Tergiversando a Jesús

Por: 
Bart D. Ehrman
Traducción: 
Moisés Silva

Este texto es el capítulo introductorio del controversial libro Misquoting Jesus, The Story Behind Who Changed The Bible and Why, de la editorial Harper Collins, 2005. Hay traducción al español: Jesús no dijo eso, Los errores y falsificaciones de la Biblia, editorial Crítica, 2006.

El connotado crítico textual del Nuevo Testamento Bart D. Erhman nos describe la ida y vuelta de su personal ‘camino de Damasco’, desde su ‘renacimiento en Cristo’ en la adolescencia hasta su actual posición crítica de la mano de la exégesis de los textos griegos de la ‘Buena nueva’. Este texto autobiográfico ha causado un verdadero revuelo en los círculos cristianos y no cristianos, populares y académicos, de nuestro vecino país del norte: “Uno de los más insólitos bestsellers del año”, lo llamó The Washington Post. ¿La razón? Es un libro de un erudito cristiano con una conclusión explosiva: la Biblia, lo que conocemos como tal, es el resultado de copias de copias de copias de otras copias, con miles de diferencias entre sí, con palabras interpoladas, citas “corregidas” por el copista, doctrinas deslizadas por interés o por error, episodios enteros concebidos por el hombre, no por el Espíritu Santo... Así de fácil. Averigüe el lector las razones biográficas y, sobre todo, críticas del autor y se llevará una sorpresa.

Introducción

Más que casi cualquier otro de los temas sobre los que he escrito, el de este libro ha estado en mi mente desde hace más de treinta años, desde el final de mi adolescencia, cuando empecé a estudiar el Nuevo Testamento. Ya que me ha acompañado durante tanto tiempo, creo que debería empezar explicando por qué estos textos han sido y siguen siendo tan importantes para mí.

Este libro es acerca de manuscritos antiguos del Nuevo Testamento y de las diferencias encontradas en ellos, acerca de los escribas que copiaron las Escrituras y a veces las cambiaron. Puede no parecer muy prometedor como clave de una autobiografía personal, pero así es. Sobre cosas así uno no tiene mucho control.

Antes de explicar cómo y por qué los manuscritos del Nuevo Testamento han sido tan importantes para mí emocional e intelectualmente, para comprenderme a mí mismo, al mundo en el que vivo, mi visión de Dios, y la Biblia, debo mencionar algunos antecedentes personales.

Nací y crecí en un lugar y una época conservadores: la zona central de los Estados Unidos a mediados de los años cincuenta. Mi educación no tuvo nada de especial. Éramos una familia típica de cinco, que iba a la iglesia pero no era particularmente religiosa. Cuando estaba en quinto grado de primaria nos involucramos más en la iglesia episcopal de Lawrence, Kansas, cuyo afable y sabio rector era también nuestro vecino y su hijo uno de mis amigos (con el que compartí travesuras en la secundaria, algo relacionado con unos habanos). Como muchas iglesias episcopales, ésta era socialmente respetable y responsable. Se tomaba en serio la liturgia de la Iglesia y las Escrituras eran parte de esa liturgia, pero no se hacía demasiado énfasis en la Biblia, a la que se veía como una de las guías de la fe y de la práctica, junto con la tradición de la iglesia y el sentido común. De hecho, no hablábamos mucho de la Biblia ni la leíamos mucho, ni siquiera en las clases dominicales, que giraban en torno a cuestiones más prácticas y sociales, y acerca de cómo vivir en el mundo.

En mi casa la Biblia sí era vista con reverencia, especialmente por mi mamá, que de vez en cuando nos leía algún pasaje y se aseguraba de que entendiéramos sus historias y sus enseñanzas éticas (no tanto sus “doctrinas”). Hasta mis años de preparatoria, supongo que yo veía a la Biblia como un libro misterioso de alguna importancia para la religión, pero ciertamente no era algo que había que aprender y conocer a fondo. Daba la impresión de que era algo muy antiguo, y estaba de alguna manera inseparablemente unida con Dios y la iglesia y el culto, pero no veía ninguna razón para seguirla leyendo por mi cuenta o para estudiarla.

Las cosas cambiaron drásticamente cuando iba en segundo año de preparatoria. Fue entonces cuando tuve una experiencia de “volver a nacer” en un escenario muy diferente del de la iglesia de mi infancia. Yo era el típico chico “marginal”: buen estudiante, interesado y activo en los deportes pero sin destacar en ninguno, interesado y activo en la vida social, pero no en el nivel más alto de la elite de chicos populares en la escuela. Sentía una especie de vacío interior que nada parecía llenar: ni andar con mis amigos (que ya estaban bebiendo en serio en las fiestas), ni las citas (empezaba a entrar en el mysterium tremendum del mundo del sexo), ni la escuela (era aplicado, pero no una superestrella), ni el trabajo (hacía ventas de puerta en puerta para una compañía de productos para ciegos), ni la iglesia (era acólito, y bastante devoto: uno tenía que serlo los domingos en la mañana, después de lo que pasaba los sábados en la noche). Había una especie de soledad asociada con la adolescencia temprana, pero por supuesto no me daba cuenta de que eso era parte de ser un adolescente. Pensaba que tal vez algo me hacía falta.

Fue entonces cuando empecé a asistir a las reuniones del club Juventud por Cristo en el campus, que tenían lugar en casas de los chicos. La primera a la que asistí fue en la casa de un chico que era bastante popular, lo que me hizo pensar que el grupo debía ser bueno. Bruce, el líder del grupo, tenía veintitantos años y había hecho de esto su trabajo: organizaba clubes de Juventud por Cristo en la localidad, trataba de convertir a chicos de preparatoria para que “volvieran a nacer en Cristo” y se involucraran en estudios serios de la Biblia, reuniones de oración y cosas por el estilo. Bruce tenía una personalidad atractiva – más joven que nuestros padres, pero mayor y con más experiencia que nosotros – y un poderoso mensaje: que el vacío que sentíamos por dentro (¡éramos adolescentes; claro que sentíamos un vacío!) era porque no teníamos a Jesús en nuestro corazón. Si tan sólo se lo pidiéramos, Cristo entraría en nosotros y nos llenaría con la alegría y la felicidad que sólo los que han sido “salvados” podían conocer.

Bruce podía citar la Biblia a voluntad, y lo hacía de manera asombrosa. Dada mi reverencia por, y mi ignorancia de, la Biblia, todo sonaba completamente convincente y muy diferente de lo que recibía en la iglesia: un viejo y establecido ritual que parecía más dirigido hacia adultos viejos y establecidos que hacia chicos que buscaban diversión y aventuras, pero que se sentían vacíos por dentro.

Para hacer la historia aún más corta, eventualmente conocí a Bruce, acepté su mensaje de salvación, le pedí a Jesús que entrara en mi corazón, y tuve una auténtica experiencia de volver a nacer. Había nacido en el mundo hacía sólo quince años, pero esta era una experiencia nueva y emocionante que me inició en una travesía de toda la vida a través de la fe que ha tenido enormes giros y vueltas, terminando en un callejón sin salida que resultó ser en realidad un nuevo sendero que he tomado ahora, más de treinta años después.

Los que tuvimos esas experiencias de “volver a nacer” nos considerábamos “verdaderos” cristianos, a diferencia de aquellos que simplemente iban a la iglesia por costumbre, que no tenían realmente a Cristo en sus corazones y que simplemente seguían un ritual que no tenía nada de real. Una de las maneras en que nos diferenciábamos de ellos era en nuestro compromiso con el estudio de la Biblia y la oración; especialmente en el estudio de la Biblia. El mismo Bruce era un estudiante de la Biblia. Había estudiado en el Instituto Bíblico Moody de Chicago, y podía citar una respuesta de la Biblia para cualquier pregunta que se nos pudiera ocurrir (y para muchas que nunca se nos habrían ocurrido). Pronto sentí envidia de su capacidad para citar las Escrituras y me dediqué a estudiar la Biblia, aprendiendo algunos textos, comprendiendo su relevancia, e incluso memorizando los versículos clave.

Bruce me convenció de que debería considerar convertirme en un cristiano “serio” y dedicarme por completo a la fe cristiana. Esto significaba estudiar las Escrituras a tiempo completo en el Instituto Bíblico Moody, lo que entre otras cosas traía consigo un cambio drástico en mi manera de vivir. En Moody había un “código” de ética que los estudiantes tenían que aceptar de manera definitiva: no beber, no fumar, no bailar, no jugar cartas, no ir al cine. Y mucha Biblia. Como decíamos: “el Instituto Bíblico Moody, donde Bíblico es nuestro segundo nombre”. Supongo que lo veía como un campo de entrenamiento para cristianos. En todo caso, decidí dejarme de medias tintas con mi fe: solicité ser admitido en Moody, me aceptaron, y entré en el otoño de 1973.

La experiencia en Moody fue intensa. Decidí graduarme en teología de la Biblia, lo que significaba tomar muchos cursos de estudio bíblico y teología sistemática. En estos cursos sólo se enseñaba una perspectiva, suscrita por todos los profesores (tenían que firmar una declaración) y por todos los estudiantes (nosotros también): la Biblia es la palabra inequívoca de Dios. No contiene ningún error. Ha sido inspirada completamente y en sus mismísimas palabras: “inspiración verbal, plena”. Todos los cursos que tomé presuponían y enseñaban esta perspectiva, y se veía a cualquier otra como desorientada o incluso herética. Algunos, supongo, llamarían a esto lavado de cerebro. Para mí era un enorme “paso hacia arriba” en comparación con la tibia visión de la Biblia que había tenido como miembro social de la iglesia episcopal en mis primeros años. Era una cristiandad profunda, para los que estaban totalmente comprometidos.

Había sin embargo un problema obvio con la afirmación de que la Biblia había sido inspirada verbalmente, incluso en sus mismas palabras. Como aprendimos en Moody, en uno de los primeros cursos del currículum, no tenemos en realidad los escritos originales del Nuevo Testamento. Lo que tenemos son copias de esos escritos, hechas años después, y en la mayoría de los casos muchos años después. Más aún, ninguna de estas copias es completamente exacta, ya que los escribas que las hicieron cambiaron inadvertida o intencionalmente algunas partes. Todos los escribas lo hacían. Así que en vez de tener realmente las palabras inspiradas de los autógrafos (es decir, los originales) de la Biblia, lo que tenemos son copias plagadas de errores de los autógrafos. Una de las tareas más urgentes, por lo tanto, era dejar claro qué era lo que los originales de la Biblia decían, dadas las circunstancias de que (1) habían sido inspirados y (2) no los tenemos.

Debo decir que muchos de mis amigos de Moody no pensaban que esta tarea fuera tan significativa o interesante. Estaban contentos con apoyarse en la afirmación de que los autógrafos habían sido inspirados y encogerse de hombros, más o menos, respecto al problema de que los manuscritos no han sobrevivido. Para mí, sin embargo, este era un problema irresistible. Eran las palabras mismas de la Escritura las que Dios había inspirado. Seguramente teníamos que conocer cuáles fueron esas palabras si queríamos conocer cómo se había comunicado con nosotros, ya que las palabras mismas fueron sus palabras, y tener otras palabras (creadas inadvertida o intencionalmente por los escribas) no ayudaba gran cosa si queríamos conocer Sus palabras.

Esto fue lo que hizo que me interesara en los manuscritos del Nuevo Testamento desde los dieciocho años. En Moody aprendí las bases del área conocida como crítica textual, el término técnico que designa la ciencia de restaurar las palabras “originales” de un texto a partir de los manuscritos que las han alterado. Pero todavía no estaba bien equipado para abordar este estudio: primero tenía que aprender griego, la lengua original de Nuevo Testamento, y posiblemente otras lenguas antiguas como el hebreo (la lengua del Antiguo Testamento cristiano) y el latín, por no mencionar lenguas europeas modernas como el alemán y el francés, para ver lo que otros estudiosos habían dicho de esas cuestiones. Tenía un largo camino por delante.

Al finalizar mis tres años de diplomado en Moody había obtenido buenos resultados en mis cursos y estaba más seguro que nunca de que quería ser un estudioso del cristianismo. Tenía la idea entonces de que había muchos estudiosos altamente capacitados entre los cristianos evangélicos, pero no muchos evangélicos entre los estudiosos (seculares) altamente capacitados, así que quería convertirme en una “voz” de los evangélicos en los círculos seculares, estudiando grados académicos que me permitieran dar clases en ambientes seculares, reteniendo al mismo tiempo mis compromisos evangélicos. Primero necesitaba completar mi licenciatura, y decidí hacerlo en una universidad evangélica de alto nivel: Wheaton College, situada en un suburbio de Chicago.

En Moody me habían advertido que podría resultarme difícil encontrar verdaderos cristianos en Wheaton, lo que muestra lo fundamentalista que era Moody: Wheaton es sólo para cristianos evangélicos, y es el alma máter de Billy Graham, por ejemplo. Al principio sí la encontré un poco liberal para mi gusto. Los estudiantes hablaban de literatura, historia y filosofía, en vez de la inspiración verbal de las Escrituras. Lo hacían desde una perspectiva cristiana, pero aún así: ¿no se daban cuenta de lo que realmente importaba?

Decidí graduarme en literatura inglesa porque la lectura había sido una de mis pasiones desde hacía mucho tiempo, y porque sabía que para incursionar en los círculos académicos tendría que estar bien preparado en otra área de estudio aparte de la Biblia. Decidí también comprometerme a estudiar el griego. Fue durante mi primer semestre en Wheaton que conocí al doctor Gerald Hawthorne, mi profesor de griego, que se convirtió en una gran influencia en mi vida como estudioso, maestro, y eventualmente un amigo. Como la mayoría de mis profesores en Wheaton, Hawthorne era un cristiano evangélico comprometido. Pero no tenía miedo de plantearle preguntas a su fe. En ese momento lo tomé como una debilidad (de hecho, creía tener casi todas las respuestas a las preguntas que él hacía), pero con el tiempo lo vi como un verdadero compromiso con la verdad, y una disposición a estar abierto a la posibilidad de tener que hacer una revisión de sus opiniones a la luz de nuevos conocimientos y experiencias de vida.

Aprender el griego fue una experiencia emocionante. Resulté ser bastante bueno para aprender las bases del lenguaje, y siempre estaba deseoso de aprender más. En un nivel más profundo, sin embargo, la experiencia de aprender griego se volvió un poco conflictiva para mí y para mi visión de las Escrituras. Pronto me di cuenta de que la totalidad del significado y las sutilezas del texto griego del Nuevo Testamento se pueden aprehender sólo al leerlo en la lengua original (y lo mismo se aplica al Antiguo Testamento, como descubrí después al aprender hebreo). Mayor razón, pensé, para aprender la lengua en detalle. Al mismo tiempo, esto me hizo empezar a cuestionarme mi comprensión de las Escrituras como la palabra verbalmente inspirada de Dios. Si el significado completo de las palabras de las Escrituras sólo se puede comprender al estudiarlas en griego (y hebreo), ¿no significa esto que la mayoría de los cristianos, que no leen lenguas antiguas,  no tendrán nunca acceso a lo que Dios quiere que sepan? ¿Y no hace esto que la doctrina de la inspiración sea sólo para una elite de estudiosos, que tienen las destrezas intelectuales y el tiempo libre para aprender las lenguas y estudiar los textos leyéndolos en el original? ¿De qué sirve decir las palabras en traducciones más o menos torpes a una lengua como el inglés, que no tiene nada que ver con las palabras originales?1

Mis cuestionamientos se complicaron aún más cuando empecé a pensar más en los manuscritos que transmitieron las palabras. Conforme avanzaba mi estudio del griego me fui interesando más en los manuscritos que han preservado el Nuevo Testamento y en la ciencia de la crítica textual, que supuestamente puede ayudarnos a reconstruir las palabras originales del Nuevo Testamento. Una y otra vez volvía a mi pregunta básica: ¿en qué nos ayuda decir que la Biblia es la palabra inequívoca de Dios si no tenemos realmente las palabras que Dios inequívocamente inspiró, sino sólo las palabras copiadas por los escribas, a veces correctamente y a veces (¡muchas veces!) incorrectamente? ¿De qué sirve decir que los autógrafos (es decir, los originales) fueron inspirados? ¡No tenemos los originales! Tenemos sólo copias plagadas de errores, y la gran mayoría de ellas están separadas por siglos de los originales y difieren de ellas, evidentemente, de mil maneras.

Estas dudas me acosaban y me llevaron a excavar más a fondo para comprender lo que la Biblia realmente era. Me gradué de Wheaton en dos años y decidí, bajo la guía del profesor Hawthorne, dedicarme a la crítica textual del Nuevo Testamento, para lo cual fui con el mayor experto en el área, un estudioso llamado Bruce M. Metzger, que daba clases en el Princeton Theological Seminary.

Una vez más, mis amigos evangélicos me aconsejaron no ir al Seminario Princeton porque, como ellos decían, me iba a ser difícil encontrar “verdaderos” cristianos ahí; era, después de todo, un seminario presbiteriano, no exactamente tierra fértil para cristianos renacidos. Pero mis estudios de literatura inglesa, filosofía, e historia –por no mencionar el griego– habían ensanchado mis horizontes de manera significativa, y mi pasión era ahora por el conocimiento, conocimiento de todo tipo, sacro y secular. Si descubrir la “verdad” significaba que ya no me podría identificar con los cristianos renacidos que conocí en la preparatoria, pues ni modo. Lo que me importaba era seguir mi búsqueda de la verdad hasta donde me pudiera llevar, confiando en que cualquier verdad que descubriera no sería menos verdadera por inesperada o difícil de clasificar en alguno de los casilleros que me proporcionaba mi educación evangélica.

Al llegar al Princeton Theological Seminary me inscribí inmediatamente en las clases de primer año de exégesis (interpretación) del hebreo y del griego, y cargué mi horario todo lo que pude con ese tipo de cursos. Descubrí que eran un reto tanto académico como personal. El reto académico era completamente bienvenido, pero los retos personales que enfrenté eran bastante difíciles emocionalmente. Como he mencionado, ya desde Wheaton había empezado a cuestionarme algunos de los aspectos fundamentales de mi compromiso con la Biblia como la palabra inequívoca de Dios. Ese compromiso se vio seriamente atacado en mis estudios más detallados en Princeton. Me resistí a cualquier tentación de cambiar mis puntos de vista, y encontré a varios amigos que, como yo, venían de escuelas evangélicas, y que estaban tratando de “mantener la fe” (una manera divertida de decirlo, pienso ahora, ya que después de todo estábamos en un programa acerca de la divinidad cristiana). Pero lo que estudiaba empezó a tener sus efectos.

El cambio de rumbo llegó en el segundo semestre, en un curso que estaba tomando con un profesor muy reverenciado y muy piadoso, Cullen Story. El curso era acerca de la exégesis del Evangelio según Marcos, entonces (y todavía) mi evangelio favorito. Para este curso necesitábamos ser capaces de leer el Evangelio según Marcos completamente en griego (memoricé todo el vocabulario griego del evangelio una semana antes de que comenzara el semestre), teníamos que llevar un cuaderno de exégesis con nuestras reflexiones sobre la interpretación de pasajes clave, discutíamos problemas acerca de la interpretación del texto, y teníamos que escribir un trabajo final acerca de un punto difícil de interpretar, elegido por cada uno. Yo elegí un pasaje de Marcos 2 en el que los fariseos confrontan a Jesús porque sus discípulos habían estado caminando por un campo de cultivo, comiendo el grano en el Sabbath. Jesús quiere mostrarle a los fariseos que “el Sabbath fue hecho para los humanos, no los humanos para el Sabbath”, y les recuerda lo que el gran rey David había hecho cuando él y sus hombres estaban hambrientos, cómo entraron al templo “cuando Abiathar era Sumo Sacerdote” y comieron el pan presentado, que sólo podían comer los sacerdotes. Uno de los problemas bien conocidos de este pasaje es que cuando uno mira el pasaje del Antiguo Testamento que Jesús está citando (Samuel I, 21:1-6) resulta que David no hizo esto cuando Abiathar era Sumo Sacerdote, sino de hecho cuando el Sumo Sacerdote era Ahimelech, padre de Abiathar. En otras palabras, este es uno de los pasajes que han sido señalados para mostrar que la Biblia no es inequívoca en absoluto, sino que contiene errores.

En mi trabajo para el profesor Story desarrollé un argumento largo y complicado diciendo que, aunque Marcos indica que esto ocurrió “cuando Abiathar era Sumo Sacerdote”, no significa en realidad que Abiathar era el Sumo Sacerdote, sino que el evento tuvo lugar en la parte del texto de las Escrituras en la que Abiathar es uno de los personajes principales. Mi argumento se basaba en el significado de las palabras griegas, y era un poco enredado. Estaba bastante seguro de que el profesor Story apreciaría el argumento, ya que sabía que él era un buen estudioso cristiano que obviamente (como yo) nunca pensaría que podría haber algo parecido a un auténtico error en la Biblia. Pero al final de mi trabajo el profesor puso un comentario de una sola línea que por alguna razón me dejó estupefacto. Escribió “Tal vez Marcos simplemente se equivocó”. Empecé a pensar en ello, considerando todo el esfuerzo que le había dedicado a mi trabajo y dándome cuenta de que había tenido que hacer toda una complicada danza exegética para darle la vuelta al problema y que mi solución era de hecho algo aventurada. Finalmente concluí: “Hmm... tal vez Marcos sí se equivocó”.

Una vez que admití eso se abrieron las compuertas. Porque si podía haber un pequeño y trivial error en Marcos 2, tal vez podía haber errores en otras partes también. Quizás, cuando Jesús dice más adelante en Marcos 4 que la semilla de mostaza es “la más pequeña de todas las semillas de la Tierra”, no es necesario elaborar una explicación compleja de cómo es que la semilla de mostaza es la más pequeña de las semillas, cuando sé muy bien que no lo es. Y tal vez estos “errores” se aplican a cuestiones mayores. Tal vez cuando Marcos dice que Jesús fue crucificado el día después de la cena de Pascua (Marcos 14:12; 15:25), y Juan dice que Jesús murió el día antes de la cena de Pascua (Juan 19:14), esa es una auténtica diferencia. O cuando Lucas indica en su descripción del nacimiento de Jesús que José y María regresaron a Nazaret apenas un mes después de haber ido a Belén (y de haber realizado los ritos de purificación; Lucas 2:39), mientras que Mateo indica que huyeron a Egipto (Mateo 2:19-22), quizás esa es una diferencia. O cuando Pablo dice que después de su conversión en el camino a Damasco no fue a Jerusalén a ver a los que fueron apóstoles antes que él (Gálatas 1:16-17), mientras que el libro de los Hechos de los Apóstoles dice que eso fue lo primero que hizo después de salir de Damasco (Hechos 9:26), tal vez se trata de una diferencia.

Este tipo de descubrimiento coincidió con los problemas que estaba encontrando entre más de cerca estudiaba los manuscritos en griego del Nuevo Testamento que han sobrevivido. Una cosa es decir que los originales fueron inspirados, pero la realidad es que no tenemos los originales, así que decir que los originales fueron inspirados no ayuda mucho a menos que podamos reconstruirlos. Más aún, la vasta mayoría de los cristianos, durante toda la historia de la iglesia, no han tenido acceso a los originales, lo que hace que su inspiración hasta cierto punto no venga al caso. No sólo no tenemos los originales, sino que no tenemos ni las primeras copias de los originales. No tenemos ni siquiera copias de las copias de los originales, o copias de las copias de las copias de los originales. Lo que tenemos son copias hechas después, mucho después. En la mayoría de los casos son copias hechas muchos siglos después. Y todas estas copias difieren entre sí, en miles y miles de detalles. Como veremos más adelante en este libro, estas copias difieren entre sí en tantos detalles que ni siquiera sabemos cuántas diferencias hay. Posiblemente sea más fácil ponerlo en términos comparativos: hay más diferencias entre nuestros manuscritos que palabras en el Nuevo Testamento.

La mayoría de estas diferencias son por completo inmateriales e insignificantes. Buena parte de ellas simplemente muestran que los escribas en la antigüedad no tenían mejor ortografía que la de la mayoría de la gente hoy en día (ni siquiera tenían diccionarios, mucho menos un corrector automático de ortografía). Aún así ¿qué se puede pensar de todas estas diferencias? Si uno quiere insistir en que Dios inspiró las palabras mismas de las escrituras, ¿qué caso tendría si no tenemos las palabras mismas de las Escrituras? En algunas partes, como veremos, simplemente no podemos estar seguros de que hemos reconstruido el texto original de manera exacta. Es un poco difícil saber lo que las palabras de la Biblia significan si ni siquiera sabemos cuáles eran esas palabras.

Esto se convirtió en un problema para mi concepto de la inspiración, porque me di cuenta de que para Dios no habría sido más difícil preservar las palabras de las Escrituras de lo que habría sido inspirarlas en un principio. Si quería que su pueblo tuviera sus palabras, seguramente se las habría dado (y posiblemente incluso les habría dado esas palabras en una lengua que pudieran comprender, no griego o hebreo). El hecho de que no tengamos las palabras seguramente debe demostrar, razoné, que no las preservó para nosotros. Y si no hizo ese milagro, no había razón para pensar que hizo el milagro anterior de inspirar esas palabras.

En suma, mi estudio del Nuevo Testamento en griego y mis investigaciones acerca de los manuscritos que lo contienen me llevaron a un replanteamiento radical. Fue un cambio sísmico. Antes –empezando por mi experiencia de volver a nacer en la preparatoria, pasando por mi período fundamentalista en Moody y mi período evangélico en Wheaton– mi fe se había basado por completo en una cierta visión de la Biblia como la palabra totalmente inspirada e inequívoca de Dios. Ahora ya no veía a la Biblia de la misma manera. La Biblia me empezó a parecer un libro muy humano. Así como escribas humanos habían copiado, y cambiado, los textos de las Escrituras, así autores humanos habían escrito originalmente los textos de las escrituras. Era un libro humano de principio a fin, escrito por autores humanos en diferentes momentos y diferentes lugares, para enfrentar diferentes necesidades. Muchos de estos autores sin duda se sintieron inspirados por Dios para decir lo que dijeron, pero tenían sus propias perspectivas, sus propias creencias, sus propios puntos de vista, sus propias necesidades, sus propios deseos, sus propias comprensiones y sus propias teologías, y estas perspectivas, creencias, puntos de vista, necesidades, deseos y comprensiones impregnaron todo lo que dijeron. De todas estas maneras difirieron unos de otros. Entre otras cosas, esto significaba que Marcos no dijo lo mismo que Lucas porque su intención no era decir lo mismo que Lucas. Juan es diferente de Mateo, no igual. Pablo es diferente de Hechos. Y Jacob es diferente de Pablo. Cada autor es un autor humano y necesita ser leído por lo que él (suponiendo que todos fueron varones) tiene que decir, no suponiendo que lo que dice es lo mismo, o asimilable a, o consistente con, lo que todos los demás autores tienen que decir. La Biblia, al final del día, es un libro muy humano.

Esta era una perspectiva nueva para mí, y obviamente no la que tenía cuando era un cristiano evangélico, ni la que tienen la mayoría de los evangélicos hoy en día. Permítanme darles un ejemplo de la diferencia que mi nueva perspectiva podía representar para mi comprensión de la Biblia. Cuando estaba en el Moody Bible Institute, uno de los libros más populares en el campus era The Late Great Planet Earth, la visión apocalíptica del futuro de Hal Lindsey. Y no era popular sólo en Moody: era, de hecho, la más vendida de las obras no literarias (aparte de la Biblia, y usando lo de “no literarias” de una manera muy general) en la lengua inglesa en los años setenta. Lindsey, como la mayoría de nosotros en Moody, creía que la Biblia era absolutamente inequívoca en sus palabras mismas, al grado de que podías leer el Nuevo Testamento y saber no sólo cómo Dios quería que vivieras y lo que quería que creyeras, sino también lo que Dios mismo planeaba para el futuro y cómo lo iba a hacer. El mundo se dirigía hacia una crisis apocalíptica de proporciones catastróficas, y era posible leer en las palabras inequívocas de las Escrituras qué, cómo y cuándo iba a suceder.

Me impresionó especialmente el “cuándo”. Lindsey señalaba la parábola de Jesús de la higuera como una indicación de cuándo podíamos esperar el Armagedón futuro. Los discípulos de Jesús quieren saber cuándo llegará el “final”, y Jesús responde:

De la higuera aprendan esta parábola. Cuando su rama reverdece y empieza a echar hojas saben que el verano se acerca. Así también ustedes, cuando ven todas estas cosas saben que él [el Hijo del Hombre] está cerca, a las mismas puertas. En verdad les digo, esta generación no ha de desaparecer antes de que todas estas cosas tengan lugar (Mateo 24:32-34)

¿Qué significa esta parábola? Lindsey, pensando que es la palabra inequívoca de Dios mismo, analiza su mensaje señalando que en la Biblia la “higuera” es frecuentemente usada como una imagen de la nación de Israel. ¿Qué significaría que echara hojas? Significaría que la nación, después de permanecer dormida un tiempo (el invierno), volvería a la vida. ¿Y cuándo volvió Israel a la vida? En 1948, cuando volvió a ser una nación soberana. Jesús indica que el final llegará dentro de la misma generación en la que esto haya de ocurrir. ¿Y cuánto tiempo es una generación en la Biblia? Cuarenta años. De ahí la enseñanza inspirada por la divinidad, directamente de los labios de Jesús: el final llegará en algún momento antes de 1988, cuarenta años después de la re-emergencia de Israel.

Este mensaje resultó absolutamente irresistible para nosotros. Puede parecer extraño ahora, tomando en cuenta que 1988 llegó y pasó sin ningún Armagedón, pero por otra parte hay millones de cristianos que todavía creen que la Biblia puede ser leída literalmente como completamente inspirada en sus predicciones de lo que pronto va a pasar para llevar a la historia como la conocemos a su fin. Un ejemplo de ello es la gran popularidad de la serie Left Behind de Tim LaHaye y Jerry Jenkins, otra visión apocalíptica del futuro basada en una lectura literal de la Biblia, que ha vendido más de sesenta millones de ejemplares en nuestros días.

Un giro radical en la lectura de la Biblia como un mapa inequívoco de nuestra fe, nuestra vida y nuestro futuro, es verla como un libro muy humano, con puntos de vista muy humanos, muchos de los cuales difieren entre sí, y ninguno de los cuales proporciona la guía inequívoca de cómo deberíamos vivir. Este es el giro en mi propio pensamiento que yo terminé haciendo, y con el cual estoy ahora totalmente comprometido. Muchos cristianos, por supuesto, nunca han tenido desde el principio esta visión literal de la Biblia, y para ellos una visión así podría ser completamente unilateral y poco clara (por no decir absurda y no relacionada con los asuntos de la fe). Existen sin embargo muchos que siguen viendo la Biblia de esta manera. De vez en cuando me encuentro una calcomanía que dice: “Dios lo dijo, yo lo creo, y eso es todo”. Mi respuesta es siempre: ¿Qué tal si Dios no lo dijo? ¿Qué tal si el libro que tú crees que te da las palabras de Dios contiene en su lugar palabras humanas? ¿Qué tal si la Biblia no proporciona una respuesta a prueba de tontos a las preguntas de la época moderna: el aborto, los derechos de las mujeres, los derechos de los homosexuales, la supremacía religiosa, la democracia al estilo occidental, etcétera? ¿Qué tal si tenemos que decidir cómo vivir y en qué creer por nuestra cuenta, sin colocar a la Biblia como un falso ídolo, o un oráculo que nos proporciona una línea directa de comunicación con el Todopoderoso? Existen razones claras para pensar que en realidad la Biblia no es este tipo de guía inequívoca de nuestras vidas. Entre otras cosas, como lo he señalado, en muchos pasajes ni siquiera sabemos (como estudiosos, o como lectores comunes y corrientes) cuáles fueron realmente las palabras originales de la Biblia.

Mi teología personal cambió radicalmente con este descubrimiento, llevándome por caminos muy diferentes de los que había transitado de los dieciocho a los veinticinco años. Sigo apreciando la Biblia y los muchos y muy variados mensajes que contiene tanto como he llegado a apreciar otros escritos de los primeros cristianos de esa época, escritos de figuras menos conocidas como Ignacio de Antioquia, Clemente de Roma y Barnabás de Alejandría, y de la misma manera he llegado a apreciar los escritos de gente de otras creencias en esa misma época como Josefo, Luciano de Samosata y Plutarco. Todos estos autores están tratando de entender el mundo y su lugar en él, y todos tienen cosas valiosas que enseñarnos. Es importante saber cuáles fueron las palabras de estos autores para que podamos ver lo que tenían que decir, y juzgar entonces por nosotros mismos qué pensar y cómo vivir a la luz de esas palabras.

Esto me trae de nuevo a mi interés por los manuscritos del Nuevo Testamento y el estudio de esos manuscritos en el área conocida como crítica textual. Estoy convencido de que la crítica textual es un área de estudio atractiva y fascinante, realmente importante no sólo para los estudiosos sino para cualquiera que se interese en la Biblia (ya sea literalista, literalista en recuperación, que-nunca-en-la-vida-sería-un-literalista, o incluso cualquiera que tenga el más remoto interés en la Biblia como fenómeno histórico y cultural). Lo que es impresionante, sin embargo, es que la mayoría de los lectores –incluso los interesados en la cristiandad, en la Biblia, en los estudios bíblicos, tanto los que creen que la Biblia es inequívoca como los que no– no saben casi nada acerca de la crítica textual. Y no es difícil entender porqué. Pese al hecho de que ha sido un tópico de estudio continuo durante más de trescientos años, no se ha escrito casi ningún libro para el público lego, es decir, para quienes no saben nada acerca de él, que no conocen el griego u otras lenguas necesarias para un estudio a fondo, que no se dan cuenta siquiera de que hay un “problema” con el texto, pero a los que les interesaría conocer cuáles son los problemas y cómo los estudiosos han emprendido su estudio.2

Este libro es ese tipo de libro, y que yo sepa es el primero de su tipo. Está escrito para quienes no saben nada acerca de la crítica textual, pero que tal vez les gustaría saber algo acerca de cómo los escribas cambiaron las Escrituras y cómo se puede reconocer dónde lo hicieron. Está escrito basado en mis treinta años de pensamiento acerca del tema, y desde la perspectiva que tengo ahora, después de pasar por una transformación tan radical de mis propios puntos de vista acerca de la Biblia. Está escrito para cualquiera que pueda estar interesado en saber cómo llegó a nosotros el Nuevo Testamento, en saber cómo en algunos casos no sabemos ni siquiera cuáles fueron las palabras de los escritores originales, en saber las maneras interesantes en las que esas palabras ocasionalmente fueron cambiadas, y en saber cómo podríamos, aplicando métodos rigurosos de análisis, reconstruir esas palabras originales. De muchas maneras, pues, este es un libro muy personal para mí, el resultado final de una gran travesía. Para otros, tal vez, puede ser parte de su propia travesía.

Bart D. Ehrman es profesor en el Departamento de estudios religiosos de la Universidad de Carolina del Norte, y ha escrito diversos libros sobre el tema, como: Lost Christianities: Battles for Scripture and the Faiths We Never Know.

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