oficiales turcos. La situación es aún peor para los judíos:

Objeto particular de todo desprecio, inclina la cabeza sin quejarse, sufre todos los insultos sin pedir justicia, se deja golpear sin un suspiro; si alguien pide su cabeza, la entrega en el cementerio... Uno tiene que ver a estos legítimos dueños de Judea como esclavos y extraños en su propia tierra; uno tiene que verlos esperando, bajo toda esta opresión, un rey que los habrá de liberar.

Los judíos en Jerusalén, escribe Chateaubriand, viven como vivían los franceses bajo el Terror. Pero también los musulmanes, aunque sean los musulmanes los que gobiernan:

Acostumbrados a seguir la fortuna de un amo, no tienen ley alguna que los ate a ideas de orden y moderación política. Matar, cuando se es más fuerte, les parece un derecho legítimo. Ejercen ese derecho o se someten a él con la misma indiferencia... No conocen la libertad, no tienen derechos de propiedad; su Dios es la fuerza.

En opinión de Said estas son calumnias, y Chateaubriand es el manantial contaminado del que fluyen los relatos de los viajeros que le siguieron.

El dominio sobre los musulmanes
Alexis de Tocqueville, cuyos escritos sobre Argelia no son mencionados por Said, cuenta una historia diferente. En las dos “Cartas sobre Argelia” (1837) que escribió – sin haber puesto un pie en esas tierras – como candidato para la Cámara de Diputados, alaba a los Kabyles, que habitan los Montes Atlas, como los verdaderos nobles salvajes amantes de la libertad, mucho más dignos de esa denominación que los Caribes y otros indios americanos ensalzados por Roussseau. En los Montes Atlas “él habría encontrado hombres sujetos a una especie de policía social, más sin embargo casi tan libres como el individuo aislado que disfruta su independencia salvaje en el corazón de los bosques; hombres que no son ni ricos ni pobres, ni siervos ni amos, que nombran a sus propios jefes, y que casi no notan que tienen jefes”. Pero la nobleza de los Kabyles no ablanda su estado salvaje: aman tanto su libertad que si “deseas visitarlos en su montañas, incluso si vas con las mejores intenciones del mundo, incluso si no tienes más objetivo que hablar de moralidad, civilización, bellas artes, economía política o filosofía, con toda seguridad te cortarían la cabeza”. Los árabes de la costa comparten el amor por la libertad de los Kabyles: la ponen “por encima de todos los placeres, y prefieren huir al desierto que vegetar bajo un amo”. No tan absolutamente inhospitalarios como los Kabyles, de todos modos “aman la guerra, la pompa y el tumulto por encima de todo”. Pero con todo y su ferocidad, los argelinos de Tocqueville no están en contra de los beneficios del progreso europeo; quieren lo que los europeos tienen, siempre y cuando no amenace quitarles lo que ellos tienen: su preciosa libertad. Estas tribus medio civilizadas poseen ya lo que Tocqueville considera la mejor parte de la civilización.

En su “Ensayo sobre Argelia” (1841), escrito después de su primer viaje, Tocqueville condena el salvajismo con el que el ejército francés está tratando de imponerles la civilización a los árabes: “estamos peleando de una manera mucho más bárbara que los árabes mismos. Por el momento, es en su lado en donde uno encuentra la civilización”. En su “Primer Reporte sobre Argelia” (1847), escrito después de su segundo viaje, deplora la administración colonial que ha despojado al sistema nativo de apoyo caritativo a la educación en religión y leyes. “La sociedad musulmana en África no era incivilizada; era simplemente una sociedad atrasada e imperfecta... Hemos hecho a la sociedad musulmana mucho más miserable, más desordenada, más ignorante y más bárbara de lo que era antes de conocernos”. Tocqueville aboga por cultivar lo mejor en la civilización musulmana, en vez de arrancarla de raíz y erigir un modelo europeo en su lugar:

Debemos exigirles lo que se ajuste a sus costumbres, y no lo que vaya en contra de ellas. La propiedad individual, la industria y la vivienda sedentaria no son de ninguna manera contrarias a la religión de Mahoma. Los árabes conocen o han conocido estas cosas en otros lugares; algunos en la misma Argelia las conocen y las aprecian... El Islam no es absolutamente impenetrable a la ilustración: con frecuencia ha admitido a algunas ciencias y artes en su seno. ¿Por qué no tratamos de que éstas florezcan en nuestro imperio?

Entre las costumbres nativas que deben ser preservadas está la fe musulmana. Tratar de erradicarla como una superstición nociva sólo desviaría pasiones religiosas legítimas hacia canales políticamente incendiarios, de manera que los mullahs más agresivos dominarían el escenario. Aunque Tocqueville no duda por un momento de que Francia debe tener un imperio en tierras musulmanas, su moderación y delicadeza buscan transformar un sangriento choque de civilizaciones en una reconciliación relativamente amable. No es de sorprender que Said no tenga lugar para él en su galería de villanos que viajaron al Oriente.

Simpatía y repugnancia
Otro escritor orientalista con espíritu moderado y un toque delicado es Edward William Lane, autor de An Account of the Manners and Customs of the Modern Egyptians (1836; revisado en 1860), traductor de Las Mil y Una Noches, y compilador del Arabic-English Lexicon. Said lo acusa típicamente de manipulador, presuntuosamente enciclopédico e incapaz de establecer una conexión humana con los egipcios que describe. Pero en realidad Lane escribe con un atractivo sentido de la comedia humana, que encuentra abundante en la devoción musulmana; la presenta con la sagaz ironía de los philosophes, pero sin su lacerante desprecio. Hablando de la particular proclividad religiosa de un amigo, compone una adorable viñeta de santidad que sobrepasa ciertos límites:

Era miembro de la orden de los darweesh [derviches] Saadeeyeh, especialmente famosos por devorar serpientes vivas, y se dice que era uno de los comedores de serpientes, pero no se limitaba a alimentos tan fáciles de digerir. Una noche, durante una reunión de un grupo de darweeshes de su orden, en la cual su Sheik estuvo presente, mi amigo, presa de un frenesí religioso, tomó una gran pantalla de vidrio que cubría una vela colocada en el piso y se comió buena parte de ella. El Sheik y los otros darweeshes, que lo miraban sorprendidos, lo reprendieron por haber roto los principios de su orden, pues comer vidrio no era uno de los milagros que se les permitía realizar, y lo expulsaron de inmediato.

Varias recaídas embarazosas ocurren antes de que su amigo se convierta en un vitrófago en recuperación. La historia es divertidísima, y Lane la cuenta sin malicia ni desdeño.

Pero el estilo sobrio no sirve sólo al gentil humor de Lane, sino también a su aspereza, como en su descripción de la educación religiosa de un niño egipcio: “Recibe también lecciones de orgullo religiosos, y aprende a odiar a los cristianos y a otras sectas distintas de la suya, tanto como lo hace un musulmán de edad avanzada”. Entre aquellos a los que odia un musulmán, los judíos ocupan el lugar de honor:

No hace mucho tiempo, solían darles empellones en las calles del Cairo y a veces golpearlos sólo por pasar por el lado derecho de un musulmán. Actualmente son menos oprimidos, pero todavía casi nunca se atreven a decir una palabra ofensiva cuando son insultados o golpeados injustamente por el más cruel de los árabes o turcos, pues muchos judíos han sido ejecutados por acusaciones falsas y maliciosas de pronunciar palabras irrespetuosas contra el Corán o el Profeta. Es común oír a un árabe maltratar a su fatigado asno y, después de aplicarle varios vergonzosos epítetos, terminar llamando a la bestia un judío.

La racionalidad imperturbable de Lane es el instrumento perfecto para diseccionar la sinrazón y revelar lo cercano que está lo divertido de lo espantoso.

El escritor estadounidense John Lloyd Stephens, autor de Incidents of Travel in Egypt, Arabia Petraea, and the Holy Land (1837) – y de obras aún más célebres sobre sus exploraciones en Yucatán y América Central – también maneja su escéptica inteligencia con ligereza en sus encuentros con la superstición musulmana. Un sólido sentido común y compasión yanquis son sus varas de medida, y descubre mucho en su viaje que no se ajusta a esas especificaciones. Después de ascender al Monte Sinaí, le dice a un beduino y a un viejo monje búlgaro que recuerda una historia tradicional musulmana en la que Mahoma sube en camello hasta la cima de la montaña antes de ascender al séptimo cielo. Stephens había olvidado buscar la huella de la pata del camello, que estaba supuestamente preservada en la roca. El arrogante monje se mofa de la leyenda árabe; todos saben que el camello tropezó y Mahoma se rompió la nuca a medio camino. El furioso beduino responde que la historia es incontrovertible: aparece en el Corán, él mismo ha visto la huella muchas veces, y “es visible sólo para los ojos de los verdaderos creyentes”. Abandonando toda razón en su disputa, tanto el cristiano como el verdadero creyente musulmán son igualmente ridículos para Stephens.

Un poco de devoción puede llegar muy lejos para el pragmático Stephens:

Fue extraño entrar en un contacto tan inmediato con los discípulos del fatalismo. Si no llegábamos hasta donde habíamos planeado, era por la voluntad de Dios; si llovía, era la voluntad de Dios, y supongo que si hubieran puesto sus negras manos sobre mi cuello y me hubieran despojado de todo lo que tenía, habrían alzado piadosamente sus ojos al cielo y gritado: ¡Es la voluntad de Dios!

Atribuirlo todo a la voluntad de Dios hace que el actuar humano sea patéticamente inútil, como demuestra Stephens con una anécdota acerca de dos turcos que fumaban tranquilamente después de un terremoto, confiando en la protección de Alá, hasta que los aplastó un montón de escombros.

Stephens encuentra que la voluntad de Alá y el honor del Profeta proporcionan una excusa muy útil para el comportamiento bestial. En Hebrón, observa la profunda repugnancia musulmana ante la presencia judía: los judíos “fueron echados del barrio turco, como si el más mínimo contacto con este pueblo alguna vez elegido fuera a contaminar al prejuicioso seguidor del Profeta”. La hospitalidad de los judíos le llega a Stephens al corazón cuando él y un círculo de piadosos judíos hablan de “Abraham, Isaac y Jacob como de viejos amigos mutuos”. Los patriarcas judíos están enterrados bajo el suelo de la mezquita de Hebrón, y tanto a los judíos como a los cristianos se les prohíbe presentarles sus respetos, como descubre Stephens cuando trata de hacerlo. El peculiar odio musulmán por los judíos es, como podemos ver, un leitmotif en la literatura de viajes de principios del siglo diecinueve. La afirmación generalizada hoy en día de que ese odio es una importación europea, o una reacción al sionismo, es claramente un amañado cuento. Stephens encuentra en sus viajes muchas cosas que lo ofenden, y su compostura es a menudo empujada hasta el límite.

En los cuadernos y cartas que registran el viaje de Gustave Flaubert a Egipto en 1849-1850 (recogidos en el libro Flaubert in Egypt, editado por Francis Steegmuller), un sentido común liberal ilustrado se junta con un brío libertino. Flaubert revolotea por Egipto como un turista sexual, y la única fe que obedece es la del espíritu de Voltaire, que se mantiene constantemente a su lado, aunque se retira discretamente cuando visita el burdel. Viajar de esa manera, repite Flaubert varias veces, es el antídoto al aburrimiento terminal. Y ciertamente hay mucho para distraerlo: la satisfacción de cualquier impulso lúbrico está fácilmente a su alcance aquí. Se convierte en un exaltado conocedor de las temperaturas y texturas de la piel, y después de haber estado en la cama de la famosa cortesana Kuchuk Hanem, ruge “Me sentí como un tigre”.

Los alaridos felinos de los derviches en trance también tienen su atractivo para el viajero:

Apenas la noche anterior habíamos estado en un monasterio de derviches, en donde vimos a uno de ellos caer al suelo entre convulsiones de tanto gritar “¡Alá!” Era un cuadro muy bonito, que habría hecho reír a M. de Voltaire. ¡Imaginen sus comentarios acerca de la pobre mente humana, del fanatismo, de la superstición! A mí no me hizo reír en absoluto, y todo es demasiado absorbente para ser espantoso. Lo más terrible de todo es su música.

Es lo ridículo de la mente humana, no de la mente musulmana, lo que más divierte a Flaubert. Como Voltaire, ha encontrado fanatismo y superstición con tanta frecuencia en la cristiandad como en el Islam. En Flaubert, como en Stephens, uno ve los comienzos de una rara claridad con respecto a la cultura, en la que las fallas y las extrañezas de la civilización occidental son tan evidentes a los ojos del viajero como las del mundo musulmán. Aún así, en Oriente no escasean los detalles bizarros que atraigan la absorta atención indiferente de Flaubert, incluso si no parece ni espantado ni divertido, o en todo caso dice que no lo está.

Humor e hipocresía
En The Innocents Abroad (1869), Mark Twain se las arregla para quedar al mismo tiempo divertido y espantado, y por cosas que son en su mayoría sólo espantosas. Cuando se trata del absoluto horror físico de un enjambre de limosneros deformes, Europa no puede competir con Asia:

Si quieren enanos – digo, unos cuantos enanos, por curiosidad – vayan a Génova. Si quieren comprarlos por docena, para vender al menudeo, vayan a Milán... Pero si quieren ver el mismo corazón y hogar de los inválidos y monstruos humanos, vayan directamente a Constantinopla. Un mendigo en Nápoles que muestra un pie convertido en un solo y horrible dedo, con una uña deforme, tiene una fortuna, pero esa exhibición ni siquiera llamaría la atención en Constantinopla. Se moriría de hambre. ¡Oh, desgraciado impostor! ¿Cómo podría competir con la mujer de tres piernas, o el hombre con un ojo en la mejilla? ¡Cómo se sonrojaría ante el hombre con dedos en el codo!

Para Twain, la existencia levantina es totalmente minusválida y miserable. En el Valle del Líbano comenta acerca de la sorprendente falta de avance tecnológico, la lamentable persistencia de la más profunda ignorancia. “Los arados que utiliza esta gente son simplemente una vara afilada, como aquella con la que araba Abraham, y siguen separando el grano del trigo como él lo hacía: lo amontonan encima de sus casas, y lo arrojan al aire hasta que el viento se lleva toda la grama. Nunca inventan nada, nunca aprenden nada”. La tierra de la miseria material y la indigencia es también el territorio de los moralmente retrasados y retorcidos: “Las mezquitas abundan, las iglesias abundan, los cementerios abundan, pero la moral y el whisky escasean. El Corán no permite la bebida a los mahometanos, pero sus instintos naturales no les permiten ser morales. Dicen que el Sultán tiene ochocientas esposas. Eso es casi bigamia. Nos pone las mejillas rojas de vergüenza que tal cosa sea permitida aquí en Turquía. En Salt Lake, en cambio, no nos molesta tanto.”

Twain encuentra más hipocresías que aguijonear, incluso entre las damas y caballeros cristianos de su propio grupo de viajeros, que profanan una mezquita al hacer lo que hacen los turistas:

Pisar rudamente los sagrados tapetes de oración, con botas – algo que ningún árabe hace – era infligir dolor a gente que no nos había ofendido en modo alguno. Imaginen que un grupo de extranjeros armados entrara en la iglesia de un pueblo en los Estados Unidos y rompiera los ornamentos del altar para llevarse curiosidades, y se treparan y caminaran sobre la Biblia y las almohadillas del púlpito. Sin embargo, se trata de dos casos diferentes: uno es la profanación de un templo de nuestra fe, y el otro la de uno pagano.

Pero la piadosa reprimenda de Twain no dura mucho. En Jerusalén, la visión de la legendaria espada mágica de un cruzado lo hace entrar en trance: “Nunca podré olvidar la vieja espada de Godofredo. La probé en un musulmán, y lo partí en dos como a una dona... Si hubiera tenido un cementerio habría destruido a todos los infieles de Jerusalén.” El tono variado del libro de Twain – animadversiones alternadas con disculpas, la más descarnada irreverencia salvada por una decencia solemne – captura la ambivalencia de los estadounidenses hacia el mundo musulmán, que persiste hasta nuestros días: no podemos evitar pensar que tiene algo de extraño e incluso de horrible, pero muy en el fondo no se le puede considerar inalcanzablemente ajeno. La compasión democrática se sobrepone a una igualmente natural antipatía por la pobreza, la ignorancia, la superstición, y la absolutamente apabullante repulsividad de un déspota con 800 esposas.

Sir Richard Francis Burton, políglota sin par, aventurero irreprimible por los rincones más inhóspitos del mundo, inspirado traductor de The Arabian Nights (Las Mil y Una Noches) y autor de Personal Narrative of a Pilgrimage to Al-Madinah and Meccah (1855), goza de una reputación como uno de los viajeros con más simpatía por el mundo musulmán. Como un “bárbaro amateur” y “totalmente cansado del ‘progreso’ y la ‘civilización’”, se disfrazó de médico musulmán de la India e hizo el hajj a la Meca y Medina, ciudades prohibidas a los cristianos. También dijo muchas cosas agradables acerca del mundo islámico: los musulmanes trataban mejor a sus esclavos de lo que los cristianos trataban a su gente libre que vive en la pobreza; los críticos de la enseñanza musulmana deberían tomar en cuenta lo constreñidas y enervantes que las escuelas de Trinity College o Christ Church (en Oxford) le parecerían a cualquier musulmán razonable; las mujeres eran un “producto en venta” tanto en la civilización occidental como en la barbarie oriental; el harén no es un pozo de maldad, o siquiera algo tan desagradable como los arreglos de algunas familias europeas; el “origen del ‘amor’ [podría atribuirse] a la influencia de la poesía y la caballerosidad de los árabes, más que al cristianismo medieval”, y “los musulmanes pueden ser más tolerantes, más ilustrados, más caritativos, que muchas sociedades que se llaman a sí mismas cristianas”. Seguramente alguien que valora tan generosamente las virtudes orientales no encajaría en el estereotipo del orientalista de Said, quien sin embargo ataca al agente imperialista que hay debajo de esas amables palabras.

No está completamente equivocado, porque también es cierto que la consideración de Burton por el Oriente tenía sus límites. Al final, no sólo sostenía que la civilización europea era superior, sino digna de gobernar el Oriente por su propio bien. No duda en llamar a los aspectos extravagantes de la fe musulmana por lo que son, y el Islam que describe es una civilización a la que le falta verdadera sabiduría. En la universidad islámica del Cairo, la renombrada Al-Azhar, la ciencia es tratada a la ligera y prolifera la necedad: “Las ciencias naturales encuentran muy poco apoyo en las riveras del Nilo. La astronomía sigue siendo astrología, la geografía es un amontonamiento de nombres, y la historia natural es un amasijo de fábulas. La alquimia, la geomancia y cómo convocar a los espíritus del mal son algunos de sus proyectos favoritos...” El odio por el infiel, “la mala levadura del prejuicio”, es un rasgo indeleble de las enseñanzas musulmanas, especialmente en Egipto: “La misma lengua que se emplea para bendecir a Alá, se piensa, funciona igual de bien al maldecir a los enemigos de Alá. Por lo tanto, el Kafir es denunciado por todo sexo, edad, clase y condición, por el hombre de mundo y por el niño en la escuela, y fuera al igual que dentro de la mezquita.” Burton, que encuentra tanto que elogiar en la civilización musulmana, encuentra igualmente mucho que detestar en la barbarie musulmana, y en su caso lo más bajo es parte inseparable de lo más elevado.

La descripción más famosa, y más notoria, de la naturaleza más elevada junto con la más baja de los musulmanes aparece en el clásico de 1,200 páginas de Charles M. Doughty, Travels in Arabia Deserta (1888). Al igual que Burton, Doughty era un prodigioso políglota y un hombre muy valeroso. A diferencia de Burton, hizo sus viajes a las profundidades del desierto de Arabia sin tratar de ocultar el hecho de que era un Nasrany – un Nazareno, o cristiano – cuya sola presencia era considerada por la mayoría de los árabes como una “calamidad en su tierra”. Doughty señala inmediatamente las calamidades que los árabes se causan a sí mismos. Observa la mortífera cuota que cobra el hajj todos los años en el nombre de la piedad musulmana (todavía lo hace). “Son infinitas las miserias del hajj; la religión es una promesa de cosas buenas por venir para los pobres, y muchos de ellos están casi en la miseria. Este dolor, las palabras de aquel árabe fatal, que profesaba ser el mensajero de Ullah [Alá], se han impuesto sobre decenas de miles de afligidas personas cada año.” La ley musulmana también aflige a las mujeres, en su opinión, con la inevitable injusticia de los matrimonios arreglados: la poligamia y las leyes de divorcio hacen que las mujeres sean prácticamente desechables. La esclavitud le parece también particularmente reprobable. Al informar a un moralista musulmán acerca de que en Inglaterra no hay esclavitud; Doughty hace que su compañero se avergüence por “algunas fallas en sus costumbres, algunas sombras de barbarie en su religión en sitios en los que la nuestra se encontraba sin mancha...”

Doughty paga el precio por su audacia: es golpeado, robado, encarcelado y amenazado de muerte, todo por lo que uno de sus verdugos llama su “equivocada religión”. “¡En qué región, pensé, he caído! ¿Y quiénes son estos que me toman (¡a causa del dulce nombre de Jesús!) por un enemigo de la humanidad?” El verdadero enemigo, se queja, es la religión que es una “quimera del amor humano por sí mismo, la malicia, y el miedo.” Cuando un amigo árabe le recomienda evitar esas tribulaciones convirtiéndose al Islam, el fatalismo cristiano de Doughty es tan obcecado como suele ser el del musulmán: “Si Dios lo quiere he de pasar, ya sea que ellos lo quieran o no.” La piadosa confianza de Doughty se enfrenta cara a cara con la maldad de los árabes: “‘¡No temes morir!’ – ‘No he vivido, musulmán, de una manera que me haga temer la muerte.’ El infeliz me miró, y contemplé otra vez su apariencia apenas humana: ¡sus mejillas estaban atravesadas por tres cortes en un lado!” El encuentro de Doughty con “aquel árabe fatal”, y otros árabes casi fatales que juran por las enseñanzas de su Profeta, muestra el choque de civilizaciones como un riesgo mortal, que debe ser enfrentado con gran valor si uno quiere preservar su integridad y su vida.

Volviéndose nativo
T. E. Lawrence, Lawrence de Arabia, a quien Winston Churchill ensalzó como una de las figuras más caballerosas de la Primera Guerra Mundial, tenía las más grandes esperanzas de que la derrota del Imperio Otomano produciría naciones árabes libres. En Seven Pillars of Wisdom: A Triumph (1926), Lawrence afirma que la lucha, de la que él fue el héroe principal, fue “una guerra árabe peleada y dirigida por árabes por un objetivo árabe en Arabia.” Pero la guerra no habría tenido lugar sin su liderazgo. El libro lo muestra instruyendo a sus subordinados árabes en la práctica de las reglas de guerra civilizada, que requiere una cabeza fría para superar el instintivo acaloramiento nativo. Cuando un árabe marroquí mata a otro, un ageyl, por una tontería – “Hamed confesó que después de hacerse de palabras con Hamed, se le había calentado la sangre y le había disparado de repente” – Lawrence se enfrenta a una pugna incontrolable si deja que los ageyl tomen venganza.

Había otros marroquíes en el ejército, y dejar que el ageyl matara a uno en venganza acarrearía represalias que pondrían en peligro nuestra unidad. Tenía que ser una ejecución formal, y al final, desesperadamente, le dije a Hamed que debía morir como castigo, e hice caer el peso de su muerte sobre mí. Tal vez no me considerarían apto para la venganza; al menos, no podrían tomar represalias contra mis seguidores, pues yo era un extranjero y no tenía parientes.

Una justicia fría y racional se debe imponer sobre un pueblo que pierde fácilmente el control, y Lawrence se sobrepone a su repulsión por tener que ser un verdugo a fin de preservar la integridad del grupo de guerreros. Su descripción de la ejecución es terrible: Hamed grita y llora, Lawrence tiene que dispararle tres veces, y tiembla tanto que una de las balas sólo despedaza la muñeca de la víctima. Cuando todo ha terminado, ordena a sus hombres emprender la marcha en medio de la noche. “Me tuvieron que subir al caballo”, confiesa, sugiriendo que la misión civilizadora pesa mucho más sobre el que civiliza.

Si les enseña a sus hombres la justicia, les enseña también a contenerse. En camino a Aqaba, para un ataque estratégicamente crucial, el ejército árabe descubre una columna de turcos que serían presa fácil, al precio de perder cinco o seis de sus hombres. Lawrence lo considera una pérdida inaceptable porque necesitan a todos para el ataque a Aqaba, y los detiene:

Se lo dije a Zael, que no quedó nada contento, mientras los furiosos howeitat amenazaban correr cuesta abajo hacia los turcos sin ton ni son. Querían un botín de mulas y yo especialmente no, pues nos habría desviado. Usualmente las tribus hacían la guerra para obtener honores y riquezas. Los tres trofeos nobles eran las armas, las monturas, y las ropas. Si tomábamos estas doscientas mulas, estos hombres ufanos se habrían olvidado de Akaba y se las habrían llevado por el camino de Azrak a su campamento, para mostrarlas en triunfo frente a sus mujeres.

Uno de los lugartenientes de Lawrence tiene que apalear a un joven entusiasmado por el botín, pero aprenden la lección: en la guerra civilizada, que calcula racionalmente los medios y los fines, se debe hacer a un lado la gratificación inmediata para alcanzar el objetivo principal. Lawrence les enseña a los hombres que dirige, y que profesa servir, cómo unir sus heterogéneas fuerzas y hacer la guerra no por la furia del momento ni por pingües ganancias, sino por su libertad.

Pero la libertad del yugo turco fue seguida por la sumisión a los ingleses y los franceses, y el sentido de culpa por haber fracasado en asegurar la libertad de los árabes casi destruye a Lawrence. A la mitad de su misión, Lawrence se entera de que los poderes imperiales no les concederán a los árabes naciones independientes, y la máscara de “hedionda fraudulencia” que tiene que mantener frente a sus hombres le carcome en su interior. Esta doble vida casi acaba con él:

En mi caso, los esfuerzos de todos esos años por vivir en las ropas de los árabes, y por imitar sus concepciones mentales, me arrancaron mi forma de pensar inglesa y me permitieron ver al Occidente y sus convenciones con nuevos ojos: me lo destruyeron para siempre. Al mismo tiempo, no podía ponerme de manera sincera en la piel árabe: era sólo una afectación... A veces estas dos personalidades conversaban en el vacío, y la locura estaba muy cerca, como creo que estaría del hombre que pudiera ver las cosas a un mismo tiempo a través de los velos de dos tradiciones, dos educaciones, dos entornos.

En The Valleys of the Assasins (1934), Freya Stark, cuyo obituario en el Times de Londres la llamó “la última de los Viajeros Románticos”, va en busca de los herederos de la secta persa medieval conocida como los Assasins, surgidos de los ismaelitas, la rama de los chiítas famosa por sus erudición. No es de sorprenderse que Stark no haya encontrado sucesores dignos. Lo que sí encontró es la imbécil inercia que parece normal en esos lugares. Un amigo rehúsa la ayuda de un doctor para su hija gravemente enferma, pues sería una violación que un hombre la viera. La niña muere, por supuesto. Un doctor que fuma opio se encoge de hombros cuando ella le hace notar que su hábito lo va a matar, mostrando el “melancólico fatalismo que es todo lo que el Oriente promete retener en ausencia de la religión.” Al pedir unas papas en una remota aldea de montaña, le dicen que vaya a la siguiente aldea, a menos de una milla de distancia. “‘Ahí las cultivan’ dijo él, ‘pero en nuestra aldea nunca se han cultivado. No es nuestra costumbre’.” En las montañas, donde cae mucha nieve en invierno, nunca han “inventado un medio de locomoción como los esquís o las botas de nieve para salir de su prisión.” La necesidad es la madre de la resignación. La Ilustración de los ismaelitas, extinguida hace tanto tiempo, no muestra ninguna esperanza de revivir en una tierra en la que no hay papas.

Como Stark, Robert Byron, autor de The Road to Oxiana (1937), va en busca de una perdida época de luces musulmana. En Afganistán, nada menos, en la ciudad de Herat, ahora “nada más que un nombre y un fantasma”, se dio el magnífico florecimiento de una civilización musulmana que realmente sabía vivir bien: el Renacimiento de los Timúrides, en el siglo quince. “Al recorrer el camino hacia los minaretes, me siento como se sentiría alguien que ha descubierto los libros perdidos de Livio, o un Boticelli desconocido.” Hay tanta nobleza en el Herat descrito por Byron como para ponerse a llorar. Por supuesto, la flor del humanismo musulmán se marchitó hace mucho tiempo. Un cónsul afgano en Persia le cuenta a Byron que Balkh es “una ciudad histórica, la Cuna de la Raza Aria.” Este febril reclamo de la que es supuestamente la herencia más ilustre – una infección contagiada, asegura Byron, por la Alemania nazi – alivia la ignominia de lo que ese pueblo es ahora. Byron señala cáusticamente que hasta el año anterior los afganos profesaban ser judíos, las tribus perdidas de Israel. “Pero nada es demasiado fantástico para el nacionalismo en Asia”.

Wilfred Thesiger, el audaz inglés cuyos viajes por el sobrenaturalmente árido Sector Vacío de Arabia de 1945 a 1950 se cuentan en Arabian Sands (1959), llora la desaparición de la forma de vida de los beduinos al mismo tiempo que honra la gloria atribuida a ellos. La “Pesadilla Árabe”, el nuevo mundo introducido por los buscadores de petróleo de la Iraq Petroleum Company en 1950, lleva a la vida beduina básicamente a la extinción. Thesiger considera que perder su vida dura, nómada, de criadores de camellos, es una tragedia. “No eran salvajes ignorantes; por el contrario, eran los descendientes directos de una civilización muy antigua, que encontraron dentro del marco de su sociedad la libertad personal y la autodisciplina que ansiaban.” Idealiza la fiera hombría de los beduinos: “Entre ningún otro pueblo me he sentido tan inferior”. En lugar de su noble libertad, Thesiger pronostica un futuro como “un proletariado parásito sentado entre campos petroleros, entre las moscas y la miseria de villorrios en medio de uno de los territorios más áridos del mundo.” Said nunca lo menciona.

Como T. E. Lawrence, Thesiger es un alma en busca de privaciones ejemplares y peligros purificadores. A diferencia de Lawrence, que trata de llevar justicia y autocontrol a los salvajes hombres de las tribus, Thesiger admira boquiabierto sus más flagrantes barbaridades. Cuenta una historia terrible en la que un pastor saar le dispara a una banda de ladrones de camellos y mata a un muchacho adolescente; al día siguiente, el padre del muchacho muerto y sus hombres encuentran un muchacho saar y lo matan a puñaladas: “Imaginé la escena con una horrible claridad. La pequeña figura de cabellos largos, con un taparrabos blanco, tirada en el suelo, el creciente charco de sangre, las ávidas nubes de moscas, el frenético ulular de las mujeres vestidas de negro, los niños aterrorizados, el agudo e insistente llanto de un bebé.” Pero con todo y su imaginación, Thesiger disculpa inmediatamente el asesinato-venganza: “Por vengativa que sea esta ancestral ley del diente por diente y la vida por una vida, me di cuenta sin embargo de que era lo único que impedía el asesinato al por mayor entre un pueblo que no está sujeto a ninguna autoridad externa, y que no tiene en alta estima la vida humana, ya que así ningún hombre involucra a la ligera a toda su familia en una guerra de venganzas.” Ninguna autoridad legal a la cual apelar, poca estima por la vida humana: esto no es lo que define a “una civilización muy antigua”, sino al más cruel salvajismo. La necesidad que siente Thesiger de demostrar que es un hombre entre los hombres de este grupo bárbaro es patética, y profundamente incivilizada. Él es inferior a los beduinos: ellos son sólo unos salvajes, y él un hombre cultivado – graduado de Eton y Oxford – jugando al salvajismo sin darse cuenta de la seriedad del juego.

El choque de civilizaciones de hoy
Cuando Richard Kapuscinski, el escritor polaco autor de Shah of Shahs (1982), camina entre salvajes, sabe dónde está y qué está haciendo: en Irán, los salvajes son los que estén en el poder en ese momento. Irán sintió los intensos anhelos del siglo veinte por la civilización, e incluso sufrió sus dolores de parto más de una vez, pero ningún régimen decente salió jamás con vida. Shah Reza Khan, el hombre fuerte instalado por los ingleses en 1925, estaba tan empeñado en occidentalizar su país que prohibió que se fotografiaran camellos, diciendo que esas bestias “simbolizaban el atraso”. Pero el apoyo del Shah a Hitler no les hizo mucha gracia a los aliados, y en 1941 los ingleses le pidieron su abdicación a favor de su hijo de 22 años, Mohamed Reza Pahlavi.

El nuevo shah tenía una hermosa y joven esposa que se bañaba en leche, y él usaba zapatos altos que sus leales súbditos besaban reverentemente para las fotos. En cinco ocasiones trataron de asesinarlo, y determinado a mantenerse en el trono, el shah instituyó un régimen de terror controlado por la Savak, su policía secreta. Justificó el terror como una protección necesaria para su proyecto de construir una “Gran Civilización” en Irán. En 1973, enriquecido con las ganancias del petróleo, prometió que en diez años los niveles de vida en Irán serían iguales a los de Europa Occidental. Para algunos, esto ocurrió pronto: la “petro-burguesía”, apadrinada por el shah, ordenaba sus cenas al Maxim’s de París. Para la mayoría, el glorioso futuro nunca llegó: en 1979, después de que el shah se había marchado, Kapuscinski observó a una mujer campesina que hacía bolas de estiércol para alimentar el fuego en su hogar. El despilfarro y la ferocidad del shah hicieron que los mullahs parecieran una mejor opción. Pero ninguna Gran Civilización surgiría de la revolución islámica. Kapuscinski temblaba ante el espectáculo de un millón de personas orando en masa en la gran plaza de Teherán. Ahora sabemos que tenía razón al temblar.

Con V. S. Naipaul la rueda del Orientalismo da una vuelta completa, y la antipatía por el pasado y el presente musulmán es tan vívida como en Chateaubriand. Naipaul, el novelista nacido en Trinidad, escritor de viajes y premio Nobel de literatura, escribe acerca del Irán post-revolucionario en Among the Believers: An Islamic Journey (1981), y no ceja nunca en su odio contra el nuevo régimen. El orden revolucionario es fundado por hombres “sin doctrina política, sólo resentimientos.” Lo que ve dondequiera que va en Irán es rabia, dirigida sobre todo contra todo lo que sea occidental y moderno. Un estudiante le informa que “el Islam es lo único que hizo humanos a los humanos”, lo que de hecho niega la humanidad a los que no son musulmanes. La individualidad debe ser erradicada en aras de la santidad de las masas: “Unidad, unión, las espaldas agachadas en oraciones que eran como ejercicios militares, la fe de uno como la fe de todos, la fe de todos fluyendo hacia la fe de uno y haciéndose divina, la personalidad y el desamparo abolidos: unión, sumisión, anomia, paraíso.” La inclinación a aceptar la humanidad tal como es que hace a Naipaul un novelista lo hace también un crítico inclemente de una auténtica fe obnubilada por la abstracción. “Ustedes quieren que los hombres sean perfectos. Esa es la diferencia entre nosotros,” le dice a un ferviente islamista joven en Malasia, otro de los países que visita en su viaje por el Islam. El sueño de perfección terrenal basado en los principios islámicos es la alucinación masiva de hombres que se hunden en sociedades que se hunden. “Si conoces el Corán lo sabes todo,” le dice confiadamente a Naipaul, un habitante de una comuna en Malasia, y este lamentable fundamentalismo es el fin de cualquier esperanza de un auténtico avance espiritual y material.

La única esperanza que ve Naipaul se encuentra en la adopción de la modernidad. En Beyond Belief: Islamic Excursions among the Converted Peoples (1998), deja atisbar el destello de una posibilidad de que la barbarie religiosa pueda haber resultado ser tan autodestructiva que para algunos la detestada civilización occidental parezca la única alternativa sensata. Un miembro del movimiento juvenil musulmán de Malasia que conoció en 1979 se había convertido para 1990 en gerente de una compañía y trabajaba en una suite en un rascacielos. “Lo que esperaban que la religión hiciera por ellos en 1979,” observa, “lo había hecho después el simple poder, la simple autoridad.” Un intelectual filisteo – usando la palabra sin su significado peyorativo habitual – a la manera de James Mill y Macaulay, Naipaul se permite un momento para celebrar la civilización comercial occidental que va transformando cotos del mundo islámico. Si tan sólo el mundo islámico estuviera más dispuesto a dejarse transformar.

La verdad de los viajeros
Quien lea únicamente a Edward Said – una autoridad santificada entre los académicos de izquierda hoy en día – puede acabar convencido de que su argumento es correcto. Pero leer la literatura de viajes que critica es ver lo equivocado que está. Los relatos de viajeros no tienen su origen en prejuicios malévolos ni defienden distorsiones graves; por el contrario, se basan en una realidad observada cuidadosamente. Una gran variedad de escritores ve muchas cosas diferentes pero, lo que es más importante, ve algunas de las mismas cosas una y otra vez, no por las opiniones enraizadas de los orientalistas sino porque esas cosas son notorias, significativas, y verdaderas. La literatura de viajes muestra abrumadoramente al Islam retrocediendo ante el contacto occidental, quizás en parte por un temor legítimo de que se le pueda transformar en una masa informe con todas las deformidades de Occidente, y en gran parte por un odio ciego inculcado por siglos de prejuicio e ignorancia. En cualquier caso, los escritos de los Orientalistas son testigos de las profundas raíces del credo combativo islamista actual, en el que la pureza islámica debe ser protegida de la contaminación occidental liberal y modernizadora.

Said escribe con lo que supone que es una ironía corrosiva acerca de cómo los Orientalistas configuraron el Islam como el Otro, pero no se pueden leer estas obras sin llegar a la conclusión de que el Islam, especialmente en su forma militante, es el Otro, no como la némesis fantástica de Occidente sino en sus propias y profundamente grabadas tradiciones y el curso histórico que ha elegido. Eso no significa que no se pueda llegar a entendimientos entre hombres de buena voluntad y corazón moderado. De los viajeros, Chateaubriand está realmente solo en lo profundo de su odio por el Islam. Entre los demás, incluso entre aquellos que están justamente horrorizados por las muestras de barbarie que ven ante sus ojos, prevalece un espíritu moderado y sensato, mientras que algunos de los viajeros del siglo veinte se sienten tan en casa en Arabia o Afganistán como en Inglaterra. Mentes tan decentes y consideradas como Tocqueville, Twain, Lawrence, o incluso el quejoso Naipaul, muestran cómo la brecha entre las culturas puede empezar a curarse. Pero ellos y los demás escritores muestran también que el choque de civilizaciones es real, que algunos de sus aspectos pueden ser irreductibles, y que el conflicto no tiene para cuando terminar.

Algis Valiunas es periodista literario y autor del libro Churchill's Military Histories (Rowman & Littlefield).

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