El silencio de Oz

Por: 
Francisco J. Núñez de la Peña

Libro reseñado:
Una historia de amor y oscuridad
Madrid, Siruela, 2006, 640 pp.

¿Por qué?
Cuando terminé de leer Una historia de amor y oscuridad, de Amós Oz, ¿me hice esta pregunta: ¿Por qué leo libros de memorias, de vidas lejanas y ajenas?1
Por qué leemos novelas es el título de un libro de la española Ana Rodríguez Fischer, cuyo subtítulo es Guía para disfrutar la literatura. A esa pregunta respondieron algunos novelistas a quienes no conozco. He aquí una muestra: “Leer para vivir lo que no vivimos” (Ana María Navales); “Porque los buenos libros afinan nuestra sensibilidad. Nos enseñan a mirar, a oír, a gustar, a tocar. Porque los buenos relatos mejoran nuestra educación sentimental. [...] Porque encontramos en ellas [las novelas] la plenitud que casi siempre se nos niega en la vida. [...] Porque nos gusta la soledad. Nunca estamos tan solos como cuando leemos (en circunstancias normales, se entiende). [...] Porque necesitamos un poco de silencio. Porque los libros curan las penas. Porque nos sentimos, leyendo, un poco menos solos, sin necesidad de salir a la calle ni hablar con los demás” (Luis Landero); “Por placer, por puro placer de lectora” (Nuria Amat); “Nos ofrecen nuestro mundo... idealizado. Nos hacen vivir, en nuestro mundo, otras aventuras” (Pedro Sorela); “En primer lugar porque lo que más apasiona en este mundo es escuchar historias, vivir otras vidas además de la mía, saber siempre algo más sobre ‘los registros’ de la conducta y del alma humanas, que son inagotables. [...] ¿Cómo podrían vivir los hombres una vida humana sin contarse lo que sucedió a otros hombres, o no sucedió nunca pero hay que contarlo para que suceda?” (José Jiménez Lozano); “[…] vivir en muchos, de muchas formas, morir en muchos y de muchas formas, vivir y morir muchas veces y en muchos yos y a lo mejor comprender algo, o hacernos esa ilusión, metidos en la forma fundamental de la ficción, que es el lenguaje, y en los intríngulis de la significación mientras se va echando la noche” (José Ángel González Sainz).
Rodríguez Fischer cita después a Javier Marías, escritor de mi predilección: “[…] quizá seguimos escribiendo literatura, y leyendo la que se escribe hoy día, porque cada época necesita esa clase de pensamiento aplicada a sí misma, porque necesitamos la indagación de nuestra propia zona de sombra, que no coincide en todo con la de nuestros antepasados”.
Y al final del primer capítulo, titulado “De maldita a favorita”, Rodríguez Fischer afirma: “El tiempo –y el azar, sin duda– hizo que en su día fueran éstas algunas de las novelas leídas, a expensas de otras. [...] El tiempo nos cambia la mirada, pues que el lector, como el buen novelista, también tiene la suya. Y desde ella, desde su mirada, el lector otea, recuerda o simplemente olvida”.
Confesiones

Una historia de amor y oscuridad contiene muchas confesiones de su autor acerca de sus padres y su patria. Para comenzar, elijo cinco:

Una. “Durante las semanas y meses posteriores a la muerte de mi madre no pensé ni por un momento en su dolor. […] Me enfadé con ella por haberse ido sin despedirse, sin un abrazo, sin una explicación […] Si mi madre me abandonó así, sin mirar atrás, era señal de que nunca me quiso […] Abandonar es traicionar. […] Al cabo de un año o dos, cuando me marché de casa y fui a vivir como externo al kibbutz Hulda, poco a poco empecé a pensar también en ella.  […] Y así, a los catorce años y medio, unos dos años después de la muerte de mi madre, maté a mi padre y maté a toda Jerusalén, me cambié el apellido y me fui solo al kibbutz Hulda para vivir allí sobre las ruinas” (pp. 263-267 y 557).

Dos. “Mi padre era un hablador infatigable, sus dichos y refranes no tenían límite, disfrutaba explicando y citando, estaba ávido de compartir contigo sus amplios conocimientos y de regalarte generosamente los tesoros de su erudición y las riquezas de sus recuerdos […] Mi padre tenía debilidad por lo sublime, mientras que a mi madre le fascinaban la melancolía de la resignación y la nostalgia” (pp. 297 y 310).

Tres. “Era hijo único, y los dos echaron todo el peso de su desilusión sobre mis pequeños hombros […] Todo lo que no consiguieron en la vida, todo lo que no les fue dado, lo cargaron mis padres sobre mis espaldas” (pp. 313 y 331).

Cuatro. “¿Pero qué sabía yo de sus sufrimientos? ¿Y ellos? ¿Ellos dos? ¿El uno del otro? ¿Qué sabía mi padre de la tragedia de mi madre? ¿Qué sabía mi madre del sufrimiento de mi padre? Había mil años oscuridad entre unos y otros. Incluso entre los tres condenados en una misma celda. E incluso entonces, en Tel Arza, aquella mañana de sábado, cuando mi madre se sentó apoyada en un árbol y mi padre y yo pusimos la cabeza sobre sus piernas, una cabeza en cada pierna, y mi madre nos acarició a los dos, incluso en aquel momento, el más querido de toda mi infancia, mil años oscuridad nos separaban” (p. 547).

Cinco. “–Es muy sencillo –dijo Efraim–: si no es aquí, ¿dónde está la tierra del pueblo judío? ¿Debajo del mar? ¿En la luna? ¿O es que sólo el pueblo judío, entre todos los pueblos del mundo, no se merece una pequeña patria?” (p. 524).

Silencio

“De mi madre no he hablado casi nunca en toda mi vida hasta ahora, hasta escribir estas páginas. Ni con mi padre, ni con mi mujer, ni con mis hijos ni con nadie. Tras la muerte de mi padre, tampoco hablé apenas de él. Como si hubiese sido un niño expósito”. Amós Oz reconoció esto en la página 628 de Una historia de amor y oscuridad. En la portada de la cuarta edición en Ediciones Siruela, está un retrato de familia (Amós, Fania y Arie) que me acompañó durante toda la lectura de este gran libro.

Amós escribe acerca de su silencio. Transcribo ahora otros cinco párrafos:

Uno. “Sólo ahora comprendo, al pensar en aquellas conversaciones telefónicas, lo difícil que les resultaba –a todos, no sólo a mis padres– expresar sentimientos personales. Para mostrar sentimientos colectivos no tenían ninguna dificultad, eran personas sensibles y sabían hablar. […] En los momentos íntimos ellos no hablaban en hebreo. Y en los momentos más íntimos no hablaban en absoluto. Permanecían callados. La sombra del miedo a parecer o sonar ridículo se cernía sobre todo” (pp. 19-21).

Dos. “Nunca habló conmigo sobre su infancia, sus amores, el amor en general, sus padres, la muerte de su hermano, su enfermedad, su sufrimiento, el sufrimiento en general. Tampoco sobre la muerte de mi madre hablamos nunca. Ni una palabra. Tampoco yo le facilité las cosas, no quise nunca iniciar con él una conversación que quién sabe lo que hubiera sacado a la luz. Si escribiera una lista con todo aquello de lo que no hablamos mi padre y yo, llenaría dos libros. Mi padre me dejó mucho trabajo, y aún sigo trabajando” (p. 100).

Tres. “Desde el día de la muerte de mi madre hasta el día de la muerte de mi padre, casi veinte años después, no hablamos de ella ni una sola vez. Ni una palabra. Como si no hubiera existido” (p. 540).

Cuatro. “¡Pero en casa las lágrimas estaban prohibidas a los hombres! ¡Eran una deshonra! […] Por eso me impresioné tanto la noche del 29 de noviembre cuando mi mano izquierda tropezó en la oscuridad con la mejilla húmeda de mi padre. Y por eso no hablé de ello nunca, ni con mi padre ni con ninguna otra persona” (p. 550).

Cinco. “Sobre los tormentos de mi adolescencia, su nuevo matrimonio, sus sentimientos, mis sentimientos, los últimos días de vida de mi madre, su muerte y su ausencia, sobre todo eso no intercambiábamos ni un palabra. Nunca” (p. 559).

Sin una lágrima

Una historia de amor y oscuridad es una confesión, en la edad adulta, acerca de algunos hechos inolvidables durante la niñez y la juventud de Amós, en algunas ocasiones complementados con acontecimientos más recientes. Amós dice de su madre: “Ahora, cincuenta años después de su muerte, me parece oír su voz diciendo esas palabras, o algunas parecidas, qué tensa mezcla de lucidez, escepticismo, sarcasmo agudo y sutil y eterna tristeza. Por aquellos años ya la corroía algo” (p. 480). En esta época, “Todos vivían con mesura, no sólo mis padres. Todos” (p. 27).

Las palabras “oscuridad” y “amor” no abundan en Una historia de amor y oscuridad. En cambio ahí leí “mis padres”, “mi padre” y “mi madre” cientos de veces: la primera, en el segundo renglón del capítulo 1 (p. 9); la última, en el párrafo final de estas memorias (p. 640), que su autor terminó de escribir en diciembre de 2001, en Arad, una ciudad fundada en 1962 en el sur de Israel. Su madre, Fania Mussman, murió en 1952, cuando Amós aún no cumplía 13 años (Fania es también el nombre de la hija mayor de Amós Oz). Luego Amós se fue a un kibbutz (Hulda fue su casa desde 1954 hasta 1986). Su padre, Yehuda Arie Klausner, falleció en 1970. En el escritorio de su padre, Amós escribió Una historia de amor y oscuridad: “En él se están escribiendo estas páginas, y sin una sola lágrima, pues mi padre se oponía radicalmente a las lágrimas, y ante todo, a las lágrimas de los hombres” (p. 578).

La mayoría de los relatos de Amós Oz son de amor filial y sólo en pocas ocasiones habla de sus otros amores:

Una. En los capítulos 38 y 39: “Fue mi primer amor: una mujer soltera de unos treinta años, la Maestrazelda, la señorita Schneorson. Aún no tenía ocho años y ya me arrebató por completo, agitó en mí un metrónomo interior que hasta entonces había estado parado y que desde entonces no ha dejado de moverse” (p. 355); “Lo que quería no lo sabía/ y lo que sé abrasa” (p. 374).

Dos. En el capítulo 42 (Aisha).

Tres. En el capítulo 59 (“la llamaré Orna”, p. 594).

Cuatro. En el capítulo 61 (“Todas eran bellas como el sol. Todas. Pero Nilli …”, p. 616), donde Amós sólo en una ocasión escribió “mi madre” y “mi padre”.

Israel

El día cuando yo nací, un encabezado de El Informador de Guadalajara fue: “Triunfó el criterio de Inglaterra. Dominó en el asunto de la Palestina”. Al día siguiente, se informó lo siguiente: “El Consejo de Seguridad ordenó que cese el fuego en Palestina”. Días antes se había creado el Estado de Israel. Amós narra: “La medianoche entre el viernes 14 de mayo de 1948 y el sábado 15 de mayo, al terminar los treinta años del Mandato Británico, se fundó el Estado cuyo nacimiento había anunciado David Ben Gurión en Tel Aviv unas horas antes” (p. 450). En noviembre de 1947, horas después de una decisión de la onu, había comenzado la guerra árabe-israelí.

Amós Oz cuenta algo que ocurrió cuando él tenía ocho años, en el amanecer del 30 de noviembre de 1947, después de que la Asamblea General de la onu aprobó una resolución en favor del establecimiento del Estado judío en la Tierra de Israel.2 “Entonces alargué la mano adormecida para tocarle la cara, por debajo de su amplia frente, y de pronto en lugar de las gafas mis dedos encontraron lágrimas. Jamás en mi vida, ni antes ni después de aquella noche, ni siquiera cuando murió mi madre, había visto llorar a mi padre. Y de hecho tampoco esa noche lo vi: la habitación estaba a oscuras. Sólo mi mano izquierda lo vio. […] Cincuenta y tres años han pasado desde entonces y no lo he olvidado” (pp. 437 y 443).

Amós Oz (Klausner, antes de que cambiara su apellido) nació el 4 de mayo de 1939, en la calle Amós en el barrio de Kerem Abraham en Jerusalén. Su padre y su madre habían emigrado de Europa del Este a la Tierra de Israel.

Amós Oz recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007. En el acta del jurado se afirma: “[…] narrador, ensayista y periodista que ha contribuido a hacer de la lengua hebrea un brillante instrumento para el arte literario y para la revelación certera de las realidades más acuciantes y universales de nuestro tiempo, con especial atención tanto a la defensa de la paz entre los pueblos como a la denuncia de todas las expresiones del fanatismo”. Tras la concesión de este premio, Amós Oz declaró: “Si tuviera que decir en una palabra de qué trata mi obra literaria, diría: familias. Si fuera en dos, diría: familias infelices. Si fuera en más de dos palabras, tendrían que leer mis obras. Durante cuarenta años, he luchado por un acuerdo histórico entre Israel y Palestina, basado en la fórmula de los dos estados nacionales: Israel al lado de Palestina en paz y respeto mutuo” (Israel, 27 de junio de 2007). En 2006 ese premio fue concedido a Paul Auster.

Porque
Una historia de amor y oscuridad me apasionó porque trata de la vida humana. Porque está escrita con maestría. Porque está hecha con el corazón.
Francisco J. Núñez de la Peña es economista y profesor en el iteso desde 1983.

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