Elogium del Taedium Vitae

Por: 
Dulce Ma. Zúñiga

Departamento de Estudios Literarios, Universidad de Guadalajara

La doctora Dulce María Zúñiga, reconocida maestra e investigadora de literatura, realiza aquí un profundo y documentado elogio del Tædium Vitæ donde describe su historia, su etimología, sus sinonimias y parentescos. Y a pesar de que Baudelaire, Gautier, Víctor Hugo, Esquilo, Pascal, Kuhn, Gide, Séneca, Lucrecio, Voltaire, Horacio y Leopardi son citados con liberalidad y atingencia, el resultado que produce es todo lo contrario al tedio. Tædium, esa denostada palabra que por fin tuvo su elogio, que resume la doctora Zúñiga con una sabia frase de Leopardi “El tedio es, en cierto modo, el más sublime de los sentimientos humanos […] el tedio me parece el mayor signo de grandeza y de nobleza que se pueda ver en la naturaleza humana.” ¿Así o más claro?

Tedio, palabra terrible y justamente temida. ¿Cuántos remedios no ha inventado el ser humano para combatir ese mal insondable? Se nace con propensión al tedio o a la alegría. Junto al tedio fundamental, que aqueja a tantos seres, y que la medicina antigua llamaba hipocondría, hay diversas clases de tedio generadas por circunstancias especiales de la vida y que en consecuencia tienen una existencia pasajera: al tener una causa ocasional, desaparecen con ella. El tedio es la expresión máxima del aburrimiento, el hastío y el disgusto. Estos males secundarios —por pasajeros— toman diferentes nombres: melancolía, tristeza, nostalgia, depresión, pero es difícil clasificarlos porque las modalidades y variaciones son infinitas ya que dependen de cada individuo según su sensibilidad, edad, y cultura, entre otros muchos factores, como la éoca. No se era melancólico de la misma manera en el siglo XIX que en el XXI.
En la lengua española se registra por vez primera el vocablo “tedio” en 1739 en el Diccionario de la Real Academia Española y así se define: “Aborrecimiento, fastidio o molestia. Viene del latín Tædium”. La definición permanece invariable hasta 1899, en que a los tres anteriores se les agrega el término “repugnancia”. Así se queda hasta la edición de 1992, en que se le otorgan tres acepciones: 1. Gran pesar. 2. Fuerte rechazo o desagrado que se siente por algo. 3. Aburrimiento extremo o estado de ánimo del que soporta algo o a alguien que no le interesa. Se le atribuyen dos sinónimos: “desgana” y “hastío” y dos antónimos: “distracción” y “diversión”. El tedio, tiene su equivalente lingüístico en portugués tédio, en francés: ennui y en italiano noia, pero en estas dos últimas lenguas, el origen no es la voz tedium como se observa, sino otra, también latina in odio o bien in odium con la que se componen las expresiones anodiosus, y anoediosus que significaban ser odioso, provocar disgusto. En el léxico latino se consigna que se usaba el vocablo odium como sinónimo de tædium. De ahí se explica cómo en español y portugués se tomó éste último y en francés e italiano su sinónimo in odium para significar el mismo concepto, el mismo estado anímico.

En los estudios literarios la voz francesa ennui, se ha convertido en un tema fundamental, en una referencia, debido a su importancia en la literatura francesa desde la segunda mitad del siglo XIX, al grado de que en otros idiomas se conserva el vocablo en francés como concepto fijo.1 Ennui, semánticamente, implica al menos tres definiciones en la lengua francesa:

1. Sufrimiento y disgusto provocados por un sentimiento de carencia o inadecuación entre la conciencia y los objetos. Pérdida. Nostalgia.
Estas acepciones se aproximan de la etimología inodium. Traducen el dolor que provoca la ausencia o pérdida, y colocan al término ennui en un campo lexicológico cada vez más amplio. El ennui puede abarcar experiencias psicológicas muy diversas, aunque tengan en común una impresión dolorosa de vacío: consternación del cuerpo y del alma; privación del objeto amado; conciencia repentina del transcurso vacío del tiempo (“perder el tiempo”, “dejar pasar el tiempo”); sentimiento de abandono que introduce el término ennui en el registro religioso (el ennui, en la tradición cristiana se considera pecado).

2. Lasitud moral.
Esta designación marca una primera atenuación del término ennui: indica una progresiva especialización en el dominio de lo moral, mientras que en su origen podía aplicarse también al somático. Sin embargo, esto no contradice el sentido fuerte de sufrimiento moral: cohabita con él. En el siglo XVI, el término ennui podía ser utilizado como sinónimo eufemístico de monotonía, aproximándose al tædiosus latín.

3. Los ennuis.
Esta tercera acepción –usado exclusivamente en plural– generada sin duda en el habla popular, es sinónimo de contrariedad o problema, equivalente en francés del término embarras.

La mínima exploración semántica que hemos realizado conduce a fijar los tipos de experiencia que en la lengua francesa moderna abarca el vocablo ennui. Son tres, bien definidos:

 a) ennui accidental: se trata de una lasitud puntual provocada por un objeto fastidioso o una situación monótona circunstancial. No implica sufrimiento moral insuperable. No es un sentimiento digo de interés por parte de la literatura.
b) ennui esencial: es el más fecundo porque traduce un vacío del Ser, un abismo de la conciencia que puede desembocar en una experiencia trágica de la vacuidad. Está relacionado con la melancolía, el spleen, e inclusive con lo que se llamó el mal del siglo.
c) los ennuis: la forma plural se aleja definitivamente del terreno psicológico sus efectos son prácticos, materiales (se pueden tener, por ejemplo, ennuis económicos, sociales, amorosos). Esta forma en plural, no tiene por lo tanto ninguna relación con el tedio en español.

La historia del vocablo y por lo tanto del concepto ennui denota una búsqueda de especificidad tendente a fijar límites entre sus sinónimos, como la melancolía o el aburrimiento. Hay entre estos dos términos una interacción inevitable debido a que el tedio puede ser la fuente o causa de un temperamento melancólico. Sin embargo, se pueden distinguir los usos:

a) la melancolía, por tradición hipocrática, originalmente es un término de orden médico, mientras que el tedio nunca ha constituido una categoría de la nosografía. El tedio puede ser considerado como síntoma elocuente de un padecimiento asociado a la melancolía. En lenguaje científico actual, la melancolía se designa distemia o distimia: depresión neurótica.
b) la melancolía puede asociarse de alguna manera con la idea de placidez, de ensoñación y levedad. Es un estado anímico a veces dulce, sutil, mientras que el tedio nunca podría serlo: imposible decir, por ejemplo: “el dulce tedio” o “el tedio encantador”. Hasta cierto punto, ser o estar melancólico era una signo de carácter noble, gentil, snob, diríamos ahora.

A esto hay que agregar la aparición del término inglés spleen en la literatura francesa del siglo XIX, que indica una forma de melancolía con efecto trágico.

La palabra spleen era ya conocida y usada en Francia desde el siglo XVIII (aunque no aparece definida en la Enciclopedia de Diderot), sin embargo, para el lector actual, está estrechamente ligada con el Romanticismo del siglo XIX y con los poetas contemporáneos de Baudelaire y Verlaine: se habla frecuentemente del spleen baudeleriano o del spleen verlainiano.

Ese monosílabo no se aclimató nunca definitivamente al idioma francés sino como anglicismo: Baudelaire mismo no lo emplea ni una sola vez en el interior de un verso, sólo en el título de cuatro poemas y del primer apartado de sus Fleurs du Mal “Spleen et idéal”. Para un francés del siglo XIX, el término spleen tenía dos orígenes: uno etimológico, otro geográfico. Proviene de la palabra griega splenikos que en anatomía designaba el bazo y, más tarde, en el siglo XVI, en la terminología de la medicina de los humores indicaba una especie de desorden orgánico llamado melancolia splenica, porque se creía que en el bazo se acumulaban todos los líquidos que provocaban la melancolía, o hipocondría. Pero ¿quién podría afirmar que en Francia, los usuarios de la palabra hacia 1830 conocían su principio etimológico?

Por otra parte, el origen geográfico no se ha olvidado. A lo largo del siglo XIX y hasta nuestros días la palabra es usualmente acompañada por su adjetivo calificativo que recuerda su origen geográfico y su singularidad. En la poesía, como en el imaginario cotidiano se habla de spleen inglés, envuelto en una atmósfera grisácea Como se puede leer en este poema de Théophile Gautier de Après le bal:

O Temps! Que nous voulons tuer et qui nous tues,
Vieux porte-faux, pourquoi vas-tu traînant le pied
D’un pas lourd et boiteux, comme vont les tortues
Quand sur nos fronts blêmis le spleen anglais
s’assied?2

En nuestra lengua, spleen –hispanizado “esplín”– aparece por primera vez en el léxico español en 1843 y significa: “humor tétrico que produce tedio de la vida. Es voz tomada del inglés”. En la versión del Diccionario de la Real Academia de 1970 se define más escuetamente como: “Melancolía, tedio de la vida”. Y es la que se consigna aún hoy en día.

Pero los cielos grises y las brumas suscitan distracciones crueles y el spleen designó a la vez que un ambiente meteorológico, el aburrimiento inquietante de los ingleses: el reino nebuloso del spleen. En el espacio literario del siglo XIX se pasó de un auténtico spleen londinense a un poético spleen parisino.
En la novela Les miserables (1862) de Víctor Hugo, se utiliza varias veces la palabra –y el concepto– spleen. Un ejemplo lo proporciona el personaje Gantaire, quien, irritado, exclama: “Oh, j’ai le spleen, compliqué de mélancolie, avec la nostalgie, plus l’hypocondrie, et je bisque, et je rage, et je bâille, et je m’ennuie, et je m’assomme, et je m’embête!”.3

En literatura, hay ocasiones en que lo no dicho o lo dicho en sentido figurado tiene más importancia que lo explícito. Por lo tanto, un narrador o un personaje pueden implicar una descripción de sufrimiento moral sin utilizar la palabra tedio. Por ejemplo, en el drama clásico Agamenón, de Esquilo, el coro profiere el dolor de Menelao a la partida de Helena, aludiendo tácitamente al tedio trágico provocado por la pérdida, sin que aparezca la fatídica palabra: “Y en sus sueños, las apariciones dolorosas no le aportan sino vanas alegrías; porque la felicidad que creemos ver, se desliza rápidamente entre los brazos, para huir a ocultarse entre los surcos del sueño. Tales son los pesares que le acosan al pie mismo de su lecho, tales y más crueles aún”.

El poeta francés Alphonse de Lamartine se paseaba por los cementerios de Londres, de París o de Florencia para exaltar su melancolía a la vista de las tumbas imaginando a todos esos seres que ya no eran más que polvo. Esta forma romántica de avivar la melancolía pasó de moda junto con el Romanticismo. Este tipo de búsqueda de “inspiración” en lugares sombríos y tétricos era de origen inglés y de esencia cristiana. La crisis terminaba por lo general con la expresión de la fe en Dios y la esperanza en las futuras glorias del paraíso.

Desde el siglo XVI, Blaise Pascal desentraña en sus Pensées (1669) la naturaleza del ennui y lo vincula propiamente con el sentimiento del vacío, de la vacuidad, de la falta de curiosidad absoluta. Propone que el hombre, para huir del tedio, busca el entretenimiento, la diversión:

Rien n'est si insupportable à l'homme que d'être dans un plein repos, sans passions, sans affaire, sans divertissement, sans application. Il sent alors son néant, son abandon, son insuffisance, sa dépendance, son impuissance, son vide.4

Es por temor al vacío que implica la inactividad, que los seres humanos vamos en busca del otro, del que nos hace sentir confrontados y ocupados, afirma Pascal: “De là vient que le jeu et la conversation des femmes, la guerre, les grands emplois sont si recherchés.”5 Es decir, desde el siglo XVI, el tedio se representa como un elemento significativo en la aproximación crítica al fenómeno de la restricción de las capacidades del individuo moderno para la acción. Sin embargo, en la inclinación hacia la inactividad hay un signo diferenciador que distingue el ennui del aburrimiento entendido en términos generales, y es que el primero está dotado de un sentido de desorden metafísico del que este último carece y que, según Reinhard Kuhn, emblematiza Emma Bovary:

It is a generally accepted interpretation that Flaubert's Emma Bovary presents symptoms similar to those felt by the bored suburbanite. And yet to reduce her ennui to this level is to misunderstand the very complex condition of which she is the victim. The former suffers from a metaphysical malady, and the latter only feels a superficial and vague disquiet. It is the difference in dimension that makes of the one a great literary figure and the other an undistinguished and uninteresting representative of a group.6

A este carácter trascendente que va más allá de la condición meramente psicológica del ennui se añade, en palabras de André Gide, un profundo temor casi convertido en pánico, un recurrente aislamiento de la realidad circundante transformado en exilio perpetuo del resto del mundo. Frente a la aguda conciencia del tedio, Gide establece una conformación sustancial del tedio burgués: su condición de experiencia total que afecta de igual modo al cuerpo y al espíritu. Por ello, y quizá desde una perspectiva más sutil no se puede entender el ennui sin considerar previamente el extrañamiento, la alienación y el sentido atemporal que lo acompaña en sus manifestaciones en el texto literario. Gide nos muestra de nuevo en su Isabelle, el carácter totalizador del ennui que compendia el orden atemporal de la experiencia, la inactividad conformada desde el encierro tanto físico como figurado o mental, y la subsiguiente angustia devastadora que se instala en el desorden pulsional creado a partir de dicha experiencia.

Ensaya Kuhn, así pues, una definición sintética del término ennui y del concepto que éste lleva aparejado: un vacío psicológico, una oquedad existencial, en definitiva, una nada casi sartreana:

By reducing these multitudinous characteristics to their essential common factor, we can tentatively define ennui as the state of emptiness that the soul feels when it is deprived of interest in action, life, and the world (be it this world or another), a condition that is the immediate consequence of the encounter with nothingness, and has an immediate effect a disaffection with reality.7

Esta definición se destaca principalmente el carácter de vacío, de desinterés desoeuvrement en francés, de una absoluta no-curiosidad. El solo hecho de confesar el tedio es ya un acto de significativo. Confesar el propio tedio a alguien o leer la expresión del tedio en un personaje ficticio implica al menos, tres tipos de convención. La primera se establece entre el que lo padece y su interlocutor: convención de inteligibilidad. No se hace necesaria una definición o explicación: basta decir “tedio” para que de inmediato se evoque una serie de referencias comunes. Todo mundo sabe lo que significa, bien por haberlo sentido o por haberlo visto en otros. El carácter polisémico del sentimiento del tedio no proviene de su naturaleza (¿a qué grado puedo uno estar seguro de que lo que sentimos es tedio?), sino de su aceptación (¿cómo puede uno aburrirse al extremo?). Aquí interviene la segunda convención, de orden ideológico. Que el tedio sea la expresión de una falta o carencia no significa que ésta sea la misma para todos. Entra en operación un sistema de valores subjetivos que tienden a parecerse a una serie de valores colectivos. Es decir, es necesario que la subjetividad se reconozca en la colectividad. La tercera convención es de orden cultural: los códigos culturales entre el que sufre el tedio y lo confiesa y quien lo escucha e interpreta, deben ser coincidentes, de no serlo, la significación variaría al grado de caer inclusive en la interpretación contraria.

El ennui resulta ser un fenómeno dual de elevación sobre lo cotidiano y de conciencia minimizada del propio destino, que reduce lo monótono a la experiencia resignada del discurrir vital. Su estudio puede ser abordado desde distintas ópticas y diferentes disciplinas: políticas, ideológicas, sociológicas, psicológicas, económicas... sin embargo, lo que más interesa en esta breve exploración es su abordaje estético: su representación en una esfera de significación estrictamente poética.

Baudelaire, en Les fleurs du mal, lo define como “un monstre qui dans un bâillement avalerait le monde” (“un monstruo que en un bostezo se tragaría al mundo »
 
Sea cual sea el término usado, el concepto es coincidente: la vacuidad inútil del yo, el desagrado de sí mismo (displicentia sui), el no soportarse a sí mismo (impatiens sui) y en consecuencia, el desánimo de vivir (taedium vitae).

Séneca fue el primero en la Antigüedad en introducir una distinción entre taedium (sui o vitae), y el aegritudo (tristeza). La tristeza o “enfermedad del alma” en su sentido general no es lo mismo que ese malestar existencial, más insidioso, pero sin llegar a convertirse en furor insano, el taedium vitae escapa a cualquier diagnóstico médico: califica a la parálisis esencial del afectado como una inercia misteriosa.

Lucrecio argumenta que los hombres se hunden en el fastidium por un terror infundado, pueril, a la muerte y por su ignorancia de una filosofía que les pueda proporcionar serenidad, por eso aconseja dedicarse a descubrir “la naturaleza de las cosas” para comprender que el ciclo vida-muerte es natural, no debe infundir temor. Por más que huya, el hombre fastidiado no encuentra remedio a su mal: donde quiera que esté todo se parece a todo: nihil novi, no hay nada nuevo, dice Lucrecio, él se lleva consigo su ser.

Este pesimismo resignado y fatal se encuentra también de manera muy similar en la novela Candide, de Voltaire, quien en el siglo XVIII (1759) describe al ser humano como un ser destinado a vivir “dans les convulsions de l'inquiétude, ou dans la léthargie de l'ennui »” (“Entre las convulsiones de la inquietud o el letargo del tedio”)8

Séneca, como médico, analiza atentamente los síntomas visibles del mal, no se lanza a filosofar teóricamente sino que practica su conocimiento de la medicina del cuerpo para asomarse al alma del enfermo.

    El tedio es un mal del tiempo, concluye: traduce una incapacidad del individuo para situarse en el tiempo y comprenderlo. El fastidiado se fastidia porque no comprende el curso del tiempo. ¿Por qué aborrecemos el nihil novi, la repetición de las cosas, de los gestos, de los efectos. Hay que comprender, argumenta Séneca, que el universo es así, que está formado por ciclos perpetuos que son el tiempo racional del mundo, así lo quieren los dioses, que son la razón. La displicentia sui viene de que no somos capaces de ser plenamente lo que queremos ser, lo que debemos ser. El futuro no nos pertenece, no será nunca nuestro; el pasado ya no lo es tampoco, de manera que hay que aferrarse al presente, no para gozar a cualquier precio, no por el carpe diem quam minimum credula postero9 horaciano, sino para expresar la sustancia medular del momento, para “ser” plenamente en el presente, para “pertenecer” al tiempo y lograr una empatía consigo mismo, para estar contentos de nosotros.

    Uno de los puntos de originalidad de Séneca, consiste en que no sólo se ocupa del miedo a la muerte, que no es sino uno de los síntomas posibles del tedio, una expresión entre otras del “mal de vivir”. Si hay que “apresurarse a vivir” el día presente como si fuera el último, es para evitar la insatisfacción. El remedio contra el disgusto por la vida es llevar un tren de vida ocupado. Pero el tedio y el alma son rebeldes, no hay que alterarlos: el remedio se pone a su alcance: trabajar, como se dijo antes, para mantener viva una necesidad, una falla, un deseo que debe ser constantemente colmado.

    La actividad elegida tiene relación con el género de vida que el individuo ejerce entre una variedad de posibilidades que le ofrece la civilización en que vive: entre la gubernatio, el negotium y el otium.

Otium tenía en principio una acepción muy positiva, ligada con la creatividad. Cuando se caía en la inactividad vacía –iners– entonces se consideraba negativo, era simplemente dejar pasar el tiempo. Este segundo tipo de ocio inerte es el que se convirtió en “la madre de todos los vicios”, como reza el dicho latino: Criminis est mater vitii est ignavia nutrix: otia si tollas tollitum omne malum.

El ocio implicaba la posibilidad de ejercer con libertad el tiempo: en el ocio no hay términos marcados por la actividad urbana, sólo los que el propio “ocioso” se impone. La escritura y la lectura se consideraban prácticas pertenecientes al ocio: actos profundamente humanos, signos emblemáticos de la naturaleza humana capaz como ninguna otra de construir –y apreciar– espacios imaginarios con propósitos puramente estéticos. La finalidad de la escritura era precisa y esencial: se situaba entre la acción y la inactividad, es la sublimación esta última. Por otro lado, la vida activa (negotium) debía dejar un espacio para la meditación, necesaria para que el individuo no se perdiera, para que en esos momentos se dedicara a sí mismo (sibi adplicare).

    Séneca no predicaba que algún género de viva fuera superior al otro o que el tedio no alcanzara a individuos de uno u otro estilos de vida: una vez manifestado, había que combatirlo con las armas propias y se requiere de astucia. El tedio, dice, es inconstante, variable, multiforme. Por lo tanto, recomienda alternar los estilos de vida: una sutil mezcla entre otium y negotium. Para controlar el acoso del tedio, hay que buscar el conocimiento de nosotros mismos y encontrar el justo equilibrio entre otium y negotium.
Giacomo Leopardi, poeta del siglo XIX escribió: (LXVIII Zibaldone)

El tedio es, en cierto modo, el más sublime de los sentimientos humanos. […] el tedio me parece el mayor signo de grandeza y de nobleza que se pueda ver en la naturaleza humana. Por eso el tedio es poco conocido por los hombres de escasa importancia y poquísimo o nada por los otros animales.

Así pues, el Tedium Vitae puede, de alguna manera secreta, engendrar obras de arte, es un estado anímico refinado, el tedio, no el simple aburrimiento. Como dijo Téophile Gautier:

Je ne suis rien, je ne fais rien ; je ne vis pas, je végète.
C'est pourquoi n'étant bon à rien je me suis mis à faire des vers.

(No soy nada, no hago nada; no vivo, vegeto.
Y es porque soy un bueno para nada que me puse a escribir versos.)

Dulce María Zúñiga, es escritora y académica. Coordina la Cátedra Julio Cortázar, es directora del premio FIL de Literatura, y jefa del Departamento de Estudios Literarios (CUSH) de la Universidad de Guadalajara.

Tedium Vitae
Oscar Wilde

To stab my youth with desperate knives, to wear
This paltry age’s gaudy livery,
To let each base hand filch my treasury,
To mesh my soul within a woman’s hair,
And be mere Fortune’s lackeyed groom,—I swear
I love it not! these things are less to me
Than the thin foam that frets upon the sea,
Less than the thistle-down of summer air
Which hath no seed: better to stand aloof
Far from these slanderous fools who mock my life
Knowing me not, better the lowliest roof
Fit for the meanest hind to sojourn in,
Than to go back to that hoarse cave of strife
Where my white soul first kissed the mouth of sin.
Traducción de Humberto Saldaña

Atormentar mi juventud con hirientes puñales de desesperación,

Vestir, a esta despreciable edad, una vistosa librea.

Dejar que cualquier vulgar ratero hurgue en mi tesoro,

Mezclar mi alma a la ondulante cabellera de una dama,

Y no ser más que un mero lacayo, novio y chambelán de la Fortuna.

Juro que detesto mi situación.

Estas cosas valen menos para mí que la volátil espuma

En las crestas del mar, menos que la luz del verano

Donde flotan la flauta del cálido viento y un aire sin semillas.

Prefiero permanecer aparte, lejos de la turba escandalosa de tontos

que deforman mi vida con sus grotescos gestos, sin conocerme.

Un ruin y bajo techo de escondite le viene mejor

A la breve estancia de esos vagos malditos.

Mejor evitarlos que retroceder a la ronca caverna del conflicto

Donde mi alma inocente besó, por primera vez, la boca del pecado.

 

Publicado en la Revista: