Hayek y los intelectuales

Por: 
Roger Kimball
Traducción: 
Moisés Silva

Publicado en la revista The New Criterion

El fantasma de Friedrich A. Hayek sigue recorriendo el mundo y provocando con sus ideas a ciertos intelectuales socialistas e “inevitablemente sentimentalistas”. Roger Kimball, en este texto publicado originalmente en The New Criterion, toma como pretexto una nueva edición de Camino de servidumbre para sugerir una nueva lectura de este clásico de la economía de mercado y de la política liberal.

Una regla que, al concebirla, puede parecer de lo más benéfica para la sociedad, puede luego resultar absolutamente perniciosa y destructiva al ponerla en práctica.
David Hume

Uno de los espectáculos más descorazonadores de nuestro tiempo es ver hasta qué punto algunas de las cosas más valiosas que Inglaterra… ha dado al mundo son vistas ahora con desprecio en la misma Inglaterra.
Friedrich A. Hayek

Fuimos los primeros en afirmar que, entre más complicadas sean las formas que adopta la civilización, más restringida deberá ser la libertad del individuo.
Benito Mussolini

En realidad, Benito, ustedes no fueron los primeros. Las palmas por haber promulgado primero ese principio en todo su horror le corresponden a V. I. Lenin, que en 1917 alardeaba de que cuando terminara de construir su paraíso de los trabajadores “toda la sociedad se convertirá en una sola oficina y una sola fábrica, con igualdad de empleo e igualdad de salarios.” Lo que Lenin no sabía acerca de la restricción de la libertad del individuo, no valía la pena saberlo. Claro, las cosas no resultaron exactamente como Lenin esperaba – o decía que esperaba – porque conforme la Unión Soviética avanzó pesadamente hacia delante hubo menos y menos trabajo, y salarios por lo general sin valor (¿Te gustaría cambiar algunos de esos dólares por rublos, camarada?). En realidad, la única igualdad que Lenin y sus herederos lograron fue una igualdad de miseria y empobrecimiento para todos, fuera de una fracción cambiante de la nomenklatura. Trotsky dio en el clavo en la parte práctica del asunto al observar que cuando el estado es el único patrón el viejo adagio de que “el que no trabaja no come” se ve reemplazado por “el que no obedece no come”. Sin embargo, una larga línea de intelectuales en Occidente vinieron, vieron, y fueron conquistados. Cuántos escritores, periodistas, artistas y comentaristas bien pensant se deshicieron en alabanzas como las de Lincoln Steffens: “He visto el futuro,” dijo después de su visita a la URSS en 1921, “y sí funciona.”

Por supuesto, no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos. Pero es sorprendente la cantidad de cascarones que se han acumulado en el último siglo (y también está la embarazosa pregunta de Orwell: “¿Dónde está la tortilla?”). No recuerdo qué sabio dijo que la esperanza es el último de los males en la caja de Pandora. Tal vez sea algo injusto para la esperanza, pero no es del todo inaplicable a esa adamantina “fe en un mundo mejor” que siempre ha estado en el corazón del socialismo. Y vaya que es una planta resistente. El experimento socialista nunca ha funcionado como se le ha anunciado, pero sigue volviendo a retoñar en el corazón humano, o por lo menos en la parte colonizada por los intelectuales, esa tribu palpitante que Julián Brenda memorablemente llamó “clercs”, como en “trahison de.” Pero, ¿por qué? ¿Qué tienen los intelectuales que los hace tan extravagantemente susceptibles al intoxicante aroma del socialismo?

En su último libro, La Fatal Arrogancia: los errores del socialismo (1988) Friedrich Hayek subrayó secamente esta peculiaridad:

La búsqueda en vano de los intelectuales de una comunidad verdaderamente socialista, que resulta en la idealización de, y luego la desilusión por, una línea aparentemente interminable de “utopías” – la Unión Soviética y luego Cuba, China, Yugoslavia, Vietnam, Tanzania, Nicaragua – debería sugerir que podría haber algo en el socialismo que no se ajusta a ciertos hechos.

Debería sugerirlo, pero no lo ha hecho. Y la razón, propone Hayek, se encuentra en el peculiar racionalismo al que cierta especie de intelectuales son adictos. La “fatal arrogancia” reside en creer que, al ejercitar su razón, la humanidad podría rehacer la sociedad de una manera que fuera al mismo tiempo igualitaria y próspera, ordenada y propicia para la libertad política.

Hayek siguió la pista de esta ambición hasta Rousseau y Descartes. Si el hombre nace libre pero en todos lados está encadenado, según Rousseau ¿por qué simplemente no se sacude las cadenas, empezando por el inconveniente bagaje de las restricciones sociales tradicionales? Tal vez sea discutible si Descartes merece esa paternidad, pero veo lo que Hayek quiere decir. Hubo sólo un pequeño paso del sueño de Descartes de hacer del hombre el “amo y poseedor de la naturaleza” mediante la ciencia y la tecnología a hacerlo amo y poseedor de su segunda naturaleza, la sociedad. ¡Cuántos elementos recalcitrantes de la experiencia humana y del mundo tuvieron repentinamente que ser negociables para empezar siquiera ese camino! Todo lo que se resume en palabras como “modales”, “moral”, “costumbre”, “tradición”, “tabú” y “sagrado” quedó de pronto en el aire. Pero fue parte de la naturaleza intoxicante de la fatal arrogancia – de nuevo, para aquellos susceptibles a sus encantos – que ninguna barrera pareciera lo suficientemente fuerte para resistir los embates de la ingeniosa manipulación de la humanidad. “Todo lo sólido”, dijo Marx, “se desvanece.”

John Maynard Keynes – otra víctima notoria de la fatal arrogancia – resumió su metabolismo psicológico en su descripción de Bertrand Russell y sus amigos de Bloomsbury:

Bertie en particular sostenía simultáneamente dos opiniones ridículamente incompatibles. Afirmaba que en realidad las acciones humanas eran llevadas a cabo de la manera más irracional, pero que el remedio era bastante simple y fácil, pues todo lo que teníamos que hacer era llevarlas a cabo racionalmente.

¡Cuántos prodigiosos trucos de magia existencial se compactan en esa frase, “todo lo que teníamos que hacer”! F. Scott Fitzgerald dijo una vez que la prueba de una “inteligencia de primer nivel” era “la capacidad de mantener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo” y seguir funcionando. De hecho, esa capacidad es tan común como la mugre. Mire a su alrededor.

Friedrich Hayek (se quitó el “von” de su apellido) comprendió de manera suprema la anatomía de esta especie de necedad intelectual o intelectualista. Nacido en una familia próspera de Viena en 1899, Hayek ya se había hecho de una modesta reputación como economista cuando partió hacia Inglaterra e ingresó a la London School of Economics en 1931. Durante la siguiente década publicó media docena de obras técnicas sobre economía (como La teoría monetaria y el ciclo económico), pero su vida cambió en 1944, cuando Camino de servidumbre, publicado primero en Inglaterra y unos meses después en los Estados Unidos, lo catapultó a la fama.

La nueva edición de este libro de la Universidad de Chicago1 – el segundo de una serie de veinte volúmenes de sus “obras completas” – ofrece una buena ocasión para recordar tanto el poder de la crítica de Hayek como la terca persistencia de las actitudes que criticó. Se necesita valor, o algo por el estilo, para declarar que se está presentando “La Edición Definitiva”. “Definitiva” es un trofeo cambiante y elusivo en estas cuestiones, pero no tengo la menor duda en describirla como una excelente edición. Las líneas más largas hacen que la tipografía sea un poco menos fácil de leer que la elegante edición de del Cincuentenario, pero la nueva edición corrige una buena cantidad de errores tipográficos y agrega material suplementario muy útil, incluyendo notas que identifican las figuras citadas por Hayek.

La historia de esta pequeña pero extraordinaria obra, menos un tratado de economía que un cri de coeur existencial, es bien conocida. Tres editores la rechazaron en Estados Unidos – un lector declaró que era “inapropiada para que la publicara una editorial respetable” – antes de que la Universidad de Chicago, no sin algunas dudas, la aceptara. Uno de los lectores de Chicago, aunque recomendó su publicación, advirtió que era poco probable que el libro “tuviera un mercado muy amplio en este país” o “cambiara el punto de vista de muchos lectores”. Al final, la editorial tuvo problemas para satisfacer la demanda. En unos pocos meses se habían impreso 50,000 ejemplares. El Reader’s Digest publicó una versión condensada que llevó el libro a aproximadamente otros 60,000 lectores, y la versión ilustrada de Look unos años después extendió aún más su alcance.

Traducido a más de veinte lenguas, Camino de servidumbre transformó a Hayek de un académico solitario en una celebridad internacional. En los años siguientes su influencia subió y bajó, pero cuando Hayek murió seis semanas antes de cumplir 93 años, en 1992, se había convertido por fin en el favorito de los académicos. Había sido profesor en la London School of Economics, en la Universidad de Chicago y en la de Friburgo, y había recibido numerosos grados honorarios. En 1974 recibió el Premio Nobel de Economía – la primera vez que este premio fue otorgado a un economista del libre mercado – y sus teorías contribuyeron a establecer las bases intelectuales para las revitalizaciones económicas que Margaret Thatcher y Ronald Reagan emprendieron en los años ochenta.

En un sentido más profundo, sin embargo, Hayek siguió siendo un rebelde, y se mantuvo fuera de las mayorías intelectuales, o por lo menos académicas. El mensaje de Camino de servidumbre demuestra por qué. La obra tenía dos propósitos: por un lado, era una oda a la libertad individual, y por el otro era un apasionado ataque a la planeación económica centralizada y la disminución de la libertad individual que tal planeación requiere.

Podría parecer extraño, después de las revoluciones de Reagan y Thatcher, describir un ataque a la planeación centralizada o una defensa de la libertad individual como “rebelde”. Pero de hecho, aunque las teoría de Hayek ganaron algunas escaramuzas importantes “sobre el terreno”, en el mundo de la opinión intelectual de las élites sus ideas son tan controvertidas en la actualidad como lo fueron en los años cuarenta. Aún en nuestros días existe una resistencia generalizada a la idea que guía el pensamiento de Hayek de que el socialismo es el ambiente propicio para el crecimiento de las políticas totalitarias. Con el ejemplo de la Alemania nazi enfrente, Hayek observó con qué naturalidad el socialismo, al desangrar más y más la iniciativa del individuo para investirla en el Estado, se iba transformando en un régimen totalitario. Uno de los temas principales del libro es que el surgimiento del fascismo no fue una reacción contra las tendencias socialistas de los años veinte, como a menudo se argumenta, sino que fue por el contrario un resultado natural de esas tendencias. Lo que empezó como una convicción de que para que la planeación fuese “eficiente” había que “sacarla de la política” y ponerla en manos de los expertos terminó con el fracaso de los políticos y la aceptación entusiasta de la tiranía. “Hitler no tuvo que destruir la democracia”, anotó Hayek; “simplemente se aprovechó de su decadencia, y en el momento crítico obtuvo el apoyo de muchos que, aunque lo detestaban a él, les parecía sin embargo que era el único lo suficientemente fuerte para asegurar que las cosas se hicieran.”

Gran Bretaña, advirtió Hayek, ya había avanzado bastante en el camino de la abdicación socialista. “Las imprevistas pero inevitables consecuencias de la planeación socialista,” escribió, “crean un estado de cosas en el que… las fuerzas totalitarias van a tomar el control”. Hayek cita a muchos e influyentes comentaristas que alegremente defienden no sólo la planeación económica generalizada sino el rechazo descarnado de la libertad. En 1932, el influyente teórico político Harold Laski argumentaba que no se debería permitir que “la derrota en las urnas” descarrilara el glorioso avance del socialismo. Votar está bien y es bueno, siempre y cuando la gente vote bien, es decir, por la izquierda. En 1942, el historiador E. H. Carr afirmó alegremente que “El resultado que deseamos sólo se puede obtener mediante una reorganización deliberada de la vida en Europa, tal como la que ha emprendido Hitler.” El eminente biólogo y comentarista C. H. Waddington también propuso poner a la sociedad en manos de los expertos, afirmando que la libertad “es un concepto muy complicado para el científico, en parte porque no está convencido de que, en el análisis final, [la libertad] realmente exista.” Sir Richard Ackland, arquitecto del “movimiento de la Commonwealth”, escribió con campechana confianza que la comunidad le dice al individuo “no te preocupes por buscar tu propio sustento.” La “comunidad” en su conjunto se hará cargo de ello, y determinará cómo, dónde y de qué manera cada individuo será empleado. También, añadió, establecerá campos para los que evadan su responsabilidad, pero no hay que preocuparse, porque “la comunidad” insistirá en que tengan “condiciones muy tolerables”. Como Carr, Ackland encontró mucho que admirar en Hitler, quien según él había “tropezado con… una pequeña parte de, o tal vez deberíamos decir un aspecto particular de, lo que le será finalmente requerido de la humanidad.” Esto, dicho sea de paso, fue escrito en 1941, en un momento en el que el mundo descubría que seguir a Hitler requería realmente de muchísima humanidad.

Las dos grandes influencias que presiden Camino de servidumbre fueron Alexis de Tocqueville y Adam Smith. De Tocqueville Hayek tomó tanto el título de su obra como su sensibilidad a lo que Tocqueville, en una famosa sección de La democracia en América, llamó “despotismo democrático.” Hayek, como Tocqueville, observó que en las sociedades burocráticas modernas las amenazas a la libertad frecuentemente vienen disfrazadas de beneficios humanitarios. Si el despotismo a la antigua tiraniza, el despotismo democrático infantiliza. “Se parecería,” escribe Tocqueville, al poder de los padres si, como éste, tuviera como objetivo preparar a los hombres para la edad adulta; pero, por el contrario, sólo busca mantenerlos detenidos irrevocablemente en la infancia. Quiere que los ciudadanos se diviertan, siempre y cuando piensen sólo en divertirse… Trabaja intencionalmente para su felicidad, pero quiere ser el único agente y árbitro de ella. Se encarga de su seguridad, previene y asegura sus necesidades, facilita sus placeres, se hace cargo de sus principales asuntos, dirige su industria, regula sus propiedades, divide sus herencias; ¿no puede quitarles por completo la carga de pensar y el dolor de vivir?... [Este poder] extiende sus brazos sobre la sociedad en su conjunto, cubriendo su superficie con una red de pequeñas, complicadas, arduas y uniformes reglas a través de las cuales ni las mentes más originales ni los espíritus más vigorosos pueden abrirse camino para sobrepasar a la multitud… no tiraniza: obstaculiza, limita, enerva, extingue, confunde y finalmente reduce a cada nación a nada más que una manada de animales industriosos de los que el gobierno es el pastor.

Haciéndose eco de Tocqueville y yendo más lejos, Hayek argumentó que uno de los efectos más importantes del control extendido del gobierno era psicológico, “una alteración del carácter de la gente.” Somos tanto criaturas como creadores de las instituciones que habitamos. “Lo importante,” concluyó, “es que los ideales políticos de la gente y su actitud hacia la autoridad son tanto el efecto como la causa de las instituciones políticas bajo las que vive.”

Gran parte de Camino de servidumbre es negativa o crítica. Su tarea es exponer, describir y analizar la amenaza socialista a la libertad. Pero el argumento de Hayek también tiene su lado positivo. El camino para alejarse de la servidumbre se encontraría en la adopción de lo que Hayek llamó “el orden extendido de la cooperación”, también conocido como capitalismo. En La riqueza de las naciones, Adam Smith hizo notar la paradoja, o aparente paradoja, del capitalismo: que entre más se dejaba a los individuos en libertad para perseguir sus propios fines, más sus actividades eran “guiadas por una mano invisible a promover” fines que ayudaban al bien común. Las búsquedas privadas conducían a bienes comunes: esa es la benéfica alquimia del capitalismo. La reflexión fundamental de Hayek que extiende el pensamiento de Smith es que el orden espontáneo creado y mantenido por las fuerzas competitivas del mercado lleva a una mayor prosperidad que una economía planeada.

El sentimentalista no puede comprender con su mente, ni con su corazón, ese dato. No puede entender porqué no deberíamos preferir la “cooperación” (un arreglo que suena bonito) a la “competencia” (que suena mucho más duro), porque en toda competencia hay perdedores, lo cual es malo, y ganadores, que puede ser aún peor. El socialismo es una versión del sentimentalismo, al que incluso un observador tan realista como George Orwell fue susceptible. En El camino a Wigan Pier (1937), Orwell argumentó que como el mundo “potencialmente al menos, es inmensamente rico,” si lo desarrolláramos “como podría ser desarrollado… todos podríamos vivir como príncipes, suponiendo que quisiéramos hacerlo.” No importa que una parte de lo que significa ser un príncipe sea que los demás, la mayoría de los demás, no sean de la realeza.

El socialista, el sentimentalista, no puede entender porqué, si la gente ha sido capaz de “generar algún sistema de reglas que coordinan sus esfuerzos,” no pueden también conscientemente “diseñar un sistema aún mejor y más gratificante.” Un punto central de las enseñanzas de Hayek es el hecho inamovible de que el ingenio humano es limitado, que la elasticidad de la libertad requiere la acción de fuerzas que están más allá de nuestro control y que, finalmente, las ambiciones del socialismo son una expresión de la arrogancia racionalista. Un orden espontáneo generado por las fuerzas del mercado puede ser tan benéfico para la humanidad como se quiera: puede haber extendido enormemente la vida y producido una riqueza tan impresionante que, hace algunas generaciones, era inimaginable. Pero no es perfecto. Los pobres todavía están allí. No todos los problemas sociales han sido resueltos. Al final, sin embargo, lo realmente mortificante del orden espontáneo producido por los mercados libres no es su perfección sino su espontaneidad, el hecho de que no son creación nuestra. Es algo que trasciende la dirección consciente de la voluntad humana y es por lo tanto una afrenta al orgullo humano.

La vehemencia con la que Hayek condena al socialismo está en función de la importancia de lo que está en juego. Como afirma en La Fatal Arrogancia, la “disputa entre el orden del mercado y el del socialismo es nada menos que una cuestión de supervivencia” porque “seguir la moralidad socialista destruiría a gran parte de la humanidad actual y empobrecería a gran parte del resto.” Tenemos una muestra de lo que Hayek quiere decir cada vez que las fuerzas del socialismo triunfan. Lo que le sigue, como la noche sigue al día, es un incremento de la pobreza y una disminución de la libertad individual.

Lo curioso es que este hecho haya tenido tan poco efecto en las actitudes de los intelectuales. Ningún evento puramente empírico, aparentemente – aunque se repita innumerables veces – puede estropear los placeres del sentimentalismo socialista. Este desapego de los asuntos terrenales va unido a otro rasgo común de los intelectuales: su desprecio por el dinero y el mundo del comercio. El intelectual socialista desprecia el “motivo de lucro” y recomienda un mayor control gubernamental de la economía. Siente, según Hayek, que “emplear a cien personas es… explotación, pero que mandar sobre el mismo número de personas [es] honorable.” Y no es que a los intelectuales, como clase, no les guste tener dinero tanto como al resto de nosotros, pero ellos ven a la maquinaria del comercio como algo separado de, algo indescriptiblemente menos digno que, el deseo más íntimo de su corazón. Por supuesto, hay un sentido en el que eso es cierto. Pero muchos intelectuales no toman en cuenta dos cosas: primero, el grado en el que el dinero, como dice Hayek, es “uno de los mayores instrumentos de libertad jamás inventados,” que abre “un sorprendente rango de elección al hombre pobre, un rango mayor que el que no hace muchas generaciones se abría para los ricos.” En segundo lugar, los intelectuales tienden a ignorar que la organización del comercio afecta la organización de nuestras aspiraciones. Como explica Hilaire Belloc en El Estado Servil, “El control de la producción de la riqueza es el control de la vida humana misma.” La pregunta realmente atemorizante que plantea la planeación económica generalizada no es si somos libres de perseguir nuestros fines más importantes, sino quién determina cuáles han de ser esos “fines más importantes.” “Quien sea,” afirma Hayek “que tenga el control único de los medios debe determinar también cuáles fines deben ser atendidos, qué valores deben tener más importancia y cuáles menos; en breve, lo que los hombres deben creer y esforzarse por conseguir.” Es así que, aunque “puede sonar muy noble decir ‘¡Al diablo con la economía [la ciencia], construyamos un mundo mejor!’… en realidad es simplemente irresponsable.”

A fin de cuentas, el atractivo del socialismo es emocional. Y como uno de los principales vehículos de nuestras emociones es el lenguaje, las perversiones del socialismo se ven complementadas por una perversión del lenguaje. “Aunque muchas veces la sabiduría se encuentra oculta en el significado de las palabras,” afirma Hayek, “también lo está el error.” Por lo tanto, la tarea de recuperar la libertad incluye la tarea de recuperar el lenguaje. A lo largo de su obra, Hayek dedica gran parte de su atención a “nuestro envenenado lenguaje,” mostrando cómo el sentimentalismo socialista ha distorsionado casi hasta el punto de hacer irreconocibles términos básicos como “libertad” e “igualdad”. Muy aparte de cualquier significado definido que puedan transmitir, esas palabras son enaltecedoras: solicitan de manera automática que creamos en ellas a pesar de que han sido obligadas a designar realidades diferentes o incluso opuestas a lo que originalmente nombraban. Como Hayek hace notar, la “técnica más eficiente” para lograr la transformación semántica requerida es “usar las viejas palabras, pero cambiar su significado.” La frase “República Popular” es el epítome de ese proceso, pero veamos lo que les ha pasado a palabras como “liberal”, “justicia” y “social”. En La Fatal Arrogancia, Hayek elaboró una lista de 160 sustantivos a los que se les había añadido la palabra “social”, desde “administración”, “conciencia”, “contabilidad”, “desperdicio”, “era” e “ideas”, hasta “pensador”, “trabajo” y “utilidad”. Se decía que una comadreja era capaz de vaciar un huevo sin dejar huellas, y “social” es en este sentido una “palabra comadreja”: un cascarón fonético con apenas el eco de un significado. Es, como escribe Hayek, “convertida cada vez más en una exhortación, una especie de palabra-guía para una moral racionalista que busca desplazar la moral tradicional, y que ahora suplanta cada vez más a la palabra ‘bien’ para designar lo moralmente correcto.” Piénsese sólo en la odiosa frase “justicia social.” Lo que significa en la práctica es una injusticia de facto, ya que opera enlistando la maquinaria legal de la justicia para apoyar ciertos fines predeterminados. Los partisanos de la “justicia social” hacen a un lado la justicia “meramente formal”, y al hacerlo reemplazan el imperio de la ley – que era representado tradicionalmente como ciega porque “no respetaba persona” – con el imperio de lo (seudo) “justo”.

No es de sorprender que Hayek sea frecuentemente descrito como “conservador”. Pero en realidad tenía razón al insistir en que su posición podría describirse mejor como “liberal”, entendiendo el término no en su deformación contemporánea (es decir, izquierdista, estatista) sino en el sentido de la Inglaterra del siglo diecinueve en que Burke, por ejemplo, era un liberal. Hay un sentido importante en el que los auténticos liberales son (en palabras de Russell Kirk) conservadores precisamente porque son liberales: entienden que la mejor posibilidad de preservar la libertad es preservando las instituciones y las prácticas tradicionales que han, por decirlo así, albergado la libertad. Aunque precavido cuando se trataba de innovaciones políticas, Hayek pensaba que el conservadurismo tradicional de los Torys estaba demasiado casado con el status quo. En este sentido, su liberalismo era un liberalismo activista o experimental. Este fue un rasgo del pensamiento de Hayek que el filósofo Michael Oakeshoot discernió fríamente al observar que lo “más significativo” de Camino de servidumbre no era lo convincente de la doctrina de Hayek sino “el hecho de que sea una doctrina.” “Un plan para resistirse a toda planeación puede ser mejor que lo contrario,” continúa Oakeshoot, “pero es parte del mismo tipo de política.” Tal vez ese sea el caso. Pero el valor inestimable de Hayek reside en haber dramatizado lo sutilmente insidioso del socialismo. “Rara vez ocurre que cualquier tipo de libertad se pierda súbitamente”: esa frase de Hume es el epígrafe de Camino de servidumbre, y es tan pertinente hoy como cuando Hayek la citó en 1944.

Roger Kimball es crítico de arte y analista de temas sociales. Es co-editor de la revista The New Criterion y editor de Encounter Books.

 

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