El supermercado de la verdad

Por: 
Álvaro González de Mendoza

Con ¿Qué es la verdad?, inicia esta entrega Alvargonzález. Pregunta que también ha fatigado las ilustres neuronas de Platón, Santo Tomás de Aquino, Descartes, Kant, Nietzche, Rusell, Popper, Heidegger, Sartre y Habermas, entre otros. Desde su perspectiva de locutor radiofónico este ameno ‘verbotraficante’ aventura que la Verdad ha sido convertida en un producto comercial y “caos disfrazado de orden” que los “notificadores” nos distribuyen en “el supermercado de la verdad” a través del “electromagnetismo domesticado”, tal cual.

¿Qué es la verdad? ¿Verdad que es una buena pregunta? Tal vez estuvimos a punto de saberlo –si es que la cuestión te intriga–, cuando el tal Poncio le hizo esa pregunta a un tal Jesús y luego de oírlo presentarse a sí mismo. “¿Qué es la verdad?” dice Lucas, que preguntó al prisionero, el cual según el mismo evangélico autor simplemente “guardó silencio”. Te digo: estuvimos a punto de saberlo y gracias a ese silencio la duda sigue.

Las ciencias han progresado gracias a que la última de las verdades siempre ha sido superada por la inmediata posterior. En no pocas ocasiones contradicha. Durante milenios ‘verdaderamente’ la tierra fue el centro del universo hasta que científicamente quedó demostrado que no. La ‘verdad’ bíblica contradicha por la científica; arruinada.

Y ese caso de la etnocentricidad rebatida por la ciencia apenas en el siglo 16, sirve también para verificar lo flexible del término. Sucede que el simpático astrónomo danés Tycho Brahe –que portaba una nariz de oro en repuesto de la perdida en un duelo–, estaba con Copérnico convencido de que la tierra orbitaba al sol. Mas cuando el tribunal eclesiástico le ordenó rectificar su convicción científica, lo hizo elegantemente: “sí, el sistema planetario es satelital al sol, pero el universo sigue girando todo en torno a la tierra”. Diciendo eso quedó bien con la verdad científica y con la ‘verdad’ teológica de época… y salvó el pellejo que le sobraba luego de perdida la nariz, con su verdadera flexibilidad científico-humana.

¿Qué es la verdad? Respuesta fácil: muchas verdades. Lo difícil resulta encontrar entre todas ellas la más verdadera; la última. ¡La verdad verdadera!

Afortunadamente gracias al progreso tecnocientífico la inquietud esa tan humana de buscarla, ha quedado superada. Gracias al ‘progreso’ ella llega hasta donde te encuentres, y debidamente empaquetada, envuelta encantadora y fabulosamente (sic) lista para su consumo cotidiano (porque Obviólogos Nucleares del Instituto del Altos Estudios de lo Obvio, de Tajimaroa, han descubierto que todos necesitamos una dosis razonable y cotidiana de “verdad” pa’ seguir tirando pa’lante ¡obviamente!).

Y es otra obviedad innegable que la tal verdad es hoyendía un rentable producto, y más codiciado por el sentimiento colectivo de que La Verdad es algo en vías de extinción, aunque estemos en tiempos de supuesta transparencia total. Paradoja. Es un producto apetecible, y por ello demandado y consumido. Negocio rentable y mucho, basado en eso que te digo: en el hambre de ‘verdad’ que todos padecemos o padecíamos. Negocio feroz.

¿Noticieros o noticiarios? Lo mismo me da y se me hace una polémica tan absurda como otras muchas despertadas por los mismos quesque informadores. Todo el día, todo el hertzio inundado de esomismo: noticieros o noticiarios. Su función implícita: notificarnos a ti y a mí eso: lo que verdaderamente ocurre lejos de nuestra precaria mirada u oído. Lo que lejos pasa y ni tú ni yo tenemos tiempo ni recursos para ir a averiguar. Todo bien, pero…

Una pregunta con tintes de intimidad: ¿quién es tu distribuidor o intérprete de la verdad, favorito? ¿A quién sí le crees más que a los demás que buscan tu crédito? Porque resulta que todos los que desde las antenas te ‘regalan’ la verdad, buscan eso: tu crédito; tu credibilidad, y creo no equivocarme al suponer que tienes uno favorito entre todos. “Ese sí; los demás pue’que…” Y dejo de lado, entre otras cosas por el bajo índice de lectura de diarios y revistas que existe en la suaveáspera patria, todo lo que es la oferta de verdad entintada. Y mira que es una paradoja porque ahora mismo utilizo la tinta para hacerte esos planteamientos acerca de algo tan etéreo o tan estéreo como pueda ser el hertzio; electromagnetismo puro el radio y el televisor. ¿Cuántas horas o minutos al día te asaltan los propagadores de la verdad? Y digo así, a-saltan, porque desde antenas elevadas te caen por los ojos y orejas… Seres superlativamente enterados que te ‘obsequian’ la verdad. ¿Verdad?

Tengo junto a mí una reliquia: un globo terrestre (estorboso por cierto). Reliquia porque data de los tiempos en que la tierra era redonda. ¿Era? Sí, fue así y Colón la desnudó en su rotundez. Paradójicamente la tal tierra ha quedado de nuevo aplanada por la ‘globa’ o si quieres decirlo en su forma amplia: aplanada por la glo-ba-li-za-ción. ¡Bien aplanada! Te digo que es reliquia mi globo terrestre porque cualquier niño con el google averigua y ve más rápido que yo con mi estorboso globo adjunto, dónde está el Bolsón de Mapimí. De plano, nos aplanaron la tierra; las distancias geográficas se enjutaron gracias a eso que te decía: al electromagnetismo domesticado que hace posible que lo notable (las noticias son eso) se conozca al segundo. Que la ‘verdad’ se haya convertido en un producto tan rentable. ¿Qué es la verdad? Algo convertible a dólares (iba a decir ‘en pesos y centavos’ pero el aplanamiento terrestre obliga a usar términos sólidos). Un producto comercial.

Ese mi viejo globo terrestre ahora lo convierto en símbolo del mercado noticioso; del supermercado de la verdad y espero entiendas por qué. Con esa inclinación misteriosamente astronómica y que permite que sobre el globo haya eso llamado ‘vida’, mi reliquia global está sostenida polarmente; un hemiciclo de bronce con dos agujas permiten que lo gire o que remede su cotidiana rotación. Creo que lo puedes imaginar: una pelota sostenida en dos puntos; una masa enorme que puede girar gracias a sus puntos sustentantes. ¿Y?

Eso es el mercado noticioso, jugoso y sustancioso. Dejo ahora de lado la intencionalidad de los notificadores o intérpretes de la tal verdad, y su pretendida objetividad. Miro mi globo y advierto algo: cualquiera creería que la publicidad actúa como eje sustentante de la masa; que el llamado ‘mundo noticioso’ puede girar gracias a los puntuales apoyos sustentantes y publicitarios. ¿Y si fuera al revés?

Hace buenosvarios años al subirme a un avión –y por aquello de que volar es una mezcla de aburrimiento y temor–, me puse a ojear la revista de la aerolínea. Allí, el prestigiado director de un sistema notificador (recientemente desaparecido y por la misma razón: en el mundo de los intereses ganan los más interesados interesantemente…) anunciaba su monitoria (tal cual) tarea señalando algo así: “somos tan creíbles que el año pasado facturamos diezymás millones de ¡dólares!” Magnífica ecuación: entre ‘mejor’ el noticiero más facturación. En verdad en verdad os digo…

Los ejes noticiosos son –te notifico–, el pre-texto de los comerciales y no al revés. Las tales noticias –la verdad–, es lo que permite la jugosa facturación: más de medio millón de pesos cuestan 30 segundos de publicidad a la hora de López… ¡Buen negocio ‘La Verdad’! El globo, lo verdaderamente importante son los comerciales; los puntales sustentantes, las noticias. Mala noticia esa sobre los noticieros –que no son gratis–; ¿será verdad?

Pero todo puede ser peor, y de eso viven los notificadores: lo peor en el universo noticioso es más rentable y si puede ser peor pos ¡mejor! ¿Piorismos? Suena feo pero eso es ‘la realidad’: en el pantano de la maldad hay que hozar… Entre peor el lodo, más vendible el estiércol. ¿Verdad?

Lo repito: todo puede ser peor y eso oí que dijo la siria Ikram. Lo dijo Antaki, tal cual apellido, y ahora convertida ya en tintaseca: “¡el cuarto ya se hizo primero!” Quesque el llamado en genérico ‘cuarto poder’, “la prensa”, ya ascendió. ¿Será verdad Ikram aquello que escribiste en un editorial allá en el 2000? Quesque los notificadores son los que mandan en el país. ¿Tú crees? La tesis es simple: un ‘notificador’ –distribuidor e intérprete de ‘la verdad’– puede durante uno, dos tres minutos, incluso horas en el curso de los días, decir, acusar, inculpar, ordenar, dar su opinión ‘calificada’ (porélmismo y por la empresa). ¿Verdad? Ironía pues si el mismo presidenturno –de lo que sea, macro o micro, municipal o nacional– pretende replicarles, entonces le recomiendan: “póngase a trabajar y no venga a perder el tiempo frente a cámaras y micrófonos…” ¡El primer poder es el de los ‘notificadores’! Ellos gobiernan los valores, precios y aprecios en el ¡supermercado de la verdad! Tan rentable que para que te enteres pide presupuestos en el tiempo-hertzio: el tiempo cuesta más en el mejor noticiero, pues lo valioso es la publicidad y por ella viven holgadamente los sistemas notificadores.

Axioma: “la información es poder”. Por favor no te confundas: ni los noticieros ni los notificadores dan eso llamado ‘información’; dan caos disfrazado de orden. Piorismos, insisto… y de manera caótica. La ‘información’ requiere de estructura orgánica, algo de lo que carece el espectro noticioso que brinca de Tateposco a Islamabad sin más orden que la secuencia caótica.

Eso es lo peor: los que manejan las noticias y las disfrazan o bautizan como información, son los que manejan el poder. Creo que Ikram Antaki tenía razón. Por eso el hertzio está inundado de noticieros de toda laya y calaña, porque lo que se oculta tras de ellos es ¡la lucha por el poder! y la rentabilidad mercantil.

La muletillas que utilizan los notificadores revelan algo del subconsciente del negocio en el que se mezclan la ganancia económica con la política: “Lo cierto es que…”; “la verdad es…” o los “bueno pues…” o decirle “gracias” al reportero que ha narrado las desgracias más terribles que de bueno nada tienen aparte de la posibilidad de entretener al público.

La tal ¿Verdad? no es sino un producto que se empaqueta y distribuye al consumidor cotidiano, cuya hambre ancestral de eso ha sido suprimida o cumplimentada con un destilado hecho por factorías cuya intención es muy ajena al amor a la verdad. Factorías que a diario abastecen al ¡supermercado de la verdad!

Alvargonzález es personaje de Guadalajara.

 

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