Tres poemas de Claudia Emerson

Por: 
Sergio Ortiz

¡Qué difícil valerse de la poesía para compartir las cosas más personales, las más privadas!". Los riesgos son evidentes y van desde la confesión anecdótica hasta el sentimentalismo melodramático. Y es que –en palabras de Luis García Montero– "la poesía no es confesión biográfica, ni documento notarial, ni ejercicio de blanda cursilería. Escribir poemas de amor estando enamorado supone una disciplina muy difícil... necesita el corazón frío y la inteligencia vigilante".
La producción poética norteamericana está plagada de este tipo de poesía confesional, y la mayoría -cabe decirlo-posee escaso contenido poético. Abundan los poetas que utilizan versos libres para "vaciar su subjetividad" y dar parte de detalles privados que resultan tan irrelevantes como indiscretos. La poesía –lo sabemos– es algo más que un simple registro de testimonios privados. Por otro lado, el temor a caer precisamente en este tipo de poesía "tan personal" provoca que algunos poetas hayan decidido concentrar su contenido poético en la fuerza del lenguaje y en su misteriosa habilidad para "socavar nuestras certidumbres y articular las zonas más ambiguas de nuestra conciencia" (Paul Auster refiriéndose a John Ashbery). Este es el caso de los denominados Language Poets (poetas del lenguaje) que, sin duda, han escrito obras importantes tales como Autorretrato en un espejo convexo (del mismo John Ashbery) pero que han logrado que la poesía exiga –de igual manera-  un tipo de lectura convexa: “un lenguaje dentro de un lenguaje” (la frase es de Valery).
La tradición de la poesía confesional arranca en la década de los cincuenta en los Estados Unidos y ha tenido un gran impacto en las generaciones posteriores, la que continúa hasta nuestros días. Allen Ginsberg, John Berryman, Robert Lowell, Theodore Roethke y la célebre Sylvia Plath han sido más de alguna vez etiquetados como poetas confesionales y son todos ellos poetas que cuentan con un enorme prestigio. Claudia Emerson, a quien presentamos en este número de Tedium Vitae, podría al igual insertarse en esta línea y es parte de ese amplio grupo de poetas norteamericanos que pueden combinar la enseñanza universitaria (es actualmente maestra de literatura en la Universidad de Mary Washington) con la práctica de la poesía y que tienen además la suerte de poder publicar su trabajo. Los poemas que aquí incluimos forman parte de su tercer y último libro, Late Wife, que le valió el prestigiado Premio Pulitzer en el año 2006.
Claudia Emerson nació en 1957 en el estado de Virginia y es deudora de una cultura sureña, cuya tradición literaria cuenta con gente de la talla de William Faulkner –a quien reconoce como influencia poderosa– y que parece ser experta en adentrarse en los laberintos y complejidades del corazón humano. La poesía de Emerson en Late Wife continúa esta tradición y nos refiere a temas universales como la pérdida y el dolor, la muerte y la renovación, el amor y la memoria, revelándonos las distintas formas en que nuestro mundo emocional se hace presente en el mundo físico. Sus poemas son intensos y misteriosos y nos obligan a meditar acerca de lo que no vemos pero que está ahí;  de esa correspondencia secreta e invisible que se da entre los objetos que nos rodean y nuestros sentimientos. Se trata de una revelación íntima que se transmite con oficio y sutileza pero, sobre todo, con elegancia; y es precisamente esta elegancia la que hace la diferencia. Así, sus imágenes –siempre exactas – nos acompañan en una continua e íntima meditación.
Los 33 poemas que conforman Late Wife constituyen una especie de epistolario; una colección de cartas dirigidas a su primer esposo, a su nuevo esposo o a sí misma . En ellas, Claudia nos habla de su pasado, de su vida en pareja y los inesperados giros que ésta tomó; del divorcio de su primer marido y de su nuevo matrimonio con Kent, un viudo que había estado felizmente casado y que pierde a su esposa tras una larga batalla contra el cáncer. Los poemas “Artifact” (Artefacto) o ”Frame” (Marco), por ejemplo, nos hacen caer en cuenta en la forma en que ciertos objetos ordinarios, como una colcha o un espejo, se convierten en objetos extraordinarios –cargados ahora de un nuevo significado– cuando la persona que los posee, experimenta junto a ellos el dolor, la pérdida o la muerte de un ser querido. Esa colcha o ese espejo son ahora objetos completamente distintos.

Sergio Ortiz es arquitecto, profesor en la escuela de arquitectura de la Universidad iteso y editor de poesía de Tedium Vitae.

Traducciones de Salvador Mayorga

Artifact

For three years you lived in your house
just as it was before she died: your wedding
portrait on the mantel, her clothes hanging
in the closet, her hair still in the brush.
You have told me you gave it all away
then, sold the house, keeping only the confirmation
cross she wore, her name in cursive chased
on the gold underside, your ring in the same
 
box, those photographs you still avoid,
and the quilt you spread on your borrowed bed-
small things. Months after we met, you told me she had
made it, after we had slept already beneath its loft
and thinning, raveled pattern, as though beneath
her shadow, moving with us, that dark, that soft.

Artefacto
 
Durante tres años viviste en su casa
los mismos que antes que ella muriera: tu retrato
de bodas sobre el mantel, sus ropas colgadas
en el clóset, su pelo en el cepillo todavía.
Me dijiste que todo lo regalaste y que luego
vendiste la casa, conservando solo la cruz
de confirmación que llevaba, su nombre en cursiva
grabado al reverso en dorado, tu anillo en la misma
 
caja, esas fotos que aún evades,
y la colcha con que cubres tu cama prestada-
pequeñas cosas. Meses después me dijiste
que ella la hizo, habíamos dormido bajo su delicado
y sutil, imbricado diseño, como si hubiera estado
su sombra, entre nosotros, tan oscura, tan suave.
 
 
 
 Surface Hunting

You always washed artifacts
          at the kitchen sink, your back
                       to the room, to me, to the mud
 
you'd tracked in from whatever
          neighbor's field had just been plowed.
                       Spearpoints, birdpoints, awls and leaf-
 
shaped blades surfaced from the turned earth
          as though from beneath some thicker
                       water you tried to see into.
 
You never tired, you told me, of the tangible
          past you could admire, turn over
                       and over in your hand—the first
 
to touch it since the dead one that had
          worked the stone. You lined bookshelves
                       and end tables with them; obsidian,
 
quartz, flint, they measured the hours you'd spent
          with your head down, searching for others,
                       and also the prized hours of my own
 
solitude—collected, prized,
          saved alongside those artifacts
                       that had been for so long lost.
 

Cacería de superficies 
 
 
Siempre lavaste tus artefactos
          en la cocina, dando la espalda
                   al cuarto, a mí, al lodo
 
que trajiste de cualquier
          campo vecino recién arado.
                   Puntas de flecha, picos de pájaro, agujas y
 
navajas con forma de hojas surgidas de la tierra
           como del fondo de un agua más densa
                   en la que intentaste observar.
 
Nunca te cansabas, me dijiste, del pasado tangible
          que admirabas, vuelto una y otra vez
            en tu mano –la primera
 
en tocarlos desde la muerte de aquel
     que trabajó la piedra. Cepillaste libreros
                  con ellos y les diste acabado; obsidiana,
 
cuarzo, sílex, midieron las horas que pasaste
          ahí postrado, buscando a los otros,
                  y también las preciadas horas
 
de mi soledad, recogidas, atesoradas,
      salvadas junto a esos objetos
        por tanto tiempo perdidos.
 
 
 
Frame
 
Most of the things you made for me–armless
rocker, blanket chest, lap desk–I gave away
to friends who could use them and not be reminded
of the hours lost there, the tedious finishes.
But I did keep the mirror, perhaps because
like all mirrors, most of these years it has been
invisible, part of the wall, or defined
by reflection–safe–because reflection,
after all, does change. I hung it here
in the front, dark hallway of this house you will
never see, so that it might magnify
the meager light, become a lesser, backward
window. No one pauses long before it.
This morning, though, as I put on my coat,
straightened my hair, I saw outside my face
its frame you made for me, admiring for the first
time the way the cherry you cut and planed
yourself had darkened, just as you said it would.
 

Marco
 
Casi todas las cosas que fabricaste para mí
–la mesita de cama, la mecedora, la manta-
se las di a los amigos para que las usaran
para que no me recordaran
las horas que perdiste haciéndolas,
los eternos acabados.
Pero conservé el espejo, quizá porque,
como todos los espejos, la mayor parte del tiempo
son invisibles, parte de un muro o aparecen
por reflejos –inofensivos- porque los reflejos
después de todo, cambian. Ahí lo colgué
al frente, en el corredor oscuro de esta casa
que ya nunca verás; de modo que aumentará
la débil luz convirtiéndose en una
pequeña ventana al revés. Nadie se para
ante él. Esta mañana, sin embargo, al ponerme
el abrigo y alisarme el pelo, vi sobre mi cara
su marco, admirando por primera vez
la forma como el cerezo
que cortaste y puliste tú mismo
había oscurecido,
justo como dijiste.

Publicado en la Revista: