In Memoriam, José María Chema Cantú

Por: 
Alberto García Ruvalcaba

El pasado 12 de noviembre de 2007 falleció nuestro querido amigo el doctor José María “Chema” Cantú, genetista de clase mundial. Con este breve texto buscamos iluminar una pequeña parte de lo que él es para nosotros.

Cansa ser, duele sentir, pensar destruye. Esto escribió el poeta Fernando Pessoa, al que tanto admiraba Chema Cantú. No sé, sin embargo, si tan celebratoria línea se pueda poner al lado del nombre de Chema. No lo recuerdo padeciendo las vanidades de la melancolía. Era más bien —como buen norteño— noble, incansable, pragmático y llano. Pero algo había en la poesía del portugués que lo desarmaba.

Hace un par de meses estuve con él en Buenos Aires, donde convalecía. Recuerdo en particular una tarde en la que no pudo terminar de leernos aquel poema de Pessoa que acaba con la censura: “¡Ay de ti y de todos los que pasan la vida queriendo inventar la máquina de la felicidad!” Creo que se sintió dolorosamente aludido. Su nobleza lo llevó a creer, como al del poema, que “todos sufren, o la mayoría, con las cosas humanas por estar tal como están”, y que “si fueran diferentes sufrirían menos”.

Y es que Chema pasó los últimos 15 años de su vida dictando conferencias en los congresos y organismos internacionales de salud (los anteriores 30 en un laboratorio de genética). Su prestigio entre la comunidad internacional de genetistas se debió, además de a sus méritos de investigación (identificar, por ejemplo, el ahora conocido como “gen Cantú”), a sus posturas a favor de una medicina genómica para los pobres. Hay algo profundamente inmoral, sostenía frente a los científicos del primer mundo, en permitir que los laboratorios inviertan más en investigar el gen de la calvicie que el de la malaria. Acuñó incluso el término “paupericidio” para descalificar esas políticas liberales. En estos congresos era usual que el auditorio terminara de pie ovacionándolo y, créanlo, llorando conmovidos. En el 2006, por ejemplo, cientos de estudiantes de una universidad brasileña lo detuvieron durante más de una hora luego de que concluyera su intervención: hacían fila para tomarse una foto con él y abrazarlo.

Ahora creo que todo este tiempo que pasó recorriendo el mundo en congresos y comités de organismos internacionales (oms, icsu, hugo...), de Oslo a Nueva Delhi a Johannesburgo a Sidney..., sacudiendo conciencias en plena euforia del boom de la ciencia genética, haciendo notar que ese éxito suponía también responsabilidad hacia los países pobres, que se irían quedando cada vez más a la zaga..., buscaba precisamente que las cosas humanas fueran distintas de como son, que la gente sufriera menos. Buscaba, en pocas palabras, inventar la máquina de la felicidad de que hablaba Pessoa en el poema que, secretamente, había sido escrito para él, o para aquellos pocos como él.

Pero al igual que en aquella ocasión en que lo relevé de la lectura, quiero agregar hoy ya no para sus oídos —que no están más—, sino para los nuestros, que si la máquina de la felicidad no sirve más que para poner en marcha a personas extraordinarias como él, vale la pena seguir conservando el artificio. Los muy nobles, los que tienen el corazón limpio, libre de inquina y de burla, seguirán insistiendo en construirla a pesar de todo.

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