Tres fogonazos literarios

Por: 
Godofredo Olivares

Honoré de Balzac
“La inspiración es la ocasión del genio”

Algunas veces, la inspiración es un fogonazo que ilumina de pronto la habitación oscura de la creatividad literaria. Aparece inesperada y sorpresiva como un grito en el silencio. Provocada, a partir de una imagen, un recuerdo, cierto aroma o sabor, una circunstancia, la conjugación de varias cosas o por una insignificancia aislada.

I

Sobre la génesis de la novela Drácula, se ha dicho que surgió por una ardiente pesadilla que tuvo su autor después de cenar una abundante cantidad de cangrejos. Lo cierto es que Bram Stoker, el gigante amable como lo llamaban algunos, le debe mucho a toda una serie de lecturas que devoró previamente: el primer esbozo del conde Drácula, al Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde; la idea de la sangre como elíxir de vida, la obtuvo después de leer La aventura del vampiro de Sussex de su amigo Arthur Conan Doyle; el tema de hipnotismo, a la novela romántica La bruja de Praga de Francis Marion Crawford; y muchos pasajes más, a la novela Carmilla de su compatriota Joseph Sheridan Le Fanu y a leyendas populares de Transilvania; algunas creencias y mitos que aparecen en la trama, al libro sobre magia y religión La rama dorada de James George Frazer, a la Biblia, y a demasiadas lecturas hechas en la biblioteca del Museo Británico.
El nombre mismo de Drácula y la fisonomía del conde, Stoker los encontró en el informe del cónsul Wilkinson y que leyó en 1890. Donde se narra la vida de Vlad IV Tepes, conocido como “El empalador” e hijo de Vlad III llamado Dracul, por pertenecer a los caballeros de la Orden del Dragón. Aunque Stoker acentuó algunos aspectos y le otorgó a Drácula, su personaje, todo un pasado familiar de glorias bélicas, toda la descripción fisonómica se basa directamente en la figura histórica de aquel noble sanguinario.
Bram Stoker murió a causa de la sífilis el 20 de abril de 1912, la semana del hundimiento del Titanic, y su legado eterno fue novelar un mito legendario y fascinante, la búsqueda de la inmortalidad y sus grandes consecuencias.

II

A la mitad de su vida Alejandro Dumas, “el hombre-teatro” como se le decía por todas sus exitosas obras, se convirtió en una fábrica de triunfantes novelas que resucitaron la historia de Francia. Aunque Dumas era un gran lector y poseía una imaginación ardiente y un claro sentido dramático, no era un erudito ni un investigador histórico. Y si bien, amada la historia no la respetaba: “¿Qué es la historia?, decía: “Un clavo del cual cuelgo mis novelas.” Por ello, recurrió a que alguien le proporcionara la materia prima sobre la cual ejercer sus dotes de gran animador de historias. Y este colaborador fue Auguste Maquet, su mano derecha, su secretario y su amigo.
    En aquellos años, antes de ser editadas en libro, las novelas circulaban, día a día, en los periódicos en forma de folletín, novelas en cadena como se les llegó a decir. Un folletín debía ser atrapante desde el mismo principio y no perderse en largas descripciones. Además, cada entrega exigía un final espléndido y con un suspenso latente para que el público deseara seguir leyendo. Dumas, con sus cualidades y sin abandonar su dramatismo, lograba retratar rápidamente a sus personajes e iba directo a la acción dialogada. Y como era un experto en los finales de acto en el teatro, con gran facilidad consiguió triunfar en esta forma de novelar.
    Pero en 1842, el que arrasaba con las victorias en las novelas folletinescas era Eugenio Sue. Toda Francia estaba expectante y centrada en Los misterios de París, desde los obreros a los ministros, de los mercaderes al mismo rey vivían impacientes por continuar la serie. Incluso, algunos pagaban diez veces más el precio del periódico para poder leerla una hora antes que los suscriptores. Y cuando, el 15 de octubre de 1843 se apareció el último episodio hubo duelo nacional. ¡Un éxito semejante no se repetirá jamás! Decían mil bocas. Pero se equivocaron.
    A finales de aquel trágico octubre, Maquet, su fiel secretario regresó de la Biblioteca Real, donde hacía investigaciones sobre la historia del vestido para Monte-Cristo, un breve relato que entonces redactaba Alejandro Dumas. Juntos, aquella tarde, examinaron las notas y retocaron la trama de la narración, sólo al final, antes de despedirse Maquet le pidió a Dumas que leyera un volumen que había encontrado en la biblioteca, las Memorias de Monsieur d´Artagnan, de la primera compañía de Mosqueteros del Rey escritas por Sandras de Courtilz. Pero Dumas jamás alcanzó a leerlas, aquel título bastó como fogonazo para que su imaginación comenzara a deambular; D´Artagnan, un joven gascón, caballero sin temor de nada ni de nadie, de gallarda figura, espadachín del diablo, enemigo del cardenal Richelieu, servidor de la reina, tres duelos el primer día y hacerse amigo de los tres adversarios. Dumas lo veía con claridad, delgado, moreno, ágil, fuerte y en ese momento comenzó a escribir: “Llegando a París, tomaba yo todas las sonrisas por burlas y todas las miradas que me dirigían, por provocaciones.”
    Al día siguiente, cuando Maquet entró en el cuarto de trabajo, la leyenda de Los tres mosqueteros había nacido.

III

Hoy la novela La isla del tesoro es considerada una proa de los relatos épicos más perfectos en lengua inglesa y un navío clásico, lleno de vientos marinos, intrigas, piratas, audacias, oro, ambiciones y gritos de abordaje a la aventura.
Su autor Robert Louis Stevenson, de origen escocés e hijo de una famosa familia constructora de faros, fue un hombre leal, generoso, pacífico, altivo, errabundo y un eterno enfermizo; “una complicación de tos y huesos” como alguna vez él mismo se describió.
La primera novela editada de Stevenson fue La isla del tesoro, porque si bien ya tenía publicado ensayos breves y varios relatos, e intentado unos diez u once versiones fracasadas por escribir una novela. Y es que Stevenson hasta entonces no había logrado encontrar un aire inspirador que le inflara las velas de la imaginación y con él navegar sin tregua y feliz dentro del oleaje de una buena historia por contar.
Ese fulgurante soplo de viento le llegó, cuando recluido por un catarro en casa de su padre comenzó a visitar a un joven vecino que gastaba el tiempo en la pintura. Fue una de aquellas tardes cuando Stevenson le ayudaba a dibujar el mapa de una isla, está imagen atrapó toda su imaginación. Mientras deslizaba el lápiz comenzaron a surgir marinos y bergantines, cuchillos y espadas, palmeras y arena, un fabuloso tesoro escondido y un personaje, John Silver. De inmediato cogió papel y enumeró una lista de posibles capítulos. Al día siguiente, frente al fuego de la chimenea y con el golpeteo de la lluvia en los cristales, Stevenson entusiasmado empezó a escribir con todo el viento a favor. Y claro que no estaba solo, le acompañaban toda una serie de lecturas previas.
El personaje Bill Bones, el cofre, la reunión en el salón y muchas escenas de los primeros capítulos se los debe a Narraciones de un viajero, del estadounidense Washington Irving. Otros abordajes importantes los obtuvo de Robinson Crusoe de Daniel Defoe, a Bucaneros de Johnson y a las obras de Edgar Allan Poe. Además demasiados libros marítimos, cartografías y cientos de informaciones le sirvieron para contextualizar de manera realista la novela. También, según palabras de él, utilizó para sus personajes los rostros, el carácter, los defectos y las características de sus propios amigos.
Otra ayuda vital y entusiasta, fue la de su padre; quien atento escuchó la navegación de la novela en desarrollo y en cierto momento aportó un inventario del contenido del cofre enterrado y el nombre del barco que capitaneaba Flint, el Walrus.
Durante quince días Stevenson timoneó sin contratiempos su novela y completó quince capítulos, pero al iniciar el decimosexto quedó varado en un mar quieto y libre de vientos y más palabras. Se pasó días angustiado y sin saber como salir de aquel encallamiento. El invierno llegó obligándolo a trasladarse a su casa en la ciudad de Davos y allí se sumergió en otros pensamientos y en diferentes lecturas. Y una mañana, sin proponérselo, una nueva marejada lo empujó a seguir el oleaje de su aventura creativa.
Y así, a los treinta y un años, Robert Louis Stevenson logró atracar a buen puerto y orgulloso clavó en la última página de La isla del tesoro, la palabra “Fin”.

Godofredo Olivares,
 

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