El villano favorito: el Banco Mundial

Por: 
Terence Halliday
Traducción: 
Moisés Silva

Por qué es una necesidad vital, pese a sus fallas
Publicado originalmente en Books and Culture, A Christian Review, edición julio/agosto 2007.

Libros reseñados:
Imperial Nature, The World Bank and Struggles for Social Justice in the Age of Globalization
Michael Goldman
Yale University Press, ed. rev., 2006, 384 pp.

The World’s Banker, A Story of Failed States, Financial Crises, and the Wealth and Poverty of Nations
Sebastian Mallaby
Penguin Press, 2004, 496 pp.

Aborrecido y ensalzado a la vez, el Banco Mundial se ve a sí mismo como un agente de justicia social (para lograr “un futuro sin pobreza, enfermedad ni analfabetismo”), pero sus críticos como el gran dictador de ideologías económicas en el orbe. En esta reseña el reconocido experto en el tema, Terence Halliday, aborda sendos libros de Michael Goldman y Sebastian Mallaby, y pasa lista a las virtudes y defectos del Banco, a su burocracia, a sus nobles intenciones y resultados, al conflicto de intereses entre las instituciones financieras globales, los contratistas, los gobiernos, las ONGs y los marginados que busca beneficiar... Una reseña esclarecedora y ajena a la histeria que en nuestros países se produce apenas se escuchan las palabras “Banco Mundial”.

Pocas organizaciones globales generan mayor controversia que el Banco Mundial. Durante varias semanas en abril y mayo de este año era imposible abrir alguno de los periódicos más leídos del mundo sin encontrarse encabezados y editoriales acerca de la lucha de Paul Wolfowitz por permanecer al timón del Banco. ¿Qué necesidad tenían el China Daily o el Daily Nation de Kenya de incluir artículos sobre intrigas palaciegas en la H Street de Washington? ¿Qué justifica el intenso jaloneo político de los ministros de finanzas de África o la Europa Continental, o las advertencias veladas de jefes de estado acerca de las consecuencias si Wolfowitz se aferraba al cargo? ¿Por qué tanta alegría en rincones remotos del plantea cuando Wolfowitz se rindió frente al clamor por su despido?

El Banco Mundial es importante para los países ricos porque ellos financian de manera desproporcionada sus programas. El Banco está en el centro de la atención de los gobernantes de los países en desarrollo porque sus intervenciones son a veces odiadas y a veces amadas por su intromisión en la política interna y las prioridades de sus políticas. Ubicado a unas calles de la Casa Blanca, el Banco Mundial otorgó entre 2004 y 2005 créditos por más de 22 mil millones de dólares a más de 100 países pobres. Sus inversiones en el sector privado en países en desarrollo excedieron otros 5 mil millones.

La controversia acerca de Wolfowitz personificó el debate sobre una institución global con un enorme peso específico en el mundo en desarrollo. Los críticos de Wolfowitz veían en él mucho de lo que aborrecen acerca de la institución misma. El arquitecto de la guerra en Irak era aparentemente el ejemplo del estilo agresivo de una organización internacional de la que muchos resienten su mano pesada. El hombre que hizo del combate a la corrupción su lema para justificar medidas draconianas resultó posiblemente corruptible. El líder que buscaba exportar la democracia al Medio Oriente no escuchó las opiniones de sus propios y experimentados expertos.

Wolfowitz se convirtió así en el pararrayos de temas más importantes. A los gobernantes en todo el mundo que criticaban los miles de millones gastados en una mal planeada invasión a Irak les resultó difícil aceptar las credenciales de Wolfowitz como emisario de paz. Los europeos vieron su vulnerabilidad a la crítica como una oportunidad para debilitar el control de los Estados Unidos sobre el liderazgo del Banco Mundial. Las naciones en desarrollo se quejaron más abiertamente de la falta de transparencia y democracia en las decisiones del Banco, especialmente en el nombramiento de su dirigente.

Todo esto contrasta marcadamente con la lectura que el Banco hace de sí mismo. Según el Banco, sus miles de millones fluyen todos hacia la misma causa: trabajar por un mundo en el que cientos de millones de personas puedan aspirar a “un futuro sin pobreza, enfermedad ni analfabetismo.” El Banco se ve a sí mismo como un instrumento de esperanza en un mundo acosado por la tragedia, la desigualdad y los desastres. “Cada año,” según su Reporte Anual 2005, “10,000 mujeres mueren al dar a luz en los países en desarrollo, y 200,000 niños de menos de cinco años mueren por enfermedades. Más de 8,000 personas mueren cada día por enfermedades relacionadas con el sida, y dos millones de niños van a morir de sida este año sólo en África. Cerca de 115 millones de niños en los países en desarrollo no asisten a la escuela.”

Para detener y revertir estas tremendas injusticias, el Banco se compromete con los Objetivos de Desarrollo del Milenio de “erradicar la pobreza extrema y el hambre, y lograr la educación primaria universal,” promoviendo la igualdad de género y dándole un mayor poder a las mujeres. Busca reducir la mortalidad infantil en menores de cinco años en dos terceras partes para el 2015. Además de reducir drásticamente las tasas de mortandad en el parto, el Banco apoya el combate de enfermedades como la malaria y el vih/sida y el incremento sustancial del acceso de millones de personas a un agua potable segura, y afirma el Objetivo del Milenio de una reforma en el sistema de comercio global, especialmente en su impacto en los países más pobres.

Un vistazo rápido a los reportes del Banco y sus programas revela una variedad extraordinariamente ecléctica de actividades en todos los rincones del globo: el acceso de las niñas a la escuela en Egipto y de los niños pobres en la República de Kirguistán, el combate de la tuberculosis en África y la malaria en Eritrea, la administración de los bosques en el Sureste de Asia y de la pesca en la costa rural, los equipos de emergencia enviados a Indonesia, las Maldivas y Sri Lanka después del tsunami de 2004, la reconstrucción después de la guerra civil en África Central, la eliminación de las plagas agrícolas en África Central y el desarrollo de la industria del vestido en Camboya, la presión para una reforma en el sistema legal de Filipinas y la construcción de la red eléctrica en República Dominicana, la reforma de la vivienda en México y la construcción de carreteras en Polonia.

Por si fuera poco, el Banco combate ahora el lavado de dinero que podría financiar al terrorismo, exige transparencia en los gobiernos y ofrece transparencia en el Banco. Se dedican millones de dólares a reducir la corrupción gubernamental y a construir grupos de la sociedad civil. El Instituto del Banco Mundial capacita a trabajadores de ayuda, y se asocia no sólo con los gobiernos sino también con el World Wildlife Fund y con el Movimiento Scout para niños, con Conservation International y con el Programa de las Naciones Unidas contra el vih/sida.

¿Cómo puede leerse esta cornucopia de buenas obras como cualquier otra cosa que no sea un compromiso con la justicia o una panacea para las enfermedades, el desastre y la desesperanza? Imperial Nature de Michael Goldman y The World’s Banker de Sebastian Mallaby presentan lecturas alternativas. Ninguna de ellas concuerda con el autorretrato del Banco, pero en ambas resuenan los tonos de la controversia Wolfowitz.

El que disiente más de la visión del Banco acerca de sí mismo es el sociólogo Goldman, que subtitula su libro “El Banco Mundial y las luchas por la justicia social en la era de la globalización”, pero que rápidamente afirma que la justicia, si puede ser alcanzada, no lo será por el Banco. Durante décadas, los grandes proyectos de infraestructura eran el centro de los programas del Banco. Presas, redes eléctricas, puertos y carreteras tienen un carácter tangible que resulta atractivo para los banqueros de Wall Street, los líderes nacionales y los economistas del Banco. El manejo del agua es especialmente atractivo. Si se le puede contener y manipular, ese “desperdicio” de la naturaleza puede ser encauzado para que los agricultores puedan irrigar sus campos, los fabricantes puedan obtener electricidad, los habitantes de la ciudad disfruten de agua limpia, y los residentes de las orillas de los ríos puedan estar protegidos de inundaciones. Inversión, producción agrícola, control ambiental, beneficios a la salud: los proyectos del agua prometen todo.

Goldman tenía algunas razones para dudar de estas promesas antes de empezar su principal estudio de caso, el Proyecto de la Presa Nam Theun 2 en el río Mekong en Laos. En el desierto de Thar, en el noroeste de la India, el Banco Mundial había invertido en un enorme sistema de canales de irrigación para llevar las aguas del Himalaya a un entorno árido y hostil. Los terratenientes ricos convirtieron las tierras a lo largo del canal en granjas exportadoras. Pero a lo largo de las arterias menores el agua desapareció. El robo sistemático de cemento dejó los canales demasiado porosos para conducir el agua. En otros lugares los canales se atascaron con arena, y la tierra adyacente se estancó y salinizó. Obligados a endeudarse, los agricultores pobres se vieron empujados fuera de sus tierras y hacia trabajos de medio tiempo, servidumbre o trabajo en parcelas rentadas.

Más al sur, en 1990, miles de aldeanos emprendieron una “larga marcha” para protestar contra su reubicación forzosa para la construcción de una presa en el Valle de Narmada, lo que no impresionó a las autoridades locales pero sí al Banco, que enfrentó una desconcertante publicidad internacional acerca de la negativa de sus funcionarios a escuchar los reportes de hidrólogos e ingenieros de que el agua potable no llegaría a donde se había prometido, de que áreas de pesca enteras se perderían y de que los planes de irrigación fracasarían. Como resultado, el Banco retiró su apoyo. Poco después de asumir el cargo de presidente del Banco en 1995, James Wolfensohn canceló otro gran proyecto de represa en Nepal, temeroso de que las crecientes protestas provocaran otro “efecto Narmada.”

Haciendo caso a estos fracasos, el Banco aprendió una lección: se deben exigir estudios de impacto ambiental antes de comprometerse con un nuevo proyecto de infraestructura. Los enormes proyectos del río Mekong se convirtieron así en la prueba de ácido de la respuesta del Banco a sus críticos. Ubicado en un tributario del Mekong en Laos, el proyecto de la represa Nam Theun 2 era mucho más prometedor. La represa generaría al mismo tiempo energía eléctrica muy necesaria para Tailandia y divisas fuertes para Laos. Alrededor de ella el Banco planeó proyectos conjuntos: granjas experimentales, explotación sustentable de los árboles, ecoturismo, aprovechamiento de los bosques y protección de la fauna silvestre. A otros niveles, el proyecto Nam Theun y sus demás iniciativas “verdes” requerirían “nuevos esquemas de leyes, reglamentos y administración,” la reestructuración de las instituciones gubernamentales y el reajuste del presupuesto nacional, todo ello hecho posible por el Banco como principal fuente de crédito.

No menos de tres oleadas de estudios ambientales le siguieron. La primera, de la firma australiana de consultores Snowy Mountains Engineering, presentó una evaluación positiva, pero las ONGs que criticaban el proyecto señalaron fallas graves en el reporte y un conflicto de intereses entre la firma y los contratistas de la represa. Una segunda evaluación, hecha por una firma tailandesa con una larga historia de nexos con el Banco, tuvo un destino similar cuando activistas internacionales se movilizaron para cuestionar sus hallazgos y a quienes los auspiciaron. En 1995 el Banco lo volvió a intentar, esta vez con dos firmas consultoras, una alemana y otra estadounidense, pero también, de manera inusual, con dos ONGs internacionales, la World Conservation Union y care International. Los consultores se internaron en la selva para entrevistar a tribus en lugares remotos, los ictiólogos estudiaron el impacto sobre las áreas de pesca en el Mekong, y los antropólogos evaluaron el impacto de la reubicación de los grupos étnicos.

Viéndolas más de cerca, Goldman descubre que las ilusiones de una evaluación neutral dan una falsa impresión de la realidad. La calidad de las evaluaciones estuvo muy por debajo de los estándares científicos. A los consultores se les dieron fechas límite imposibles para obtener información compleja acerca del impacto sobre las tribus de la Meseta de Nakai o sobre las áreas de pesca río debajo de la represa. Los términos de referencia dejaron fuera cuestiones relevantes. Datos inconvenientes acerca de la reubicación fueron suprimidos por la World Conservation Union, y los consultores demasiado independientes fueron despedidos. Más significativamente, los consultores cedieron continuamente a las presiones del gobierno de Laos, de las firmas de contratistas y del Banco para que les dieran los resultados que cada uno de ellos quería. Mientras los reportes se iban acumulando, los bosques fueron talados para hacer lugar a la presa, se implementó el financiamiento, y las instituciones gubernamentales hicieron la reorganización necesaria para la reubicación y la construcción.

En los mercados de la construcción y la transformación del medio ambiente, el Banco se ha convertido posiblemente en el más potente agente de reconstrucción en el mundo. En Laos, según Goldman, el “reverdecimiento de Laos” requirió la construcción de un “Estado ambientalista.” Los diferentes ministerios prosperaron si participaban en los gigantescos proyectos de infraestructura, y se encogieron si se ocupaban sólo de la salud, la educación o el bienestar social. El Banco le dio al gobierno de Pathet Lao una coartada estupenda para continuar sus “políticas genocidas de ‘Laoización’,” gracias a las cuales cerca de 900,000 personas que no hablaban Lao serían reubicadas y “Laoizadas.” Al menos cincuenta organizaciones, gobiernos y bancos extranjeros bilaterales y multilaterales observan cada decisión del gobierno, influenciando sus leyes, inversiones y políticas. El estado laosiano, implica Goldman, responde más al “capital transnacional” y a los expertos globales que a sus propios ciudadanos.

Los proyectos del Mekong tienen un significado mucho mayor que el de la profunda intromisión del Banco en los asuntos de un país. Según Goldman, lo más importante tiene que ver no con el capital financiero del Banco, ya de por sí enorme, sino con su capital intelectual. El poder fundamental del Banco no está en su bolsillo sino en su pluma. Con sus expertos profesionales de primer nivel, la mayor parte de los cuales son economistas, y su capacidad parecida a la de una hidra de absorber consultores y expertos de todo el mundo, el Banco ha creado una ideología que no sólo controla la visión mundial prevaleciente del desarrollo sino que limita las preguntas que legítimamente se pueden plantear. En el área del medio ambiente el Banco ha creado un “neoliberalismo verde” que fusiona el neoliberalismo financiero de la privatización, reduciendo el tamaño del Estado, y la libre empresa, con una “agenda de sociedad liberal de justicia social y una justicia social ambientalmente sustentable.” Esta fusión produce “una actitud mental, una dinámica cultural, un tipo de personalidad empresarial y un régimen legal” de los que es prácticamente imposible escapar. El poder de la pluma controla mentes, elimina opciones, excluye cuestionamientos y predispone las respuestas. En el neoliberalismo verde, el “neoliberalismo” eclipsa lo “verde.”

En cuanto al argumento de que la sociedad civil internacional presenta un contrapeso al Banco, Goldman nos advierte que lo observemos con cuidado. Respecto al muy discutido tema de la privatización del agua, en el que los Estados Unidos habían exhortado, incluso presionado, a los gobiernos a ceder la responsabilidad cotidiana del abastecimiento de agua a las empresas privadas, muy pronto surgió un consenso mundial. Las investigaciones revelan que el consenso no surgió desde abajo, de ciudadanos preocupados y grupos ambientalistas, sino de una combinación de intervenciones desde arriba del Banco, y predominantemente de grupos del sector privado íntimamente alineados con las compañías que ofrecen estos servicios. No fue ninguna sorpresa que su diagnóstico fuera que el sector público había fracasado, que la privatización era la única respuesta, y que el Banco y el fmi podían asegurarse de ello haciendo de la privatización una condición para otorgar créditos a los países más pobres. ¿Los resultados? Cuando los pobres no recibieron los mejores servicios que se les habían prometido, o los costos se elevaron más allá de su capacidad de pago, una reacción en contra estalló en muchos países. Las protestas públicas han llevado eventualmente a la reelaboración de los contratos, y en algunos casos a la retirada de las firmas privadas.

A fin de cuentas, afirma Goldman, es ingenuo esperar que el Banco sea ambientalmente responsable, y mucho menos un agente de justicia social. El Banco responde a las instituciones de finanzas globales, a los intereses de pequeñas firmas consultoras, los grandes contratistas, las élites políticas hambrientas de dinero, los banqueros internacionales, Wall Street y sus mayores accionistas, las naciones más ricas del mundo. No busquemos en el Banco simpatía o comprensión por los pobres, los que no tienen voz, los excluidos y marginados. Veamos a través de la retórica del Banco, y observemos sus acciones. Sopesémoslas contra sus acciones predatorias, y eso constituirá la medida del compromiso del Banco con la pobreza, la justicia social y la democracia.

Según Sebastian Mallaby, esta lectura a través del lente de las políticas del agua es demasiado monocromática. The World’s Banker no está en desacuerdo con que el Banco ha fallado en cualquier cantidad de criterios, entre ellos en el objetivo de su director anterior Robert McNamara de acabar con la pobreza en el mundo para el final del siglo veinte. Las políticas de ajuste estructural del Banco, debido a las cuales exigió rigurosos apretones del cinturón financiero en países ya de por sí empobrecidos, han desencadenado enfrentamientos en África y América Latina, provocando un odio casi universal. La negativa anterior del Banco a considerar una disminución de la deuda para países desesperadamente pobres significó que mucho más de la mitad de su presupuesto nacional fuera gastado en el pago de créditos en vez de servicios sociales. Oxfam señaló a Wolfensohn que a mediados de los noventa Uganda gastó en salud 2.50 dólares por ciudadano al año, comparado con los 30 dólares por ciudadano para el pago de la deuda. Como muchas otras organizaciones multilaterales, el Banco fue dolorosamente lento en reconocer y combatir los efectos catastróficos de la pandemia del sida.

A menudo los mismos funcionarios del Banco son los que tienen la culpa de la publicidad negativa. La soberbia nacida del poder de cambiar los destinos de las naciones genera arrogancia. Las recetas de éxito del Banco se sucedieron unas a otras: en un período la infraestructura, en otro la inversión en la gente, y luego otra vez la infraestructura. Las teorías del desarrollo parecían una moda pasajera tras otra: el capital físico en los años cuarenta y cincuenta, el capital humano en los años sesenta, el capital social en los años noventa. En un momento dado la prioridad era la pobreza, y enseguida el ajuste estructural macroeconómico. Con mucha frecuencia las acusaciones de sus críticos han sido correctas: el Banco forjó alianzas entre sus propios burócratas y autócratas de varias naciones.

Las políticas del Banco y su toma de decisiones estuvieron dominadas por las naciones que pagaron la mayor parte del capital, sus inversionistas más ricos. Su visión de las prioridades globales –e intereses nacionales– fue impuesta a los desafortunados países en la periferia. Los procesos de aprobación de los proyectos fueron con demasiada frecuencia demasiado lentos o rápidos, y demasiado dispuestos a ignorar reportes que no coincidieran con las prioridades del Banco. La evaluación fue en el mejor de los casos difícil y en el peor controversial. Los planes mejor elaborados salieron mal. “Se construyeron las clínicas, pero no había medicinas qué poner en ellas. Se construyeron caminos, pero luego no se les dio mantenimiento.” La corrupción se llevó el 10, el 20 y hasta el 30 por ciento del dinero de los créditos, como se afirma en Indonesia. No es de sorprender que las ONGs se hayan manifestado afuera de la reunión anual del Banco en 1994, gritando que “¡Cincuenta años es suficiente!” La “arrogante confianza en sí mismos” de estos mandarines globales sólo fue igualada por su “manifiesta incompetencia.”

A pesar de todo esto, Mallaby no se conforma con juicios simplistas o moralistas. De hecho, el Banco podría señalar algunos logros notables. Cuando un especialista en Indonesia acusó que entre 20 y 30 por ciento de los dineros del Banco se estaban extraviando en Indonesia, el Banco pudo replicar que gracias a sus intervenciones las tasas de pobreza habían disminuido de un 60 por ciento en 1966 al 11 por ciento a mediados de los años noventa. Cuando un hostil Secretario del Tesoro de Bush afirmó que el Banco no había tenido ningún impacto sobre la pobreza en el mundo, el Banco contraatacó con fuerza: a partir de 1960, la expectativa de vida en los países pobres había subido de 45 a 64 años; a partir de 1970 el analfabetismo en el mundo cayó del 47 por ciento al 25 por ciento; a partir de 1980 la población del mundo se había incrementado en 1,600 millones, pero quienes viven en la pobreza son menos de 200 millones. Por todos estos avances el Banco podía razonablemente reclamar cierto crédito, aunque la medida exacta de su contribución siempre estará en discusión.

Es cierto que el Banco –y en esto no fue el único de las instituciones o los países– se tomó un largo tiempo para responder a la pandemia del sida. Pero cuando despertó, alrededor de 1999, su influencia fue decisiva en varios lugares, como en la India, donde un pacto con el gobierno salvó millones de vidas. Antes de la presidencia de Wolfensohn, el Banco se resistió a los pedidos de aliviar la paralizante deuda de los países más empobrecidos. Pero una vez que Wolfensohn escuchó e hizo caso de ese reclamo, la fuerza del liderazgo del Banco impulsó a las instituciones financieras internacionales y al g7 a una y luego otra serie de perdones de la deuda, aunque algunos funcionarios del ifi cuestionaron si los programas fueron bien concebidos o ejecutados.

Para los críticos no es difícil encontrar casos en cualquier lugar de África en que los créditos del Banco han desaparecido en un agujero de desperdicio, corrupción y construcción de monumentos. Pero observemos la historia de Uganda. Arrasada por la brutal dictadura de Idi Amin en los años setenta, y luego por el gobierno de un solo partido de Obote, Uganda cayó al fondo de la liga de los países más pobres del mundo. En 1986 un golpe de estado llevó al poder a Yoweri Museveni, que uniendo fuerzas con el Banco para estimular el desarrollo económico logró incrementar el ingreso promedio en un 40 por ciento en una década. Entre 1992 y 2000 la pobreza disminuyó del 56 por ciento de la población al 35 por ciento. Gracias en gran parte al sofisticado ministro de finanzas de Museveni, Uganda elaboró un plan de acción para la erradicación de la pobreza a lo largo de un amplio frente de políticas económicas, educativas y de salud. En una campaña contra la corrupción, el Banco presionó al gobierno para que racionalizara un presupuesto transparente al público, permitiendo incluso que grupos de la sociedad civil monitorearan los gastos en servicios sociales. Un crédito del Banco por 155 millones de dólares para la educación primaria gratuita hizo que se duplicara el número de alumnos en las escuelas.

El Banco también podía ser un pacificador. La disposición del Banco a actuar de manera rápida y efectiva para reconstruir Bosnia ayudó a concluir un acuerdo de paz en una atmósfera de recriminaciones y sospechas. En las negociaciones de Dayton, el Banco mostró a serbios, croatas y bosnios que las concesiones hechas por cada uno de ellos captarían la imaginación de un mundo dispuesto a impulsar la reconstrucción. Como institución multinacional, el Banco pudo coordinar a las naciones donantes y a las organizaciones internacionales para reconstruir el sistema financiero, redactar una nueva constitución y reconstruir escuelas y clínicas, por mencionar algunos ejemplos. El Banco pudo actuar como mediador “neutral” que no estaba de manera evidente del lado de ninguno de los adversarios.

Se pueden escuchar relatos similares en otras esferas. Sí, muchos proyectos de infraestructura –caminos, presas, redes eléctricas– habían proporcionado mucho menos de lo que prometieron. Pero el Banco podía aprender. El reforzamiento de las riberas de los ríos en las zonas de inundación de Bangladesh protegió a los habitantes de las aldeas, la construcción de carreteras acercó a los mercados, y el oleoducto de Chad ofreció un asomo de esperanza de ingresos para el estado. El combate a la pobreza, afirmó Wolfensohn después del 11 de septiembre del 2001, combate el terrorismo.

En cualquier proyecto y en cualquier momento, el Banco se puede encontrar atrapado entre expectativas contradictorias. Compárense tres sectores que a menudo chocan entre sí. Los accionistas, sobre todo las naciones ricas del norte, impulsan sus propias agendas, que cambian y vuelven a cambiar cada que hay un cambio de administración (cf. las prioridades de la administración de Clinton en la educación y el escepticismo inicial de la administración de Bush) y de acuerdo a los dictados de la realpolitik. El 11 de septiembre del 2001 redireccionó una cantidad significativa de nuevos recursos al combate al terrorismo, a través de campañas contra el lavado de dinero.

Sus clientes, los países en desarrollo, con frecuencia presentan opciones nada fáciles al Banco. El precio de la marcada reducción de la pobreza en Indonesia pareció ser la tolerancia de una corrupción rampante, y el desvío de fondos del Banco Mundial a bolsillos privados sin fondo. Detrás de la historia de éxito de Uganda se encuentra un gobernante autoritario, Museveni, que toleró unas elecciones en 2006 arrojando a su principal oponente a prisión. ¿Y quiénes son los son los verdaderos clientes del Banco? ¿Los funcionarios gubernamentales y sus séquitos de consultores, los administradores regionales que “cobran su impuesto” a los fondos del Banco Mundial para llenar sus bolsillos, o la gente pobre de las áreas rurales y los habitantes de los barrios pobres, que luchan por una comida al día y un mínimo de dignidad? ¿Y si son estos últimos, cómo saber qué es lo que realmente necesitan? ¿Y una vez identificadas esas necesidades, cómo hacer que el dinero llegue a las manos de aquellos que lo necesitan más?

Y luego están los activistas. En esto Goldman y Mallaby están de acuerdo. Existe la opinión ingenua de que las ONGs son las representantes de la virtud frente al vicio del Banco y sus donantes. Goldman sostiene que algunos de los grupos ambientalistas con mejor reputación –la Wildlife Conservation Society y el Worldwide Fund for Nature, por ejemplo– fueron cooptados por el Banco en los proyectos del delta del Mekong. Mallaby extiende sus alcances, aplaudiendo por un lado a Wolfensohn por acercarse a las ONGs, pero reprochando por otro lado al “Stankoist” que rompió ventanas y quemó vehículos en la reunión anual de Seattle del Banco y el Fondo. La historia del Banco está repleta de episodios en los que se ha tomado más en cuenta a grupos pequeños, que representan a un número desconocido de personas, que a gobiernos enteros, y episodios en los que las ONGs reaccionaron con una oposición instintiva a los proyectos del Banco sin haberlos estudiado. Goldman muestra que ONGs con nombres inocuos son a menudo prestanombres de industrias que persiguen sus propios intereses económicos y pelean por los lucrativos contratos del Banco. Escuchar a la población civil es una buena práctica del Banco, pero sin una comprensión prudente de a quienes representan las ONGs y qué tanto se les debe tomar en cuenta, los que toman las decisiones en el Banco hacen bien en ser precavidos. Poner a las ONGs antes de los intereses de los ciudadanos de los países que reciben los créditos requiere precauciones especiales.

Y si esta presión por tres lados no fuera suficiente, el Banco mismo es una sociedad tribal en la que quienes trabajan en sus oficinas centrales chocan con los que trabajan en el campo, donde los tecnócratas de largo plazo resienten a los políticos transitorios que llegan a dirigirlos, y donde la ideología dominante de cierta economía choca con los antropólogos y otros científicos sociales. Los directores administrativos de los inversionistas del Banco observan por encima del hombro de los administradores, y los funcionarios bien pagados que vuelan en primera clase, se hospedan en hoteles de cinco estrellas, y obtienen beneficios que raras veces existen en sus países de origen, pelean ferozmente por permanecer en sus oficinas y proteger sus pequeños feudos.

Añádase a esta masa de contradicciones la imposibilidad de su mandato, cuando los políticos y las ONGs le arrojan al Banco todo problema complejo, que aparentemente el mundo no sabe cómo –o le falta decisión para– resolver. Podemos afirmar con el presidente de Banco Mundial Robert McNamara que “los extremos del privilegio y las privaciones [en nuestro mundo] son ya simplemente inaceptables.” ¿Quién estaría en desacuerdo con el reciente presidente del Banco Mundial Wolfensohn en que “la disminución de la pobreza es el problema más importante” del mundo? Pero como vimos en la audaz visión de Lyndon Johnson de eliminar la pobreza en las ciudades de los Estados Unidos, una visión noble y una voluntad política no son ninguna garantía de que el dinero y la experiencia puedan proporcionar resultados.

Todo tiene que resolverse al mismo tiempo, porque todo es interdependiente. Pero los planes amplios se parecen mucho a la falta de enfoque. Demasiado enfoque y los programas mueren por falta de contexto; demasiado amplios y sus energías y recursos se disipan. En breve, la complejidad de la misión del Banco exige que tanto sus críticos como sus defensores sean lo suficientemente modestos para admitir que las teorías económicas o del desarrollo –o cualquier teoría de las ciencias sociales– son inadecuadas en el momento presente para proporcionar programas definitivos. Y la adopción inadvertida de ideologías dominantes definitivamente no es la respuesta.

En el caso del Banco, Goldman y Mallaby aducen suficientes evidencias para recordarnos que las instituciones, como los individuos, pueden ser corrompidas por los grandes poderes que usan a la institución para beneficiar a su país, por líderes políticos locales que las usan para mantenerse en el poder, por ONGs que hacen ruidosos reclamos para ser escuchadas en medio del clamor de otras ONGs, por burócratas más preocupados por sus ambiciones personales que por lograr la misión de la institución, por imperativos institucionales de que el Banco “muestre resultados” por defectuosos que estos sean, y por estudiosos que buscan mantener su prestigio académico.

La respuesta no es la desesperanza. Desmantelar el Banco no suena nada sensato, aunque preguntar constantemente cómo se está gastando su dinero parece inteligente, por lo menos para mantenerlo transparente frente a los ciudadanos y ante nuestros gobernantes. La presidencia de Wolfensohn muestra que es posible hacerlo cambiar, aunque esto no sea fácil. Aún así, es necesario que sometamos constantemente a esta institución enormemente poderosa precisamente al tipo de crítica profunda que ofrecen Goldman y Mallaby, que escuchemos las voces discordantes y que confrontemos directamente las visiones contrastantes esbozadas por Mallaby: un Banco Mundial que se asocia primordialmente con gobiernos y ONGs del norte frente a un Banco que mantiene su visión enfocada en “los menores de éstos,” los países pobres que es su misión ayudar. Dejemos que el Banco siga con su experimentación, pero exijamos que escuche las alternativas, ejerza la autocrítica y, sobre todo, muestre pruebas de que realmente está creando un mundo “libre de pobreza.” Haríamos bien en recordar las todavía estremecedoras palabras del presidente del Banco Mundial George D. Woods (1963-1968): “el sufrimiento de los pueblos pobres, dos terceras partes de la humanidad que están tratando de cruzar el umbral de la modernidad, es el drama central de nuestro tiempo.”

Terence Halliday es co-director del Centro de Derecho y Globalización de la Fundación de la Barra de Abogados de los Estados Unidos y la Escuela de Derecho de la Universidad de Illinois. Actualmente trabaja en varias obras sobre las conexiones entre la globalización, el derecho, los mercados y la libertad política. Ha sido consultor del Banco Mundial en China.

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